RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

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domingo, 16 de diciembre de 2018

LA CRÓNICA DE LA ULTRAMARATÓN DE LA VIDA: UN ANTES Y UN DESPUÉS

La noche no me vió abrir los ojos ni una sola vez, es lo que tiene eso de no esperar nada del día siguiente; en cambio Mercedes se desveló en mitad de la madrugada y su inquietud no le dejó descansar todo lo que habría deseado. Además estaba algo cargada tras haber corrido la carrera nocturna 8K (había decidido realizar el "desafío", doblar ambas pruebas) Ya en pie vino el ritual mil veces celebrado: desayuno contundente, preparación logística sin olvidarme la vaselina en los pies y sin que se le olvide el inhalador para asmáticos...etc

...aquí comienza la crónica de aquella carrera que sin esperarlo acabó marcando una muesca en mi corazón, ese mi órgano que está a disposición de quien lo necesite, aunque no creo que resultase útil por ser demasiado grande, no porque no me quepa en el pecho de lo bueno que soy, y sí debido a una bradicardia sobrevenida de los repetidos esfuerzos anaeróbicos de la adolescencia.

Reunidos en el frío del Guadalquivir

Vamos andando hacia el embarcadero en una fresquita mañana, ideal para llevar a cabo el cometido que nos ha llevado hasta allí. Nos embarcan sin dilación y en el sorpresivo transbordador me hallo rodeado de gente sonriente;  ella también lleva instalada una tímida sonrisa.

Ya en marcha sentimos en los huesos el frío húmedo del Guadalquivir, ¡es tan extraño!, tanto loc@ suelt@, improvisada tripulación a la búsqueda de su enésima aventura ...

Tomamos tierra donde un faro altivo se levanta, y ahora sé que se trata del Puerto de Bonanza todavía en Sanlúcar; dejamos las bolsas que portan la ropa de abrigo, en una "Telefurgo" habilitada para la ocasión y despojados de todo lo sobrante sólo nos queda enfrentarnos a la distancia y a nosotros mismos.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

Esta nueva vida ya no es tan nueva, 3500 días de los cuales más de 3000 en movimiento, perdí la cuenta de los kilómetros y las horas, pero está mereciendo la pena. Hago recuento de sufrimientos, ampollas, alegrías, vellos erizados, lágrimas y calambres, y me salen un montón pero no son  demasiados aún. Cotemplo un imaginario pilón de viejas zapatillas desgastadas, mientras me hallo dando diente con diente en el único rincón cercano a meta donde se asoma tímidamente el Sol. Mercedes no tiene pinta de estar revisando el pasado, sólo mira hacia adelante y disfruta de su mejor momento saboreando cada oportunidad que le brinda su apretado calendario de retos.

El comienzo de una aventura: final de un ciclo y principio de un nuevo horizonte

Resuena por megafonía "donar vida". Todos y cada uno de nosotros nos sentimos muy vivos, conscientes de que lo importante viene a ser sólo un suspiro; dar es el mejor verbo en este breve caminar que es la vida. Un sencillo beso nos une durante un segundo y tras esto me autoexilio al final del pelotón, donde tienen a bien recibirme. 

En mi brazo derecho me aprieta la representación en forma de pulsera de un pulmón. Ese órgano que bombea el oxígeno a la sangre. No me faltará el aire para poder transformar mi alma en la de un aprendiz de director de película dispuesto a contar todo lo que vea esa mañana. A unos segundos de darse la salida, me enfrento al sentimiento de que la decadencia ha venido a quedarse e inicio este aventurero reportaje que versará sobre el esfuerzo y la generosidad que todos llevamos en nuestros chalecos, junto con las sales y los geles. 

Cierro los ojos, allí al final de la cola y pienso que algo se terminó en mi tras la Doñana de noviembre, los vuelvo a abrir, no hay tiempo para reflexionar.., comienza la cuenta atrás: "10, 9, 8...., y estoy a punto de empujar esa puerta que me da acceso a esta nueva etapa....

En un mundo donde las piernas fuesen solas

Iniciamos el movimiento  y Mercedes se escapa entre la multitud como alma que se lleva el diablo. Yo me quedo en el limbo de los indecisos que tienen algo que contar. Mi cámara ficticia ya está trabajando y comienza este acontecer: voy el último y una sensación de sosiego colma todos mis sentidos....y un flashback improvisado me lleva a verme corriendo por el adoquinado de Roma, el pacemaker de las 3 horas va junto a mi y mis piernas están empoderadas, el romano de amarillo que porta el globo flotante de ese mismo color no va a escaparse y tengo la tentación de huir hacia adelante y buscar la aventura del 2:50,..., rodeo el Coliseum acometiendo la última recta y mi sueño me alcanza a la par que yo lo alcanzo a él. Regreso al presente, no hay flow romano, sin embargo voy avanzando bastante suelto, ¡eso es toda una sorpresa!.

No tengo nada y soy feliz sin mi ego

Sorprendido de avanzar con tanta facilidad puedo acelerar pero no lo hago. Aún así voy cazando gente que avanza feliz, y es inevitable que se produzca el contagio. El minutero se mueve alegre y esta película da un giro a mejor cuando tras pasar por la Algaida nos adentramos en el bosque del Parque Nacional de Doñana, mi tercera oportunidad para disfrutar por estos parajes, tras haber malgastado dos cartuchos en la parte del parque cercana al Rocío.  Obvio el primer avituallamiento y me adentro a la búsqueda del lugar donde reside el auténtico disfrute...

Los pies se hunden en la arena pero mi alma sale a flote

Voy por preciosos parajes donde la arena pesa y olor a pino te inunda; sigo alcanzando gente, pero no aparece en la pantalla de mi cámara la silueta de Mercedes, pienso que está yendo demasiado rápido. Pero la voz en off del narrador acabará dando buenos noticias cuando en el kilómetro 12 identifico su alegre correr envuelto en su maillot color salmón. Puedo apretar y alcanzarla pero no lo hago, la llevo encuadrada en un segundo plano, allá en la distancia, y eso me hace sentir bien, esperando sin prisa a que llegue el momento de volver a correr juntos por Doñana.

Emociones mejores si son compartidas

Entre los clarioscuros del bosque del coto las heridas van cicatrizando rápidamente, el mal de correr que se cura corriendo. Llegamos al avituallamiento del 14, un voluntario me da la pulsera que representa el riñón, y me la ciño en mi brazo derecho. El riñón ese órgano que filtra, limpia y da equilibrio, paralelamente en mi ha comenzando el proceso químico que hará que aflore desde mis adentros todo lo bueno, y que dejará aislado y expulsará después, todo aquello que me hace mal.

...Merche ha parado a beber y continúo unos metros auque aminoro la marcha para que tras su parada acabe alcanzándome...no cuesta mucho imaginar la siguiente secuencia: lo que le alegra verme, es el inicio de nuestra aventura compartida. Giramos a la derecha acometiendo una larga y bonita recta representada por un ancho camino que corta el bosque del coto en dos. No lo sé entonces pero estamos regresando sobre nuestros pasos, zancadas al unísono fruto de un regalo mutuo.

Cogiendo ritmo hacia mi yo

Siento que estoy disfrutando como no me hubiera imaginado, y mi principal deseo deriva en no querer que esa carrera se termine nunca; los árboles se acercan a mi por si mismos, no descuento pasos para alcanzarlos, puedo ir delante de ella, al lado o incluso puedo bajar el ritmo dejar que se escape y luego alcanzarla, y lo veo todo como un regalo; estoy al servicio de mis piernas, no mando sobre ellas, son ellas las que han decidido concederme este honor que recibo agradecido.

Zigzagueando 

Dejamos el ancho camino y pasamos a una zona más divertida, justo en el punto donde tiempo antes habíamos ingresado en el coto. "Hoy voy a sufrir, de hecho ya voy un poco justa", me dice Mercedes, sin embargo el ritmo no ha decaido apenas. Lo que me ha dicho no me preocupa, si ha de ser así sufriremos juntos para que llegue, pienso.

En la zona del parque donde la arena es un dulce obstáculo yo me tomo una pastilla de sales y un ibuprofeno, porque mi pierna izquierda está por avisarme y he decidido dormirla, y ambos zigzagueamos entre los pinos hundiéndonos en el esfuerzo. Adelantamos a dos chicas y ella se viene arriba, pese a que sus piernas ya pesan como losas, y en un momento de debilidad me pide que me vaya hacia adelante. "ni loco me pierdo el llegar hoy contigo, ya fueron suficientes dos Doñanas". Tras cinco kilómetros tan duros como bonitos alcanzamos un camino asfaltado adornado de un horizonte infinito y allí metemos una marcha más, como si fuera la última recta antes de meta.

Metabolizando la felicidad y desechando la tristeza

La recta nos sirve para que mi mujer se recupere al tiempo que en el avituallamiento cercano al kilómetro 30 nos dan la pulsera de nuestro tercer órgano, el hígado, órgano fundamental, a través de él metabolizamos lo que digerimos, acumulamos energía y desechamos lo que nos sobra. Esa pulsera me convierte nuevamente en corredor, después de unos meses en los que he estado algo perdido, corriendo sólo por correr. Con ella ceñida en mi brazo avanzamos como si esa ocasión fuese la última en la que marcharemos juntos. Las fuerzas hoy no se irán, no habrá hundimiento y las piernas seguirán fluyendo hasta el final, contradiendo a lo que dice la probabilidad de fracasar cuando se trata de mezclarme con una prueba larga. Será que esa pulsera es mágica y metaboliza todo lo positivo.

Giramos a la izquierda y discurrimos junto al Guadalquivir, que también avanza en su agonía antes de mezclase en la inmensidad del Atlántico. El paisaje es tan inusual y bello que mi cámara capta el momento y me empapo de un sentimiento de fortuna por lo que estoy viviendo.

Corriendo bajo el fino césped de la marisma

El terreno más duro da paso a la tierra blanda y verde que se extiende plana hacia nuestro destino. Mercedes va descontando metros y yo la acompaño en un auténtico regocijo. Su sufrimiento es sólo relativo, porque en sus adentros es sabedora de que el momento es un premio. De vez en cuando me desvío del camino y piso la fina hierba abriendo sendas, las piernas quieren que vaya más rápido pero ello no me haría ser más feliz. Hoy puedo con dos geles, rompiendo con el mito de que mi estómago no puede tolerarlos. No sé si se donan estómagos pero el mío no es aconsable donarlo, pienso. Y la marisma convive con la naturaleza y genera la sal, esa que todos tomamos y en esta guisa mi mujer aguanta y aguanta hasta llegar a la salina, justo para decirme, "Dios mío, cuánto queda para llegar al avituallamiento".

Ese órgano del que apenas se habla

No es tan conocido como el corazón, o como el riñón, pero sin él no podríamos vivir. Al ponerse la pulserita de este órgano en su muñeca Merche percibé el subidón, como un diabético nota que le entra la insulina. Eso y el efecto de mojarle bien la nuca con agua fresca hace que salga con ánimos renovados. Alguien de la organización dice "pero mira cómo va el marido, va como si nada" y yo le miro, esbozo una sonrisa y me visualizo hecho polvo en Villamanrique de la Condesa, semanas atrás, ella tirando de mi y yo sin poder dar un paso...

Nos vemos avanzando a buen ritmo por la avenida, bajo el asfalto que agradecen sus maltrechos cuádriceps. Mis piernas hoy son desconocidas para mi, definitivamente he sufrido un trasplante de extremidades. Las ruedo en su avance, cámara hacia abajo y aún me cuesta entender qué me está pasando.

Que el peso en tus pies no te haga sentir la gravedad

Bajamos a la playa en un punto cercano a donde habíamos desembarcado horas antes. La fina y abundante arena nos recibe para que percibamos cómo podemos llegar a pesar mientras flotamos mentalmente hacia la meta. Merche pese al sobreesfuerzo avanza con una sonrisa y yo no veo obstáculo en toda esa dificultad, sólo veo en ello el preámbulo perfecto para terminar está película. Tras unos minutos dignos de los de un duro trail, subimos al asfalto donde el último cartel con el kilómetro 50 nos recibe con otra frase motivadora y muy adecuada para la ocasión, que desafortunamente no recuerdo.

Dedicado a mi padre

Es sentir nuevamente el terreno duro y las piernas de mi mujer comienzan a fluir y acometemos las calles de Sanlúcar escoltados por un policía local motorizado que no deja de animarnos. La emoción comienza a crecer en mi, y es entonces, justo entonces, cuando se desempolva un deseo inhibido. Echo en falta el sello de oro de mi padre en mi mano izquierda, ese que porté en la Doñana de un mes atrás, pero aunque no podré besarlo al llegar, en este último kilómetro, cada zancada que doy es en su honor y su recuerdo. El fue donante de sangre muchos años hasta que le tuvieron que decir que debido a su edad ya no podría seguir dándose. Él nos donó muchas cosas buenas en vida, y a mi me sigue inundando su espíritu callado...

Giramos a la derecha en la última curva de esta increíble aventura. He corrido muchas maratones, me he curtido en demasiadas y aventureras ultras, he disfrutado de la montaña hasta la extenuación pero juro que esa recta es una frontera que tuve el placer de cruzar, para dejar atrás un antes y recibir un nuevo después. No brotan las lágrimas, el sentimiento es demasiado grande para ello y cogidos de la mano avanzamos hacia el final justo al tiempo de ver a nuestros amigos Pilar y Eusebio que nos reciben con una gran sonrisa. Al parar el crono beso a mi mujer, la abrazo, la levanto y soy tremendamente feliz. Nos ponen la pulsera que representa el corazón, ese órgano que nos da la vida y que es esencial para seguir aquí, pero que también nos dice que somos almas que se aferran a sus películas como única salida para combatir este tránsito efímero. 

Este es el To Be Continued

Nos cuelgan las medallas y no son cualquier cosa, representan no sólo haber llegado, representan lo que somos, y con ella colgada no concibo otra forma de vida que la que llevo.

Y aquí termina esta película, con un final inesperado pero muy muy feliz. Llegué a Sanlúcar sin ninguna expectativa, sin sentirme corredor, y salgo de esta localidad con cinco pulseras, con todos mis órganos renovados. De la mano conquistamos por fin Doñana y la memoria de mi padre quedó redondeada tras recortar las aristas de anteriores desdichas.

PD: no me han dado la pulsera del estómago, pero en esta ocasión da igual, por primera vez en una ultra sentí desde el momento en que paré un hambre tremenda y la sacié entre tapas exquisitas mientras que un fisio golpeteaba los maltrechos cuadriceps de mi mujer. No es por chinchar pero ella es la ultrafondista, mejor este final que el de la vía en mi brazo mientras ella mira al enfermero preocupada.

Datos técnicos y agradecimientos

Y los fríos números: Mercedes se quedó con la medalla de chocolate, 4 horas 51 minutos, 4ª de la categoría veterana +40. Y en el desafío cuarta también, a tres minutos de la tercera. ¿Y qué importa si somos unos privilegiados con este final de ensueño?.

Para todos los que estais leyendo esta entrada y os estáis pensando eso de participar en el futuro, ni lo penséis, inscribiros, no es una carrera, no es un ultra, es una ultraexperiencia que nos hace sentir cosas que no se nos deberían olvidar nunca. Lo hacen con tanto "corazón" que es imposible encontrarles un pero. TODO PERFECTO.







jueves, 6 de diciembre de 2018

LA CRÓNICA DEL TRAIL DE DOÑANA 2.018: ¿RETO O ROTO?

En el arca de los sueños extraviados

Una segunda oportunidad y así poder limpiar los restos de los recuerdos de aquella Doñana Trail de 2.016 (que incluyó en mi bolsa de corredor vómitos, ambulancia y vía en vena). Casi olvidado el juguetón vaivén de la falda de mi mujer  alejándose ante mi impotencia tras no poder seguir su ritmo; habían desaparecido aquellas malas sensaciones: el dolor al vomitar, los calambres dentro del saco de dormir, el quemazón de mi esófago, todo lo que había que esconder había sido desechado y se nos brindaba la ocasión de una estupenda llegada al Rocío cogidos de la mano en la restauración perfecta del sueño extraviado.

No me pares ahora

Alguien nos regaló un jueves soleado que supimos pasar en Linares. Inés se quedó con sus abuelos aquella tarde en la que estuvimos con Jorge justo en el mismo café donde tiempo atrás su madre y yo charlamos de proyectos de vida mientras nos enamorábamos. Los tres juntos en una sesión de cine en el mismo bowling donde otrora ella y yo compartimos ficciones en aquellos magníficos sábados. En la pantalla un divo cuyo nombre artístico es Freddie con un mensaje: la vida es demasiado corta como para desaprovecharla. Al final de la película suena "Don´t stop me now" y no quiero parar, no podemos parar.

Busco un color especial para Sevilla

Veo la expectativa agarrada al parabrisas del coche, como si fuera un folleto publicitario de esos que dejan bajo el limpia. Mercedes va contenta y segura hacia su destino: correr sin descanso como si no hubiera un mañana. Nos vemos cargados con dos grandes bolsas por la Avenida de la Constitución, pasando ante las imponentes piedras de la catedral, justo por donde hace unos años me moría de vergüenza mientras caminaba en plena maratón entre las arengas de los sevillanos. Llegamos a la Plaza de Jérez; identifico el lugar donde montaron el arco de salida y siento inquietud, no me llegan buenas ondas del pasado. 

En el centro comercial ya venden ilusiones

El google map nos lleva fácilmente al centro comercial donde recogeremos los dorsales. dos años atrás resultó más difícil encontrarlo y pienso que así ocurrirá con el reto, que será más fácil su logro. La bolsa, unas fotos y aparece Mariano Moya, ese crack con el que nos tomamos un café e intercambiamos charla de corredores. Paseamos ella y yo por los largos pasillos del mamotreto de hormigón y acero y pienso que estoy completamente seguro de se nos dará bien. Compramos la cena y el desayuno previo a la aventura y nos recogemos en la habitación del hostal. Mientras repongo energías conecto el portátil y veo a mi Alba ganar. Mi vicio por este equipo ya viene de hace casi 30 años y al igual que lo de correr es como un mal veneno que una vez probado es casi imposible prescindir de él.

En el punto de reinicio del día de la marmota

La mañana nos sorprende tras haber descansado. Se amontona la logística por la habitación y ultimamos los detalles antes de bajar. En la calle no hace frío, no llueve como lo hiciera en 2.016. Dejamos las bolsas que viajarán al Rocio en un traslado menos emocionante que el nuestro, calentamos un poco y nos vemos de nuevo ahí, con 71 kilómetros por delante.

Merche ya no es la que fue, no es novata, y en cuanto a mi, soy un proyecto de lo que quiero ser, de lo que un día fui. Atrapados en la Puerta de Jérez vivimos nuestro día de la marmota tratando de moldear la jornada a nuestra conveniencia para obtener un final más feliz que el que en su día tuvimos. 

De igual a igual

Dan la salida, Merche y yo en tándem, parejas mixtas, "igualdad" llaman a esta nueva categoría. No voy de maestro, ya ejercí como tal en mi primera marmota y así me fue, no quiero hacerlo en esta segunda. El scouting nos ha dicho que hay poco que hacer en esta categoría, demasiado nivel, así que salimos sin la presión añadida de elocubrar con podiums.

El ritmo es vivo y mi pierna no quiere aguarnos la fiesta; parece que no tuvo sentido tanta preocupación por ella en los días anteriores. Ahora bien, no esperaba el flow y sé que no va a venir, no en esta nueva etapa que me toca vivir.

Vamos en pareja, de igual a igual y alcanzamos San Juan de Azanalfarache, rodeados de corredores nerviosos que quieren comerse el camino de la romería y llegados a la cuesta no andamos, no hay que reservar fuerzas, o al menos eso creo en ese momento. 

La protagonista de esta historia


Antes de llegar al primer avituallamiento un corredor ciudadrealeño se pone en paralelo y nos da charla, se saca una grabadora y nos hace una improvisada entrevista, es de un diario deportivo que no recuerdo. Ella es la protagonista de esta historia común, de este tándem que hacemos. Alcanzamos a una conocida corredora también de nuestra provincia justo en el puesto del 10 lo que me hace pensar que probablemente marchemos por encima de nuestras posibilidades. Esa chica es buena pero también es posible que vaya guardando energías ante la exigencia de la prueba.

Merche es la actriz principal de su disfrute, yo soy el actor secundario de mi confusa preocupación.

No hay regocijo en ello

Pasan los kilómetros y suman en el gps pero no suman en mí. Comparo el paisaje con el de mis recuerdos y comparo mis sensaciones con buenos momentos que ya olvidé. En el avituallamiento del 20 tras hacer la goma con ella, volvemos a cazar a la corredora de Ciudad Real, justo cuando pienso que me está costando más de la cuenta comerme el tercer turroncillo .

Mercedes es como una máquina, sus piernas son los émbolos y no deja de moverlos como si pudiera perpetuar su inercia. Pensar en eso no me ayuda, mis piernas no las siento así, no hay regocijo en todo esto, al menos para mi.

Si a un kilómetro sumado le restas dos en sensaciones

A la altura de Aznalcázar nos topamos con una laguna que ocupa todo el camino. Nos mojamos hasta la rodilla y ese handicap resta unas cuantas líneas de vida a mi acumulado. El pie comienza a fastidiarme, pero ese dolor puedo soportarlo. Paro a hacer un pis y me cuesta alcanzar a Mercedes, demasiado impetú para empresa tan liviana. Volvemos a coincidir con aquella chica, que en esta ocasión nos adelanta subida en un quad llevado por alguien de la organización. Pienso en Mercedes y en como va engrasada y no la veo remolcada por nadie

Y mi motor luce viejo, sin lubricante en un avance sin alegría restando prestaciones a cada avance.

La recta hacia ninguna parte

Alcanzamos el avituallamiento del 30. Recargo líquido para elaborar mi isotónica y bebo demasiado agua, demasiada sed que ha salido de no sé donde. No siento el escalofrío que me sorprendió en la primera marmota cuando allí mismo nos cantaron que ella iba cuarta. Lo que está por llegar no va a ser emocionante.

Y en la larga recta que nos ha de llevar a Villamanrique de la Condesa me veo inmerso en una situación estúpida: realizando una actividad que sólo traerá consigo cosas malas. Se resiente mi camino, como el óxido en una cadena de una bici vieja y desusada; y hago una improvisada tesis sobre el acercamiento de los árboles que se presentan en mi horizonte, descontando los metros que duramente conquisto. Son muchos los que aún quedan por delante, la cuenta atrás es demasiado larga.

De igual a desigual

Y en algún punto antes de llegar a Villamanrique tomo conciencia de que ese día será  negro. A menos de un kilómetro de esa localidad mi cuerpo me obliga a andar y se lo hago saber a mi mujer, que se queda perpleja ante mi hundimiento. Llegar al avituallamiento de la plaza es casi una cómica experiencia: malestar por sentirme sin fuerzas y decepción por lo que ello significa. Ya en la caseta no puedo comer, pero no tengo ganas de vomitar. Descansaría si no fuera por ella, así que cojo un cacho de sandwich de jamón york y  reanudo la marcha tras su estela; va tirando de mí toda incrédula.

Competimos en la categoría "desigualdad" así que hago esfuerzos por complacerla, pienso en cómo puedo resolver ese acertijo; si doy con la solución me recuperaré y todo volverá a ir en positivo, pero ella está impaciente, no puede perder el tiempo en acertijos, sólo quiere volar.

La subidita a la desolación

El camino es en ligera pendiente ascendente y está ideado para rematarme; sólo me apetece andar y hasta eso me cuesta. Cuando nos comienza a adelantar la gente la impaciencia de mi mujer se multiplica; el acertijo no se resuelve con un gel, que me trago, ni con una pastilla antiácido que no me aporta nada; no hay solución para este enigma, tan sólo podré desistir. En un punto cercano al 45 se lo hago saber a Mercedes y aún han de pasar dos largos kilómetros hasta que la consigo convencer de que tiene que proseguir ella sola. 

El agua de los valientes

La veo alejarse pero no hay emoción en ello, no hay nada más que oscuridad. Ya estoy solo y no siento alivio, sí decepción, pero ni siquiera pienso en ello. Hinojos a 2 kilómetros y es una dura distancia a salvar en mi estado. Aparece un quad de la organización, y como hizo con Miriam, me recoge y me lleva al avituallamiento. Allí me preguntan por cómo me encuentro, "ni tan mal como para la ambulancia ni tan bien como para sonreir". Me dicen que Mercedes ha pasado como un tiro y que iba algo contrariada por no saber muy bien si terminar la prueba le reportaría algo. Bebo agua, mucha agua, y no hace calor como para beber tanto. No tengo hambre, y estoy muy muy cansado. Oficialmente me he retirado, sin embargo no hay forma de que nadie me lleve al Rocío y de repente pienso que puedo continuar continuar. El agua me ha envalentonado, aunque dicen que es incolora, insípida, etc, ese H2O es mucho más que eso.

Besando el sello en vano

El chico que nos entrevistó kilómetros atrás sale del avituallamiento conmigo, al principio vamos andando hasta que decidimos ponernos a correr. Pero pronto descubro que no puedo seguirle, el agua no da para tanto, y se va con su grabadora bien guardada. Aún así, la determinacion de proseguir me ha cambiado el ánimo, beso el sello que llevo en mi mano izquierda y que perteneció a mi padre, a quién pretendía dedicar el reto. Me digo ¡tú puedes, vas a terminarla!. Sin embargo no pasan muchos minutos para verme otra vez sintiendo el efecto de la gravedad multiplicado por 10. 

De linces y de mi padre: ya no están

Paso por los parejes donde antaño ví moverse y alejarse la falda de Mercedes. No estoy triste por ello, ni por aquel pasado ni por este presente. Avanzo por donde soñé con linces y ví a mi padre y su decadencia. Es un eco apagado, no aparecen en mi recuerdo ni los viejos ni los nuevos duros entrenos,  y como un tonto simplemente me muevo, simplemente repito una terapia que a esas alturas me es dañina.

Se me hace un mundo llegar al avituallamiento del kilómetro 57, llego hundido y cuando veo la silla de plástico deseo sentarme pero no lo hago, no quiero remomorar lo de mi tercera Madrid Segovia en el Alto de la Fuenfría. Bebo agua, y dejo caer el peso de mis hombros sobre mi; ¡ahora sí que abandono!. El camino por donde continua el parque no se abre tentador ante mi, no hallo resquicio en mi alma que justifique la locura de adentrarme en él y claudico mientras pienso en vías en vena, calambres y ambulancias. 

Permanezco sentado al borde de la carretera mientras compruebo como bullen todos y cada uno de los músculos de mis piernas, en un espasmo continuo; no son calambres fuertes, es que estoy tan exhausto que han dicho basta. 

Llegando al Rocío

Para un todoterreno al que le echado el alto, les pregunto si son tan amables de llevarme y sí lo son. Ir sentado es un suplicio, ahora sí que me acalambro. Me cuesta llegar a meta incluso montado en un vehículo. Cuando me dejan al lado de la ermita me acerco  con un sigilo obligado al arco de llegada, el crono marca 7 horas 25 minutos. Hago de testigo indolente y veo llegar a todo tipo de héroes, alguna heroina, y sé que no tendré que esperar mucho a Merche. A esas alturas de la tarde estoy invadido por una profunda y densa resignación y ello me consuela.

Cuando veo aparecer a mi mujer sí que brota la emoción, redescubro la idea de en lo que se ha convertido, y la envidia se hace hueco; 7´54´´, fulminando su marca de 2016 en veinticinco minutos.

Estoy aquí pero en realidad nunca estuve

En esa tarde aprendo sobre mis enseñanzas, el fracaso es como Sócrates, un ávido discente; la lección dice bien claro que toca escuchar y sentir respeto. Charlo con Mariano Moya, que como decía al principio de mi entrada es un crack, 7 horas 14 a sus 55 años y se le ve tan entero, tanto como se le ve a mi mujer. Están hechos de otra pasta, distinta a la mía. Fuera lamentaciones, las rehuyo, pero intuyo en Mercedes una rabia que la mantiene confusa, tras mezclarse con su gen más competitivo. Ha sido tercera mujer absoluta, pero no computa.

Y así fue como ésta que tenía que haber sido nuestra segunda oportunidad tiene por veredicto un segundo fracaso, más estrepitoso que el primero, la marmota no quiso despertar y tocó tropezar con una piedra mucho más grande que la primera. 

Paseamos por la aldea y siento algo extraño: no estoy allí, en realidad nunca he estado. Bien entrada la noche trato de mostrar mi mejor perfil ante vicisitud tan amarga; cenamos, charlamos, sentimos la calma y al paso evito verme como un perdedor y hago saber a Merche que es una ganadora; ya en la cama del hostal no sueño, simplemente descanso, sin calambres y sin sacos de dormir, afortunadamente.

Ceremonias impostadas en mi ser

El desayuno campero hubiera sido otra cosa a lo que fue; los premios también, el regreso a Sevilla se hubiera vivido de otra forma; sea como fuere estos ingredientes matutinos fueron todos añadidos sin sabor, ni color, como Sevilla, que para mi es agua insípida e incolora,  agua que da coraje, pero sólo es valentía ficticia y efímera.

La vuelta a Linares torna a un blanco apaciguador, el que pinta mis 48 años; ni verde de la esperanza, ni gris de desaliento, ni negro de desamparo, blanco calma, blanco sabio.

Los días siguientes no los uso para reflexionar, no hay pensamiento tras esa cortina. Pero sí hago algo distinto, 8 años después de un casi no parar dejo de correr, casi como un desaire al engaño de tu ser amado. Eso sí, al sábado siguiente ya tengo preparado un cruel castigo que me redima: 47 kilómetros en solitario para sentirme capaz de llegar a casa sin morir en el intento, pero eso es harina de otra entrada de este blog.

PD: tengo fotos, pero esta entrada iba sólo de palabras.





martes, 28 de agosto de 2018

LA SUBIDA AL VELETA: AL FINAL PUDIMOS

Mercedes me había convencido para que subiera con ella hasta el segundo pico más alto de la Península Ibérica. En el momento de realizar la inscripción yo estaba viviendo una etapa de mi vida muy complicada totalmente absorto en las obligaciones laborales, por lo que realmente accedí a hacerlo por ella, aunque un reto así era lo menos que me apetecía en esos momentos, más teniendo en cuenta que no podría contar con tiempo para la preparación. Julio fue un desastre en su computo general, pero sí que hicimos algunas cosillas los fines de semana que nos permitieron realizar una preparación un tanto cogida con pinzas, sobre todo en mi caso. Así que el 12 de agosto, justo dos días antes de que se despejase mi mente con la finalización del curso que me estaba robando tanto tiempo, me tocó ponerme en línea de salida todo lleno de incertidumbre, desmotivación y, todo hay que decirlo, bastante miedo.

El preámbulo a esta aventura inducida

El sábado 11 dejábamos a Inés por la mañana en Linares y marchábamos hacia Granada, esa ciudad tan especial y que tanto nos gusta. Llegabámos al hotel de la organización, el Hotel Macía Real de la Alhambra, justo a tiempo para hacer el check in, recoger el dorsal e to ir a comer al Kudamm Edel, restaurante al que me llevó por primera vez Mercedes, hace más de 17 años, justo un par de semanas después de conocernos. Y así, frente a frente, sonrisa a sonrisa, desgustando una muy rica comida alemana me distendí un poco y me sentí feliz, viendo como la luz se ve al final del túnel, ese túnel veraniego que en tanta oscuridad me ha mantenido. Pero esa distensión era totalmente compatible con un sentimiento de temor: competir en una prueba larga en la que tan vulnerable es mi estómago, y además hacerlo en un momento de forma bastante deficiente....

...El caso es que como no tuvimos bastante con el estupendo postre germánico, nos acercamos a la zona de las teterías donde cerramos el círculo con unos tés y unos densos pastelitos marroquís, que acabaron de hacerme sentir rebolondo. Tras esto fuimos al centro comercial Nevada y cotilleamos un poco; yo andaba buscando a última hora (algo que es muy poco recomendable), unas NB Vazee Pace que poder estrenar, ya que las que iba a usar estaban demasiado gastadas. Afortunadamente no las vimos en las tres tiendas deportivas en las que entramos en este macro espacio comercial.

Y sin más regresamos a la habitación del hotel a descansar hasta la hora de la cena, momento en el cual bajamos paseando por La Carretera de la Sierra en sentido contrario a por donde subiríamos unas horas después, y a poco menos de 1 kilómetro del hotel encontramos un bar de tapas donde cometimos el error de pedir tres o cuatro platillos de medias raciones que por el precio entendíamos que no serían muy abundantes, ¡madre mía!: las albóndigas exquisitas me llenaron el esófago, las berenjenas fritas a la miel hicieron las delicias y recargaron aún más las pilas, y las carne con tomate y patatas fritas me sentaron muy bien en ese momento,  pero no tanto un rato después. El cúlmen fue el pan, un pedazo redondo y rico pan de pueblo embardurnado de aceite de oliva y sal gorda, ¿cómo lo ibamos a dejar así, abandonado?. No tuvimos suficiente y rematamos con un helado de nata de forma que al incorporarme para regresar a la habitación me dí cuenta que estaba para pocas cosas, desde luego no para subir un cerrillo chico, y por supuesto NO estaba para subir a 3.300 metros de altura.

Ya en la habitación preparamos toda la logística, que no era poca: muchos turroncillos en mi chaleco, Merche no llevaría más que una cartuchera, no se podían olvidar las sales, la bebida isotónica, colocar el dorsal, etc. Caí en la cama y me costó conciliar el sueño, sobre todo porque sentía bastante pesadez por todo lo "metido" en mi cuerpo.

A enfrentarme con los miedos y con los riesgos

A las 5 ya estábamos en pie para bajar a desayunar y no perder el bus que saldría de allí mismo y nos llevaría al Paseo del Salón donde tendría lugar la salida nada más amanecer. Pero claro, yo no estaba para muchos arrebatos, así que me bastó un kiwi y un minivaso de zumo de naranja, no podía introducir más comida. Merche sí hizo un mejor acopio.

Ya montados en el autobús Merche se da cuenta de que no ha echado su inhalador, así que toca bajar del vehículo y luego esperar al siguiente, pero no son muchos minutos. Al final partimos hacia el campo de batalla y llegamos cuando todavía es de noche, pero ya se respira el ambiente de los más de 500 locos que tomaremos la salida. Allí saludamos a nuestro paisano y amigo Raúl Fernández, todo un crack al que no le vamos a ver ni la matricula. Ya al lado del arco nos saluda un corredor manchego, Mariano, que corre para el club de Villanueva de los Infantes, lleva puesta una camiseta de algodón con las fotos de sus ancianos padres, y deja claro que lo va a dar todo por ellos, sobre todo por su padre, que ya se fue de este mundo. Nos deseamos todos suerte, le doy un beso a Merche y noto que estoy acojonado, pero ya no hay vuelta atrás..

...Suena el pistoletazo y a las primeras zancadas me siento de todo menos bien, me cuesta avanzar y eso que acabo de comenzar, así que confío en que con el paso de los kilómetros se me vaya asentando el cuerpo y vaya entrando en faena. La gente ha salido muy rápido y nosotros no queremos entrar en guerras, así que marchamos un poco por debajo de 6´el kilómetro. Pronto pasamos por el restaurante donde habíamos cenado y enseguida por el hotel, y casi tengo ganas de pararme y decirle a Merche que siga ella, que yo me voy a reposar, ¡pero no!, estoy allí por ella y tengo que cumplir, como pueda y como sea..

Los primeros kilómetros son casi siempre en pendiente pero muy somera, no se nota subida, por lo que el ritmo es sostenido y podemos mantenerlo en valores cercanos a 6´el kilómetro. La gente se nos echa adelante, muchas chicas, y Merche se impacienta pero yo le comento que se trata de 50 kilómetros y que la carne habrá que echarla en el asador mucho más adelante.

Nos ponemos en paralelo con un corredor catalán con el que vamos conversando un buen rato y el tiempo pasa más rápido. Yo no voy muy muy bien, pero al menos el cuerpo se ha asentado y ya no cuesta tanto engranar. Justo cuando pasamos por la localidad de Pinos Genil, kilómetro 10 y pico, la cuesta comienza a ser evidente y comenzamos a ver el recorrido montañoso por donde sube la carretera que tenemos que seguir. Nuestro compañero circunstancial se saca los sticks y comienza a andar rápido con ellos y nosotros seguimos corriendo en el momento en el que le deseamos suerte...

Subir, subir y subir por las eses de la carretera

Las primeras rampas importantes son ya una clara declaración de intenciones, pero Merche no echa a andar y conforme pasan los minutos me voy sintiendo más cómodo, porque las piernas se acostumbran a ese ritmo sostenido siempre en franca subida. Caen el 12, 13 y 14, en ritmo que se mueven entre 7´30´´ y 7´45´´, pero no dejamos de correr, y eso es como ganar pequeñas batallas, cuando la pendiente es considerable. Ahora la cosa ha cambiado, ya no nos adelanta nadie y comenzamos nosotros a cazar gente, muchos corredores que ya han comenzado a caminar, y la de andar no es aún nuestra intención.

En el 14, en un repecho algo más duro Merche echa a andar y yo le digo: "no Merche, no lo hagas..", ella no se cabrea pero le importuna un poco que le diga eso. Me acuerdo de Medina Sidonia y pienso que hoy tenemos que ir los dos a una, en cualquier caso, retoma el ritmo y seguimos a la par como desde el comienzo, codo con codo.

El 15, 16, 17 y 18 son kilómetros incluso más duros que los anteriores, y los hacemos en un ritmo cercano a 8´, eso sí, sin andar. A esas alturas ya nos hemos tomado las primeras pastillas de sales, porque tenemos claro que no queremos calambres. Merche ha bebido agua en dos avituallamientos, nos hemos comido un par de turroncillos cada uno y el nivel de la isotónica de mis soft flasks ha descendido a la mitad, pero podré recargar en el avituallamiento del 22 donde dan bebida con sales.

En paralelo a nosotros van subiendo constantemente un montón de ciclistas que no participan en prueba alguna, y sí en retos personales consistentes en subir, al menos hasta Prado Llano, algunos hasta el mismo Veleta. Muchos nos animan, nosotros también les animamos, ya que en realidad su esfuerzo también es digno de elogio y arenga.

Los siguientes cuatro kilómetros son más llevaderos, con algún que otro descansillo corto, falso llano, pero de no más de 200 metros, aunque difícil ver una pendiente menor del 5%. Esto hace que nos movamos a un ritmo más vivo justo para llegar al avituallamiento donde dan isotónica.

El disgusto de la isotónica

Cuando llegamos al avituallamiento del 22 comprobamos cómo están repartiendo coca-cola y agua a diestro y siniestro, pero yo necesito isotónica para llenar mis soft flasks. Cuál es mi sorpresa cuando me dicen que no les queda. Les miro perplejo porque no entiendo como no habiendo pasado más de 300 corredores se les puede haber terminado la bebida con minerales, esencial para un esfuerzo tan prolongado como ese. Me dicen que habrá en el 32 y pienso que esos errores no son dignos de una organización tan experimentada como la de esta prueba, aunque no les digo nada.

Así que Merche coge algo de fruta, yo cojo un cacho de sandía, y en la hora, porque al rato comienzo a repetirla, y seguimos a lo nuestro, cada vez más contento viendo como sube mi mujer sin andar casi nunca. A estas alturas hemos adelatando ya a al menos 4 mujeres.

Pasamos por una zona más llevadera para correr, donde incluso hay una pequeña bajadita, de no más de 500 metros, eso sí, esto se refleja en los dos siguientes kilómetros hecho a mejor ritmo. Un poco después nos pasa un grupo en el que va también una pareja mixta del mismo club, ella rubia y él bien finito, no lo sabemos entonces, pero iremos haciendo la goma constantemente con ellos en los siguientes kilómetros.


Avanzando avanzando alcazamos a otra pareja mixta y él va recriminando a ella su falta de ritmo. En esta guisa llegamos al Dornajo, paramos brevemente en el avituallamiento, y bebo un poco de agua fresca. Al reanudar la marcha ya sabemos que nos estamos metiendo en el Parque Nacional de Sierra Nevada, y en seguida se nota con las amplias extensiones de bosques de pinos. En algún tramo tenemos que echar a andar porque la pendiente es complicada pero no nos importa mucho, ya vemos que la mayoría de la gente hace lo mismo.

Los siguientes kilómetros son bastante duros, con menos sombra, y aunque ya estamos bastante arriba el calor se deja notar un poco. Caen otro par de pastillas de sales, la isotónica se me termina, pero aún así seguimos peleando y corriendo bastante, y cuando hay que andar rápido también se anda. Alcanzamos a otras dos chicas, y también acabamos pillando a la pareja que nos había pasado como una exhalación antes de llegar al Dornajo.

Y allí vuelvo a caer en la cuenta de que somos ultrafondistas, nos cueste lo que nos cueste, ¡sabemos sufrir! y mis dudas iniciales y mis miedos se han disipado ya. Merche va entera y no me espera en el avituallamiento del 28 cuando me encargo de rellenar un soft flask con agua, la verdad es que me cuesta pillarla y así comprobamos como la gente ya no van tan fresca, vamos cogiendo y cogiendo a corredores, y me siento orgulloso de mi mujer, que nuevamente  me está sorprendiendo.

La isotónica es oro

Alcanzamos el 32 y en el avituallamiento vuelvo a preguntar por la isotónica. Me dicen que tienen pero que sólo me pueden dar un poquito. Yo me indigno, me parece impropio de una prueba como esta ese racionamiento. Así que me abre una botella de medio litro de powerade y me echa no más de 0,25 cl en uno de mis soft flask. No hemos de discutir, ¡a seguir toca!.

Unos giros después conseguimos ver el Veleta ante nosotros. Se diría que está cerca cuando en realidad todavía estamos a 17 kilómetros. Ahora discurrimos por un terreno ya desprovisto de vegetación y se hace duro, así que de vez en cuando echamos a andar, pero mantenemos en todo momento un ritmo que nos permite seguir cazando gente, entre las que cuento hasta 3 mujeres. 

Por fin llegamos a Sierra Nevada donde está el siguiente avituallamiento, y allí, ya es hora, me llenan un soft flask entero de isotónica de limón, y se agradece. Voy a coger las gafas de sol pero compruebo que se me han roto, así que tocará ir con los ojos entornados; quedan aún unos 12 kilómetros, pero no me cabe la menor duda de que los vamos a conseguir. ¡Ah!, la pareja compuesta por la chica rubia y el chico delgado van a la par de nosotros, pero no va a ser por mucho tiempo.

Y justo cuando estamos a punto de caer en picado es cuando nos relanzamos

La última parte de esta prueba la tendré en mi memoria como aquella interminable subida que no pudo con nosotros. Hemos adelantado a la pareja que va de blanco y esa será la última vez que les veamos. La altura se deja notar en mi cabeza, la cual está como embotadam y no soy yo sólo, Merche también me dice que está mareada. Alcanzamos una zona muy bulliciosa, es la Hoya de la Mora, donde hay autobuses que ha fletado la organización para los familiares y en ese punto es donde decido que el resto de la prueba la haremos haciendo interval: es decir, corriendo un tramo y andando rápido uno más corto, y así una y otra vez hasta el final. De esta forma Merche encuentra una motivación extra en mis indicaciones: "ves aquella curva de allá, hasta allí corriendo y luego andamos unas zancadas". La cosa va a más cuando comprobamos que con esta táctica comenzamos a adelantar a mucha más gente, que ya prácticamente anda más que corre, y en esta guisa alcanzamos a otras tres chicas más. Eso y el hielo que nos administramos por la boca, cuello y nuca en uno de los avituallamientos hace el resto, y en el momento más crítico de la subida es quizá me encuentro más a gusto, ¡estoy disfrutando!...Así es como el Veleta se acerca cada vez más, me como mi quinto turroncillo sin apenas molestias estomacales, cogemos a otro corredor, y a otro y a otro, ya no podemos parar, otro giro, otro giro más, !otro mogollón de nieve a la izquierda que hay que alcanzar corriendo!, andamos unos pasos, y otra vez a correr y de hito en hito, entre los ánimos de los senderistas que bajan, nos vemos llegando. 

Alcanzando la cima

Apenas queda un kilómetro, y Merche parece que se agobia un poco. Le he dicho que no queda ya nada, pero ella no se lo cree, sigue mirando a lo más alto del pico, pero yo ya le advertido que no hay que llevar al top del top. Es cuando oye al de megafonía cuando se da cuenta de que no quedan más de 200 metros pero por una dura cuesta, que aún así la hacemos corriendo como auténticos campeones. Alcanzamos a un corredor y entramos los tres cogidos de la mano.

El tiempo: 6 horas 34 minutos, más de lo que cabría esperar, pero es que ha sido más dura de lo esperado. Estamos bien, cansados, pero enteros y eso sí, al parar he sentido que me quedaba tieso como la mojama. Merche ¡ha sido la segunda clasificada +45!, y eso le pone muy contenta, aunque no hay trofeos por categorías.

El regreso

El regreso es bastante curioso. Vemos a Mariano, el de Villanueva de los Infantes, esperando al autobús ¡menudo crack!, ha hecho 6 horas 14 minutos y eso no está nada mal. Charlamos un rato con él, el autobús nos baja hasta la salida del telesilla, y yo casi no puedo bajar andando por la senda que lleva a la plataforma, estoy hecho polvo. La bajada en telesilla es bonita pero es como estar metido en una cámara de congelación, yo no hago más que tiritar. Pero cuando llegamos al remonte, ahora es otra cosa, bajamos en una cabina cerrada hasta Prado Llano. Allí comemos una estupenda paella y una Coca Cola, cortesía de la organización, que sí que ha cuidado de los grandes detalles, y sobre todo con un trofeo finisher que mola un montón y que también nos dan allí. 

Tras esto nos recoge un autobús que nos baja hasta el mismo hotel donde estamos alojados. Parece mentira pero lo hemos conseguido. Yo no las tenía todas conmigo, quizá no debería haber dudado tanto, ni de mi ni de mi mujer.

Gracias por estar ahí!!, y especiales gracias a Julián por ese magnífico artículo en el periódico Jaraiz.


Y ahora unas fotillos...

Recogiendo el dorsal 




Antes de la salida con Raúl


En plena faena







 Mariano en la búsqueda del Veleta



Raúl satisfecho en un nevero



Nuestra llegada




Llegando








Y de pose final