RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

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martes, 20 de febrero de 2024

CRÓNICA DEL VI TRAIL PUERTA DEL REY DE CAÑETE: CORRIENDO EN ESA ESPAÑA VACIADA QUE QUIERE DEJAR DE ESTARLO

Testimonios de la España que se va vaciando. Cañete: un lugar donde vivir

Volvíamos a competir en nuestra comunidad, no obstante, lo hacíamos desplazándonos al otro extremo, y es que CLM es lo suficientemente grande como para perderte en ella. El sábado, nos acercamos a eso de la una hacia Cañete, en la carretera que lleva de Cuenca a Teruel, unos 240 kilómetros que comenzaron de manera accidentada, ya que, a la salida de Valdepeñas, los agricultores habían cortado el acceso a la A4, por lo que tuvimos que regresar sobre nuestros pasos y tomar la carretera hacia La Solana, y luego coger la propia a Tomelloso. Desde ahí, cogí la A43 y seguimos el itinerario normal.  Cuando sentimos nuestros estómagos vacíos, paramos y comimos; concretamente, lo hicimos en Villarrobledo, justo cuando comenzó a jarrear (falta hace). Una vez satisfecha el hambre, retomamos la ruta, y llegamos a Cañete a las 17 horas. Pronto descubrimos que íbamos a pesar mucho frío, no en vano, la localidad se encuentra por encima de los 1.100 metros de altitud. Más allá del gélido ambiente, lo íbamos a tener todo a mano: el hotel, la salida, la recogida de dorsales, todo en un radio de 40 metros. Nos dieron la bolsa de corredor y estuvimos paseando por el pueblo, también charlando con uno de los voluntarios, con quien estuvimos charlando sobre la vida en Cañete, él que llevaba 65 años allí... Fue muy interesante tomar el pulso de alguien que vive en plena "España vaciada", aunque lo haga en un lugar donde sigan habiendo servicios que peligran en un futuro a medio plazo.

A las 19 horas, nos acercamos por el arco de salida, ya que estaba comenzando la contrarreloj de 5 kilómetros en la que participarían algunos de los compañeros. 

Cenamos en el hotel y nos acostamos, abrigándonos bien, porque, conforme a lo comentado, íbamos a estar por debajo de cero afuera.

Primera parte del trail

Desayunamos en el dormitorio, nos pusimos la ropa y los chalecos y salimos a la calle. El Smartphone decía que la sensación térmica era de -6, sin embargo, a mí no me parecía para tanto. El caso fue que calentamos un poco y, sin más, nos vimos en otra aventura...

La salida fue rápida, pero en esta ocasión salí un poco más adelante de lo que acostumbro. No me sirvió para mucho de la estrategia, porque a lo largo de los primeros minutos fui comprobando cómo me iban adelantando algunos compañeros. Enseguida nos metimos en una senda técnica en subida, y luego, en torno al kilómetro 5, la bajada, siempre cubierta del blanco de la nieve y del hielo. Pese a todo, no resbalaba. El mayor inconveniente que nos encontramos fue diferenciar la vegetación de la roca, con el riesgo de pisar mal. 

Todo siguió igual, rizándonos por sendas técnicas y también discurriendo por pistas rápidas, hasta que en el 7,5 empezamos a subir. 

Había visto cómo me habían ido adelantando gente, pese a lo cual, las sensaciones no eran malas.  No obstante, subiendo suelen cambiar las cosas. Enseguida compruebo que ruedo mejor; eso ocurrió de nuevo, de modo que me vi consumiendo los +300 de la subida a Cabeza de don Pedro con otro semblante. Alcanzada la cima, pista para abajo y otra vez a penar. Fui comprobando la manera en la que me alcanzaban a cuenta a gotas los compañeros, y así, hasta el siguiente repecho.

Segunda parte de la carrera: la peor

Si en Torrelaguna había conseguido ir de menos a más, aquí ocurriría justo lo contrario. Me fui apagando al igual que lo hace una vela que se queda sin cera. Ni tan siquiera en la tímida subida que medio entre el 12,5 y el 14 me terminé de arreglar, y entonces, otra vez para abajo... a tratar de coger un ritmo que no tenía. Fue en el 17 cuando volví a tener una subida tendida, en la zona que más gustó de la carrera. Llevaba a dos corredoras al acecho, que iban tercera y cuarta de la general. Una de ellas era Noelia, una chica que conocemos de la Copa de Albacete. Fue esta, Noelia, la que me alcanzó al hacer cima de nuevo en Cabeza de don Pedro, justo en el avituallamiento. La bajada por pista, y luego por senda técnica, no hizo más que generarme un sinfín de dudas, sobre todo llevando pegada a la otra muchacha. En la parte técnica logré que no se me fuera, y al llegar al siguiente avituallamiento, el del 23, ni ella ni un servidor paramos. Quedaban solo 6 kilómetros, pero más duros de lo que esperaba.

El primer repecho fue bien, no tanto así el collado incómodo por el que transitamos después. Era de difícil correr, aunque muy bonito. Cuando la cosa se puso más fácil, la chica puso "pies en polvorosa" al confirmar que había otras dos féminas muy cerca y con el "cuchillo entre los dientes". Me pasaron como una exhalación y, además, cazaron a la que por aquel entonces era la cuarta en la general. Desde ahí hasta la siguiente subida, ya en el 26,50, desfondamiento. Al llegar a la zona de roca, de no más de 400 metros, me sentí como si estuviese en el lugar equivocado... quizá lo estuviera. Después un tobogán, viendo cómo me habían adelantado otros dos compañeros, y, por fin, el pueblo, pero «no iba a ser tan sencillo». Bajamos, un cacho de carretera, un cacho muy bonito de río, subimos por las escaleras y espero que esté ahí ya la meta, no obstante, todavía queda subir al castillo... ¿Es una broma? Por tanto, hice lo mejor que pude los últimos 600 metros que se me hicieron eternos, y alcancé meta de la peor forma posible.

Finalmente, 3 horas 58 minutos. Había perdido al menos 15 puestos: demasiado mal. Entre el 20 y meta, me habían adelantado 4 chicas, y todo, para dejarme bien claro que entre la forma que me falta y la edad que tengo, no puedo hacerlo mejor.

Esperé a Merche helado de frío y con calambres. Me aseé un poco y mi mujer llegó cuarenta y tantos minutos después. La rabia fue que se quedó 5ª de +48. Yo, mejor no digo mi posición en dicha categoría.

Va a ser que el objetivo que nos quedará será correr... simplemente correr, que no es poco a mis casi 54 tacos.






sábado, 3 de febrero de 2024

CRÓNICA DEL TRAIL LARGO DE TORRELAGUNA 2024: DISFRUTANDO EN EL CAMPO Y SUFRIENDO EN MIS ADENTROS


Luces

Si hace 20 años me hubieran dicho todo lo que iría a hacer a lo largo de los últimos tres lustros, habría negado con la cabeza y con el dedo índice y, obviamente, no me habría creído ni una sola palabra. Pero en la vida, una de las mejores cosas que tenemos, es la sorpresa. Sí, llevo catorce años corriendo sin parar, y a lo largo de todo ese tiempo, he pasado por muchas fases. Ahora, ahora mismo, me encuentro en la que quizá pueda ser la mejor: estoy al margen de tiempos y rendimientos y, pese a mis cincuenta y tantos, sigo corriendo. Incluso a veces, disfruto... Eso es mucho ya.

Por otra parte, unos meses después de mis serios comienzos en el running, abrí este blog... y al igual que mis zancadas siguen una tras otra, mis publicaciones continúan sucediéndose. De acuerdo, sí, más espaciadas, menos apasionadas, no en vano ya no estoy en la Maratón de Roma bajando de las 3 horas, sino corriendo por la montaña con mi mujer, y entre los dos sumamos 103 años.

Preámbulo

El pasado sábado, Merche y un servidor nos acercábamos hasta El Molar, un pueblo del norte de Madrid donde nos íbamos a alojar de cara a la carrera de Torrelaguna del domingo por la mañana. El viaje resultó plácido en nuestro nuevo coche (que conste que el viejo Toyota todavía anda). Tras pasear por las calles de esa curiosa localidad, estuvimos cenando una gran ensalada y un pizza (afortunadamente, pedimos la más pequeña). El sábado no dio para mucho más, porque nos acostamos a eso de las 23 horas, y yo dormí bastante bien, no así Mercedes, que no descansó demasiado.

A eso de las 9 horas, nos desplazábamos hasta Torrelaguna. Aparqué relativamente cerca y recogimos el dorsal (escasa bolsa la que tienen en las carreras de la Iberika Trail... unos calcetines Lurbel, un gel y punto).





A las 10:15 nos pusimos a calentar. Hacía fresquito, pero todo apuntaba a que nos iba a hacer calor, como así acabo ocurriendo. Justo a la hora prevista, dieron la salida...

Éramos un montón en esta ocasión, así pues, no estaba la cosa para compararse. Bien sabíamos que el podio estaría bien caro. 

La primera mitad: la mala

La gente salió "a toda leche", o esa mi impresión me dio. Quizá no fuera para tanto, quizá es que no estoy "para tirar cohetes". De ahí que, bien pronto, sintiera mi falta de resuello y las piernas se me adormecieran. Además, me había prometido que andaría lo justo, que correría a no ser que la pendiente fuese insalvable, por lo cual, las cuestas me fueron consumiendo poco a poco, y eso que la carrera no ofrecía grandes dificultades técnicas. Eso sí, el campo estaba espectacular; se podía comprobar que ha llovido bien en la zona, a juzgar por el color del terreno y el agua que vimos

Llegué al primer avituallamiento del 5 y decidí no parar, a pesar de que los soft flash iban vacíos. Creo que hice bien, porque cuajé la subida prolongada de manera bastante digna, justo cuando comenzaba a comprobar ciertos "brotes verdes" en mi avanzar. La parte del río, la cual recordaba de hace dos años y medio, resultó un tanto dificultosa y desagradable, porque tuve que mojarme hasta casi la rodilla en varias ocasiones. Las zapatillas no daban a basto, no daba tiempo a que se secaran del todo. Tras este tramo, iniciamos la subida fuerte, pero no demasiado. Ahí estaba el segundo avituallamiento, donde cargué un poco de isotónica y decidí no llevar demasiado peso. Enseguida hicimos "cumbre", en el kilómetro 12,5 y, desde ahí, tocaría bajar hacia Patones de Arriba.



La segunda mitad: la buena o la menos mala

Cogí la senda con gusto, y las zonas más técnicas también las capeé bien. Mis piernas ya se habían entonado y ahora quería ejercer mi derecho a disfrutar, aunque fuese solo un poco, porque para algo habíamos pagado. Además, la zona era bonita y corrible, por lo que fui pillando a algún que otro compañero, hasta que alcancé el 17, al penúltimo avituallamiento en Patones de Arriba. La verdad es que llegué mucho mejor que en la otra ocasión. Me refresqué la cara con un poco de agua, recargué apenas 250 ml y salí sin comer nada (me acababa de tomar el segundo gel).



Lo que vino después me hace ser un poco más optimista. Los repechetes no lo fueron tanto, y en las zonas donde se podía correr logré disfrutar, o, al menos, no sufrí. Y así, fui dejando atrás a más gente. Sin más, vi a lo lejos el pueblo y de esta guisa llegué a meta.

No llevaba GPS, aunque salieron casi 27 kilómetros, los cuales hice en 3 horas y 23 minutos. Bien sabía que me había hundido en la clasificación de +50, porque había mucho nivel... Pero, ¡qué demonios!, ¡a hacer puñetas la clasificación!. 

Me acerqué al coche, me cambié, regresé, esperé un rato a Merche y le hice un breve vídeo al llegar. Ella tardó 4 horas y 3 minutos, finalmente, cuarta de +50, aunque, al igual que un servidor, llevaba una sonrisa instalada fruto de su disfrute. Con eso ya justificamos la mañana.

Tras esto, nos comimos una estupenda hamburguesa, una de las razones por las que, más allá de la escasa bolsa de corredor, merece la pena participar en esta prueba. Los paisajes, los avituallamientos, son otros motivos.

No dimos más vueltas, enfilamos hacia casa, y dimos por concluida la enésima aventura.





 


martes, 23 de enero de 2024

LOS 40 KILÓMETROS DEL TRAIL QUESOS DON APOLONIO DE MALAGÓN

Preámbulos

Tocaba dar el callo, asunto complicado, dado el estado de forma de Merche y de un servidor. Así pues, con pocos kilómetros en las piernas, nos desplazamos en la tarde del sábado hasta Malagón. Llegamos a esa curiosa localidad manchega (que alberga nada más y nada menos que un convento con casi medio milenio de antigüedad fundado por Santa Teresa de Jesús) con el tiempo justo para recoger el dorsal, y enseguida contactamos con Eusebio, oriundo de allí, pero que lleva casi toda la vida en Sevilla. Cenamos con Eusebio y Pilar (su mujer) en un bar; cenamos demasiado, diría yo, y hecho esto, nos fuimos a dormir. No tuvimos que buscar alojamiento, porque nuestros amigos nos alojaron en su casa.

Desperezándonos

Amaneció fresquito el domingo, aunque no como para vestirse en exceso. Seguimos el protocolo y, a eso de las 8:10 nos fuimos calentando hasta la salida, en la antigua estación, a no más de 400 metros de la casa. 

Primer tercio de la carrera

La idea era correr juntos, y la llevamos a cabo. Afrontamos los primeros 3 kilómetros como pudimos, teniendo en cuenta que eso de meter ritmo a nuestra edad ya no es tan fácil. Pronto nos vimos relegados a la parte final del pelotón, y Mercedes no estaba disfrutando, a juzgar por su cara. En cualquier caso, acabamos adentrándonos en los primeros senderos, hacia la primera ascensión. 

No necesitamos mucho tiempo para darnos cuenta de que una chica con la que íbamos haciendo la goma era una de las competidoras de la categoría de Mercedes, motivo que nos llevó a apretar más los dientes si cabe.

Los kilómetros fueron cayendo, y la temperatura ayudaba, por tanto, Mercedes fue asentándose. Tras el primer avituallamiento, seguimos por terreno algo técnico, hasta que bajamos al valle, en la zona de la Laguna de la Nava. En ese momento nos adelantó Belén, la muchacha que he mencionado antes, de manera que no conseguimos alcanzarlas hasta la siguiente subida, la segunda, allá por el kilómetro 12 aproximadamente.

Segundo tercio de la carrera

No gastamos mucho tiempo de asueto allí arriba, y salimos por delante de la competidora. Cogimos ritmo y subimos varios repechos hasta perderle la pista. Lo que vino después estuvo muy chulo, por sendas anchas llenas de jaras, con bastantes toboganes. Finalmente, volvimos a bajar a otro valle, y tocó subir, quizá la parte más bonita, por una senda estrecha y por campo a través. Llegamos a lo alto y volvimos a bajar, una bajada trepidante... Llegamos al tercer valle, en subida suave al principio, y Mercedes pasó en ese tramo sus peores momentos, porque tendía a andar, por más que yo tratase de impedírselo. Cazamos a dos chicas más, y eso la motivó, de modo que, un poco más adelante, alcanzamos de nuevo el mismo avituallamiento del 12. Era el kilómetros 24, y mi mujer... "la guerrera", ya había entrado en calor.

Tercer tercio de la carrera

Tras una breve parada, atravesamos por una zona bastante técnica sin grandes desniveles, pero complicada, ante todo los dos primeros kilómetros. Luego, la cosa fue acelerándose, sin ser sencilla, y otros dos kilómetros más lejos, alcanzamos el kilómetro 28 y medio, el mismo puesto de avituallamiento del kilómetro 7.

Estaba prácticamente hecho, o eso creíamos. Merche estaba empoderada y su cara era la mejor de la mañana. No obstante, en esto de los trails, siempre se está expuesto a las sorpresas. Salimos, y un kilómetros después, nos dimos cuenta de que algo no iba bien. Mi móvil comenzó a pitar... Seguíamos las balizas, pero era como si estuviésemos fuera del recorrido, como, de hecho, ocurría. No nos habíamos desviado por donde debíamos y estamos siguiendo el recorrido de ida equivocadamente, mucho más técnico y lento y con más subida.

Por suerte, la senda buena discurría a no más de 40 metros de nosotros, aunque cincuenta metros más abajo. Cuando encontramos la manera de bajar (bastante complicado), cogimos de nuevo el recorrido, tras haber perdido no menos de 10 minutos. Aun así, fuimos cazando a la misma gente de la corta y de la larga que habíamos adelantado media hora antes, entre ellas a una de sus competidoras. Así fue hasta que dejamos de bajar y nos encontramos a Eusebio, quien nos acompañaría en su bicicleta para afrontar los últimos 3 kilómetros, los mismos del inicio. 

Costó y mucho hacerlos, sobre todo a Merche, que se desfondó. Pero finalmente, lo conseguimos. Llegamos a meta en 5 horas y 47 minutos.

Mercedes fue finalmente la séptima mujer, segunda de su categoría de un total de cuatro, lo cual está muy bien, porque no había categoría +50, sino +45. Subió al podio con la tercera (la primera estaba missing).




En meta nos comimos unas migas, bebimos una Coca-Cola, Mercedes subió al pódium y, tras esto, nos fuimos a casa de Eusebio, donde Pilar nos puso una sopa calentita que nos supo a gloria.

Así resultó esta nueva aventura. Tras la misma, tuvimos que recuperar unos días. De hecho, estuve malo con un virus, de forma que hasta el jueves no pude ir al gimnasio. El viernes descansé.

La semana se acabó con solo 50 kilómetros, añadido el trotecillo del sábado del día antes de la carrera. ¡Buenos son!











jueves, 4 de agosto de 2022

LA CRÓNICA DE LA MARATÓN DE MONTAÑA DE VALDELINARES

 Preámbulo

Tras el fiasco de Mercedes en Alto Campoo, tuvimos que improvisar otro reto, para que así se quitase el mal sabor de boca y, de paso, nos sirviera de preparación para la Trail Weekend de septiembre. Encontramos una magnifica carrera que se desarrollaba en Valdelinares, Teruel, el pueblo más alto de España, situado a casi 1700 metros de altura.

De este modo nos pedimos la tarde del viernes, en una época en la que un servidor tiene más trabajo que nunca, y viajamos hasta aquel recóndito lugar con el tiempo justo para recoger los dorsales. No obstante, no hubo imprevisto, de manera que todo se dio bien y nos dieron la bolsa del corredor casi tres cuartos de hora antes del cierre del chiringuito. Al mirar el listado de participantes de la larga, descubrí que sólo correrían tres mujeres. Cuando se lo dije a Merche noté cómo se aliviaba, ya que, de terminarla, obtendría el premio a su tesón. En mi caso, pese a no ser una cita demasiado multitudinaria (no así la de 25 y la de 12), había nada más y nada menos que 13 máster de más 50 años, así pues, lo veía difícil, aunque en el fondo eso fuera lo que menos me preocupase.

Tras dicha recogida, hicimos el check in en el apartamento y nos vimos gratamente sorprendidos por cómo estaba dispuesto aquél: con todo lujo de detalles. Preparamos la cena, una abundante ensalada de pasta llena de tropezones, y nos acostamos temprano, no en vano la carrera salía a las 6 de la mañana.

Desde la salida hasta el avituallamiento del 12

Es de noche y el pueblo luce precioso. Sin embargo, hay algo raro que me tiene turbado. Sé qué es, no me apetece correr. Probablemente en otras circunstancias me hubiera encontrado nervioso, pero no..., en esta ocasión no es así... sólo estoy desmotivado...quizá tenga demasiadas cosas en la cabeza, demasiado lastre que soltar... y sienta que dejarme la piel ese día no sea la mejor manera de liberarme. Tenga la cabeza donde la tenga, da igual, estamos en línea de salida y tocará dar el callo, así pues, nos damos el beso de siempre y el speaker, sin dar más pábulo a cavilaciones, da la salida... 

Apenas sí me da tiempo a tomar conciencia de lo que corresponde hacer, y es que, como decía antes, no consigo proyectar la aventura en mi mente. En cualquier caso ya he comenzado a dar las primeras zancadas y, ¡leches! otra vez lo mismo, no fluyo como quisiera. En seguida dejamos atrás la última casa de esa bonita aldea, de forma que nos vemos transitando por un camino. Trato de ir con cuidado, porque es noche cerrada aún y uno no está acostumbrado a competir con tan poca visibilidad... En lo que a situación de carrera respecta, me intuyo en mitad del pelotón, quizá ese sea mi sitio, a lo mejor no, porque suelo ir de más a menos. En cualquier no deseo pensar en rendimientos, no con todos los problemas que me rodean en mi día a día, por lo que avanzo tratando de ser paciente, haciendo de mi capa un sayo.

Cuando dejo el caminito y comienzo a atravesar una zona más técnica, me veo sorprendido por mi torpeza. Siento que todos los gatos son pardos con tanta penumbra y, efectivamente, en uno de los bancales por los que pasamos, pierdo el equilibrio y me caigo... La caída es bien tonta, aún así, pese a que me levanto con rapidez, pronto descubro que me he hecho daño en la mano derecha. No es excusa, no voy a abandonar, he de estar muy fastidiado para hacerlo, no obstante, pronto el dolor comenzará fastidiarme meridianamente la mañana.

De esta guisa, el tránsito se ha puesto más complicada todavía, justo cuando las primeras luces el alba quieren asomar, tergiversando las sombras y los perfiles de las cosas. A todo esto, voy haciendo la goma con un par de corredores a la par que me esmero por no volver a tropezar con esa vegetación baja tan extraña... por momentos echo de menos la tierra descompuesta de toda la vida.

Unos minutos después nos vemos solos otro compañero y yo. Le voy a llamar A, aunque realmente se llama José Vicente, de Callosa, Alicante. El tío tiene pinta de ser máster, aunque no salga en mí demasiado el gen competitivo, por lo que no termino de sentir que voy con el cuchillo entre los dientes, sino más bien, disfrutando de su compañía. 


He aquí José Vicente

Como venimos de subir, las piernas no terminan de brillar en el llano, en una zona por la cual vamos zigzagueando campo a través. Un rato después toca bajar, con poca visibilidad y bastantes obstáculos, de manera que se ralentiza la marcha, y, por momentos, mi amigo "A" se me escapa, aunque para mi regocijo, logre en varias ocasiones alcanzarlo. Durante todo el rato, me esmero por seguir con la máxima atención el rastro de las bandas naranjas que ha puesto la organización, las cuales tienen un trocito reflectante que ayuda y mucho, aunque la escasa luz natural nos haga despistarnos en más de una ocasión. En esa parte de la carrera siento que estoy yendo por encima de mis posibilidades, siguiendo al compañero, lo cual supone un reflejo de inseguridad que no ayuda. Sin embargo, de haber ido solo habría ralentizado la marcha y me hubiese dormido en los laureles...

Ya estamos abajo y, comprobamos que se nos unen de golpe otros cinco corredores. Uno de ellos dice algo así como que somos los siete jinetes de la apocalipsis, y no sé si el símil aplica... A mi me parece más bien que no somos más que un montón de chalados, algunos entrados en años, jugando a hacerse daño en la montaña. Por fin pisamos un cachito de pista, que, parece mentira que diga esto, lo agradezco, y sin dar mucho tiempo al disfrute, alcanzo el primer avituallamiento, en el kilómetro siete... 

No paro, y los demás hacen lo propio. Justo en ese momento me quito el frontal de la cabeza y lo porto en la mano, todo por mi empecinamiento de no detenerme. Pienso en hallar la oportunidad de metérmelo en el compartimento de atrás del chaleco, sin embargo, por no perder el ritmo, no lo hago. Esa parte se me hace desagradable, con la mano izquierda ocupada, la derecha inflada como una bota y un terreno de nuevo difícil. Cansado de las molestias, decido agarrarlo en el lateral izquierdo de la mochila y, entre pitos y flautas, alcanzo el kilómetro nueve, tras haber atravesado un valle yendo paralelo a la carretera TE-V 3. 

Sé que toca subir, porque la noche antes había estudiado el track... la cuestión es por dónde. No vemos la siguiente baliza y alguien pregunta si alguno lleva el recorrido en el GPS. Contesto que yo, así pues, me saco como puedo el smartphone y compruebo que estamos en el recorrido, pero, ¿dónde demonios están las marcas?... nos hemos perdido...

Durante los siguientes diez minutos damos palos de ciego, nos desviamos, y "A" y un servidor hasta nos enganchamos con una alambrada. Tras un buen rato de despiste, tomamos la determinación de regresar hasta la última baliza, la mejor decisión, así que, cuando alcanzamos ésta, logramos ver la senda por dónde tocaba ir... al mirar mi móvil me doy cuenta que el recorrido va por fuera del trazado marcado por la organización en la wikiloc.

La subida se hace dura, más si cabe tras la contrariedad vivida. Mi compañero "A" ha puesto pies en polvorosa... lo veo subir como un tiro e intuyo que ya no le volveré a ver la matrícula en lo que queda de mañana (llevaba razón, porque finalmente me terminaría sacando más de 40 minutos). El hecho de verificar que los compañeros van más sueltos que yo me hace decidir que he de reservar. Voy con otro chaval, llamémosle "B", aunque se llame Jordi Martínez. No voy para chácharas, así que apenas intercambiamos palabra, hasta que veo aparecer por mi derecha a otro compi, "C" (Christian), quien aparece de entre la frondosidad tras haber subido por la escorrentía que decidimos abandonar unos minutos antes.

La cosa se pone empinada de veras, tanto que por momentos echo de menos los bastones (esos que no me decido a estrenar en ninguna prueba). Vamos directos a la cota +2000 y mis piernas se quejan sin miramientos. 

«¿Cómo puedo ir tan flojo?» me pregunto.

No sé cómo consolarme, pero no hay más remedio que continuar con la brega...

Ya hemos coronado el Ato del Monegro y nos movemos por un bosque precioso donde consigo recuperarme un poco. Ese tramo lo hago con "B" y "C", a quienes oigo charlar en valenciano, pero yo sigo mostrándome un poco arisco y no suelto prenda. En esta tesitura alcanzamos el segundo avituallamiento, kilómetro 10,5. Veo a uno de la organización que se me acerca con lo que parece ser un vaso de agua y yo le hago un aspaviento para comunicarle que no quiero beber. Él, a su vez, me mira incrédulo, hasta que descubro que no es un vaso, sino el aparatito de lectura del chip. "C" se monda de risa con el malentendido y, es entonces cuando me confiesa que a él también le ha pasado lo mismo. 

En ese punto llevo 1 hora y 35 minutos, a un ritmo medio de 9'03'' el kilómetro. Ahora que analizo los datos, compruebo que el que iba a primero había pasado por ese punto veinte minutos antes. Sólo me consuela el hecho de saber que él juega en otra liga y que, además, es veintitantos años más joven que quien escribe estas líneas.

Desde el 12 a la Estación de Esquí de Valdelinares

Hemos comenzado a bajar y la cosa se pone bastante más complicada. "B" se ha parado a "hacer sus necesidades" y yo avanzo con "C", capeando el terreno lo mejor que puedo, hasta que, por fin, alcanzamos un valle. Novedades, y eso ayuda a romper el esquema. Ahora el terreno permite correr mejor, aunque no mucho, porque estamos en una carrera de las de montaña de verdad. Me sorprendo cuando veo cómo "C" se saca los bastones. Es extraño, no hay apenas subida. Decido continuar solo, aunque presiento, equivocadamente, que coincidiremos más adelante, pero eso no ocurrirá.

Las sensaciones no han empeorado, y eso ya es un logro, porque los kilómetros si que han pasado. Me fuerzo a correr hasta que veo delante mía a una pareja de compañeros, "D" (Ángel) y "E" (Lluc). No puedo evitar venirme arriba en el momento en el que les doy alcance.... es lo que tiene el Descendiente del Cromagnon, que siempre arrastra consigo ese gen competitivo. Llegamos casi a la vez los tres al tercer avituallamiento. Allí me paro por primera vez y, debido a la lesión, me muevo torpemente, ya que me cuesta abrir los soft flasks. Sin haberlo pensado hago lo que hice en Alto Campoo: como sandía y bebo Coca-Cola (ese protocolo será el que seguiré a partir de entonces). Justo antes de arrancar me examino la mano, cuyo dedo índice apenas si puedo mover. En cualquier caso, no lo pienso demasiado y arranco de nuevo...

Me topo con gente de la de 12 kilómetros. Han salido a las ocho de la mañana e irán por la mitad de su carrera aproximadamente. A ellos les quedarán seis kilómetros y a nosotros veintiocho. Por momentos me pregunto si quiero ser ultra fondista, si no sería mejor pelearme en batallas mucho más cortas... 

«No pienses tanto y ve al lío»

Lo bueno de esa parte es el constante adelantar. Me crezco al comprobar que tengo más fuelle que los jovenzuelos iniciados en el mundo del trail con los que me cruzo. Sin embargo, "B" me baja inmediatamente los humos cuando me adelanta por mi izquierda impasible a ritmo de sus bastones. Se ve que le ha sentado bien "evacuar" porque le veo más ligero. Le persigo con determinación mientras subimos un repecho bastante empinado dedicado al remonte hacia la estación. En esa recta se acumula una hilera de luchadores multicolores que bregan lo mejor que pueden.

Ya en lo algo siento que las piernas se me mueren fruto del esfuerzo, a la par que "B" se ha venido arriba arengado por su familia, que lo estaba esperando. En esta guisa, el chaval se me escapa de mi plano mientras bajamos... lo hace sin forzar... todo lo contrario que yo, qu marcho totalmente oxidado. Discurrimos por la pista de esquí, que, por supuesto, no tiene nieve, hasta que giramos y cogemos otra pista, ésta en clara ascensión, cacho en el que aprovecho para acercarme de nuevo a "B". No obstante, son mis últimos coletazos, ya que, al llegar a llano y ponernos a correr, se me va, ahora sí, definitivamente.

Lo que viene ahora es, sin lugar a dudas, lo peor de lo peor para mi. En la parte más sencilla y corrible del trayecto descubro que estoy amortizado, hasta tal extremo que por mi mente sobrevuelan los fantasmas del abandono. Uno de los siete jinetes de la apocalipsis, al que no había visto desde hacía una hora, me adelanta sin piedad... otro al que ya no volveré a ver. Así pues, me peleo con un par de viejos que, como yo, luchan por ir lo más engrasados posibles. Por suerte, ellos corren en la corta, aunque no por ello yo logre sacar pecho.

Por fin alcanzo la Cruz de la Gitana, kilómetro 20,7. Llevo 3 horas y 4 minutos y una media de 8' 53'' el kilómetro.

Desde la estación de esquí hasta el final de bucle

¿Por qué lo llamaran bucle cuando lo deberían llamar tormento? Esa es la pregunta que me hago, máxime si tengo en cuenta que cuando el cuerpo no está para florituras es una auténtica putada pasar por un sitio a sabiendas que regresarás a él... con la sensación de no estar avanzando. Sin embargo, los de la organización ya contaban con ese desaliento, por lo que instalaron el avituallamiento justo allí. Al llegar siento que es mi final y, para mi sorpresa, con un poco de sandía, Coca-Cola y una ducha de agua garrafa en mano, en seguida veo las cosas de otro color...

Reinicio la marcha con algo parecido al brío, pero con mucho menos brillo que el que se le supone a alguien que está seguro de sí mismo. Afortunadamente, el tramo que toca tiende a bajar. El hecho de cruzarme con algún que otro corredor de la de 25k me ayuda a valorar lo que estoy haciendo y las bellos paisajes colaboran, aunque poco, a mi motivación. Cuando llego a una pista y no encuentro la siguiente baliza, toca sacarme el móvil, con el consiguiente dolor de mano. Me lleva un par de minutos encontrar la senda y, cuando lo hago, me resigno ante la idea de que lo toca es una pronunciada ascensión: el Pico Peñarroya, a 2016 metros de altura. Si me aburría en mi soledad, ya tengo compañía, porque a mis espaldas siento a "D" y a "E" conversar. Me han cazado vilmente y suben igual que máquinas con sus palos...

Las piernas se quejan, aunque hay algo que está cambiando: me estoy haciendo el callo. Es la primera vez en toda la mañana que me siento seguro de que podré con el reto, pese a las dificultades. Tanto es así que corono justo por delante de ellos y, en la bajada, para mi sorpresa, los dejo atrás, pese a no marchar precisamente como una bala. En lo algo he fichado llevando 3 horas y 33 minutos, kilómetro 23, a 9' 15'' el kilómetro.

Al alcanzar un cruce de caminos sito en un valle llamativamente verde, compruebo que el recorrido me lleva a través de un bonito collado por el cual tendré que correr, a no ser que decida ir andando, con el consiguiente bajón anímico. No hay mucha pendiente, así que aprieto los dientes y eso hago. Obtengo mi premio un rato después, oyendo de vez en cuando el murmullo de mis perseguidores, pero en terreno en franca bajada, hasta que alcanzo nuevamente la Cruz de la Gitana. Kilómetro 25,5 en 3 horas 57 minutos

Mi segunda ducha, la Coca-Cola y la sandía me dan fuerzas, aunque pierdo más tiempo del debido con la brega logística, debido, fundamentalmente a la torpeza de mi debilitada mano. Sorprendentemente cojo ritmo y, en la zona del campiña llena de pastos, alcanzo un sentimiento alejado aunque alineado con el disfrute. Noto que las piernas se desenredan un poco, justo cuando siento el aliento de "D", "E" y "F", un nuevo actor, Pere. Si no es por ello me hubiera terminado perdiendo, ya que, en un despiste me largaba hacia el Este. Sólo las voces de aviso me sacaron de mi ensimismamiento.

La hierba y la maleza, junto al agua, conforman un terreno cómodo por lo blando, pero incómodo por su perfil, máxime si voy diligentemente dispuesto a dar caza a aquellos que, durante bastante kilómetros, me habían perseguido. Al llegar al cruce donde se bifurca la de 25k y la nuestra, presiento que estoy cerca de Valdelinares y que, al tomar hacia la izquierda me estaré alejando de la felicidad... ¡qué remedio!. Y si mis extremidades habían respirado durante un tiempo, ahora el terreno se pone complicado. En esa zona de escorrentías es donde un rato después se terminará cayendo Merche...

Alcanzo el avituallamiento siguiente, bajo un puente, donde reparan líquidos mis compis, en el kilómetro 30. En esta ocasión, la parada es más breve, hasta el extremo que les dejo allí y me decido por iniciar la última subida, de unos tres kilómetros de larga, la que nos dejará en el Alto de los Hornillos, a 1992 de altitud...

La zona de camino y pastos es bonita de ver, pero desagradable de correr, porque siempre es subiendo, aunque peor es lo que viene después, cuando toca echarse la mano en los cuádriceps atravesando el campo. Allí me alcanzan "D" y "F", pero "E" se queda tras mío. En esta guisa, las piernas parece que están llegando a su límite, justo cuando el calor ya me ha desgastado lo suficiente como para sentir la deshidratación. He sido muy chulo y no me he tomado ni una sola pastilla de sales, así pues, tendré que asumir las consecuencias si esto termina mal...

Finalmente llego a la cima, donde nos espera otro avituallamiento. He visto salir a "D" soltando virutas por la bajada y "E" quien llega justo después que mi, apenas se para y sale también escopeteado. Me siento torpe con los elementos y lo suficientemente cansado para perdonarme el estrés de perseguirles. Mientras "F" me dice:

—Me voy a ver si les pillo.

Desde al Alto del Hornillo hasta meta

Yo salgo unos segundos después, notando bajo mis caderas el peso de los 33 kilómetros que llevo, tras 5 horas y 13 minutos de pelea.

Eso de bajar siempre ayuda, sobre todo cuando el terreno es algo más amable. Ahora bien, más vale que tengas fuerzas para ello, porque si no comprobarás que le gente se te va. Pronto pierdo de mi plano a "F"... si bien he llegado tan lejos que siento que estoy cumpliendo, lo cual es lo más importante.

Esa parte de la historia es en franca soledad. Pienso que, con un poco de buena (o de mala suerte) ya no me cruzaré con nadie más hasta Valdelinares.

Muy mal no lo tengo que estar haciendo al comprobar que, cuando menos me lo esperaba, he vuelto a ver ante mí a "E" y a "F". De hecho, en el siguiente avituallamiento, ya a seis kilómetros para el final, compartimos un rato en el mismo espacio.

De nuevo solo, dándole vueltas al último tramo, en la zona donde me caí, ya que regresaremos en un tramo de unos dos kilómetros sobre nuestros pasos. Ya estoy en la zona técnica, y la cosa cuesta y mucho. Siento cada obstáculo, lo bueno es que también los recuerdo, por lo que los voy descontando. Subo por los bancales y, por fin, engancho el camino... esto sí que es lo último. Allí parece que el calor se esmera en ponernos delante la última dificultad, de manera que el kilómetro final se hace pesado como él solo...

Ya estoy llegando, las primeras casas y llevo a "E" ahí delante, se le ve medio muerto, no obstante, gira por las callejuelas unos segundos antes que yo, de tal suerte que cruza el arco de meta a no más de diez metros por delante.

¡Qué alegría!, ¡Lo he conseguido! y no ha sido fácil. Paro la aplicación en 44,75 kilómetros, con +2000 positivos en 6 horas y 47 minutos, a una media de 9'05'' el kilómetro.

La espera

Lo primero que noto que soy capaz de mantener la verticalidad. No necesito tumbarme, aunque necesito beber algo muy frío

—Una cerveza muy fría con limón —le pido a una voluntaria.

En ese instante llega la primera chica. Un poco más y me pilla. No esta el horno para cábalas comparativas, así pues agarro el vaso de plástico y noto que la cerveza está fría, pero no lleva limón. En cualquier caso, pese a no gustarme ese jugo a palo seco, mi gaznate lo agradece. 

Tras esto, me desabrocho el chaleco y me refresco en la fuente. Poco a poco me inunda el cansancio. Decido ir al apartamento a ducharme, para que me dé tiempo a ver llegar a Merche. Rezo para que no se haya perdido, porque necesita llegar como el comer.

Una vez aseado, me muevo con mejor brío, aunque me sienta exhausto. No tengo molestias en ningún sitio, salvo en mi mano. Veo como se acerca "B" y me pregunta, le digo que bien, pero que me ha resultado muy larga... le pregunto y me dice que se ha quedado segundo, con 6 horas 5 minutos. Tela, me ha sacado cuarenta y dos minutos..., por tanto, me habré quedado, por lo menos, sexto o séptimo máster.

Desando el recorrido siguiendo el trazado del móvil y espero ver llegar a Mercedes. Finalmente, acabo en el camino, en una zona soleada. Me tumbo en un piedra desesperado, porque pasan los minutos y ella no llega. Tampoco lo ha hecho la segunda chica y ya han pasado más de ocho horas desde la salida. De vez en cuando aparece algún corredor, casi todos llegan con signos claros de agotamiento, señal de lo duro que ha sido, sin embargo ella no llega... comienzo a desesperarme, hasta que le pregunto a un chaval y me dice que está al llegar, que han ido juntos gran parte de la carrera. También me dice que se ha caído.

Y, como en otras ocasiones, me deleito orgulloso al verla aparecer, una vez más cumpliendo. Viene muy tocada, con la rodilla echa trizas, pero aprieta los dientes y cruza la meta en 8 horas y treinta y dos minutos. La tercera, una muchacha rusa, lo hará trece minutos después, y todavía quedarán por llegar los últimos y esforzados héroes.

¿Qué decir?. La curan en la ambulancia. Los sanitarios me miran preocupados la mano... me dicen que me tengo que hacer una radiografía, pero yo paso, no creo que sea muy grave. Un rato después, la veo de nuevo en el pódium y me siento muy bien. Soy feliz si ella lo es y el final de esta historia es de lo más inesperado, porque cuando ya nos vamos, miro la clasificación y no puedo creer lo que ven mis ojos:

¡He sido tercer máster!. Para unos viejos como nosotros bastante hay con terminar semejantes pruebas, como puedo analizar al ver que la ristra de viejunos que hay después de mí sólo dejan constancia de lo locos que estamos.

Me dan el trofeo y posamos. No me importa el hecho de no haber subido al cajón. Yo con lo de Merche ya tenía bastante, aunque a nadie le amargue un dulce, sobre todo tras haber sufrido tanto como lo he hecho.

Y el resto es estupendo. Nos echamos la siesta y luego cenamos en el pueblo. Sentimos una plena satisfacción y mucha paz. Es en ese instante cuando me olvido de todos y cada uno de mis problemas, esos que me agobiaban justo antes de dar las primeras zancadas. Sí, ha merecido la pena esta cura.












lunes, 27 de junio de 2022

EL BAGAJE DESDE NOVIEMBRE HASTA ESTA PARTE

Como si de un quiero y no puedo se tratara, prometí escribir aquí, pero no lo he cumplido. En esta guisa han pasado un porrón de meses, concretamente siete, desde la última vez que me dio por contar alguna aventura. Fue la de noviembre, en Pelayos de la Presa...

Muchas cosas han pasado desde entonces y ninguna lo bastante reseñable. El caso es que cerramos 2021 corriendo el último trail del año, el Trail de Torrelaguna, otros 25 kilómetros en el norte de Madrid que no me terminaron de dejar poso alguno. Mejores sensaciones tuvo Mercedes que, al menos, cuando llegó a meta se comió una hamburguesa con toda su guarnición, cortesía de la organización (mi estómago no estaba para esos trucos)...

Por aquel entonces pretendía alcanzar un punto de inflexión, de hecho, empezaba a experimentar buenas sensaciones, como el domingo aquel del muy interesante entreno en Jabalcuz, con los que a la postre terminarían siendo los nuevos compis (Club Safa Linares Trail). Pero llegó la última semana de diciembre y, con ella, los polvorones, de forma que el conato de mejora en mi estado de forma se fue al traste.

Arrancó enero en un nuevo "debería" "y sí", pero todo eran vagos intentos, con entrenos que tratábamos que fueran largos, aunque no lo consiguiésemos del todo. Nos movimos como casi siempre, por Despeñaperros. A reseñar el entreno hecho en la zona de Aldea Magaña con el presi del club, Joaquín, 24 kilómetros, de lo más destacable en esas primeras semanas del nuevo 2022. También conseguimos llevar a cabo el entreno de 27 kilómetros que hicimos por la zona de Siles. 

El caso es que en febrero nos vimos corriendo en Guadalupe, una bonita carrera que por alguna razón casi he olvidado. Ni Merche, ni mucho menos un servidor, pudimos subir al pódium, aunque mi mujer se quedase a las puertas. Aún así, las sensaciones eran las de correr por inercia, sin disfrute apenas.

Llegó marzo y comenzaron las pruebas más serias:

  • Bogarra: primera prueba de la Copa Trail de Albacete. En esa estuve cerca, pero me hundí de forma incontestable, terminando en cuarta posición. Merche tampoco pudo subir al pódium, también cuarta. Habían sido 33 kilómetros exigentes, y la dureza nos había puesto en nuestro sitio.
  • Desafío del Calar del Río Mundo: como tirándonos a la piscina nos inscribimos a esta dura prueba de 45 kilómetros. Sin embargo, aquel fin de semana hizo tan mal tiempo que los organizadores tuvieron que acortar el recorrido, para dejarlo en 37 kilómetros. Nos habíamos inscrito como parejas y a fe que lo disfrutamos y sufrimos a partes iguales, a pesar de no poder ascender ni al Padroncillo ni a las Almenaras. Nos quedamos en un tris de alcanzar el pódium, siendo cuartos a un par de minutos de los terceros.
Unos días después, el 26 de abril murió inesperadamente mi suegro, y todo cambio... para mal, obviamente. Desde ese momento nuestras cabezas deambularon por una nebulosa de confusión y de problemas. No obstante, nos habíamos inscrito a una carrera por montaña en Valdepeñas de Jaén, la cual se prometía complicada. Así fue:
  • Valdepeñas de Jaén: la Rompealbarcas del 15 de mayo nos vino en el momento más inadecuado. Tanto es así que salimos juntos como parejas y Merche se retiró en el kilómetro cuatro, casi sin haber calentado. Ni le iban las piernas ni le iba la mente. Yo, tras haber perdido media hora (gran parte del tiempo charlando con los escoba), decidí seguir. Adelanté a la última, a la penúltima, y así fui avanzando, como llevado por el diablo, entre rocas y dificultades, alcanzando gente y más gente. Se puede decir que me crecí. Cuando coincidí con Miguel Ángel, de mi club, no podía imaginar que íbamos terceros de nuestra categoría. Él tiene reprise, así que a falta de cuatro kilómetros no pude seguir su estela. Me sacó algo más de un minuto, aunque por primera vez en mucho tiempo terminé plenamente satisfecho de una prueba de montaña, cuarto de mi categoría.
  • Bienservida: segunda prueba de la Copa Trail de Albacete. Había que recuperar a mi mujer, que estaba baja de ánimo. Competíamos nuevamente como parejas y nos batimos el cobre saliendo desde atrás, ganando puestos sin parar. Finalmente cuartos, pero a pesar de la dureza de otros 33 kilómetros bien complicados, terminamos muy satisfechos.
  • 50 kilómetros de Cazorla: llegó junio y también el calor. Temía una hecatombe y a punto estuvo de ocurrirme. Fieles al guion de 2022 salimos compitiendo en tándem. Con muchas dudas, eso sí (yo por la incertidumbre de la deshidratación y Mercedes por no encontrarse del todo bien de forma). Sin embargo, la cosa fluyó. Avanzamos y avanzamos, de forma que en el último tercio de la carrera comenzamos a crecernos. Tras llegar a la Iruela me indispuse repentinamente. Suerte que sólo quedaban tres kilómetros. El caso es que llegué muy tocado, pero logramos el objetivo. Lo de menos fue nuestro quinto puesto como parejas, que tiene bastante mérito para un par de carcamales que suman entre los dos cien años. En cuanto al crono, teniendo en cuenta el calor, tampoco estuvo nada mal: 7 horas y 32 minutos (1 minuto más que lo realizado por Mercedes en el año anterior).

Y llegó el verano y las adversidades que éste trae consigo. Lo bueno es que seguimos corriendo. Lo malo es que pintan bastos en septiembre, con una prueba a la que temo sobre todas las cosas: los 56 kilómetros del Trail Weekend de Santiago Pontones, justo donde el año pasado me retiré totalmente desahuciado por la alta temperatura. A Mercedes le regalaban el circuito y por ello me ha arrastrado a mi...

El miedo nos mueve hacia otros lugares. A mi me lleva ahora a plantearme un estío en el que no puedo dejar la oportunidad de preparar esta prueba para matar el mal sabor de boca del año pasado.


martes, 22 de febrero de 2022

LAS PROMESAS DIFERIDAS DE PELAYOS DE LA PRESA


Sinceridad

En un mundo tan empeñado en ir deprisa, ya no nos ensimisman con facilidad los largos y elaborados mensajes, de manera que, como si de comida precocinada se tratase, tendemos a devorar la información sin querer detenernos en buscar la magia. Pareciera que las poses y las luces impostadas fueran más importantes que lo que escondemos en nuestro interior, edulcorando así las situaciones en un intercambio más destinado a crear una verdad alejada de lo cierto que en mostrar nuestros auténticos sentimientos... 

Me consta que ese virus que te acabo de describir no toca, afortunadamente, a todos por igual. Además de la generalidad, aquellos que se acostumbraron a vivir bajo ese yugo, están esos pocos que se presumen inmunes a su influjo, quizá por la edad o quizá por tenerle alergia a las últimas revoluciones tecnológicas. Pero también existe un segundo grupo que bien podría balancearse en un difícil equilibrio, al saber añadir la proporción exacta de trivialidad en sus vidas. Más allá de estos, también están los "radicales"... aquellos que estuvieron enfermos y que hoy se ven curados, y que perciben esa impostura de la realidad como algo dañino, hasta el extremo de pelearse en un continuo por no volver a caer en la maraña de las redes sociales.

Quiero pensar que pertenezco a estos últimos. ¿Cómo si no podría explicarse el vacío que a veces se acomoda en mí?, el mismo que me hace sentir ajeno a casi todo, al igual que si estuviese en la piel de un extraterrestre disléxico y avanzase con el paso cambiado, al contrario del sentido de la marcha del resto de los mortales. Quizá fuese esa la razón que me llevara a dejar abandonado mi blog (él que nunca tuvo culpa alguna); el caso es que, abandonada la vía de desahogo que es la escritura, fue Mercedes la que quedó condenada al martilleo de mis pesadumbres en sus oídos, siempre atenta, por muy gris que resultase aquello que dejase salir de mis labios, demostrándome así su incondicional atadura, la incondicional y extraña conexión de eso que llamamos amor.

Así pues, lector, permíteme que te advierta que voy a ralentizarlo todo en una demora aburrida y descompasada. Tendrás que disculpar toda esa sequía diferida que te verteré a través de esta comunicación. Nada tendrá que ver con la inmediatez, las ocurrencias o ese mundo lleno de sorpresas que siempre puedes hallar en el universo de los WhatsApp, Instagram o TikTok. Acotaré la redacción guiado por medio mis antojos y sin sopesar posibles críticas; a cambio, rehuiré al "me gusta". Tenlo en cuenta, me tomaré esas licencias y me mostraré tal y como soy... al desnudo.

Hubo un día en que nuestros sentimientos viajaba en celulosa previamente encerrada en sobres. En esas ricas misivas, y en su ritual correspondiente, nos dejábamos el alma, del mismo modo que nos desgañitábamos a través de esos enfrentamientos dialécticos que, en el cara a cara, a corazón abierto, nos desarmaban y dejaban escapar al yo más sincero. No obstante, los tiempos han cambiado... ¿Lo han hecho para bien?

Multitudes

Se nubla la filosofía y pasamos a la acción... Huir de las masas. Eso pretendíamos aquel sábado soleado de finales de noviembre. Para conseguirlo, nos acercábamos a San Martín de Valdeiglesias, un bonito municipio madrileño próximo a la localidad donde tendría lugar la carrera: Pelayos de la Presa. Era tal nuestra ilusión, que viajamos hacia allí con los ojos encendidos y deseosos de aparcar por unas horas la absorbente rutina. No obstante, pronto comprobaríamos que, para nuestro infortunio, que el pueblo andaba engalanado en las celebraciones del día de su patrón, San Martín de Tours, viéndonos así en las antípodas del sosiego. De ahí que nos invadiese la ansiedad, no en vano veíamos imposible simultanear una más que deseada charla íntima y el deleite de saborear un plato del lugar. Lejos de todo eso, nos obsequiaron con una larga espera entre los murmullos de la multitud y, de esta inesperada manera, dejamos de ser los dueños de nuestro tiempo....

No quiero tener prisa, así que suavizo la demora imitando a Luis Laguna Sampere, mi alter ego escritor, y hago lo que le recomendase su terapeuta argentino, Mauricio Zanneti: me quedo con la mirada fija en un punto del techo, en mi caso, una grieta en la estructura metálica de esa terraza; trato así de vaciar mi mente para conseguir la tranquilidad necesaria, en definitiva, busco escapar de aquel descontrol.

 —Si no nos dan de comer a las tres comeremos a las cuatro —le digo a Merche con una sonrisa que parece sincera, aunque por dentro tenga algo de terapéutica.

Y es que el "Descendiente del Cromañón" se pasa media vida pretendiendo... desea tenerlo todo bajo control. No es fácil luchar contra ese gen perdido, y lo digo yo que llevo tiempo esmerado en ello. Así pues, ese sábado y parte del domingo, me pondré a prueba tratando de apartar de mi esos pensamientos que me despistan del disfrute de la compañía de la mujer que quiero.

Tras la comida, estiramos un poco las piernas y buscamos la casa donde nos alojaremos. El simple hecho de caminar sin prisa ya cura, aunque, más sanador es, si cabe, el reposo en el sofá, al lado de una sugerente estufa de leña. Logrado el descanso, salimos de nuevo a la calle y damos un segundo paseo, este más largo y pausado; lo hacemos cogidos de la mano, improvisando el itinerario, hasta dejar que la providencia nos lleve derechos a una chocolatería artesanal, sin lugar a dudas, el sitio  que deseábamos hallar. Allí echamos el resto, recogiendo un montón de calorías que nos entran con forma de sonrisa, si bien sabemos que, al día siguiente, no cabrá más remedio que expulsarlas de golpe, a base de esfuerzo. Para culminar la velada, nos preparamos un selectivo ágape. Nuestro plan es tan poco original como efectivo: recogernos en la casa y cenar plácidamente, con el televisor apagado y sin ningún ruido de fondo.

Reminiscencia

Hubo un momento de mi pasado en el que yo fui otro. Sin embargo, un buen día, la serendipia, o quizás las Moiras, me condujeron a un estadio de llana felicidad. Así fue el día en el que me Mercedes se cruzó en mi camino. A partir de ahí, anduvimos juntos, sin mirar atrás, hasta que, de nuevo, sufrimos una segunda catarsis, al descubrir, al unísono, nuestra pasión por el movimiento. De esta guisa, nos vimos en un tobogán de emociones y bendecidos por unas vivencias que hoy, todavía, continúan. Mas, han pasado los años y ya no resulta tan fácil como antes; ahora, el hecho de arrancar las zancadas es todo un empeño, por mucho que lo de seguir haciendo esto que tanto nos gusta nos de un bonus extra de satisfacción.

No obstante, los años suelen venir acompañados de todas esas reminiscencias que tienden a convertirse en añoranzas, con el añadido de que, en mi caso, la memoria es más despierta de lo que mi conciencia querría, por lo que me veo invitado, una y otra vez, a comprobar la involución mi cuerpo, el cual se halla inmerso en ese lógico y franco proceso de regresión. Así ha de ser... ley de vida... ya no floto a ritmo de zancadas por las pavimentadas calles de Roma, aunque, no por ello, voy a dejar de seguir moviéndome.

Pues bien, en la madrugada del sábado al domingo no puedo dormir... me hallo sumido en todo ese revoltijo de cavilaciones, hasta que la vigilia se apiada de mi y logro conciliar el sueño, abandonando todos esos anhelos envueltos en telarañas. Lo último que pienso antes de cerrar los ojos, es que he de dar las gracias porque, al menos, Mercedes y un servidor, aún conservamos la inquietud, dispuestos a seguir metiéndonos en líos, esos que llamamos, impropiamente, aventuras.

Reencuentro

El día que descubrí la montaña lo hice de puntillas. Mi primera experiencia fue un tanto extraña... No terminé de encajar eso de tener que ascender, a cuatro patas, entre las rocas, yo que estaba ávido de ritmos, mediciones y asfalto. Sin embargo, de manera encubierta, debió sonar un clic en alguna parte de mi interior, porque en el transcurso de las semanas siguientes, me vi seducido por la naturaleza y todo lo que ella conlleva, hasta el extremo de que, hoy en día, no quiero otra cosa para mis piernas. Sí, así es, lo tenemos bien interiorizado, el de correr por todos esos parajes que antaño me hubieran parecido lugares prohibidos. Esa magia hay que perpetuarla hasta que nuestros cuerpos aguanten...

Nos montamos en el viejo Toyota y vamos hasta Pelayos. Seguimos el protocolo, aparcando en la zona habilitada y, sin previo aviso nos azota toda esa adrenalina que fluye en al aire, en los prolegómenos de un trail. En esta ocasión, esos estímulos flotan sobre la superficie de una tierra sobre la que nunca antes hemos pisado, bajo la premisa de una carrera de montaña (la Madrid-Segovia no cuenta en esa catalogación).

Recogemos el dorsal y tratamos de calentar por las lomas de alrededor. Las zapas me molestan, han decidido fastidiarme, de manera que, me imagino que andan amotinadas, deseando escapar de las aristas de mi fisonomía, como si se tratase de una confabulación en contra mía. E, incomprensiblemente, siento miedo, algo que no suelo experimentar. 

«Me estaré haciendo viejo». Me pregunto. Y bien debería haber caído en la cuenta que el temor es un sentimiento que suele nacer en las tripas, motivado por el instinto, de manera que, a veces, debemos escuchar a nuestro cuerpo.

No obstante, no hemos ido hasta allí para andar timoratos. Toca buscarme, reencontrar a ese corredor de montaña que pienso que llevo dentro, sin inventarme más excusas ni escarbar en más inconvenientes. Cuento con la ventaja de que no hay ánimo competitivo en mi deseo, sino tan sólo la imperiosa necesidad de hallar un disfrute que, últimamente, tiende a resultarme esquivo. Nos damos el beso de rigor y suena el pistoletazo. 

¡Cómo salen de disparados! Es incómodo sobrellevar todo ese ritmo, pero no queda más remedio que meterse en la pelea, aunque sea por puro contagio. 

La primera parte es de correr y correr, con toboganes verdes que nos mueven por caminos y sendas anchas. El campo está bonito, aunque yo no ande para miradas gozosas. Bastante tengo con eso de tratar de mantener mi cadencia. Hago la goma con un montón de gente, y, pese a no ir cómodo, parece que me voy asentando, hasta que, afortunadamente, me veo, de repente, totalmente solo. Lo agradezco, porque ya ha llegado la hora de interiorizar mi rutina sin fijarme en nadie más.

En esta guisa recorro un interminable camino, con unas estupendas vistas a mi izquierda. Si mi idea inicial era la de tratar de entrevistarme con ese yo que últimamente andaba escondido, ya os adelanto que no lo lograré...

Interacción

Un día fui un animal social, al que le entusiasmaba lo de establecer relaciones con otros locos como yo. No sé si lo descrito en el primer minicapítulo de esta confesión, influye en que me haya vuelto algo arisco. Estoy casi seguro que, como mínimo, algo tiene que ver. El caso es que, cuando alcanzo al compañero que llevo delante, soy fiel a mi idea previa de aislamiento, determinado a seguir en lo mío, asumiendo ese rol de tío solitario que trato de representar. Sin embargo, por alguna razón, no importa ahora cuál, acabamos charlando.

Se llama Juan, y avanzamos juntos, durante un buen rato, intercambiando lo que resultan ser nuestras primeras impresiones, hasta que interrumpimos esos visos de comunicación al llegar al puesto de avituallamiento, donde nos espera un voluntario. Desde ese punto, iniciaremos ese pequeño círculo del recorrido que nos terminará regresando al mismo punto inicial (esta frase es casi una metáfora de la vida). No llevo soft flasks esa mañana, así que saco el pequeño vaso plegable y bebo una extraña isotónica rosa, la cual me sabe a rayos, pero me reconforta (esa también podría ser otra metáfora existencial). Reanudamos la marcha en silencio, aunque me consta que, ambos, hemos decidido compartir los kilómetros que se tercien, a sabiendas de que llegará el momento en el que la carrera nos ponga a cada uno en nuestro lugar. No obstante, la conversación comienza a fluir. Lo hace de tal manera, que nos transporta hacia un instante agradable y pausado. La tranquila y apacible mañana, así como la ausencia de competidores por delante y por detrás, ayudan a que se dé esa relajación, por lo que, nos vamos contando pequeños retales de nuestro día a día, mientras avanzamos por un cortafuegos. Y entonces sale... dejo que salga el tema... le comento lo de mi libro, en ese orgullo que todo aquel que quiso ser escritor siente al contar la buena nueva de que, por fin, consiguió parir su relato. Una cosa lleva a la otra, así que, acto seguido, nos envolvemos en una breve charla sobre arte... él habla de pintura, de su padre, y en esta tesitura, nos despistamos.

 —¿Dónde demonios están las balizas? — nos preguntamos. 

Es momento de vacilaciones... quizá estemos a tiempo de dar media vuelta. En cambio, seguimos, porque el recorrido que tiene Juan grabado, nos indica que vamos por el buen camino.  Los siguientes quince minutos son de auténtica incertidumbre, ante una casi onírica vivencia que sabemos que es real, pero desconcertante, como si se hubiese ido la luz y estuviésemos buscando el interruptor, para que, justo cuando finalmente lo encontramos, lo pulsemos y nos sorprenda la continuidad de esa profusa oscuridad. Este episodio termina en el momento en que, tras girar hacia una zona frondosa, otro voluntario nos informa de nuestro extravío, al tiempo que, contrariados, iniciamos la bajada por una senda que se abre hacia un espeso bosque.

«Demasiado tarde para lamentarse. En lo que a mí respecta, he venido hasta aquí para disfrutar». Eso pienso, pero, aunque no quiera, me costará dejar de darle vueltas.

Mi compañero mete una marcha más, hasta que llegamos a una pronunciada subida, en la que se deja ver el amplio surco que la oruga mecánica ha provocado en la superficie. El tramo es duro, aunque me siento cómodo ante ese tipo de dificultades. Por ello, me empleo a fondo, para comprobar cómo ambos ascendemos a buen ritmo, adelantando a corredores, los cuales, media hora antes marchaban por detrás de nosotros. Es como si la variable tiempo se hubiese descontrolado, regresándonos hacia atrás, pese a que nosotros no hemos dejado de avanzar a través de la dimensión espacial.

Ya en una zona más amable para ese acto que es trotar, sigo a duras penas al alcalaíno, porque Juan es de Alcalá de Henares, la misma ciudad donde aprendí a reflexionar durante los largos y aburridos ratos que pasé junto a mi soledad, durante el obligado servicio militar. Él le ha tomado bien el pulso a la situación, mientras yo le sigo como puedo, sufriendo en las bajadas, pese a que éstas no sean muy técnicas. Doy pequeños saltos como si fuese un cacho de tronco rígido, mientras maldigo en silencio la falta de adaptación a las zapatillas y no dejo de sufrir el martilleo agudo en sendas rodillas. A pesar de los inconvenientes, tan sólo llego unos segundos después que él al puesto de asueto. Aún compartiremos un buen tramo, hasta que la manzana acabe cayendo por su propio peso y lo pierda de mi plano. Cuando esto ocurra, sé que me dará rabia, porque, a partir de ese punto, los segundos transcurrirán lentamente, avanzando casi tan despacio como trato de mover mi cuerpo. 

Soledad

La siguiente hora está llena de sombras, de esas que últimamente oscurecen mis carreras por la montaña. Últimamente siempre llego a la misma conclusión: busco una aventura en la que regocijarme, pero termino experimentando una de esas situaciones en las que toca tragar saliva. Las fuerzas ya están en la reserva y mis viejunas extremidades se quejan, a pesar de no llevar ni veinte kilómetros a mis espaldas. Para colmo, oteo a Juan en el horizonte y siento envidia, por no poder alcanzarle, mientras lo contemplo como va dando caza a más corredores. 

A pesar de toda esa negatividad, me crezco, para mi sorpresa, en la que va a ser la última cuesta del recorrido, hasta el punto de acercarme bastante a ese ansiado grupo. Sin embargo, al igual que un suflé que se hincha de aire, no hay más que pincharlo un poco para ver cómo se viene abajo. Toca descender por una estupenda senda: el tramo cronometrado.

«¡Pues vaya! uno ya no está para demasiado estrés». Me digo para mi adentros.

Con esa actitud, y sin fortaleza, la bajada sale como sale, más bien mal. De hecho, los de delante desaparecen de mi vista, hasta tal punto de pensar que, por segunda vez en el día, me he perdido... de hecho no veo balizas por ningún lado, tan sólo ese gran valle donde reposa Pelayos junto a su apellido, su embalse. Comienzo a tener una inusitada y desagradable ansiedad por llegar. No me gusta sentirme así, no en medio de un bonito y soleado día como ese. Sin embargo, las cosas, para el Descendiente del Cromagnon, no suelen salir tal y como él querría. En eso consiste vivir: un constante driblar obstáculos.

Cuando vuelvo a ver una baliza, respiro aliviado y me consuelo al saberme dentro del trayecto. Unos segundos después dejo de estar solo, coincidiendo con la empática sonrisa de la gente que corre la corta. También me roza algún que otro corredor de la larga que me pasa sin piedad. Me dirijo hacia una meta que nunca llega, y el tiempo me pone cara de ogro haciéndose eterno. Durante esos minutos me veo como un tonto que se traslada en un sinsentido, bajo la premisa de un sufrimiento absurdo. El hecho de oír al speaker a lo lejos, me saca de ese malestar, llevándome al terreno de una simple ilusión por finiquitar, sin embargo, es como si el viento soplase fuerte sobre mi cara y aquella megafonía estuviese más lejos de lo que el sonido me indica, porque sigo viendo árboles y más árboles, sin noticias aún del ansiado arco hinchable. Pero no hay pena que cien años dure ni cuerpo que la resista: llegado el momento de enfilar hacia meta, hallo un regocijante regusto en ese acto, por el simple mecanismo de compensación que siempre troca malestar por descanso.

Al detenerme, me quedo dubitativo a la vez que mareado… no sé si echarme al suelo, sentarme o permanecer de pie. En cualquier caso, estaré incómodo en cualquiera de las tres posturas. Aguanto en vertical, aunque lo hago a duras penas. Si me lo hubieran preguntado en ese momento, habría dicho que venía de correr, al menos, ciento treinta kilómetros. Así me siento. Me duelen los pies, estoy tan agarrotado que no sé dónde empiezan mis caderas y terminan mis tobillos. A pesar de ello, me traslado como puedo hacia el coche, pensando que pese a haber terminado la carrera, el sufrimiento continúa. 

Afortunadamente, conforme pasan los minutos, el cuerpo se va regresando al envés. Mientras me estoy cambiando, aparece el bueno de Juan. Charlamos sobre la experiencia y nos felicitamos, yo le digo que escribiré esta crónica y con ese acto hipoteco la intención. En cambio, no llego a decirle que me me hubiera gustado haber tenido arrestos para haber aguantado su ritmo hasta el final, que sentí envidia. En cualquier caso, se lo digo ahora.

Durante el lapso de minutos en el que tocará esperar a Mercedes ato cabos: me siento como si fuese el esqueleto del que cuelgan mis vacilaciones. A lo largo de todo ese fin de semana no he dejado de tener proyecciones y pensamientos que me llevaban hacia ese final, a ese allí y ese entonces. Como si estuviese escrito.

Reconstrucción

Finalmente termina saliendo mi gen competitivo. Es difícil resistirse a la pregunta.

—¿Cómo me he quedado?... Francisco Javier Ayuso Mestanza —le pregunto al de la mesa de cronometraje.

—Cuarto Veterano B.

La respuesta no me desmoraliza lo suficiente, porque en seguida pienso en esos quince minutos en los que anduvimos extraviados... no cambiaría aquella conversación, aquel sosegado buen rato, por un desangelado y frío cajón en el que lavar mi ego.

Merche llega sonriente, como siempre, y logra el premio a su tesón. De nuevo se vuelve a subir al pódium. Los macarrones no me reconstruyen el estómago, ni tampoco mi mente se ordena lo suficiente. Es, como casi siempre, Mercedes y su sonrisa, la que me devuelve a un estado más positivo, porque ella tiene el don de sacar lo mejor de mí. 

En el viaje de vuelta, pienso que no sabría decir si, finalmente, logramos escapar de aquello de lo que huíamos. En cualquier caso, las endorfinas ya están trabajando para nosotros y, nos hacen sentir tan bien, que el trayecto de vuelta se convierte en un plácido viaje.  

Querido lector, estoy llegando al final. Como decía al principio, me he tomado la licencia de ralentizar la respuesta. Han pasado tres meses de todo esto que he narrado. Sí, creo que llevas razón, he edulcorado un poco lo sucedido, pero, lo hice en aras de la literatura. Aunque, sobre todo, con estas líneas cumplí con lo prometido y, de paso, reabrí este blog. 

Ahora, aquí sentado, delante de mi ordenador, pienso:

«¿Quién demonios leerá estas líneas?»

Un servidor lo hará al servicio de la elaboración y corrección de su propia escritura... Merche la repasará por amor... y Juan, quizá pose en ellas sus ojos por alusiones o por curiosidad. En cuanto al resto del mundo, por mí parte puede seguir a lo suyo, que no espero que se enganchen a las vicisitudes entre montes de un aprendiz a escritor cuyas piernas están dejando de funcionar.