RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

martes, 19 de diciembre de 2023

CUANDO ALGO SE TERMINA ALGO TAMBIÉN COMIENZA

 Era aquel feliz verano del primer año de la década pasada, e íbamos a menos velocidad de lo que ahora vamos. La palabra "Inteligencia Artificial" representaba en el imaginario poco más que el título de una película; fue entonces cuando, el que os escribe se decidió a dar zancadas. No llevaba dadas ni medio millón cuando tome la determinación de abrir este blog para así acompañar cada paso que diese con palabras, y ahora que lo veo con perspectiva, compruebo que ha sido toda una aventura... sí, una aventura con todos los aditamentos de un largo e inesperado viaje. Han sido un sinfín de esfuerzos, un sinfín de retos, de dolores, de penas, de alguna que otra alegría... maneras de sentirse muy vivo. Pero lo mejor fue que no lo hice solo, lo hice con Mercedes, mi mujer...

Sí, han pasado más de trece años de aquel inicio...  Aún conservo mi pelo, no así mi juventud, que se me ha ido escapando de los dedos... Las piernas ya no van como llegaron a ir, pero, en cualquier caos, aquí seguimos los dos: corriendo. Ahora que he cerrado la tarea que me ha tenido ocupado en cuerpo y alma: "Moiras en el laberinto", mi novela, ahora que me bendigo por haber sido escritor... quizá un escritor de medio pelo... quizá un entusiasta escritor, ahora, a mis casi cincuenta y cuatro años, lo vuelvo a intentar...

¡Javier! Deja atrás este dos mil veintitrés que no pasará a la historia por los buenos recuerdos que dejó. Deja atrás el año en el que corriste con desgana por aquellas preciosas montañas, el año en el que tu mente de corredor estaba arrinconada por la mente de un escritor nobel inseguro. Dejado atrás este año aciago, me anticipo al futuro y me veo escribiendo aquí sobre el 2024, el año en el que disfruté, aunque solo fuese un poquito, de este hobby.

En enero tenemos el primer reto: los 40 kilómetros del Trail Quesos Don Apolonio, en Malagón. Será la oportunidad de compartir la experiencia con nuestro buen amigo Eusebio, uno de esos antiguos colegas del blog que, a pesar del transcurso de los años, ahí sigue, a sus setenta y cinco años y corriendo por la montaña (quiero ser cómo tú).

Tras este nuestro primer reto, tenemos intención de correr un circuito por montaña en la Comunidad de Madrid. A ver si que ahora las Moiras me están dejando descansar un poco, puedo retomar esta bonita costumbre de escribir en este rincón.



 

domingo, 23 de abril de 2023

LA VALDEPEÑAS-LINARES: segundas oportunidades con duro final

Cuando allá por enero me encontré a Paco Rivas en el supermercado, no caí en que estaba abriendo la caja de Pandora desde el momento en el que le contaba lo de mi aventura de diciembre entre Valdepeñas y Linares. En seguida él se ánimo a que probase de nuevo, y con él por compañía. No supe decirle que no, así que, de una manera informal, quedamos emplazados para el reto. 

Un par de semanas después ya le habíamos puesto fecha, mediados de marzo, y como Merche ya se había inscrito por aquellas fechas a los 100 kilómetros de Bosques del Sur, acordamos que ella haría un entreno, acompañándonos desde el Viso del Marqués hasta meta. Y los días pasaron, de forma que, lo que parecía una broma se hizo realidad. No hubo manera de encontrar la logística que permitiera que mi mujer nos esperase en ese punto intermedio, por lo que, finalmente, un amigo de la ciudad jienense que trabaja en mi pueblo nos llevó las bolsas con ropa limpia a casa de mi suegra.

El 18 de marzo, a eso de las seis menos cuarto de la mañana, tomamos salida desde la casa de Paco... No quería pensar que el único que sufriría la aventura sería un servidor, aunque estaba seguro de ello, como así ocurrió.

Hasta Santa Cruz de Mudela todo en orden. Luego, a partir de ahí, cogimos un bonito camino hacia el Viso (era un recorrido distinto al de mi odisea de diciembre). Cuando no llevábamos ni veintisiete kilómetros ya comencé a notar ese agarrotamiento que últimamente me asalta, de forma que me fui quedando atrás, a pesar de que el ritmo se acercaba más a 7 que a 6 el kilómetro. De esta guisa alcanzamos el Viso. Allí desayunamos, y la comida me sentó genial. Pero mis piernas iban tiesas. El tramo hasta la entrada de Despeñaperros se me hizo complicado, no así a ellos, que iban más frescos que una lechuga. Pero en Aldea Magaña me tomé un ibuprofeno, y pronto comencé a notar los efectos. Las piernas se desentumecieron y comencé a correr mucho más suelto. Así, alcanzamos Miranda del Rey en el cacho en el que más disfruté de todo el día. Desde esta aldea hasta el Restaurante Orellana Perdiz, trece kilómetros más allá, corrí con Merche, porque Paco iba por delante y de vez en cuando nos esperaba. Iba contento, porque apenas si andábamos.

En el restaurante me tomé una suculenta sopa, que realmente me apetecía. Ellos medio sandwich, y el otro medio se lo guardaron. La Coca-Cola también ayudó, pese a que ya iba bastante cansado. Lo que vino después fue una pequeña pájara fruto de la digestión y el calor, aunque tres cuartos de hora después se me pasó. A esas alturas, ya en La Fernandina, el cansancio me hacía ir mucho más lento, y mi mujer me esperaba más de lo que a ella le hubiera gustado. En un restaurante de ese pequeño núcleo poblacional, volvimos a hacer una parada técnica, la última antes de alcanzar la meta, en apenas 15 kilómetros. Sin embargo, ya no pude comer nada, sólo Coca-Cola. Así pues, decidimos ir rectos sin pasar por Acebuchar, restando así un par de kilómetros al recorrido. 

Lo que vino después fue el lógico hundimiento. Corriendo menos y andando más, hasta llegar al cruce de la presa, donde cogimos el camino hacia Las Garzas, pero yo ya únicamente podía andar. Pronto me quedé sin gasolina y sin poder tomar nada, de forma que los últimos 7 kilómetros fueron a menos, hasta el punto de que Mercedes prácticamente me tuvo que llevar del brazo.

Si antaño bajaba de tres en maratón, hoy no soy más que una sombra. Aunque eso somos los humanos, animales cambiantes que un día están en un sitio y otro día se encuentran en el opuesto. De nada sirve lamentarse... al menos sigo intentándolo.

Finalmente, 98 kilómetros y medio y reto totalmente conseguido, pese al bajón de autoestima que me vino después.



















viernes, 21 de abril de 2023

LO QUE LLEVAMOS DE 2023

Pese al esfuerzo titánico de la Valdepeñas-Linares, mi organismo no fue a más, todo lo contrario. La Navidad tampoco ayudó, así pues, me vi en enero planificando un nuevo curso sin muchas ganas. Lo mejor es que no hemos dejado de correr, lo peor, es que lo he hecho por inercia, y con la moral por los suelos, en lo que vienen siendo unos primeros meses de año muy aciagos. Esto ha acontecido:

TRAIL MONTES COMUNALES ADAMUZ

Merche tenía un mal recuerdo de aquella carrera, en la que en 2018 se cayó llegando a meta y le tuvieron que dar puntos en la rodilla, por tanto, regresábamos para tratar de que nos quedase un regusto distinto. Mucho frío aquella mañana de domingo, hasta -5 grados llegó a marcar el coche, quizá por ello, no tenía muchas ganas de batirme el cobre, por lo que a última hora decidí correr con mi mujer. Al final ella respondió bien, disfrutando, casi más que yo. Terminamos los 27 kilómetros en algunos minutos más que en aquel 2018, pero ella es cinco años más vieja, y eso se nota. En cualquier caso, completó el pódium de las máster, categoría que estrenaba, y a fe que hubo competencia, más que en la categoría inferior



TRAIL SERIES EN JIMERA

A mediados de febrero nos íbamos a una zona de Málaga espectacular, a correr tres pruebas en un fin de semana, algo más de sesenta kilómetros. Mi mente estaba en otro sitio, por lo que no disfruté demasiado, a pesar de los bonitos paisajes y el ambiente. El sábado, 25 kilómetros que me sentaron muy regular, por la tarde una subida de 3 kilómetros con +600, y la subsiguiente bajada, en la cual me costó arrancar, pero fui a más, aunque la hice con Mercedes. El domingo, la prueba más dura, 32 kilómetros, ya con las piernas cargadas, en las que disfruté hasta que me quedé sin fuerzas. Los últimos 10 kilómetros, entre la Estación de Benaoján y Jimera... para olvidar. Tanto en la prueba de 25  como en la de 32, Mercedes se quedó a tan sólo unos minutos de pillarme. Y como no podía ser de otra forma, subió al cajón. Lo hizo como segunda de su categoría:¡un meritazo!


EXTREM FILABRES

Era la tercera vez que nos acercábamos a Serón a correr esa prueba. En la primera ocasión Merche fue cortada, en la segunda no mejoró su tiempo, así pues, tenía ganas de reivindicarse. Una mañana estupenda para correr, aunque con calor de más, y mis piernas que no van, noto que estoy mucho peor, ni que decir cuando desde Las Menas se me hace eterno. Resultado: 4 horas 51 minutos, treinta y cinco minutos más que en 2020, cuando subí como tercer máster. ¡Esto es lo que hay!, el 11 de 11 másters. En cuanto a Merche, 5 horas 26, mejorando en 6 minutos su tiempo de las otras dos ediciones. 

 


COPA TRAIL BOGARRA

Comenzaba la copa, y lo hacíamos por parejas. Sensaciones regulares, a pesar de estar en abril y venir de hacer tantas pruebas, así como mi reto de la Valdepeñas-Linares por segunda vez (del cual hablaré en otra entrada). ¿Qué decir? Da igual lo que haga, ya no voy. Al menos hice de escudero: 5 horas 9 minutos y nos quedamos segundos, pero Merche arrastró la lesión en los isquios, fruto de los 100 kilómetros de mi reto. En cualquier caso, obtuvo doble premio, porque también subió como segunda de su categoría.




65 KILÓMETROS DEL DESAFÍO DEL CALAR

Y el colofón a estos magníficas semanas para mi (lo digo con algo de sorna), fue la durísima prueba de 65 kilómetros con +3200 positivos con salida en Ríopar. Había que subir al Gallinero, al calar, al Padroncillo por la cara más dura y hacer la Almenarilla y la Almenara. Merche y un servidor íbamos como parejas, y pronto sufrimos el recorrido, de noche, en el primer bucle. Cuando pasamos por Ríopar en el 17, ya veníamos de ir haciendo la goma con la segunda pareja de la clasificación, así pues, teníamos ese acicate. En el siguiente tramo metimos una marcha más y subimos bastante bien al calar, a pesar de que los de la carrera de 45 comenzaron a adelantarnos, lo cual fue un engorro. Al llegar al aparcamiento del chorro, yo ya iba tieso, ¡para variar!, aunque resolví el problema con un paracetamol. El siguiente tramo fue mejor, pero muy largo, ya con calor, hasta que llegamos en el 31 al Campamento San Juan. Para entonces, seguíamos encontrándonos con la pareja de la que antes hablé. La subida al Padroncillo fue espectacular, y para mi sorpresa, me sentí con fuerzas, pero la bajada se hizo difícil, sobre todo cuando Mercedes se torció el tobillo y, ´mas allá del terrible dolor, decidió seguir. La cosa no fue a más y alcanzamos Riópar Viejo. Recuerdo que en el avituallamiento pensé que terminaríamos la prueba y le daríamos cumplido homenaje a Pepe Llavero, mi suegro, no en vano, la última vez que habló Mercedes con su padre fue para comunicarle el año anterior que habíamos cubierto con éxito los 45 kilómetros del Desafío de 2022. Además,teníamos delante a la pareja e madrileños... ¿quién iba a imaginarse lo que luego ocurrió?

Pero el tramo que venía después era duro, tras tantos kilómetros y con el calor. sin darme cuenta me fui deshidratando, de forma que entre el 42 y el 45 me terminé de secar. Repentinamente, me indispuse y comprobé que ya no podía seguir. Merche quería que no abandonase, pero pronto se dio cuenta del problema... cuando me vio vomitar la Coca-Cola que había bebido un rato antes. Así soy yo, y así es ella. Mi mujer continúa subiendo los tres kilómetros más complicados de todo el recorrido, mientras yo bajo en busca de la ambulancia. De ahí a la enfermería de Ríopar, pero afortunadamente sin vías, ni nada que se le parezca. El resto de la aventura lo pasé sentado en la plaza charlando con nuestro buen amigo Antonio, del PAM, mientras esperábamos a Merche. Tres horas y medio le llevó cubrir los últimos trece kilómetros, realizando en la cresta un kilómetro en cuarenta y dos minutos, pero ahí estaba otra vez. Siempre cumple.

Finalmente, pese a mi retirada, tenía a derecho a trofeo como máster, siendo la única en su categoría en terminar la prueba. 12 horas 32 minutos.

Unas horas después, ya en Valdepeñas, tendríamos que ir a urgencias a que le vieran el tobillo, el cual tendría que recuperar en, al menos, dos semanas.

 




 Y estas han sido las quijotescas historias de un viejo en declive y su portentosa mujer. No sé cuánto cartuchos me quedan, pero sí sé que los que aún conservo están mojados.



 







LA VALDEPEÑAS-LINARES Reflexiones en el camino

 Aprovechando el puente de diciembre, dejé a Merche y a Ziggy en Linares, regresé en tren y el sábado a las cuatro de la madrugada salía de Valdepeñas dispuesto a llegar como fuese a Linares. Los primeros kilómetros hasta Santa Cruz de Mudela fueron bastante amables. Desde ahí se puso a llover, y la logística me pasó alguna que otra mala pasada camino de Bazán. En esa aldeita me tomé un par de bollitos cuando aún no había amanecido, sin embargo, en los minutos siguientes me tocó pasar mi primera crisis, porque en una zona de barro sentí que no avanzaba. Desde ahí hasta el Viso del Marqués fui deshaciendo poco a poco el azucarillo, de menos a más, hasta que llegué a la plaza de ese curioso pueblo y desayuné. La tostada de jamón y tomate me sentó estupendamente, no en vano acometí el paso de Despeñaperros con otro talante, disfrutando. Además, comencé a notar las muestras de apoyo de Mercedes y  los del Safa Linares, que me seguían en vivo. 

Así atravesé Despeñaperros, en una aventura emocionante, hasta que llegué a Miranda del Rey, en el 65. Allí me quité ropa, porque hacía calor y comenzó una nueva carrera, ya más agarrotado, con menos ritmo, tanto, que pasada la Aliseda se me hizo un mundo, hasta llegar al Orellana Perdiz, donde traté de comer algo, pero apenas si me entró. Eso sí, la Coca-Cola me dio fuerzas. Pasada Navas de Tolosa, llevaba la parte de atrás de la rodilla totalmente contracturada, y supe que ya tocaría andar todo lo que quedaba... así fue pasando la tarde, hasta que anocheció a algo menos de 10 kilómetros de Linares...

De nuevo otra carrera, con frío, cansado y agarrotado, me tuve que poner la térmica y el chubasquero, hasta que a menos de siete kilómetros para llegar, reparé en que no llevaba el móvil, se me había caído. No quería ir hacia atrás, pero necesitaba recuperarlo, porque, entre otras cosas, llevaba la tarjeta de crédito y el DNI, así pues decidí pedir ayuda en la urbanización de al lado de Las Garzas... conseguí llamar a Merche y Miguel Ángel y mi mujer aparecieron treinta minutos después. Los siguientes minutos los pasamos buscando el móvil, y costó, de forma que, cuando lo encontramos, ya estaba totalmente incapacitado para continuar, así que ahí se terminó la aventura, tras 97 kilómetros de brega.

Sin duda que se me quedó un sabor agridulce, con la idea de que habría que intentarlo más adelante, como así ocurrió...







jueves, 20 de abril de 2023

HA PASADO CASI UN AÑO, PERO SEGUIMOS CORRIENDO. ¿QUÉ ACONTECIÓ HASTA DICIEMBRE DE 2022?

 ¡Hay que ver cuan olvidado tengo el blog! No obstante, Merche y un servidor hemos seguido moviéndonos.

Dejé de escribir cuando estábamos en plena preparación de la Trail Weekend de Santiago-Pontones, justo tras haber colgado la crónica de la Maratón de Montaña de Valdelinares, aquel pódium inesperado. Mucho ha llovido desde entonces, obviamente, en sentido figurado, por lo que es llover llover, poca cosa. 

Ni que decir que las cosas no han mejorado, pero al menos seguimos haciendo burradas. 

¡Vayamos al lío!...

TRAIL WEEKEND SANTIAGO PONTONES. 56 KILÓMETROS

El 10 de septiembre tomábamos parte de la prueba LTSS de Santiago-Pontones, 56 kilómetros duros y complicados, sobre todo, por el calor, no en vano, ya venía de retirarme en la edición anterior. En esta no podía fallar, más allá de que la voluntad vaya por un lado y el cuerpo por otro...

 No llegaba en un buen estado de forma, pero ¿cuándo fue la última vez que lo tuve? Siendo fieles al ejercicio de masoquismo que nos caracteriza, nos pusimos en línea de meta Merche y el que escribe. Estrenaba bastones y zapas... los nuevos elementos muy bien, las piernas y el físico no tanto. Una dura batalla en la que no iba cuando se trataba de correr, aunque subiese relativamente bien desde La Toba. En esta ocasión llegué a Miller más entero que en la anterior edición, y acometí el tramo hacia Marchena con mucho miedo, ya que fue ahí donde me había muerto la última vez. Sin embargo, habían cambiado el recorrido, y eso me ayudó, por el hecho de no tener que recordar, de forma que llegué al punto fatídico donde antaño arrojase la toalla, aunque lo hice con un talante bien distinto. En Marchena me refresqué, cogí mi bastones y acometí los últimos 17 kilómetros... Todo fue bien hasta que comencé a deshidratarme, ¡cómo no! no es algo nuevo... va conmigo. Allá por el 48, justo en el calar antes del último avituallamiento, de repente sentí que no podía avanzar, mareado y sin ninguna posibilidad. Anduve como un zombie hasta el avituallamiento, sabiéndome retirado... Pero entonces ocurrió algo inesperado...

Ya sentado en el vehículo, esperando a que llegase el conductor y me llevase a mete, de repente comencé a sentirme mejor... así pues, me tomé un par de vasos de Coca-Cola y arranqué sin pensarlo, tras haber estado parado unos 20 minutos . Ni que decir que los últimos 7 kilómetros fueron un premio para mi. Lloré al llegar... el tiempo es lo de menos, 10 horas y 4 minutos, ¡ahí es nada! Merche llegó treinta y seis minutos más tarde, también muy emocionada. ¡Lo habíamos conseguido!. 

Y como creía que era la cuarta de su categoría, como así era, nos fuimos de vuelta a casa, sin caer en la cuenta de que todas las de su categoría subieron como absolutas. Ya en Valdepeñas nos enteramos de que había sido primera, finalmente. Le recogieron el trofeo.



 

PATERNA DEL MADERA

Unas semanas más tarde, tocaba finiquitar la Copa Trail de Albacete en Paterna del Madera. Como quiera que habíamos corrido la segunda prueba como parejas, decidimos hacer lo propio, y terminó siendo de lo mejorcito del año... mucha brega yendo los últimos, la séptima pareja, pero... poco a poco, remontando conseguimos lo imposible, porque a 500 metros de meta pillábamos a los terceros y subíamos aun inesperado cajón... ¡inolvidable!

Ya a finales de año, Merche recogería su trofeo en la Gala de la Copa en Albacete. Terminó siendo tercera Veterana C.



 ECO TRAIL DE MADEIRA

Por último, en octubre, aprovechando unas vacaciones en Madeira, corrimos el Ecotrail de Madeira, una maratón de montaña bastante dura. Lo hicimos juntos, y lo mejor fueron los paisajes, no así las sensaciones y la humedad. Llegué muy tocado al final, pero llegamos, que no es poco.


 

Con eso cerramos la temporada, justo a las puertas de un reto que llevaba mucho tiempo queriendo hacer: la Valdepeñas-Linares






lunes, 8 de agosto de 2022

Tercera quincena de preparación para los 56 KILÓMETROS DE LA TRAIL WEEKEND DE SANTIAGO-PONTONES

La tercera quincena arrojó cambios para bien. Sin duda dio fruto la constancia, no así la intensidad. Este ha sido el resumen de esas dos semanas

  • Sábado 16: Maratón Herradura de Alto Campoo. 37 kilómetros con +2600. 
  • Domingo 17: paseo de 3 kilómetros por Burgos
  • Lunes 18: 8 kilómetros de elíptica.
  • Martes 19: 9,5 kilómetros nocturnos con cambios de ritmo.
  • Miércoles 20: 7,5 kilómetros de bici con cambios de ritmo.
  • Jueves 21: descanso.
  • Viernes 22: 7,5 kilómetros matutinos.
  • Sábado 23: 22 kilómetros en progresión por la zona del Peral y las Aguas. Ritmo medio 5' 49''.
  • Domingo 24: 11 kilómetros con calor en San Carlos del Valle.
  • Lunes 25: 7 kilómetros elíptica con cambios.
  • Martes 26: 9 kilómetros con cambios de ritmo.
  • Miércoles 27: descanso.
  • Jueves 28: 8 kilómetros matutinos con Ziggy.
  • Viernes 29: descanso (viaje a Valdelinares)

En este grupo de entrenos, hemos partido del duro test de la Herradura. Lo mejor ha sido la recuperación y la constancia. La asignatura pendiente: variar los entrenos y meter más intensidad. He realizado un total de 129,5 kilómetros





jueves, 4 de agosto de 2022

LA CRÓNICA DE LA MARATÓN DE MONTAÑA DE VALDELINARES

 Preámbulo

Tras el fiasco de Mercedes en Alto Campoo, tuvimos que improvisar otro reto, para que así se quitase el mal sabor de boca y, de paso, nos sirviera de preparación para la Trail Weekend de septiembre. Encontramos una magnifica carrera que se desarrollaba en Valdelinares, Teruel, el pueblo más alto de España, situado a casi 1700 metros de altura.

De este modo nos pedimos la tarde del viernes, en una época en la que un servidor tiene más trabajo que nunca, y viajamos hasta aquel recóndito lugar con el tiempo justo para recoger los dorsales. No obstante, no hubo imprevisto, de manera que todo se dio bien y nos dieron la bolsa del corredor casi tres cuartos de hora antes del cierre del chiringuito. Al mirar el listado de participantes de la larga, descubrí que sólo correrían tres mujeres. Cuando se lo dije a Merche noté cómo se aliviaba, ya que, de terminarla, obtendría el premio a su tesón. En mi caso, pese a no ser una cita demasiado multitudinaria (no así la de 25 y la de 12), había nada más y nada menos que 13 máster de más 50 años, así pues, lo veía difícil, aunque en el fondo eso fuera lo que menos me preocupase.

Tras dicha recogida, hicimos el check in en el apartamento y nos vimos gratamente sorprendidos por cómo estaba dispuesto aquél: con todo lujo de detalles. Preparamos la cena, una abundante ensalada de pasta llena de tropezones, y nos acostamos temprano, no en vano la carrera salía a las 6 de la mañana.

Desde la salida hasta el avituallamiento del 12

Es de noche y el pueblo luce precioso. Sin embargo, hay algo raro que me tiene turbado. Sé qué es, no me apetece correr. Probablemente en otras circunstancias me hubiera encontrado nervioso, pero no..., en esta ocasión no es así... sólo estoy desmotivado...quizá tenga demasiadas cosas en la cabeza, demasiado lastre que soltar... y sienta que dejarme la piel ese día no sea la mejor manera de liberarme. Tenga la cabeza donde la tenga, da igual, estamos en línea de salida y tocará dar el callo, así pues, nos damos el beso de siempre y el speaker, sin dar más pábulo a cavilaciones, da la salida... 

Apenas sí me da tiempo a tomar conciencia de lo que corresponde hacer, y es que, como decía antes, no consigo proyectar la aventura en mi mente. En cualquier caso ya he comenzado a dar las primeras zancadas y, ¡leches! otra vez lo mismo, no fluyo como quisiera. En seguida dejamos atrás la última casa de esa bonita aldea, de forma que nos vemos transitando por un camino. Trato de ir con cuidado, porque es noche cerrada aún y uno no está acostumbrado a competir con tan poca visibilidad... En lo que a situación de carrera respecta, me intuyo en mitad del pelotón, quizá ese sea mi sitio, a lo mejor no, porque suelo ir de más a menos. En cualquier no deseo pensar en rendimientos, no con todos los problemas que me rodean en mi día a día, por lo que avanzo tratando de ser paciente, haciendo de mi capa un sayo.

Cuando dejo el caminito y comienzo a atravesar una zona más técnica, me veo sorprendido por mi torpeza. Siento que todos los gatos son pardos con tanta penumbra y, efectivamente, en uno de los bancales por los que pasamos, pierdo el equilibrio y me caigo... La caída es bien tonta, aún así, pese a que me levanto con rapidez, pronto descubro que me he hecho daño en la mano derecha. No es excusa, no voy a abandonar, he de estar muy fastidiado para hacerlo, no obstante, pronto el dolor comenzará fastidiarme meridianamente la mañana.

De esta guisa, el tránsito se ha puesto más complicada todavía, justo cuando las primeras luces el alba quieren asomar, tergiversando las sombras y los perfiles de las cosas. A todo esto, voy haciendo la goma con un par de corredores a la par que me esmero por no volver a tropezar con esa vegetación baja tan extraña... por momentos echo de menos la tierra descompuesta de toda la vida.

Unos minutos después nos vemos solos otro compañero y yo. Le voy a llamar A, aunque realmente se llama José Vicente, de Callosa, Alicante. El tío tiene pinta de ser máster, aunque no salga en mí demasiado el gen competitivo, por lo que no termino de sentir que voy con el cuchillo entre los dientes, sino más bien, disfrutando de su compañía. 


He aquí José Vicente

Como venimos de subir, las piernas no terminan de brillar en el llano, en una zona por la cual vamos zigzagueando campo a través. Un rato después toca bajar, con poca visibilidad y bastantes obstáculos, de manera que se ralentiza la marcha, y, por momentos, mi amigo "A" se me escapa, aunque para mi regocijo, logre en varias ocasiones alcanzarlo. Durante todo el rato, me esmero por seguir con la máxima atención el rastro de las bandas naranjas que ha puesto la organización, las cuales tienen un trocito reflectante que ayuda y mucho, aunque la escasa luz natural nos haga despistarnos en más de una ocasión. En esa parte de la carrera siento que estoy yendo por encima de mis posibilidades, siguiendo al compañero, lo cual supone un reflejo de inseguridad que no ayuda. Sin embargo, de haber ido solo habría ralentizado la marcha y me hubiese dormido en los laureles...

Ya estamos abajo y, comprobamos que se nos unen de golpe otros cinco corredores. Uno de ellos dice algo así como que somos los siete jinetes de la apocalipsis, y no sé si el símil aplica... A mi me parece más bien que no somos más que un montón de chalados, algunos entrados en años, jugando a hacerse daño en la montaña. Por fin pisamos un cachito de pista, que, parece mentira que diga esto, lo agradezco, y sin dar mucho tiempo al disfrute, alcanzo el primer avituallamiento, en el kilómetro siete... 

No paro, y los demás hacen lo propio. Justo en ese momento me quito el frontal de la cabeza y lo porto en la mano, todo por mi empecinamiento de no detenerme. Pienso en hallar la oportunidad de metérmelo en el compartimento de atrás del chaleco, sin embargo, por no perder el ritmo, no lo hago. Esa parte se me hace desagradable, con la mano izquierda ocupada, la derecha inflada como una bota y un terreno de nuevo difícil. Cansado de las molestias, decido agarrarlo en el lateral izquierdo de la mochila y, entre pitos y flautas, alcanzo el kilómetro nueve, tras haber atravesado un valle yendo paralelo a la carretera TE-V 3. 

Sé que toca subir, porque la noche antes había estudiado el track... la cuestión es por dónde. No vemos la siguiente baliza y alguien pregunta si alguno lleva el recorrido en el GPS. Contesto que yo, así pues, me saco como puedo el smartphone y compruebo que estamos en el recorrido, pero, ¿dónde demonios están las marcas?... nos hemos perdido...

Durante los siguientes diez minutos damos palos de ciego, nos desviamos, y "A" y un servidor hasta nos enganchamos con una alambrada. Tras un buen rato de despiste, tomamos la determinación de regresar hasta la última baliza, la mejor decisión, así que, cuando alcanzamos ésta, logramos ver la senda por dónde tocaba ir... al mirar mi móvil me doy cuenta que el recorrido va por fuera del trazado marcado por la organización en la wikiloc.

La subida se hace dura, más si cabe tras la contrariedad vivida. Mi compañero "A" ha puesto pies en polvorosa... lo veo subir como un tiro e intuyo que ya no le volveré a ver la matrícula en lo que queda de mañana (llevaba razón, porque finalmente me terminaría sacando más de 40 minutos). El hecho de verificar que los compañeros van más sueltos que yo me hace decidir que he de reservar. Voy con otro chaval, llamémosle "B", aunque se llame Jordi Martínez. No voy para chácharas, así que apenas intercambiamos palabra, hasta que veo aparecer por mi derecha a otro compi, "C" (Christian), quien aparece de entre la frondosidad tras haber subido por la escorrentía que decidimos abandonar unos minutos antes.

La cosa se pone empinada de veras, tanto que por momentos echo de menos los bastones (esos que no me decido a estrenar en ninguna prueba). Vamos directos a la cota +2000 y mis piernas se quejan sin miramientos. 

«¿Cómo puedo ir tan flojo?» me pregunto.

No sé cómo consolarme, pero no hay más remedio que continuar con la brega...

Ya hemos coronado el Ato del Monegro y nos movemos por un bosque precioso donde consigo recuperarme un poco. Ese tramo lo hago con "B" y "C", a quienes oigo charlar en valenciano, pero yo sigo mostrándome un poco arisco y no suelto prenda. En esta tesitura alcanzamos el segundo avituallamiento, kilómetro 10,5. Veo a uno de la organización que se me acerca con lo que parece ser un vaso de agua y yo le hago un aspaviento para comunicarle que no quiero beber. Él, a su vez, me mira incrédulo, hasta que descubro que no es un vaso, sino el aparatito de lectura del chip. "C" se monda de risa con el malentendido y, es entonces cuando me confiesa que a él también le ha pasado lo mismo. 

En ese punto llevo 1 hora y 35 minutos, a un ritmo medio de 9'03'' el kilómetro. Ahora que analizo los datos, compruebo que el que iba a primero había pasado por ese punto veinte minutos antes. Sólo me consuela el hecho de saber que él juega en otra liga y que, además, es veintitantos años más joven que quien escribe estas líneas.

Desde el 12 a la Estación de Esquí de Valdelinares

Hemos comenzado a bajar y la cosa se pone bastante más complicada. "B" se ha parado a "hacer sus necesidades" y yo avanzo con "C", capeando el terreno lo mejor que puedo, hasta que, por fin, alcanzamos un valle. Novedades, y eso ayuda a romper el esquema. Ahora el terreno permite correr mejor, aunque no mucho, porque estamos en una carrera de las de montaña de verdad. Me sorprendo cuando veo cómo "C" se saca los bastones. Es extraño, no hay apenas subida. Decido continuar solo, aunque presiento, equivocadamente, que coincidiremos más adelante, pero eso no ocurrirá.

Las sensaciones no han empeorado, y eso ya es un logro, porque los kilómetros si que han pasado. Me fuerzo a correr hasta que veo delante mía a una pareja de compañeros, "D" (Ángel) y "E" (Lluc). No puedo evitar venirme arriba en el momento en el que les doy alcance.... es lo que tiene el Descendiente del Cromagnon, que siempre arrastra consigo ese gen competitivo. Llegamos casi a la vez los tres al tercer avituallamiento. Allí me paro por primera vez y, debido a la lesión, me muevo torpemente, ya que me cuesta abrir los soft flasks. Sin haberlo pensado hago lo que hice en Alto Campoo: como sandía y bebo Coca-Cola (ese protocolo será el que seguiré a partir de entonces). Justo antes de arrancar me examino la mano, cuyo dedo índice apenas si puedo mover. En cualquier caso, no lo pienso demasiado y arranco de nuevo...

Me topo con gente de la de 12 kilómetros. Han salido a las ocho de la mañana e irán por la mitad de su carrera aproximadamente. A ellos les quedarán seis kilómetros y a nosotros veintiocho. Por momentos me pregunto si quiero ser ultra fondista, si no sería mejor pelearme en batallas mucho más cortas... 

«No pienses tanto y ve al lío»

Lo bueno de esa parte es el constante adelantar. Me crezco al comprobar que tengo más fuelle que los jovenzuelos iniciados en el mundo del trail con los que me cruzo. Sin embargo, "B" me baja inmediatamente los humos cuando me adelanta por mi izquierda impasible a ritmo de sus bastones. Se ve que le ha sentado bien "evacuar" porque le veo más ligero. Le persigo con determinación mientras subimos un repecho bastante empinado dedicado al remonte hacia la estación. En esa recta se acumula una hilera de luchadores multicolores que bregan lo mejor que pueden.

Ya en lo algo siento que las piernas se me mueren fruto del esfuerzo, a la par que "B" se ha venido arriba arengado por su familia, que lo estaba esperando. En esta guisa, el chaval se me escapa de mi plano mientras bajamos... lo hace sin forzar... todo lo contrario que yo, qu marcho totalmente oxidado. Discurrimos por la pista de esquí, que, por supuesto, no tiene nieve, hasta que giramos y cogemos otra pista, ésta en clara ascensión, cacho en el que aprovecho para acercarme de nuevo a "B". No obstante, son mis últimos coletazos, ya que, al llegar a llano y ponernos a correr, se me va, ahora sí, definitivamente.

Lo que viene ahora es, sin lugar a dudas, lo peor de lo peor para mi. En la parte más sencilla y corrible del trayecto descubro que estoy amortizado, hasta tal extremo que por mi mente sobrevuelan los fantasmas del abandono. Uno de los siete jinetes de la apocalipsis, al que no había visto desde hacía una hora, me adelanta sin piedad... otro al que ya no volveré a ver. Así pues, me peleo con un par de viejos que, como yo, luchan por ir lo más engrasados posibles. Por suerte, ellos corren en la corta, aunque no por ello yo logre sacar pecho.

Por fin alcanzo la Cruz de la Gitana, kilómetro 20,7. Llevo 3 horas y 4 minutos y una media de 8' 53'' el kilómetro.

Desde la estación de esquí hasta el final de bucle

¿Por qué lo llamaran bucle cuando lo deberían llamar tormento? Esa es la pregunta que me hago, máxime si tengo en cuenta que cuando el cuerpo no está para florituras es una auténtica putada pasar por un sitio a sabiendas que regresarás a él... con la sensación de no estar avanzando. Sin embargo, los de la organización ya contaban con ese desaliento, por lo que instalaron el avituallamiento justo allí. Al llegar siento que es mi final y, para mi sorpresa, con un poco de sandía, Coca-Cola y una ducha de agua garrafa en mano, en seguida veo las cosas de otro color...

Reinicio la marcha con algo parecido al brío, pero con mucho menos brillo que el que se le supone a alguien que está seguro de sí mismo. Afortunadamente, el tramo que toca tiende a bajar. El hecho de cruzarme con algún que otro corredor de la de 25k me ayuda a valorar lo que estoy haciendo y las bellos paisajes colaboran, aunque poco, a mi motivación. Cuando llego a una pista y no encuentro la siguiente baliza, toca sacarme el móvil, con el consiguiente dolor de mano. Me lleva un par de minutos encontrar la senda y, cuando lo hago, me resigno ante la idea de que lo toca es una pronunciada ascensión: el Pico Peñarroya, a 2016 metros de altura. Si me aburría en mi soledad, ya tengo compañía, porque a mis espaldas siento a "D" y a "E" conversar. Me han cazado vilmente y suben igual que máquinas con sus palos...

Las piernas se quejan, aunque hay algo que está cambiando: me estoy haciendo el callo. Es la primera vez en toda la mañana que me siento seguro de que podré con el reto, pese a las dificultades. Tanto es así que corono justo por delante de ellos y, en la bajada, para mi sorpresa, los dejo atrás, pese a no marchar precisamente como una bala. En lo algo he fichado llevando 3 horas y 33 minutos, kilómetro 23, a 9' 15'' el kilómetro.

Al alcanzar un cruce de caminos sito en un valle llamativamente verde, compruebo que el recorrido me lleva a través de un bonito collado por el cual tendré que correr, a no ser que decida ir andando, con el consiguiente bajón anímico. No hay mucha pendiente, así que aprieto los dientes y eso hago. Obtengo mi premio un rato después, oyendo de vez en cuando el murmullo de mis perseguidores, pero en terreno en franca bajada, hasta que alcanzo nuevamente la Cruz de la Gitana. Kilómetro 25,5 en 3 horas 57 minutos

Mi segunda ducha, la Coca-Cola y la sandía me dan fuerzas, aunque pierdo más tiempo del debido con la brega logística, debido, fundamentalmente a la torpeza de mi debilitada mano. Sorprendentemente cojo ritmo y, en la zona del campiña llena de pastos, alcanzo un sentimiento alejado aunque alineado con el disfrute. Noto que las piernas se desenredan un poco, justo cuando siento el aliento de "D", "E" y "F", un nuevo actor, Pere. Si no es por ello me hubiera terminado perdiendo, ya que, en un despiste me largaba hacia el Este. Sólo las voces de aviso me sacaron de mi ensimismamiento.

La hierba y la maleza, junto al agua, conforman un terreno cómodo por lo blando, pero incómodo por su perfil, máxime si voy diligentemente dispuesto a dar caza a aquellos que, durante bastante kilómetros, me habían perseguido. Al llegar al cruce donde se bifurca la de 25k y la nuestra, presiento que estoy cerca de Valdelinares y que, al tomar hacia la izquierda me estaré alejando de la felicidad... ¡qué remedio!. Y si mis extremidades habían respirado durante un tiempo, ahora el terreno se pone complicado. En esa zona de escorrentías es donde un rato después se terminará cayendo Merche...

Alcanzo el avituallamiento siguiente, bajo un puente, donde reparan líquidos mis compis, en el kilómetro 30. En esta ocasión, la parada es más breve, hasta el extremo que les dejo allí y me decido por iniciar la última subida, de unos tres kilómetros de larga, la que nos dejará en el Alto de los Hornillos, a 1992 de altitud...

La zona de camino y pastos es bonita de ver, pero desagradable de correr, porque siempre es subiendo, aunque peor es lo que viene después, cuando toca echarse la mano en los cuádriceps atravesando el campo. Allí me alcanzan "D" y "F", pero "E" se queda tras mío. En esta guisa, las piernas parece que están llegando a su límite, justo cuando el calor ya me ha desgastado lo suficiente como para sentir la deshidratación. He sido muy chulo y no me he tomado ni una sola pastilla de sales, así pues, tendré que asumir las consecuencias si esto termina mal...

Finalmente llego a la cima, donde nos espera otro avituallamiento. He visto salir a "D" soltando virutas por la bajada y "E" quien llega justo después que mi, apenas se para y sale también escopeteado. Me siento torpe con los elementos y lo suficientemente cansado para perdonarme el estrés de perseguirles. Mientras "F" me dice:

—Me voy a ver si les pillo.

Desde al Alto del Hornillo hasta meta

Yo salgo unos segundos después, notando bajo mis caderas el peso de los 33 kilómetros que llevo, tras 5 horas y 13 minutos de pelea.

Eso de bajar siempre ayuda, sobre todo cuando el terreno es algo más amable. Ahora bien, más vale que tengas fuerzas para ello, porque si no comprobarás que le gente se te va. Pronto pierdo de mi plano a "F"... si bien he llegado tan lejos que siento que estoy cumpliendo, lo cual es lo más importante.

Esa parte de la historia es en franca soledad. Pienso que, con un poco de buena (o de mala suerte) ya no me cruzaré con nadie más hasta Valdelinares.

Muy mal no lo tengo que estar haciendo al comprobar que, cuando menos me lo esperaba, he vuelto a ver ante mí a "E" y a "F". De hecho, en el siguiente avituallamiento, ya a seis kilómetros para el final, compartimos un rato en el mismo espacio.

De nuevo solo, dándole vueltas al último tramo, en la zona donde me caí, ya que regresaremos en un tramo de unos dos kilómetros sobre nuestros pasos. Ya estoy en la zona técnica, y la cosa cuesta y mucho. Siento cada obstáculo, lo bueno es que también los recuerdo, por lo que los voy descontando. Subo por los bancales y, por fin, engancho el camino... esto sí que es lo último. Allí parece que el calor se esmera en ponernos delante la última dificultad, de manera que el kilómetro final se hace pesado como él solo...

Ya estoy llegando, las primeras casas y llevo a "E" ahí delante, se le ve medio muerto, no obstante, gira por las callejuelas unos segundos antes que yo, de tal suerte que cruza el arco de meta a no más de diez metros por delante.

¡Qué alegría!, ¡Lo he conseguido! y no ha sido fácil. Paro la aplicación en 44,75 kilómetros, con +2000 positivos en 6 horas y 47 minutos, a una media de 9'05'' el kilómetro.

La espera

Lo primero que noto que soy capaz de mantener la verticalidad. No necesito tumbarme, aunque necesito beber algo muy frío

—Una cerveza muy fría con limón —le pido a una voluntaria.

En ese instante llega la primera chica. Un poco más y me pilla. No esta el horno para cábalas comparativas, así pues agarro el vaso de plástico y noto que la cerveza está fría, pero no lleva limón. En cualquier caso, pese a no gustarme ese jugo a palo seco, mi gaznate lo agradece. 

Tras esto, me desabrocho el chaleco y me refresco en la fuente. Poco a poco me inunda el cansancio. Decido ir al apartamento a ducharme, para que me dé tiempo a ver llegar a Merche. Rezo para que no se haya perdido, porque necesita llegar como el comer.

Una vez aseado, me muevo con mejor brío, aunque me sienta exhausto. No tengo molestias en ningún sitio, salvo en mi mano. Veo como se acerca "B" y me pregunta, le digo que bien, pero que me ha resultado muy larga... le pregunto y me dice que se ha quedado segundo, con 6 horas 5 minutos. Tela, me ha sacado cuarenta y dos minutos..., por tanto, me habré quedado, por lo menos, sexto o séptimo máster.

Desando el recorrido siguiendo el trazado del móvil y espero ver llegar a Mercedes. Finalmente, acabo en el camino, en una zona soleada. Me tumbo en un piedra desesperado, porque pasan los minutos y ella no llega. Tampoco lo ha hecho la segunda chica y ya han pasado más de ocho horas desde la salida. De vez en cuando aparece algún corredor, casi todos llegan con signos claros de agotamiento, señal de lo duro que ha sido, sin embargo ella no llega... comienzo a desesperarme, hasta que le pregunto a un chaval y me dice que está al llegar, que han ido juntos gran parte de la carrera. También me dice que se ha caído.

Y, como en otras ocasiones, me deleito orgulloso al verla aparecer, una vez más cumpliendo. Viene muy tocada, con la rodilla echa trizas, pero aprieta los dientes y cruza la meta en 8 horas y treinta y dos minutos. La tercera, una muchacha rusa, lo hará trece minutos después, y todavía quedarán por llegar los últimos y esforzados héroes.

¿Qué decir?. La curan en la ambulancia. Los sanitarios me miran preocupados la mano... me dicen que me tengo que hacer una radiografía, pero yo paso, no creo que sea muy grave. Un rato después, la veo de nuevo en el pódium y me siento muy bien. Soy feliz si ella lo es y el final de esta historia es de lo más inesperado, porque cuando ya nos vamos, miro la clasificación y no puedo creer lo que ven mis ojos:

¡He sido tercer máster!. Para unos viejos como nosotros bastante hay con terminar semejantes pruebas, como puedo analizar al ver que la ristra de viejunos que hay después de mí sólo dejan constancia de lo locos que estamos.

Me dan el trofeo y posamos. No me importa el hecho de no haber subido al cajón. Yo con lo de Merche ya tenía bastante, aunque a nadie le amargue un dulce, sobre todo tras haber sufrido tanto como lo he hecho.

Y el resto es estupendo. Nos echamos la siesta y luego cenamos en el pueblo. Sentimos una plena satisfacción y mucha paz. Es en ese instante cuando me olvido de todos y cada uno de mis problemas, esos que me agobiaban justo antes de dar las primeras zancadas. Sí, ha merecido la pena esta cura.