RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

martes, 28 de julio de 2020

SEMANA 2 HACIA FILABRES DESDE EL 18 AL 24 DE JULIO

Enfilado no antes que esmerado para conseguir mis objetivos, comenzó la nueva semana en las víspera de un nuevo viaje, en esta ocasión a Priego de Córdoba. Pero antes de partir hacia esa bonita localidad cordobesa madrugué el sábado para hacer 17 kilómetros que me costaron más de la cuenta. Una vez en Córdoba Merche y un servidor planificamos una tirada a La Tiñosa, con la esperanza de que mi mujer se encontrase mejor de la rodilla. La tirada estuvo bien, pero quedó marcada por sus problemas en la articulación y por el calor, aunque esos 21 kilómetros no nos los quita ya nadie. Aún quedaba rematar los días laborables con mis salidas matutinas: el lunes madrugué, en algo que ha sido la pauta general estos días, y logré hacer un entreno suave de tan sólo 8,5 kilómetros en la zona del Ángel, con subida por el carreterín incluida. El martes, de nuevo a las 06:30 en pie y sin apenas ganas, pero logré rascar 10 kilómetros en la zona de la circunvalación. El entreno de calidad tuvo lugar el miércoles, cuando me encontré con un crack, Rafa Doña y charlando charlando nos pusimos a 4:30, demasiada velocidad para mi, otros 10 kilómetros, estos muy bien empleados. El jueves estaba dolorido y aún así logré sacar otros 10, al igual que los que he completado hoy, éstos últimos con mejores sensaciones. 81 kilómetros y visos de cambio. A ver la semana que entra, que parece que comienza fuerte.


SEMANA 1 HACIA FILABRES: DEL 11 AL 17 DE JULIO

Tras conseguir, no sin esfuerzo, 81 kilómetros en la semana anterior, esta, que empieza a contar como la primera en la preparación hacia el reto de Filabres, he conseguido unos honrosos 75. Comenzó el sábado con una tirada en Biar, Alicante; Merche estaba lesionada así que madrugué y salí del hotel para hacer un precioso recorrido de 23,5 kilómetros, entre bosques, aunque no muy duro en cuanto a altimetría. Noté aún la falta de forma. Al día siguiente, ya en Valdepeñas, Merche y un servidor hicimos unos rápidos y descafeinados 5,5 kilómetros, que sirvieron más que para nada, para que Mercedes moviera su maltrecha rodilla (está convaleciente de una caída). El lunes regresábamos por fín al gimnasio, que los reabrían y allí hacía una sesión de unos 4 kilómetros de bici, que se unían a los 11 kilómetros que había hecho matutinamente, un buen doblaje, sin duda. El martes me tocaba salir por la tarde y pasar algo de calor, haciendo un circuito de 9 kilómetros y el miércoles, volvíamos a salir, por la tarde los dos para hacer 6 kilómetros y una sesión de gimnasio, aunque no pudimos completar esto último debido a que como nuevo protocolo no se podía entrar en el mismo sin toalla. El jueves y el viernes hacía sendas salidas matutinas que acumulaban otros 19 kilómetros de forma que conseguía salvar por los pelos una semana con 72 kilómetros y con una decisión firme: generar de una vez por todas el deseado punto de inflexión.


miércoles, 15 de julio de 2020

ESTA SEMANA SIGO EN LA POMADA

Tras alcanzar 81 kilómetros en la semana pasada, ha costado continuar con el plan de abordo. El fin de semana pasado viajábamos a Biar, al lado de Onil, y el sábado pude realizar una salida inolvidable, de casi 24 kilómetros y unos +900. Sé que no estoy en forma pero pude disfrutarla, pese a la caída que me pegué, sin consecuencias, afortunadamente; pero los tendones, los tobillos, me siguen molestando demasiado. El domingo íbamos a realizar una ruta senderista Merche, Inés y un servidor, pero al final se torcieron los planes por el empecinamiento de la niña, así que Merche que está prácticamente en el dique seco, se quedó sin su válvula de escape. Aún así ya a la tarde y en Valdepeñas salimos a correr un poco, con malas sensaciones por mi parte y por la suya. Fue desde el lunes cuando sentí que algo debía cambiar, que algo estaba cambiando...buen entreno por la mañana bien temprano, sin ritmo, eso sí, pero luego un doblaje en el gimnasio y de nuevo el martes madrugando, me han hecho sentir que me estoy esforzando, paso previo y necesario a la obtención de cualquier premio. Si me cuido y sigo perseverando podré conseguirlo y es que me he propuesto soñar con Filabres, que me espera el 4 de octubre.


YA TENGO MEDIO SIGLO PERO SIGO PERSIGUIENDO EL FLOW

Si hace justo 10 años me puse el mono de trabajo dispuesto a ponerme en forma y no dejar de correr hasta nueva orden, hoy puedo decir que ese empeño no cayó en saco roto, porque ahí sigo, sin dejar de dar zancadas, pasando por muchas fases, no todas buenas, pero haciendo de este hábito una forma de vida que me ha cambiado, y no sólo a mi, también a Mercedes...

Ayer, paralelamente al aniversario de la década como corredor, hacía medio siglo que vine a este extraño mundo, y ahora más que nunca estoy muy orgulloso de mi pequeña parte de neandertal, pero no lo estoy tanto por el cromagnon dominante que llevo dentro. Sin embargo, es la ambición, esa cualidad que tanto caracteriza a nuestra especie, la que me hace continuar, tratando de mejorar, de seguir haciendo cosas. 

Pues bien, tras esta inolvidable primavera, y el adjetivo va con segundas, se me muestra un verano de esos de picar en la mina, porque intento por enésima vez alcanzar algo que tan sólo he conseguido en tres o cuatro ocasiones en estos diez años, el pico de forma que me haga sentir bien corriendo, que provoque que me muevo sin fricciones. Me he propuesto conseguirlo, pero la primera vez que lo alcancé fue como fruto al gran esfuerzo de preparación de mis primeras maratones, y su cúlmen llegó en la Maratón de Roma, bajando de las 3 horas, yo que soy tan malo, ¡ay que tiempos aquellos!. La segunda vez fue en la primavera de 2015, y sólo duró mes y medio, pero ahí quedó ese buen registro de la Media Maratón de Bolaños. La tercera fue la que recuerdo con más añoranza,  hace tres años, también en primavera como casi siempre, y vino casi por casualidad hasta que el verano se la llevó como si fuera puro viento, pero esos tres meses fueron de auténtico disfrute en mi sitio preferido, la montaña; nunca olvidaré la Mineros Trail o la Pencona de 2017. La tercera fue más breve y menos intensa, en mayo de 2018, y se fue bien rápido, dejándome con la miel en los labios. 

Y si hablamos de los buenos tiempos, ¡qué decir de los malos!, que han sido más largos y sobre todo muy oscuros: como aquel año completo que medió entre julio de 2015 y julio de 2016 en el que la pubalgia me partió en dos y que aún así no dejé de correr pese al dolor y la frustración, o el batacazo del otoño y el invierno entre 2013 y 2014 con la rotura de isquios, y las constantes pequeñas lesiones que vinieron después. Qué decir también de la lesión de piramidal que me ha tenido atrapado en el limbo desde finales de 2018 hasta el otoño del año pasado, y durante todo ese tiempo seguí Don R que R, obsesionado por no parar...

Pues sí, lo vuelvo a intentar, con premeditación y alevosía, voy a buscar ese flow, o como se llame, que me haga sacar la sonrisa y que provoca que las comidas me sienten tan bien aunque mi aspecto parezca, paradójicamente, menos saludable, porque con la forma llega una irremediable bajada de peso que a casi nadie gusta.

Ya tengo medio siglo, pero parece que no he aprendido mucho en estos diez años, bueno, sí, he aprendido algo esencial: en la montaña es donde soy feliz y el asfalto es muy frío y aburrido, así que a soñar que es lo que toca.


jueves, 9 de julio de 2020

PARECE QUE NO HE APRENDIDO MUCHO. DE NUEVO DE PLANES

Y el verano avanza y nos lleva a no sabe muy bien dónde. Pero ahí estamos, con un nuevo trabajo que ahora absorbe incluso más tiempo que el anterior y con ganas de poner los cimientos de un nuevo renacer. Si este virus no lo impide, a primeros de octubre regresará Filabres, justamente el trail que tenía en mi cabeza el día en el que corrí la última carrera de montaña, el día que me lesioné, y que fue suspendido y en última instancia aplazado

Muchas cosas han pasado desde primeros de marzo, pero lo que no ha cambiado ha sido las ganas de ponernos a tono, algo que por momentos se está convirtiendo en tarea ardua y difícil. Parece que el tendón izquierdo de mi pie me va dejando seguir, pero no acabo de coger la forma, y si hablamos de Mercedes, estamos seriamente preocupados porque los problemas que le surgieron en su pie han ido a peor; hemos descubierto que se trata de tendinitis del tibial posterior, y ni las plantillas le permiten mejorar, pasándolo peor en terrenos complicados de montaña. Por ahora la he convecido de que no cancele su inscripción en Filabres, con la intención de que coja ritmo en llano, poco a poco, y no pise la montaña hasta septiembre, pero mucho tendrá que remar

Y sí, ahí estamos, de nuevo con planes y planificaciones. Hace mucho tiempo que no cuelgo en este blog las semanas de entrenamiento y creo que ha llegado la hora de retomar esa costumbre. Por lo pronto, esta semana ha sido complicada pero prolija, y ya llevo acumulados 81 kilómetros en seis días seguidos, a falta de lo que haga mañana.

Pero no está resultando fácil, no logro hilar las mejoras, y saltar de 70 kilómetros semanales está siendo prácticamente imposible. Al menos no lo he dejado, ni tan siquiera cuando no podíamos salir de casa, ¡vaya tiempos aquellos!.

Estos últimos meses me ha dado para regresar a Despeñaperros, hasta en tres ocasiones. También he descubierto un circuito de casi 20 kilómetros en San Carlos del Valle, que he realizado cuatro veces, y las tiradas han ido incremetándose en dificultad y en distancia gradualmente, hasta que la semana pasada hice unos muy sufridos 30 kilómetros sin mucha altimetría pero con mucho calor, que no me sentaron muy bien. La clave está en continuar aumentando la carga y quitarme los tres kiletes que me están lastrando e impidiendo dar ese pequeño salto que necesito.

Mantendré la esperanza porque tengo algo menos de tres meses para regresar a Serón, en un trail de 34 kilómetros bastante duro, y si no llego en condiciones lo pasaré mal.

 


sábado, 27 de junio de 2020

CRÓNICA DE LA MADRONA TRAIL FUENCALIENTE: PERDIENDO ESLABONES Y HALLANDO JOYAS PERDIDAS

Prólogo
 
Nuestra agenda se llenó de retos sin pararnos a pensar que tanto esfuerzo supondría pagar peaje; pero no lo ví venir, de hecho, cuando amanecí en aquel soleado día mi cabeza tan sólo atendía a una idea: "lo que no te mata te hace más fuerte", haciendo honor al ambicioso cromagnon que llevo dentro. Lo que ocurrió ese domingo hizo que todo cambiase, hasta el punto de no resultar baldía aquella experiencia.

Han pasado cuatro meses y visto con perspectiva Fuencaliente sólo fue la antesala de aquella primavera en la que menguamos poco a poco hasta hacernos diminutos; aquella época en la que no pudimos ver florecer el campo, castigados a sufrir un eterno devenir de días, con tiempo disponible para realizar esa suerte de movimientos en los que uno esquiva sillas, muebles y rincones, asciende al tercer piso para luego bajar y volver a subir, cuenta los pasos una y otra vez y renueva la necesidad de sentirse vivo en esa hermética tumba que es tu propia casa. Horas afiladas ideales para convencerme de lo efímero que soy en los que hallé la oportunidad de echar de menos los campos verdes del camino a Santiago y a falta de poder recorrerlos de nuevo, me conformé con escribir las crónicas que tenía pendientes de aquella maravillosa aventura.

Pero aún hoy no me olvido de que en mis horas más bajas llegué a rezar a una inexistente deidad, temiendo la desesperación, hasta atravesar ese túnel que nos llevó a este verano que hoy se llena de esperanza.

Regresemos al principio...

Deja vú

Llegamos a esta bonita localidad sin prisas, su coqueta plaza se nos muestra tal y como la recordábamos cuando años atrás la visitábamos embullidos en el rol de turistas; a colación de aquel viaje de antaño, todavía conservo en mi cartera aquella vieja foto en la que una versión infantil de Jorge posa al lado de un imponente ciervo azul; el ciervo sigue igual, Jorge ha cambiado.  


Y justo cuando andamos revisando nuestro dorsal alguién me da un toque en la espalda...; ¡es Emilio, nuestro amigo madrileño! muchos años después volvemos a compartir espacio y tiempo, como si hubiese cosas que se hicieran esperar, como si todo volviera..., ...un deja vú nos regresa a un estupendo bucle en el que regresamos con los que queremos estar, esos que acostumbran a hacer las mismas viejas y tercas locuras.

Ensoñación

Miro a mi alrededor, reparo en las imponentes sombras que Sierra Madrona entrona sobre nosotros y me impaciento por atravesar sus bosques, sortear sus piedras. Un rato después la plaza se contamina dulcemente del ambiente de trail. En ese tiempo de calma no puedo evitar que mi mente viaje y se marche a la Sierra de Filabres: me anticipo al futuro a la vez que rememoro el pasado: sufriendo el largo cortafuegos, sorteando las rocas blancas de la subida al Layón..., ...me dan las uvas y despierto en la realidad cuando quedan poco más de un par de minutos para que canten el inicio de una nueva batalla: me abrocho bien las zapas, me ajusto el chaleco y nos damos el beso de rigor.

Ya estoy de nuevo en marcha, me siento ligero, quizá sea una continuación de lo de la semana anterior en Moixent, sólo quizá; en el primer repecho mi tendón izquierdo me avisa; ¡mi pierna buena!, comienza un ruido donde siempre hubo silencio, y en esta ocasión no va a haber forma de escapar, ¿qué demonios he hecho mal?, nada, simplemente es la decadencia.

En el llano la molestia remite, aumento el ritmo hasta ponerme ahí delante, con los buenos, aprovechando la salida controlada; aún así, o ellos son muy profesionales o yo soy muy amateur, o ambas, porque me percibo en una cadencia frenética cuando a ellos se les ve relajados; pero a la par que estoy cansando mis piernas también alimento mi ego marchando con los rápidos. En la bajada estiro zancada hasta que el positivismo se corta de raiz cuando el vehículo de la Policía retira la contención y se aparta; en los minutos siguientes sufro como se me van escapando la mayor parte de mis compañeros a la vez que la carrera me va poniendo en mi sitio.

Me he quedado solo, pero el mal no esta en la soledad sino en los agudos pitidos que salen de mi tendón; en la zona del río Cereceda no hay nada a tu alrededor que tenga desperdicio, todo puesto para su disfrute; atravesamos una serpenteante senda llena de sonoros chorros de agua y querría disfrutar pero mi pie está a punto de decir basta; en la Cascada de la Batanera la fuerte molestia se torna a dolor a duras penas soportable, es el principio del fin, hasta que llego a aquella pista rodeada de frondosas arboledas, las de Sierra Madrona y voy desescalando hacia el infierno aquella ambiciosa ascensión que tenía programada en mi ajetreada agenda, esa que me iba a llevar al mismísimo cielo.

Resignación

Dejamos la pista y nos adrentramos en una preciosa senda hasta que un latigazo seco  atraviesa mi pierna. Me quedo varado allí justo en medio del edén, exiliado de toda pretensión; todo se derrumba hasta quedar un único y nimio objetivo: llegar andando hasta el siguiente avituallamiento. 

Marcho desangelado sorteando el interés de los corredores que se paran a socorrerme, pero de mi boca no salen explicaciones y tan sólo muestro mi pulgar hacia arriba y esbozo una corta frase: "todo bien"; en esta guisa voy culminando la "subida de las mil envidias", la que me llevará a la nada...

Por fín alcanzo el avituallamiento, ¡fuera dorsal, fuera el chaleco, bienvenida resignación!; me lleno la boca de gominolas con la esperanza de que el azúcar me traslade a otra realidad bien distinta, pero el dulzor no puede evitar el terrible dolor que se instala en la pantorrilla y que no me deja caminar. Ya dentro del todoterreno me visita el diablillo gris de las miserias, que aprovecha su Pisuerga para comenzar su perorata "soy un desastre, no vendrán ya los buenos tiempos, ha sido otro cuento de la lechera, de un mal puerto a otro peor", ¡basta!, me digo, dejo de pensar, y Belcebú se va a Valladolid.

Un rato después aparece Mercedes, toda una guerrera que se esmera por no dejar escapar a la chica con la que está haciendo tándem; se están disputando la cuarta plaza de la general, motivo suficiente para que ambas porten un cuchillo entre sus dientes, aunque por fuera luzcan esa inocente sonrisa. Inevitablemente me vuelvo a sentir orgulloso, no deja de sorprenderme  ¡tan peleona y resuelta, tan infalible!, debería estar acostumbrado, pero no. Nos damos un segundo beso y le deseo una buena bajada, mientras compruebo como la chica rubia sale tras ella resuelta a darle caza.




Neandertal

Cuando pasa el último de la carrera los voluntarios desmontan el chiringuito y nos marchamos. Seguimos el recorrido siempre por la pista y me doy cuenta que me queda la charla como único consuelo: hablo y hablo y con ese proceso alejo un poco el fracaso de mi cabeza.

Ya estoy en el pueblo, ando hasta el coche librando una pelea que se nutre paso a paso, hasta que me cruzo con Emilio; lo primero que siento es vergüenza, pero mi cinco porciento de neandertal cree en los demás más que en mi mismo, así que le pregunto por su carrera y me lleno de alegría al comprobar que definitivamente ya dejó atrás ese largo desierto sin oasis que tuvo que atravesar; su historia también va de tendones, pero de los bien tozudos para su desgracia.

Tras cambiarme remo cuesta arriba hasta alcanzar la plaza, y un rato después todo culmina cuando llega Mercedes; verle tan radiante me hace sentir feliz.

Laura, la del tándem, le ha superado, eso es lo de menos, puestos a competir se han ganado como compañeras. Enésimo pódium, primera de las que van siendo viejunas, ¡menudo mérito!....






...Y el domingo fue creciendo mientras nos comíamos una hamburguesa cortesía de la organización y, más aún, cuando después nos tomábamos un reposado café con Emilio. En un tranquilo paseo final, nuestro amigo nos narraba instantáneas de Fuencaliente, su pueblo, donde nació y creció, allí donde el destino nos buscó para reunirnos a los tres.




Epílogo

Aquel día tuve que regresar a la casilla de salida, no sin antes dejar el cántaro de leche por el camino; la mejor manera de ir hacia adelante es sentir que avanzas viniendo desde atrás, ¿no es cierto?. 


Con el transcurso de los días fui consciente de que había trocado una agenda repleta de sueños por un agujero negro y profundo; en unas horas perdí los eslabones de la cadena que estaba engarzando pero a cambio me reencontré con un amigo, justamente Emilio que bien sabe sobre eso de escapar de un oscuro pozo, así que ahora que lo pienso,  no debió ser casualidad nuestro encuentro, sino más bien un mensaje: todo vuelve a comenzar cuando crees que algo se ha terminado.

En cuanto a lo que vino después, pues bien lo sabéis, llegó ese bicho que nos encerró y todo lo cambió. Filabres se fue, y no pude visitar al Layón ni en mis sueños; tras él también desaparecieron el resto de ilusiones que aquel ambicioso calendario había depositado. Pero el tiempo sabe curar y el tendón está haciendo ya las paces; puedo volver a disfrutar al son de las tiradas, a la vez que las puertas se nos abren y me muestran la esperanza para volver a ver al corredor que siempre quiero ser.



lunes, 11 de mayo de 2020

CUADERNO DE BITÁCORA: SEXTA ETAPA MELIDE-SANTIAGO

Hacía el primer día de mi vida

"Cuando se alcanza el final se abre el velo de un nuevo comienzo"

A pesar del evocador nombre con el que Luis bautizó su casa en booking, "Despertar con el sonido de los pájaros", no me ha espabilado ningún piar y es que son sólo las siete de la mañana y el silencio sigue danzando al ritmo de la oscuridad.  Desconecto la alarma antes de que arranque a sonar, cuento hasta tres para incorporarme y al hacerlo compruebo como las piernas me arden.


Ya estoy desperezándome y con la torpeza que se le presupone al adormilamiento salgo al patio a recoger una a una las prendas que cuelgan donde unas horas antes las dejó  nuestro generoso anfitrión tras haber pasado por el filtro de su lavadora. De regreso a la habitación, Merche hace un último esfuerzo por despegarse de las sábanas; lo acaba consiguiendo y un rato después ya tenemos todo preparado; brota la impaciencia por vivir el epílogo de esta intensa enseñanza.

La mañana gallega luce perfecta cuando, ahora sí, los pajaricos nos fabrican la banda sonora de un selfie en el que quedan atrapadas las emociones de ese instante. En el Bar Stop, las risas y la buena charla del desayuno por poco nos despistan del deber que aún queda por cumplir, y mientras mi paladar se deleita con una exquisita tostada pienso que una sola semana ha sido suficiente para cambiarnos, demasiadas emociones las que hemos dejado atrás.







En el último "vuelta a empezar" de estos increibles seis días nos despedimos de ese buen hombre que nos ha hecho sentirnos tan bien, un actor más de esta obra que portamos en nuestros chalecos, y al dar las primeras zancadas Melide comienza a agitarse al son de nuestro movimiento mientras mudamos la piel, otra vieja camisa cae en esas calles, como ya callese en Oviedo, Salas, Berducedo, Fonsagrada o Lugo, dejando por el suelo unos restos inorgánicos que el tiempo borrará con la llegada de nuevas historias. Enseguida reparo en que hay un nuevo elemento: los peregrinos se agrupan a decenas por la verde senda que nos conduce a las afueras de la localidad. En el punto donde se juntan el camino francés y el primitivo, la soledad y el silencio han desaparecido, no se oye el eco de nuestros pasos en el paisaje y el juego se convierte en un convite a ese acto social no exento de intercambio comercial; menos mal que jugamos con ventaja, ¡vamos corriendo!, así que huimos adelantando uno a uno a los incontables caminantes; en esta guisa nuestras piernas se activan guiadas por la emoción llevándonos a Arzúa a buen ritmo.

Los verdes paisajes nos ponen otro día más en conexión con la naturaleza, esa que no se deja robar, aunque no pueda evitar ser expoliada por el descendiente del cromagnon, y justo cuando nos movemos en una de las muchas marañas de bellos y majestuosos eucaliptos, oímos a nuestras espaldas unos cánticos: "Esa Merche, esa Merche, hey, hey, se merece una ola.., hey, hey.", son nuestros amigos castellonenses que fluyen a toda pastillla sobre sus bicicletas en lo que también es su última etapa. ¡A por la compostela!, les grito.

Un rato después giramos a la izquierda donde permanece uno de los tantos hitos del recorrido, pero este es especial: nos marca que nos queda una maratón para llegar a Santiago






Ya de nuevo en campo abierto continuamos pasando peregrinos y atravesando aldeas, ermitas, cruceiros, lavaderos; pero también encontramos otros elementos  más impostados: terrazas que invitan a tomar un refrigerio, coloridos carteles de conocidas marcas de cerveza, tiendas de souvenirs, ¡todo un reclamo!. En cualquier caso avanzamos ajenos a esos estímulos hasta que tras cruzar el puente del río Iso, la tentación de filmar un  vídeo es demasiado grande para no caer en ella







Y casi sin darnos cuenta llegamos a Arzúa, la cual atravesamos de cabo a rabo en una especie de euforia que no podemos dejar de aflorar. Quizá debido a esa subida de adrenalina sentimos la necesidad de volar y metemos dos marchas más en los que acaban siendo los quince kilómetros mejor corridos de todo el camino, en los que tan sólo nos saca de ese ensueño una breve parada en un kiosquillo para comprar fruta y gominolas.

Cuando el calor y la falta de fuerzas regresan nos vemos inmersos en un avanzar más lento hasta que llegamos a un precioso bosque, donde decidimos realizar una parada técnica intuyendo que quizá estemos ante la última bella arboleda de nuestra aventura.
























Y de nuevo se despeja el horizonte, el campo se salpica de pequeñas aldeas justo cuando nuestros estómagos se quejan, no en vano son ya más de las dos de la tarde, así que hacemos un descanso para comer en un lugar llamado "Pensión kilómetro 15". Dos porciones de pizza, Coca Cola bien fría y un buen helado de nata son los ingredientes del  último piscolabi del camino, ese que llevará a nuestras venas las energías necesarias para alcanzar nuestra meta.


Reanudamos la marcha desde lo más hondo de un pequeño barranco, nada que ver con los que hemos dejado a nuestras espaldas a lo largo de esos días, y la tarea tan sólo consiste en subir cien metros hacia el cielo, ¡la última rampa del camino primitivo!; lo hacemos corriendo a ratos, y a ratos caminando, dejando que el sudor resbale por nuestras caras, sucumbiendo a un virus que invade nuestros músculos, que nos hace pesar el doble adormeciendo nuestra motricidad. En realidad no estamos infectados, tan sólo son nuestros cuerpos dando señales de desconexión ante la certeza de que ya están al final de su encargo, en su último día laboral.

Al ataque de indolencia que afecta a nuestras piernas se le une la impaciencia por llegar, así que entre Sabuqueira y Villamaior puedo hoy sentir, mientras ando aquí sentado en mi escritorio, el picoteo del sol sobre mis sienes, como se me pegan los labios. El caso es que en una larga recta que desafía nuestras ya quebradas voluntades, pasamos por delante de la sede de la TVG, y es allí donde temo que alguién se asome por la ventana y decida grabarnos en esta tesitura, sin duda se trata de un delirio fruto del calor. 

Tras atravesar esa especie de desierto de la desidia llegamos al Camping San Marcos, a la par que una voz nos martillea diciéndonos "os costará un mundo llegar". Pero no hay mal que afecte a la intención, por muy fuerte que sea, que no se atenúe dándole un pequeño placer a los sentidos, así que los dos sorbetes que nos tomamos nos retornan a la positividad. Y tal y como dice el refrán, "a unos les llenan el tazón y a otros les dan con el cucharón", cuando vemos a una peregrina retorciéndose de dolor mientras agarra sus pies llenos de ampollas nos sentimos muy afortunados, así que reanudamos la marcha sin dudar de que ya lo tenemos hecho.

Un largo rato después alcanzamos el Monte Do Gozo pero no nos acercamos a otear las famosas vistas ni a echarnos fotos; nuestra ansiedad ha llegado a su punto más álgido y nuestras piernas se han apagado del todo, por lo que no deseamos otra cosa que finiquitar esta historia; nos apresuramos a bajar por unas arboledas justo cuando nos vienen de frente un ejercito de alfileres punzantes que atacan a nuestros cuadriceps en una batalla que nos pilla desprevenidos; ¡estamos totalmente quebrados!. Ya al pisar el asfalto no tenemos más remedio que caminar, para sentir paso a paso ese final alargado, contando una a una las conchas doradas del suelo, como ya hicimos en Oviedo, pero a cada metro que nos acerca al Obradoiro va creciendo la emoción, en un deja vú que nos rebobina a unos días antes cuando vimos como menguaban las últimas casas de la capital del Principado mientras nos sumergíamos en los bosques asturianos; este epílogo se copia de aquel prólogo, justo cuando el libro se termina con todos sus capítulos.






Y el cuerpo, que un rato antes nos había enviado a un ejercito de ponzoñosos soldados para infringirnos un duro y doloroso castigo, tan sólo quería engañarnos, porque cuando vemos a lo lejos la catedral, el vello se eriza, la adrenalina se escapa y, ¡milagosamente!, las piernas se conectan..., pienso en las dudas de Salas, en la paz de Hospitales, la desesperación de Lago, el abatimiento de Berducedo, la emoción de la bajada al embalse de Grandas de Salime, el oasis de Peñafuente, el miedo de Fonsagrada, el vacío de O Cadavo, la alegría de Lugo, la seguridad de Melide, me inundo de todos esos lugares sin estar ya en ellos...



Ahora que este periplo se acaba compruebo que en realidad algo comienza y me siento terriblemente vulnerable y vivo, limitado e infinito, quedando más que justificada toda mi existencia en ese acto compartido. Pero mejor será dejar fluir las imágenes y el sonido para que hablen por sí mismos.




"Somos diminutos, no somos nada, tan sólo somos nuestros pasos, tan sólo somos el camino".


Una chica se agacha para, gustosamente, sacarnos en ese plano tan perfecto donde queda para siempre impregnada la imagen que resume el final de este viaje. 
























 


Y no puedo evitar poner un extracto de una preciosa canción de Silvio Rodríguez, que sin quererlo hoy respira el aire de estas líneas:

"Al final del viaje está el horizonte,
Al final del viaje partiremos de nuevo,
Al final del viaje comienza un camino.
Otro buen camino que seguir descalzos
Contando la arena.
Al final del viaje estamos tú y yo intactos,
Quedamos los que puedan sonreír
En medio de la muerte, en plena luz".




Sí, este viaje se ha terminado...., renovados..., extraños..., tanto que nos cuesta reaccionar a las enhorabuenas de nuestros amigos ciclistas, hasta el punto de que casi ni les agradecemos que nos hayan sacado número para no esperar demasiado en la larga cola que hay para sacarse la compostela. 

Andamos lentamente entre el tumulto de gente que se agolpa por todos los rincones, la cabeza va más rápida que nuestras piernas, las cuales oponen toda la resistencia de la que son capaces para así desobedecer las órdenes que les damos. Tras comer, conseguimos conformarlas un poco, y enseguida nos sentimos más recompuestos. Ya es nuestro turno en la cola, y estoy rellenando la encuesta; una de las preguntas da que pensar: ¿ha hecho el camino por motivos religiosos?, ¿espirituales?, ¿deportivos?, y soy consciente de la exigente prueba de fondo a la que hemos sido sometidos para conseguir atravesar trescientos veinte kilómetros en seis días, pero el esfuerzo no es lo que me ha dejado poso...; me hubiera gustado leer en aquel papel: ¿qué te llevas tras hacer el camino?, quizá habría contestado: "me llevo algo que se me ha adherido al pecho, que no partió con nosotros en Oviedo, pero que poco a poco fue creciendo y creciendo, y ahora, por suerte, ya no puede despegarse de mi". 






 



 


Con mucha tarde aún por delante el tiempo se pausa, todo a nuestro alrededor se enlentece y a ese ritmo tenemos más fácil poder tomar conciencia de lo vivido en esos maravillosos días. Sin embargo, aún tenemos algo estupendo que hacer esa noche: disfrutar de la grata compañía de nuestros amigos Kino, Carlos y Tomás, los ciclistas castellonenses que nos acompañaron en algunos momentos que dificilmente podremos olvidar.







Cuando caemos rendidos en la cama me inunda un plácido cansancio: he culminado algo muy importante, siento paz y sosiego pero a la vez un peso corporal que me hunde en lo más profundo de un relajante sueño. Al despertar habré transitado hacia un nuevo comienzo, hacía el primer día de mi vida, como dice Silvio Rodríguez, "a plena luz".