RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

jueves, 20 de abril de 2023

HA PASADO CASI UN AÑO, PERO SEGUIMOS CORRIENDO. ¿QUÉ ACONTECIÓ HASTA DICIEMBRE DE 2022?

 ¡Hay que ver cuan olvidado tengo el blog! No obstante, Merche y un servidor hemos seguido moviéndonos.

Dejé de escribir cuando estábamos en plena preparación de la Trail Weekend de Santiago-Pontones, justo tras haber colgado la crónica de la Maratón de Montaña de Valdelinares, aquel pódium inesperado. Mucho ha llovido desde entonces, obviamente, en sentido figurado, por lo que es llover llover, poca cosa. 

Ni que decir que las cosas no han mejorado, pero al menos seguimos haciendo burradas. 

¡Vayamos al lío!...

TRAIL WEEKEND SANTIAGO PONTONES. 56 KILÓMETROS

El 10 de septiembre tomábamos parte de la prueba LTSS de Santiago-Pontones, 56 kilómetros duros y complicados, sobre todo, por el calor, no en vano, ya venía de retirarme en la edición anterior. En esta no podía fallar, más allá de que la voluntad vaya por un lado y el cuerpo por otro...

 No llegaba en un buen estado de forma, pero ¿cuándo fue la última vez que lo tuve? Siendo fieles al ejercicio de masoquismo que nos caracteriza, nos pusimos en línea de meta Merche y el que escribe. Estrenaba bastones y zapas... los nuevos elementos muy bien, las piernas y el físico no tanto. Una dura batalla en la que no iba cuando se trataba de correr, aunque subiese relativamente bien desde La Toba. En esta ocasión llegué a Miller más entero que en la anterior edición, y acometí el tramo hacia Marchena con mucho miedo, ya que fue ahí donde me había muerto la última vez. Sin embargo, habían cambiado el recorrido, y eso me ayudó, por el hecho de no tener que recordar, de forma que llegué al punto fatídico donde antaño arrojase la toalla, aunque lo hice con un talante bien distinto. En Marchena me refresqué, cogí mi bastones y acometí los últimos 17 kilómetros... Todo fue bien hasta que comencé a deshidratarme, ¡cómo no! no es algo nuevo... va conmigo. Allá por el 48, justo en el calar antes del último avituallamiento, de repente sentí que no podía avanzar, mareado y sin ninguna posibilidad. Anduve como un zombie hasta el avituallamiento, sabiéndome retirado... Pero entonces ocurrió algo inesperado...

Ya sentado en el vehículo, esperando a que llegase el conductor y me llevase a mete, de repente comencé a sentirme mejor... así pues, me tomé un par de vasos de Coca-Cola y arranqué sin pensarlo, tras haber estado parado unos 20 minutos . Ni que decir que los últimos 7 kilómetros fueron un premio para mi. Lloré al llegar... el tiempo es lo de menos, 10 horas y 4 minutos, ¡ahí es nada! Merche llegó treinta y seis minutos más tarde, también muy emocionada. ¡Lo habíamos conseguido!. 

Y como creía que era la cuarta de su categoría, como así era, nos fuimos de vuelta a casa, sin caer en la cuenta de que todas las de su categoría subieron como absolutas. Ya en Valdepeñas nos enteramos de que había sido primera, finalmente. Le recogieron el trofeo.



 

PATERNA DEL MADERA

Unas semanas más tarde, tocaba finiquitar la Copa Trail de Albacete en Paterna del Madera. Como quiera que habíamos corrido la segunda prueba como parejas, decidimos hacer lo propio, y terminó siendo de lo mejorcito del año... mucha brega yendo los últimos, la séptima pareja, pero... poco a poco, remontando conseguimos lo imposible, porque a 500 metros de meta pillábamos a los terceros y subíamos aun inesperado cajón... ¡inolvidable!

Ya a finales de año, Merche recogería su trofeo en la Gala de la Copa en Albacete. Terminó siendo tercera Veterana C.



 ECO TRAIL DE MADEIRA

Por último, en octubre, aprovechando unas vacaciones en Madeira, corrimos el Ecotrail de Madeira, una maratón de montaña bastante dura. Lo hicimos juntos, y lo mejor fueron los paisajes, no así las sensaciones y la humedad. Llegué muy tocado al final, pero llegamos, que no es poco.


 

Con eso cerramos la temporada, justo a las puertas de un reto que llevaba mucho tiempo queriendo hacer: la Valdepeñas-Linares






lunes, 8 de agosto de 2022

Tercera quincena de preparación para los 56 KILÓMETROS DE LA TRAIL WEEKEND DE SANTIAGO-PONTONES

La tercera quincena arrojó cambios para bien. Sin duda dio fruto la constancia, no así la intensidad. Este ha sido el resumen de esas dos semanas

  • Sábado 16: Maratón Herradura de Alto Campoo. 37 kilómetros con +2600. 
  • Domingo 17: paseo de 3 kilómetros por Burgos
  • Lunes 18: 8 kilómetros de elíptica.
  • Martes 19: 9,5 kilómetros nocturnos con cambios de ritmo.
  • Miércoles 20: 7,5 kilómetros de bici con cambios de ritmo.
  • Jueves 21: descanso.
  • Viernes 22: 7,5 kilómetros matutinos.
  • Sábado 23: 22 kilómetros en progresión por la zona del Peral y las Aguas. Ritmo medio 5' 49''.
  • Domingo 24: 11 kilómetros con calor en San Carlos del Valle.
  • Lunes 25: 7 kilómetros elíptica con cambios.
  • Martes 26: 9 kilómetros con cambios de ritmo.
  • Miércoles 27: descanso.
  • Jueves 28: 8 kilómetros matutinos con Ziggy.
  • Viernes 29: descanso (viaje a Valdelinares)

En este grupo de entrenos, hemos partido del duro test de la Herradura. Lo mejor ha sido la recuperación y la constancia. La asignatura pendiente: variar los entrenos y meter más intensidad. He realizado un total de 129,5 kilómetros





jueves, 4 de agosto de 2022

LA CRÓNICA DE LA MARATÓN DE MONTAÑA DE VALDELINARES

 Preámbulo

Tras el fiasco de Mercedes en Alto Campoo, tuvimos que improvisar otro reto, para que así se quitase el mal sabor de boca y, de paso, nos sirviera de preparación para la Trail Weekend de septiembre. Encontramos una magnifica carrera que se desarrollaba en Valdelinares, Teruel, el pueblo más alto de España, situado a casi 1700 metros de altura.

De este modo nos pedimos la tarde del viernes, en una época en la que un servidor tiene más trabajo que nunca, y viajamos hasta aquel recóndito lugar con el tiempo justo para recoger los dorsales. No obstante, no hubo imprevisto, de manera que todo se dio bien y nos dieron la bolsa del corredor casi tres cuartos de hora antes del cierre del chiringuito. Al mirar el listado de participantes de la larga, descubrí que sólo correrían tres mujeres. Cuando se lo dije a Merche noté cómo se aliviaba, ya que, de terminarla, obtendría el premio a su tesón. En mi caso, pese a no ser una cita demasiado multitudinaria (no así la de 25 y la de 12), había nada más y nada menos que 13 máster de más 50 años, así pues, lo veía difícil, aunque en el fondo eso fuera lo que menos me preocupase.

Tras dicha recogida, hicimos el check in en el apartamento y nos vimos gratamente sorprendidos por cómo estaba dispuesto aquél: con todo lujo de detalles. Preparamos la cena, una abundante ensalada de pasta llena de tropezones, y nos acostamos temprano, no en vano la carrera salía a las 6 de la mañana.

Desde la salida hasta el avituallamiento del 12

Es de noche y el pueblo luce precioso. Sin embargo, hay algo raro que me tiene turbado. Sé qué es, no me apetece correr. Probablemente en otras circunstancias me hubiera encontrado nervioso, pero no..., en esta ocasión no es así... sólo estoy desmotivado...quizá tenga demasiadas cosas en la cabeza, demasiado lastre que soltar... y sienta que dejarme la piel ese día no sea la mejor manera de liberarme. Tenga la cabeza donde la tenga, da igual, estamos en línea de salida y tocará dar el callo, así pues, nos damos el beso de siempre y el speaker, sin dar más pábulo a cavilaciones, da la salida... 

Apenas sí me da tiempo a tomar conciencia de lo que corresponde hacer, y es que, como decía antes, no consigo proyectar la aventura en mi mente. En cualquier caso ya he comenzado a dar las primeras zancadas y, ¡leches! otra vez lo mismo, no fluyo como quisiera. En seguida dejamos atrás la última casa de esa bonita aldea, de forma que nos vemos transitando por un camino. Trato de ir con cuidado, porque es noche cerrada aún y uno no está acostumbrado a competir con tan poca visibilidad... En lo que a situación de carrera respecta, me intuyo en mitad del pelotón, quizá ese sea mi sitio, a lo mejor no, porque suelo ir de más a menos. En cualquier no deseo pensar en rendimientos, no con todos los problemas que me rodean en mi día a día, por lo que avanzo tratando de ser paciente, haciendo de mi capa un sayo.

Cuando dejo el caminito y comienzo a atravesar una zona más técnica, me veo sorprendido por mi torpeza. Siento que todos los gatos son pardos con tanta penumbra y, efectivamente, en uno de los bancales por los que pasamos, pierdo el equilibrio y me caigo... La caída es bien tonta, aún así, pese a que me levanto con rapidez, pronto descubro que me he hecho daño en la mano derecha. No es excusa, no voy a abandonar, he de estar muy fastidiado para hacerlo, no obstante, pronto el dolor comenzará fastidiarme meridianamente la mañana.

De esta guisa, el tránsito se ha puesto más complicada todavía, justo cuando las primeras luces el alba quieren asomar, tergiversando las sombras y los perfiles de las cosas. A todo esto, voy haciendo la goma con un par de corredores a la par que me esmero por no volver a tropezar con esa vegetación baja tan extraña... por momentos echo de menos la tierra descompuesta de toda la vida.

Unos minutos después nos vemos solos otro compañero y yo. Le voy a llamar A, aunque realmente se llama José Vicente, de Callosa, Alicante. El tío tiene pinta de ser máster, aunque no salga en mí demasiado el gen competitivo, por lo que no termino de sentir que voy con el cuchillo entre los dientes, sino más bien, disfrutando de su compañía. 


He aquí José Vicente

Como venimos de subir, las piernas no terminan de brillar en el llano, en una zona por la cual vamos zigzagueando campo a través. Un rato después toca bajar, con poca visibilidad y bastantes obstáculos, de manera que se ralentiza la marcha, y, por momentos, mi amigo "A" se me escapa, aunque para mi regocijo, logre en varias ocasiones alcanzarlo. Durante todo el rato, me esmero por seguir con la máxima atención el rastro de las bandas naranjas que ha puesto la organización, las cuales tienen un trocito reflectante que ayuda y mucho, aunque la escasa luz natural nos haga despistarnos en más de una ocasión. En esa parte de la carrera siento que estoy yendo por encima de mis posibilidades, siguiendo al compañero, lo cual supone un reflejo de inseguridad que no ayuda. Sin embargo, de haber ido solo habría ralentizado la marcha y me hubiese dormido en los laureles...

Ya estamos abajo y, comprobamos que se nos unen de golpe otros cinco corredores. Uno de ellos dice algo así como que somos los siete jinetes de la apocalipsis, y no sé si el símil aplica... A mi me parece más bien que no somos más que un montón de chalados, algunos entrados en años, jugando a hacerse daño en la montaña. Por fin pisamos un cachito de pista, que, parece mentira que diga esto, lo agradezco, y sin dar mucho tiempo al disfrute, alcanzo el primer avituallamiento, en el kilómetro siete... 

No paro, y los demás hacen lo propio. Justo en ese momento me quito el frontal de la cabeza y lo porto en la mano, todo por mi empecinamiento de no detenerme. Pienso en hallar la oportunidad de metérmelo en el compartimento de atrás del chaleco, sin embargo, por no perder el ritmo, no lo hago. Esa parte se me hace desagradable, con la mano izquierda ocupada, la derecha inflada como una bota y un terreno de nuevo difícil. Cansado de las molestias, decido agarrarlo en el lateral izquierdo de la mochila y, entre pitos y flautas, alcanzo el kilómetro nueve, tras haber atravesado un valle yendo paralelo a la carretera TE-V 3. 

Sé que toca subir, porque la noche antes había estudiado el track... la cuestión es por dónde. No vemos la siguiente baliza y alguien pregunta si alguno lleva el recorrido en el GPS. Contesto que yo, así pues, me saco como puedo el smartphone y compruebo que estamos en el recorrido, pero, ¿dónde demonios están las marcas?... nos hemos perdido...

Durante los siguientes diez minutos damos palos de ciego, nos desviamos, y "A" y un servidor hasta nos enganchamos con una alambrada. Tras un buen rato de despiste, tomamos la determinación de regresar hasta la última baliza, la mejor decisión, así que, cuando alcanzamos ésta, logramos ver la senda por dónde tocaba ir... al mirar mi móvil me doy cuenta que el recorrido va por fuera del trazado marcado por la organización en la wikiloc.

La subida se hace dura, más si cabe tras la contrariedad vivida. Mi compañero "A" ha puesto pies en polvorosa... lo veo subir como un tiro e intuyo que ya no le volveré a ver la matrícula en lo que queda de mañana (llevaba razón, porque finalmente me terminaría sacando más de 40 minutos). El hecho de verificar que los compañeros van más sueltos que yo me hace decidir que he de reservar. Voy con otro chaval, llamémosle "B", aunque se llame Jordi Martínez. No voy para chácharas, así que apenas intercambiamos palabra, hasta que veo aparecer por mi derecha a otro compi, "C" (Christian), quien aparece de entre la frondosidad tras haber subido por la escorrentía que decidimos abandonar unos minutos antes.

La cosa se pone empinada de veras, tanto que por momentos echo de menos los bastones (esos que no me decido a estrenar en ninguna prueba). Vamos directos a la cota +2000 y mis piernas se quejan sin miramientos. 

«¿Cómo puedo ir tan flojo?» me pregunto.

No sé cómo consolarme, pero no hay más remedio que continuar con la brega...

Ya hemos coronado el Ato del Monegro y nos movemos por un bosque precioso donde consigo recuperarme un poco. Ese tramo lo hago con "B" y "C", a quienes oigo charlar en valenciano, pero yo sigo mostrándome un poco arisco y no suelto prenda. En esta tesitura alcanzamos el segundo avituallamiento, kilómetro 10,5. Veo a uno de la organización que se me acerca con lo que parece ser un vaso de agua y yo le hago un aspaviento para comunicarle que no quiero beber. Él, a su vez, me mira incrédulo, hasta que descubro que no es un vaso, sino el aparatito de lectura del chip. "C" se monda de risa con el malentendido y, es entonces cuando me confiesa que a él también le ha pasado lo mismo. 

En ese punto llevo 1 hora y 35 minutos, a un ritmo medio de 9'03'' el kilómetro. Ahora que analizo los datos, compruebo que el que iba a primero había pasado por ese punto veinte minutos antes. Sólo me consuela el hecho de saber que él juega en otra liga y que, además, es veintitantos años más joven que quien escribe estas líneas.

Desde el 12 a la Estación de Esquí de Valdelinares

Hemos comenzado a bajar y la cosa se pone bastante más complicada. "B" se ha parado a "hacer sus necesidades" y yo avanzo con "C", capeando el terreno lo mejor que puedo, hasta que, por fin, alcanzamos un valle. Novedades, y eso ayuda a romper el esquema. Ahora el terreno permite correr mejor, aunque no mucho, porque estamos en una carrera de las de montaña de verdad. Me sorprendo cuando veo cómo "C" se saca los bastones. Es extraño, no hay apenas subida. Decido continuar solo, aunque presiento, equivocadamente, que coincidiremos más adelante, pero eso no ocurrirá.

Las sensaciones no han empeorado, y eso ya es un logro, porque los kilómetros si que han pasado. Me fuerzo a correr hasta que veo delante mía a una pareja de compañeros, "D" (Ángel) y "E" (Lluc). No puedo evitar venirme arriba en el momento en el que les doy alcance.... es lo que tiene el Descendiente del Cromagnon, que siempre arrastra consigo ese gen competitivo. Llegamos casi a la vez los tres al tercer avituallamiento. Allí me paro por primera vez y, debido a la lesión, me muevo torpemente, ya que me cuesta abrir los soft flasks. Sin haberlo pensado hago lo que hice en Alto Campoo: como sandía y bebo Coca-Cola (ese protocolo será el que seguiré a partir de entonces). Justo antes de arrancar me examino la mano, cuyo dedo índice apenas si puedo mover. En cualquier caso, no lo pienso demasiado y arranco de nuevo...

Me topo con gente de la de 12 kilómetros. Han salido a las ocho de la mañana e irán por la mitad de su carrera aproximadamente. A ellos les quedarán seis kilómetros y a nosotros veintiocho. Por momentos me pregunto si quiero ser ultra fondista, si no sería mejor pelearme en batallas mucho más cortas... 

«No pienses tanto y ve al lío»

Lo bueno de esa parte es el constante adelantar. Me crezco al comprobar que tengo más fuelle que los jovenzuelos iniciados en el mundo del trail con los que me cruzo. Sin embargo, "B" me baja inmediatamente los humos cuando me adelanta por mi izquierda impasible a ritmo de sus bastones. Se ve que le ha sentado bien "evacuar" porque le veo más ligero. Le persigo con determinación mientras subimos un repecho bastante empinado dedicado al remonte hacia la estación. En esa recta se acumula una hilera de luchadores multicolores que bregan lo mejor que pueden.

Ya en lo algo siento que las piernas se me mueren fruto del esfuerzo, a la par que "B" se ha venido arriba arengado por su familia, que lo estaba esperando. En esta guisa, el chaval se me escapa de mi plano mientras bajamos... lo hace sin forzar... todo lo contrario que yo, qu marcho totalmente oxidado. Discurrimos por la pista de esquí, que, por supuesto, no tiene nieve, hasta que giramos y cogemos otra pista, ésta en clara ascensión, cacho en el que aprovecho para acercarme de nuevo a "B". No obstante, son mis últimos coletazos, ya que, al llegar a llano y ponernos a correr, se me va, ahora sí, definitivamente.

Lo que viene ahora es, sin lugar a dudas, lo peor de lo peor para mi. En la parte más sencilla y corrible del trayecto descubro que estoy amortizado, hasta tal extremo que por mi mente sobrevuelan los fantasmas del abandono. Uno de los siete jinetes de la apocalipsis, al que no había visto desde hacía una hora, me adelanta sin piedad... otro al que ya no volveré a ver. Así pues, me peleo con un par de viejos que, como yo, luchan por ir lo más engrasados posibles. Por suerte, ellos corren en la corta, aunque no por ello yo logre sacar pecho.

Por fin alcanzo la Cruz de la Gitana, kilómetro 20,7. Llevo 3 horas y 4 minutos y una media de 8' 53'' el kilómetro.

Desde la estación de esquí hasta el final de bucle

¿Por qué lo llamaran bucle cuando lo deberían llamar tormento? Esa es la pregunta que me hago, máxime si tengo en cuenta que cuando el cuerpo no está para florituras es una auténtica putada pasar por un sitio a sabiendas que regresarás a él... con la sensación de no estar avanzando. Sin embargo, los de la organización ya contaban con ese desaliento, por lo que instalaron el avituallamiento justo allí. Al llegar siento que es mi final y, para mi sorpresa, con un poco de sandía, Coca-Cola y una ducha de agua garrafa en mano, en seguida veo las cosas de otro color...

Reinicio la marcha con algo parecido al brío, pero con mucho menos brillo que el que se le supone a alguien que está seguro de sí mismo. Afortunadamente, el tramo que toca tiende a bajar. El hecho de cruzarme con algún que otro corredor de la de 25k me ayuda a valorar lo que estoy haciendo y las bellos paisajes colaboran, aunque poco, a mi motivación. Cuando llego a una pista y no encuentro la siguiente baliza, toca sacarme el móvil, con el consiguiente dolor de mano. Me lleva un par de minutos encontrar la senda y, cuando lo hago, me resigno ante la idea de que lo toca es una pronunciada ascensión: el Pico Peñarroya, a 2016 metros de altura. Si me aburría en mi soledad, ya tengo compañía, porque a mis espaldas siento a "D" y a "E" conversar. Me han cazado vilmente y suben igual que máquinas con sus palos...

Las piernas se quejan, aunque hay algo que está cambiando: me estoy haciendo el callo. Es la primera vez en toda la mañana que me siento seguro de que podré con el reto, pese a las dificultades. Tanto es así que corono justo por delante de ellos y, en la bajada, para mi sorpresa, los dejo atrás, pese a no marchar precisamente como una bala. En lo algo he fichado llevando 3 horas y 33 minutos, kilómetro 23, a 9' 15'' el kilómetro.

Al alcanzar un cruce de caminos sito en un valle llamativamente verde, compruebo que el recorrido me lleva a través de un bonito collado por el cual tendré que correr, a no ser que decida ir andando, con el consiguiente bajón anímico. No hay mucha pendiente, así que aprieto los dientes y eso hago. Obtengo mi premio un rato después, oyendo de vez en cuando el murmullo de mis perseguidores, pero en terreno en franca bajada, hasta que alcanzo nuevamente la Cruz de la Gitana. Kilómetro 25,5 en 3 horas 57 minutos

Mi segunda ducha, la Coca-Cola y la sandía me dan fuerzas, aunque pierdo más tiempo del debido con la brega logística, debido, fundamentalmente a la torpeza de mi debilitada mano. Sorprendentemente cojo ritmo y, en la zona del campiña llena de pastos, alcanzo un sentimiento alejado aunque alineado con el disfrute. Noto que las piernas se desenredan un poco, justo cuando siento el aliento de "D", "E" y "F", un nuevo actor, Pere. Si no es por ello me hubiera terminado perdiendo, ya que, en un despiste me largaba hacia el Este. Sólo las voces de aviso me sacaron de mi ensimismamiento.

La hierba y la maleza, junto al agua, conforman un terreno cómodo por lo blando, pero incómodo por su perfil, máxime si voy diligentemente dispuesto a dar caza a aquellos que, durante bastante kilómetros, me habían perseguido. Al llegar al cruce donde se bifurca la de 25k y la nuestra, presiento que estoy cerca de Valdelinares y que, al tomar hacia la izquierda me estaré alejando de la felicidad... ¡qué remedio!. Y si mis extremidades habían respirado durante un tiempo, ahora el terreno se pone complicado. En esa zona de escorrentías es donde un rato después se terminará cayendo Merche...

Alcanzo el avituallamiento siguiente, bajo un puente, donde reparan líquidos mis compis, en el kilómetro 30. En esta ocasión, la parada es más breve, hasta el extremo que les dejo allí y me decido por iniciar la última subida, de unos tres kilómetros de larga, la que nos dejará en el Alto de los Hornillos, a 1992 de altitud...

La zona de camino y pastos es bonita de ver, pero desagradable de correr, porque siempre es subiendo, aunque peor es lo que viene después, cuando toca echarse la mano en los cuádriceps atravesando el campo. Allí me alcanzan "D" y "F", pero "E" se queda tras mío. En esta guisa, las piernas parece que están llegando a su límite, justo cuando el calor ya me ha desgastado lo suficiente como para sentir la deshidratación. He sido muy chulo y no me he tomado ni una sola pastilla de sales, así pues, tendré que asumir las consecuencias si esto termina mal...

Finalmente llego a la cima, donde nos espera otro avituallamiento. He visto salir a "D" soltando virutas por la bajada y "E" quien llega justo después que mi, apenas se para y sale también escopeteado. Me siento torpe con los elementos y lo suficientemente cansado para perdonarme el estrés de perseguirles. Mientras "F" me dice:

—Me voy a ver si les pillo.

Desde al Alto del Hornillo hasta meta

Yo salgo unos segundos después, notando bajo mis caderas el peso de los 33 kilómetros que llevo, tras 5 horas y 13 minutos de pelea.

Eso de bajar siempre ayuda, sobre todo cuando el terreno es algo más amable. Ahora bien, más vale que tengas fuerzas para ello, porque si no comprobarás que le gente se te va. Pronto pierdo de mi plano a "F"... si bien he llegado tan lejos que siento que estoy cumpliendo, lo cual es lo más importante.

Esa parte de la historia es en franca soledad. Pienso que, con un poco de buena (o de mala suerte) ya no me cruzaré con nadie más hasta Valdelinares.

Muy mal no lo tengo que estar haciendo al comprobar que, cuando menos me lo esperaba, he vuelto a ver ante mí a "E" y a "F". De hecho, en el siguiente avituallamiento, ya a seis kilómetros para el final, compartimos un rato en el mismo espacio.

De nuevo solo, dándole vueltas al último tramo, en la zona donde me caí, ya que regresaremos en un tramo de unos dos kilómetros sobre nuestros pasos. Ya estoy en la zona técnica, y la cosa cuesta y mucho. Siento cada obstáculo, lo bueno es que también los recuerdo, por lo que los voy descontando. Subo por los bancales y, por fin, engancho el camino... esto sí que es lo último. Allí parece que el calor se esmera en ponernos delante la última dificultad, de manera que el kilómetro final se hace pesado como él solo...

Ya estoy llegando, las primeras casas y llevo a "E" ahí delante, se le ve medio muerto, no obstante, gira por las callejuelas unos segundos antes que yo, de tal suerte que cruza el arco de meta a no más de diez metros por delante.

¡Qué alegría!, ¡Lo he conseguido! y no ha sido fácil. Paro la aplicación en 44,75 kilómetros, con +2000 positivos en 6 horas y 47 minutos, a una media de 9'05'' el kilómetro.

La espera

Lo primero que noto que soy capaz de mantener la verticalidad. No necesito tumbarme, aunque necesito beber algo muy frío

—Una cerveza muy fría con limón —le pido a una voluntaria.

En ese instante llega la primera chica. Un poco más y me pilla. No esta el horno para cábalas comparativas, así pues agarro el vaso de plástico y noto que la cerveza está fría, pero no lleva limón. En cualquier caso, pese a no gustarme ese jugo a palo seco, mi gaznate lo agradece. 

Tras esto, me desabrocho el chaleco y me refresco en la fuente. Poco a poco me inunda el cansancio. Decido ir al apartamento a ducharme, para que me dé tiempo a ver llegar a Merche. Rezo para que no se haya perdido, porque necesita llegar como el comer.

Una vez aseado, me muevo con mejor brío, aunque me sienta exhausto. No tengo molestias en ningún sitio, salvo en mi mano. Veo como se acerca "B" y me pregunta, le digo que bien, pero que me ha resultado muy larga... le pregunto y me dice que se ha quedado segundo, con 6 horas 5 minutos. Tela, me ha sacado cuarenta y dos minutos..., por tanto, me habré quedado, por lo menos, sexto o séptimo máster.

Desando el recorrido siguiendo el trazado del móvil y espero ver llegar a Mercedes. Finalmente, acabo en el camino, en una zona soleada. Me tumbo en un piedra desesperado, porque pasan los minutos y ella no llega. Tampoco lo ha hecho la segunda chica y ya han pasado más de ocho horas desde la salida. De vez en cuando aparece algún corredor, casi todos llegan con signos claros de agotamiento, señal de lo duro que ha sido, sin embargo ella no llega... comienzo a desesperarme, hasta que le pregunto a un chaval y me dice que está al llegar, que han ido juntos gran parte de la carrera. También me dice que se ha caído.

Y, como en otras ocasiones, me deleito orgulloso al verla aparecer, una vez más cumpliendo. Viene muy tocada, con la rodilla echa trizas, pero aprieta los dientes y cruza la meta en 8 horas y treinta y dos minutos. La tercera, una muchacha rusa, lo hará trece minutos después, y todavía quedarán por llegar los últimos y esforzados héroes.

¿Qué decir?. La curan en la ambulancia. Los sanitarios me miran preocupados la mano... me dicen que me tengo que hacer una radiografía, pero yo paso, no creo que sea muy grave. Un rato después, la veo de nuevo en el pódium y me siento muy bien. Soy feliz si ella lo es y el final de esta historia es de lo más inesperado, porque cuando ya nos vamos, miro la clasificación y no puedo creer lo que ven mis ojos:

¡He sido tercer máster!. Para unos viejos como nosotros bastante hay con terminar semejantes pruebas, como puedo analizar al ver que la ristra de viejunos que hay después de mí sólo dejan constancia de lo locos que estamos.

Me dan el trofeo y posamos. No me importa el hecho de no haber subido al cajón. Yo con lo de Merche ya tenía bastante, aunque a nadie le amargue un dulce, sobre todo tras haber sufrido tanto como lo he hecho.

Y el resto es estupendo. Nos echamos la siesta y luego cenamos en el pueblo. Sentimos una plena satisfacción y mucha paz. Es en ese instante cuando me olvido de todos y cada uno de mis problemas, esos que me agobiaban justo antes de dar las primeras zancadas. Sí, ha merecido la pena esta cura.












jueves, 28 de julio de 2022

CRÓNICA DE LA MARATÓN LA HERRADURA DE CAMPOO. NO TE CORTES MERCEDES

Preámbulos

Aquella prueba era la excusa perfecta que se nos había ocurrido para escaparnos y hacer un break en nuestras vidas, últimamente tan repletas de estrés. Así pues, aprovechando que era festivo local en Manzanares, no así en Valdepeñas, Merche se tomó el viernes libre y pudimos viajar sin mayores problemas.

¿Y qué contar que no verse sobre la decadencia de dos corredores de montaña? (que ya integran más de 100 años a tenor de la suma de sus edades), pues básicamente que aquella carrera se presentaba bien dura y, para nuestra desgracia, no tan fresquita como cabía esperar, debido a la ola de calor que nos tocó atravesar en aquellos días. Ese esfuerzo también tenía por propósito lo de servir de test preparatorio para el Ultra de 57 kilómetros de la Trail Weekend de Santiago-Pontones, el cual tendrá lugar en septiembre... 

Es decir, por un lado se trataba un viaje de placer y de desconexión, aunque por otro, una odisea montañera con exposición al calor... ambos atributos eran ciertamente incompatibles...

A "toro pasado", puedo decir que la aventura terminó cumpliendo los dos objetivos: la de relajarnos y la de prepararnos, porque resultó una formidable excursión a una zona preciosa, con esfuerzo incluido. La pena fue que no todo salió conforme a lo previsto, como ahora contaré. 

Pues bien, el jueves por la tarde pusimos rumbo a Aranda del Duero, tras haber hecho, atropelladamente, las maletas, tanto que me dejé los soft flasks de 500 mililitros olvidados en casa. Hicimos noche en un hotel muy chulo que, a su vez, era una bodega: Hotel Tudanca Arandina II y, al levantarnos, Merche comprobó en el facebook de la organización que habían decidido adelantar una hora los tiempos de corte, los cuales ya eran, de por sí, exigentes. Ese cambio hacía prácticamente imposible que mi mujer pudiera llegar a tiempo al kilómetro 27 (no en vano pedían realizarlo en menos de 4 horas y media). Leyendo esto, alguien podría pensar: ¡qué lenta es esa chica! El problema era el tipo de prueba: técnica, de mucha altimetría y expuestos al calor. Para más datos: en ese punto de control llevaríamos unos +2100 positivos, habiendo dejado atrás tramos de difícil acceso y avance... y no es por nada, pero al final tuvieron que abandonar prácticamente la mitad de los corredores.

El caso fue que esa mala noticia condicionó bastante el disfrute que teníamos previsto para aquel viernes, de tal guisa que no hicimos más que darle vueltas al tema, olvidándonos de desconectar, que era el principal objetivo de todo aquello. Ni la estupenda comida que nos regalamos en Fontibre (así se llama la aldea donde nace el Ebro), ni el interesante paseo por Reinosa, con introducción de pies en el río más caudaloso de España incluido, ni tampoco la visita a las ruinas romanas, consiguieron que nos evadiésemos del todo. 

Cuando llegamos a Brañavieja, se sentía ese tipo de paz que sólo tienen los sitios altos y poco concurridos. Ese quizá fue el momento en el que, por fin, respiramos mayor paz. Al llegar la hora de la cena, nos pasamos por el restaurante y repusimos hidratos, aunque Mercedes se arrepentiría unas horas después de haber pedido carne. Durante la velada, estuvimos echando cuentas de los tiempos que ella debería realizar para conseguir el reto de no ser cortada, aunque todas esas cavilaciones serían absurdamente planteadas, conforme a lo que luego sucedió...

Para finalizar la jornada: preparativos, algo de tele y a empiltrarse. Había que madrugar, ya que el autobús nos recogería a las 05:40 (no era una carrera circular, ya que se salía de Fontibre para llegar a Brañavieja).



Nacimiento del Ebro


Maratón Herradura de Alto Campoo: de Fontibre hasta el kilómetro 8 Puerto de la Palombera

A eso de las 5:20 ya estábamos desayunando. Mercedes se cortó un poco porque tenía ardor debido a las ricas costillas de cerdo de la noche de antes. En mi caso, tampoco me pasé comiendo, ya que también me sentía bastante lleno. No dieron para más los preámbulos, de manera que nos introdujimos en el autobús a la hora prevista y conforme el vehículo fue bajando al valle, comprobé cómo el termómetro que lucía en el habitáculo descendía, desde los 24 grados en los +1600 metros de inicio a los 14 grados que había en la salida, a +930.

La escasa media hora que transcurrió hasta dar el pistoletazo no hizo más que ponernos más nerviosos. Por mi parte, estaba deseoso de arrancar, así pues, se me hizo bien largo. Sin embargo, todo llega, por lo que, por fin, nos vimos en movimiento...

La primera parte de la carrera es siempre en subida, pero con ese tipo de pendiente que no te debería impedir correr, lo que supone el peor escenario de entre todos los posibles para dos viejunos que huyen del asfalto, como somos Merche y un servidor. Ella se ha quedado atrás desde el comienzo y yo trato de medir esfuerzos, aunque consciente de que no puedo dormir mucho en los laurales. Unos minutos después de haber salido, pasamos por delante del Castillo de Argüeso, una fortificación muy bien conservada, mejor, sin duda, que mis piernas, las cuales, en ese tramo, no dejan de quejarse. Voy haciendo lo que puedo, empecinado en no quedarme rezagado del grupo de gente con el que comparto tiempo y espacio, algo que sólo consigo a medias...

«¡Quien te ha visto y quien te ve!...» no dejo de pensar.

«No hace demasiados años hacías carreras 10k a poco más de 3' 30'', y ahora te cuesta no echar a andar en la primera rampa que ves...»

A resultas de la brega, no encuentro sensaciones buenas, batiéndome el cobre, sin mucho sentido, con uno de mi categoría que parece no sufrir ni lo más mínimo. También me mido con un par de corredores de físico algo dudoso, aunque, para mi asombro, con más ritmo que yo. En cuanto a las chicas, compruebo con resignación cómo me terminando dejando atrás las que luego serían tercera y cuarta de la general femenina. ¿Demasiada pista? puede ser, pero es que últimamente todos son impedimentos. El paisaje es espectacular, aunque yo parezca no querer apreciar esas vistas...

Cuando por fin estoy llegando al avituallamiento del Puerto de Palombera, me recreo un poco transitando por una senda, la primera del recorrido, pero decido ir con cuidado, con el fin de reservar fuerzas. Finalmente ficho en 57 minutos, con unos 8 kilómetros  y +450. Pienso: 

«Le dijiste a Mercedes que en este punto exacto debía tratar de bajar de la hora. Aunque se lo estabas diciendo a ella, los deberes en realidad eran para ti»

A esas alturas de la mañana ya tengo claro que la cortarán y ello me cabrea bastante. Habíamos hecho seiscientos kilómetros de ida (serían otros tantos de vuelta) y todo para que ella no pudiera ni completar la prueba.

Maratón Herradura de Alto Campoo: desde el Puerto Palombera al segundo avituallamiento

No he recargado agua en el primer punto, aún a sabiendas de que el siguiente avituallamiento está a, ni más ni menos, once kilómetros, gran parte de los mismos son de alta montaña. Así pues, con dos trozos de sandía doy por buena la parada.

Me sigue acompañando esa ascensión continua, casi sin respiro, sin embargo, la mayor parte del tiempo la hago corriendo, o al menos, correteando. El terreno se ha puesto más bonito, también más virgen, pasando por zonas en las que las vacas y los caballos son ajenos a esos humanos locos que pasan por allí como Juan por casa. Comienza a merecer la pena el esfuerzo, disfrutando de tramos como el del Barranco de las Hachas, de singular belleza. Tras pasar por el Collado de Rumacco, alzo la mirada: se inicia la Herradura...

Ante mi el primer pico de 2000, Pico Laguardi. Difícil avanzar con esa vegetación que a veces resbalaba bajo las suelas de la zapatilla. Por momentos echo de menos los bastones, pero ya era tarde. 




La bajada es de todo menos aburrida: rápida, a veces cómoda, distinta y, sobre todo, verde, muy verde. Sin embargo, en seguida toca volver a subir. En ese cacho las piernas se resienten un poco, aunque alcanzo la cima del Pico Cordel, ya a casi 2050 conservando aún bastante entereza.



Lo que viene después es un tramo no muy largo, pero endiabladamente técnico, transitando entre rocas, donde las zapas se agarran bien y me siento seguro, hasta que el terreno se pone blandito y más fácil, viviendo, quizá, el mejor momento de la mañana. En esa zona de toboganes voy viendo cómo pasta el ganado a más de 1750 metros de altura, y me siento afortunado. En esta guisa llego al segundo avituallamiento. Lo hago en buena predisposición, pero algo castigado ya por el calor. Bebo agua, lleno los soft flasks, tomo sandía y también Coca-Cola, aunque echo en falta que todas esas cosas no estén frías, pero estamos en un sitio de difícil acceso (demasiado han hecho los de la organización con llegar hasta allí).

Maratón Herradura de Alto Campoo: Desde el segundo avituallamiento a La Tabla

Antes de salir, un chaval pregunta por lo que viene después y le digo que es justo ahora cuando comienza lo bueno. No conozco in situ el terreno, pero me lo imagino, tras haber analizado el plano y haber visto algún que otro vídeo. Estoy en lo cierto.

No hay descanso, porque enseguida acometo el tercer pico importante, el Cueto Iján, tan alto como el anterior. De nuevo se hace duro y lento, echando de menos por segunda vez en la mañana los bastones Aonijie que unos días antes había comprado.




Cuando por fin toca bajar, disfruto mucho, aunque en soledad. No hay mucha pendiente y ya no veo a nadie por detrás. Miro el GPS, de manera que compruebo que tendré que esmerarme si quiero pasar el corte. Me fastidia no equivocarme. Sin embargo, el terreno es más complicado, con tramos de canchales y roca que ralentizan, no en vano estamos en la definitiva cadena de cresteos que nos llevará hasta el Pico Tres Mares, moviéndonos siempre cercanos a los +2000, como cuando atravieso el Pico Cordela, justo cuando comienzo a adelantar a andarines que me arengan, y eso me hace crecer en moral.



Miro el GPS, veintitrés kilómetros y ni rastro del siguiente avituallamiento. Me agobio un poco, hasta que llego a una imponente cresta rocosa, donde está habilitada la zona de cuerdas. Tras esta, llego al avituallamiento de La Tabla, a 2015 metros de altitud.



Me ducho con agua, bebo, relleno los envases, como algo de sandía y, ante todo, bebo Coca-Cola caliente. Soy consciente de que apenas estoy comiendo y me encomiendo a sobrevivir a base de esa fruta y ese líquido tan sanador. 

Cuando salgo de allí analizo los tiempos: llevo 3 horas y cuarenta y un minutos. A Mercedes le había dicho que tenía que llegar en menos de 3 horas 30 y yo no soy capaz de hacerlo. La cosa se pone movidita...

Maratón Herradura de Alto Campoo: Desde La Tabla a el Mirador del Chivo

Este tramo corto será, sin lugar a dudas, el peor de mi aventura. Las piernas se me vienen un poco abajo, al mismo ritmo que mi moral hace lo propio. Por momentos temo no llegar en 4 horas 30 al Chivo, porque el avance es sumamente dificultoso, en zonas en las que cuesta ir por encima de los 2 kilómetros por hora. En un momento dado arrojo la toalla y decido ralentizar la marcha adrede para no pasar así el corte. Sin embargo, todo eso sólo ocurre durante unos segundos en mi mente... en realidad no he bajado el ritmo, sigo en la pomada, así que, acto seguido, me animo y me arengo con la idea de que Mercedes se sentirá orgullosa si me ve llegar a meta.

No obstante sufro bastante, en unos interminables 3,2 kilómetros que se convierten en una eternidad. Todo cambia en el momento en el que un corredor me adelanta, sin duda acuciado por el tiempo de corte. Trato de seguirle, pero es en vano. Aún así, esa novedad, me ha hecho despertar la adrenalina. Cuando por fin bajo hacia el avituallamiento de El Chivo, kilómetro 27, compruebo que voy a llegar en 4:25, con cinco minutillos de margen...

Hago recuento de daños: no voy tan mal como para que se me pase por la cabeza no seguir. Más al contrario, parezco más entero que muchos de los que están llegando tras de mi. Me cojo media garrafa de agua y me la echo por encima, maldiciendo que no está lo suficientemente fría. Me contrario porque apenas queda un cachito de sandía y bebo Coca-Cola muy caliente... es lo que hay... Justo cuando la organización comienza a cortar a los corredores, un servidor reanuda la marcha, no sin antes asomarme por última vez al valle, donde se otea Brañavieja, a no más de cuatro kilómetros y medio. Soy consciente de que tendré que dar un rodeo para llegar hasta allí.




Desde el Chivo al Cuchillón

Los nueve kilómetros que restan me los tomaré de otra forma, con otro talante. Siento que le he ganado la partida a mis dudas y debilidades, porque he pasado el corte, no sin antes haber sufrido. Así pues, pienso que ha llegado la hora de disfrutar, aunque no vaya como para ir tirando cohetes. El GPS marca +2400 que no está nada mal... pienso que ha llegado la hora de olvidarse de los tiempos y comienzo a correr, sí, corro, a pesar de la cuesta, sorprendiéndome. Me acerco al Pico Tres Mares, desde donde dicen que mana el agua que vierte al Ebro, al Pisuerga y al Nansa. A decir verdad, no me cuesta mucho avanzar, ni tan siquiera cuando me desvío hacia la zona rocosa donde un voluntario nos espera para coronar. Además hay una novedad, desde el Chivo voy compaginando carrera con los de la corta, y eso ayuda, porque compruebo que voy más rápido que ellos, aunque se trate de la parte de esa prueba que anda más retrasada.

Tras llegar a lo alto, me aturullo un poco al bajar por una zona complicada, y luego capeo algún que otro cacho difícil, consciente de que en el 31 sólo quedará bajar, pero antes habrá que llegar al Cuchillón, que sólo con el nombre ya asusta. El caso es que cuando alcanzo eso que llaman el "Laberinto" pienso que todo aquello es una mala broma. Doscientos cincuenta metros absolutamente impracticables, que me llevan atravesarlos al menos 8 minutos, hasta que, por fin, alcanzo el avituallamiento...

Allí me vuelvo a duchar, bebo lo de siempre y me alegra sentir que la Coca-Cola está fresquita. Me sienta muy bien, aunque al reiniciar la marcha me desanimo al ver que aún toca subir... sólo son trescientos metros lineales, pero se me hacen un mundo, hasta que las piernas se acostumbran y llego a la zona rocosa donde conquisto el Cuchillón, al tiempo que me resbalo y me hago daño en la muñeca, aunque ya no importe demasiado, porque me he ganado de premio los últimos cinco kilómetros de bajada.


La primera parte de descenso es complicada, pero la hago bien, empoderado presintiendo el final. El segundo tramo es mucho mejor y yo aprieto los dientes. Me mojo en un par de ocasiones la cabeza con el agua del arroyo que busca el valle, hasta que alcanzo el punto extra de líquidos que la organización, dadas las altas temperaturas, decidió añadir con buen criterio. Allí me doy mi cuarta ducha y salgo pitando.




El valle se muestra precioso y cuando acometo la bajada final, sigo adelantando gente y más gente, incluso a alguno de mi carrera que marcha totalmente acalambrado...

Por fin llego a la carretera, me ofrecen agua, pero la obvio...último kilómetros y noto que puedo estirar zancada... eso hago, aunque debido a la pendiente apetezca andar  En cambio me resisto a hacerlo y llego a Brañavieja apretando los labios mientras subo la última rampa callejeando hasta alcanzar el arco de meta.

LO HE CONSEGUIDO, 36,3 kilómetros y +2600 en 6 horas y 7 minutos. No está tan mal viniendo de un viejo de 52 años.

Merche me está esperando y, en esta ocasión, no hay vómitos, ni calambres. A pesar de no encontrarme como para celebrarlo. No obstante, permanezco erguido y no tirado por los suelos, y eso ya es mucho para mi.

Es entonces cuando me siento orgulloso... de mi, pero sobre todo de ella, que lo ha intentado, aún a sabiendas de que lo tenía imposible. Habría terminado de no haber sido obligada a dejar la carrera, aunque eso ya no importe.

El cuarto tiempo y el regreso

Bebo y bebo, aunque el estómago no se me abre. He llegado parcialmente deshidratado, algo con lo que ya contaba, debido a mi limitación al respecto, por tanto, sin tener el estómago totalmente cerrado, no me apetece comer aún. Si puedo charlar, eso hago.

Llegado el momento me felicito de no tener ninguna molestia, así que, andando de forma más o menos fluida subo a la habitación a darme un baño de agua helada. Allí, dentro de la bañera, me da una rampa en el gemelo que me quedo tieso, sin poder incorporarme. Merche me mira sin poder hacer nada, hasta que por fin logro incorporarme. Ese termina siendo el momento más traumático de todo el día, porque de ahí en adelante sólo mejoro...

Ya abajo, comemos algo de pasto y, en seguida, mi cuerpo responde. Después toca cháchara, durante la entrega de trofeos. Sin embargo, cuando decidimos que ya hemos tenido bastante, nos subimos a echarnos la siesta...

Cuando nos levantamos, todo es extraño, estamos aturdidos. Apenas si queda gente en aquel precioso y recóndito lugar, lo cual añade más singularidad. Cenamos y nos acostamos, sin más, para retornar al día siguiente a casa.  Y así fue esta nueva aventura... aún quedó el largo retorno, en el que aprovechamos para conocer Burgos y comer en Lerma. El camino sirvió para la reflexión y, quizá por ello, no tardamos mucho en apuntarnos a otro reto, el que tendrá lugar pasado mañana den Valdelinares, otra estación de esquí.









viernes, 8 de julio de 2022

EL MIEDO DE VOLVER CAER EN LA MISMA ZANJA

Atrás quedó, muy lejos, lo que fui en eso que es correr. Pasé por las lógicas etapas que, sin yo saberlo, estaban marcadas para mi, y fue todo un proceso, una catarsis: descubrimiento-obsesión-reto-ilusión-consolidación-decadencia-empecinamiento. Entre todas esas fases, de la que me siento más orgulloso es de la última, el empecinamiento. Eso que me mueve a seguir, pese a los inconvenientes, aún a sabiendas de que ya nada será como fue. Es una de las menos gratas y también la más larga de todas. Quizá sea la última...

Pues bien, en ese constante "querer y no poder" me movía en septiembre del año pasado, mientras Mercedes estaba en otra onda, disfrutando más y sin pretensiones de ningún tipo. Hace tiempo que sé que las carreras de larga distancia no son lo mío, máxime si, además, se celebran en verano y en el sur. Era el caso de la carrera por montaña de 56 kilómetros correspondiente a la Trail Weekend Santiago-Pontones. Nos pusimos en línea de salida y yo no estaba para nada convencido. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Sonó el pistoletazo y avancé como pude. En los primeros kilómetros, la parte que mejor llevaba era la que supusiera dificultades, por tanto, hubo tramos hasta llegar al avituallamiento de La Toba, kilómetro 17, en los que no lo pasé bien con eso de mantener un ritmo. Tras ese break, tocaba subir, y ahí sí que me entoné. Cuando llegué al avituallamiento de la cima, sentí que era otra carrera. En esta guisa continué por sendas corribles y con menos pendiente, hasta que alcancé Miller. Ahí no debía ir tan bien como pensaba, porque no repuse fuerzas ni me lo tomé con calma, pese al calor que hacía. La altimetría se puso complicada, de forma que en ese tramo hasta Marchena, pagué el esfuerzo y la deshidratación, tanto que, al alcanzar ese avituallamiento, kilómetro 43, ya estaba totalmente amortizado. Hasta allí llegué, no pude continuar.

Esa es la crónica abreviada de aquello. El caso es que en un par de meses me toca repetir la aventura y querría llegar a meta, sea como sea.

 


domingo, 3 de julio de 2022

Segunda quincena de preparación para los 56 KILÓMETROS DE LA TRAIL WEEKEND DE SANTIAGO-PONTONES

 Comenzaba esta segunda quincena con el objetivo de alcanzar los 150 kilómetros. No iba a ser fácil, teniendo en cuenta el calor y la falta de tiempo. Tras este segundo periodo comenzaría el tercero a lo grande: con los 36 kilómetros de la Herradura de Campoo, sin duda una buena piedra de toque.

  1. Sábado 2: nos habíamos ido a Linares la noche de antes. Así pues, el sábado bien temprano nos fuimos Merche, Miguel Ángel (de nuestro club), Ziggy y un servidor a Cazorla. Hicimos una ruta muy maja por Puente de la Herrería y Poyos de la Mesa. Como se nos quedó algo corta (18,80 kilómetros), decidimos alargarla acercándonos a la Fuente del Oso, para luego volver. Total 21,5 kilómetros.
  2. Domingo 3: con las piernas aún cargadas, volvimos a madrugar en Linares. Habíamos quedado con J.J., otro compañero del Safa Linares Trail y, en esta ocasión, este crack nos guion por la zona norte de las minas, realizando una estupenda ruta de 15,5 kilómetros llenos de cambios de ritmo y toboganes. Sin duda resultó ser un entreno de calidad, el primero desde el comienzo de esta planificación.
  3. Lunes 4: tras la jornada de trabajo y con un calor considerable, me decidí a salir sin demasiadas ganas. Hacía calor y lo notamos los dos (Ziggy y el que suscribe). Sirvió para sufrir un poco yendo a un ritmo condicionado por la temperatura. 8,25 kilómetros por la zona del aeródromo.
  4. Martes 5: aproveché la ventaja de contar con la elíptica en casa, así pues, 7,24 kilómetros bien acalorados realizando cambios de ritmo durante algo más de 40 minutos.
  5. Miércoles 6: costó ponerse, pero finalmente, tras la cena, Merche y un servidor, acompañados por Ziggy, nos fuimos de noche a realizar una ruta que finalmente nos sentó bastante bien. 10,5 kilómetros probando los nuevos bastones Aonijie en la subida al Ángel.
  6. Jueves 7: tocó bici. Merche se animó con la elíptica, motivada sin duda por el vídeo que había visto de un par de montañeros entrenando en la Herradura de Campoo. Parece ser que uno de ellos se quedó tieso, y hacía hincapié en la dureza del terreno. El caso es que el reto quizá nos venga grande. En cuanto al entreno, 8 kilómetros de bicicleta con pequeños cambios de ritmo, unos 42 minutos. Merche, algo similar pero en el otro aparato.
  7. Viernes 8: siendo fiel al pequeño objetivo de la quincena (conseguir 150 kilómetros con cierta intensidad), decidí salir a correr por la mañana bien temprano. Con este entreno, cerraba la semana habiendo realizado. Hice 7,5 kilómetros por la zona del cementerio.
  8. Sábado 9: decidimos NO madrugar, porque la semana había sido agotadora. Sin embargo, sabíamos que no podríamos realizar la tirada entrada la mañana, ya que iba a hacer calor. Así pues, me levanté a eso de las 8, y Merche hizo lo propio. No obstante, cuando bajó a la cocina me miró con el semblante de la impotencia. Le dije, sube y duerme otro rato y, resignado, llené los soft flasks, me calcé las Evadict y me fui a la Finca Castellanos, conforme al guion establecido. Ya sabía yo que no iba a resultar una buena aventura: cansado desde el principio, engarcé un poco de cadencia, los kilómetros cayeron y llegué a la subida hacia el camino Peñalba, pero ya no me quedaba bebida y hacía 32 grados. Por tanto, anduve más que otra cosa, para luego dejarme caer un poco y, llegado al mencionado camino, comenzar a sufrir a base de bien. Harto de tanta presión, corté la grabación de wikiloc, con casi 20 kilómetros hechos. Había llegado la hora de terminar como fuera, y eso hice. Llegué a Finca Castellanos muy mal. De hecho, sólo me he podido recuperar de esos calurosos kilómetros cuando me he bañado en agua fría. En cualquier caso... necesitaba hacerlo.
  9. Domingo 10: el domingo no estaba muy cargado. Merche, obviamente, tampoco. Nos cogimos a Ziggy y nos fuimos los tres al Peral, donde probamos los bastones realizando una calurosa subida a lo alto por la senda técnica. Desde ahí bajamos por la pista y luego regresamos por el camino paralelo a la carretera. Poco más de 8 kilómetros en los que entrenamos la alta temperatura y la técnica de los bastones, aunque luego no los estrenásemos en Alto Campoo.
  10. Lunes 11: con un calor tremendo, en plena ola de calor, Merche y un servidor nos dejamos la piel en las máquinas de casa. En mi caso 8 kilómetros de bici. En el suyo, algo parecido en la elíptica.
  11. Martes 12: descanso.
  12. Miércoles 13: decidí madrugar, de forma que subí al norte atravesando el pueblo, hasta llegar a la cuesta de la Libertad, atravesé el cerro, bajé a la circunvalación, tomé por la paralela para rodear la loma de la finca que hay en todo lo alto y, tras esto, regresé a casa por el nuevo velódromo. Salieron 9,75 kilómetros hechos de menos a más, pero sin tirar ningún tipo de cohetes. Mercedes se quedó en la cama y luego a la tarde no hizo nada.
  13. Jueves 14: el día de mi 52 cumpleaños, madrugué sin ninguna gana de darme un regalo tal. Sin embargo, el no hacerlo hubiera supuesto sentirme mal, así pues, hice de tripas corazón y salí a corretear un rato. Estaba cansado, así que decidí ir suave. Subí el Ángel por la parte de atrás y bajé para dirigirme luego hacia la zona del parque Cervantes. Un entreno que solamente sirvió de relleno.
  14. Viernes 15: por computar, podríamos meter los 3 kilometrillos que hicimos Merche y un servidor paseando por Reinosa y sus alrededores. Era el preámbulo a la gran batalla.

No alcancé el objetivo de los 150 kilómetros en la quincena, ya que logré sumar 146. Menos da una piedra.

VALORACIÓN: me pongo un 5,5. He de seguir mejorando. Sin duda, lo mejor fueron los entrenos del sábado 9 y, sobre todo, del domingo 10. Se ve que acompañado por gente de fuera se hacen mejor las cosas.








Primera quincena de preparación para los 56 KILÓMETROS DE LA TRAIL WEEKEND DE SANTIAGO-PONTONES

No hemos dejado de correr, tampoco de escribir, aunque quizá mejor segmentar las semanas reflejando nuestra pequeña preparación para ese reto maýusculo que he expuesto en el título.

En la semana que fue del sábado 18 de junio al viernes 24 de junio, no puedo contar que hiciésemos grandes proezas, como cabía esperar. Eso sí, conseguimos embarcarnos en una de esas tiradas de antaño, por los caminos manchegos. 

  1. Sábado 18: tuvimos viaje a Madrid, por tanto, comenzamos malamene nuestro periplo.
  2. Domingo 19: madrugamos para salir con Ziggy a realizar lo que terminaron siendo 26,5 kilómetros que se hicieron duros. Salimos del Peral, llegamos a San Carlos del Valle, pasamos por lo alto del cerro donde está la vieja antena y bajamos por el camino que cruza el paso entre los cerros, para regresar a nuestro origen muertos de calor. Lo peor fue la media de ritmo, lo mejor... que lo hicimos.
  3. Lunes 20: descanso.
  4. Martes 21: madrugué para hacer uno de esos entrenos insulsos que poco aportan... Me fui por la zona del cementerio y regresé por la carretera de San Carlos del Valle. 9 kilómetros.
  5. Miércoles 22: volví a madrugar y realicé el circuito del cerro de la Aguzadera. 8,5 kilómetros.
  6. Jueves 23: 9 kilómeros de bicicleta
  7. Viernes 24: nos dimos un descanso.
  8. Sábado 25: salida hacia la Finca de Lourdes, 22,5 kilómetros. Merche hizo por su cuenta una tirada en la que subió 6 veces al Ángel por el asfalto.
  9. Domingo 26: ruta con Mercedes por la zona de los cerros de la Aguzadera, el camino Membrilla y el camino del Alto Peral, 10,5 kilómetros.
  10. Lunes 27: 9 kilómetros de bicicleta.
  11. Martes 28: 8 kilómetros al mediodía en Manzanares. Tratando de meter ritmo.
  12. Miércoles 29: 9 kilómetros nocturnos con Mercedes.
  13. Jueves 30: 8 kilómetros de elíptica y bicicleta.
  14. Viernes 1: descanso

 Total 128 kilómetros. Hay que incrementar la carga.