RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

jueves, 17 de octubre de 2019

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO: ETAPA 1 OVIEDO-SALAS

No es una mañana más...

...Amanecemos el 11 de agosto en modo sonrisa con las orejas bien despiertas ante lo mucho que han de percibir. Preparamos meticulosamente nuestros chalecos y dejamos dispuesta la bolsa de viaje, nunca mejor dicho lo de "de viaje" ya que le esperarán seis trasiegos  patrocinados por Correos y Telégrafos.

Cuando bajamos a desayunar siento que por fin está sucediendo, es el punto de partida de nuestro largo viaje, pero esto no parece importarle mucho al chaval de recepción, que se muestra impaciente por terminar su jornada nocturna. Unos minutos después le vemos sufrir, profesionalmente hablando, mientras se pelea con la máquina en su afán de hacernos unos cafés, pero justo en el peor momento aparece su jefe y soluciona el entuerto...

...cortado bien cargado para el que suscribe, con mucha leche para ella, un par de zumos de naranja, su tostada y por último mi pieza de bollería, de esas que no recomiendan; esos son los componentes de nuestro desayuno, primer eslabón de esa larga cadena de proteinas, grasas e hidratos que estará por digerirse en las próximas jornadas. Así fue como a ritmo de una nerviosa conversación, que versaba sobre las locuras de dos corredores en el inicio de su camino, consumimos la ingesta de todas esas calorías. 

Oviedo luce mágico

El hombre del hotel no escatima en celofán y sella perfectamente a la bolsa el folio plasticado que servirá de referencia a Correos en cada uno de los destinos de nuestra aventura. Cruzamos los dedos para que nuestra ropa, complementos energéticos y demás enseres no terminen en Bilbao, por ejemplo.




Y en esta guisa dan las 8, momento en el que la impaciencia se une a nuestra hiperactividad y eso hace que uno no sepa donde sentar el trasero, así que terminamos saliendo a la calle a inmortalizar el instante para así dejar marcado definitivamente el comienzo de este incierto y emocionante devenir.






¡Ya, ya estamos en ruta!, son las primeras zancadas de una larguísima cuenta que no merece la pena llevar: a metro por pisada saldrían 315.000 apoyos, mejor dejar esa caja de pandora bien cerrada y no pensar ahora en lo mucho que nos toca hacer, ¡simplemente hagámoslo!.

Las calles de Oviedo se ven extrañamente desiertas, como si hubiesen quedado puestas a nuestra disposición en una especie de ofrenda mágica, y en esta tesitura nuestros cuerpos se mueven ligeros guiados por la adrenalina. Cuando los últimos edificios de la capital comienzan a hacerse pequeños a nuestra espalda tomo verdaderamente conciencia de que acabamos de arrancar un motor que será difícil parar, ¡no deberá detenerse hasta llegar a Santiago!.



La esencia del camino

Todo brilla intensamente a nuestro alrededor y no podemos dejar de fijarnos en los estímulos que nos rodean: la vegetación, las pequeñas aldeas, las ermitas, y los peregrinos, ¡ay los peregrinos!. Adelantamos a un grupo nutrido de felices caminantes; de entre ellos llegamos a contar hasta cinco compañeros de los que unas horas antes hacían cola para recibir cama en el albergue ovetense. Pronto aprendemos a entonar un afectuoso  "buen camino", y casi siempre nos responden con la misma fórmula envuelta de buenos deseos.

...San Lazaro de Paniceres, Villamorsén,..., núcleos de casas aderezados de un verde intenso; estamos inmersos en un paisaje campestre impropio de las afueras de una gran ciudad, sin cemento, adosados, centros comerciales ni otras contaminaciones. Y llega nuestra primera y breve parada en la Ermita del Carmen de Llampaxuga, donde realizamos nuestro primer sellado oficial,  ¡el estreno de nuestras credenciales!.




Sendas preciosas se intercalan con tramos de carretera, a veces giramos nuestros pasos hacia caminos que no desmerecen en sus vistas y en esa guisa no cabe el aburrimiento... Ponteo, Loriana, Gallegos, ayudan a hacernos la ruta más amable.







...y en todo ese tiempo vamos siguiendo las señales, a veces metálicas, otras veces son simplemente flechas pintadas de amarillo, pero las más notorias son los hitos de piedra, con los que aún sueño dos meses después. Es justamente una de esas pétreas tallas la que nos saca de la carretera para obligarnos a tomar un sendón; descubro que estoy llevando la contra a la ruta marcada en mi smartphone y le digo a Mercedes "se ve que los ciclistas de la wikiloc continuaron por la vía asfaltada, pero intuyo que este rodeo será mejor para nosotros". La excursión que hacemos no desmerece en absoluto,  transitando por una sendita donde el agua, que no deja de resonar a nuestro alrededor; adorna nuestra felicidad; en todo ese tiempo avanzamos paralelos al río Nora mientras salvamos una considerable pendiente que nos hace disfrutar de ese mini paseo montañero.





Haciendo méritos para comer en Grado


Escamplero y su albergue nos ve pasar un rato después de haber fichado en la Ermita de la Virgen de Fátima  Las piernas aún se mantienen intactas y la ilusión anda totalmente compuesta.





Nos recibe la Valsera y tras esto nos adentramos en una zona donde los bosques nos enguñen entre caminitos  paralelos al Río Andallón. Las fotos hablan por sí mismas...








...y después de ese goce toca discurrir cerca del curso del Nalón en unos parajes fabulosos que nos enfilan hacia un valle. Cuando nos encontramos en el punto más bajo, nos topamos, para nuestra sorpresa, con una máquina de vending, un engendro automatizado impostado entre tanta naturaleza exhuberante. Consumamos nuestro pequeño gran descanso con un par de Aquarius, unas gominolas y hundiendo nuestras cabezas en el agua fresquita de una fuente de piedra...

...pienso que no hay mejor lugar en el mundo que ese donde me hallo ni mejor compañía que esa que me complementa...









El tiempo quiere transcurrir rápido en esa soleada mañana de lunes y nosotros desearíamos parar los minutos, aunque éstos nos acaban siendo robados irremediablemente. Nuestro silencio se rompe cuando chapurreo en inglés a un peregrino de rasgos asiáticos una petición de foto; el buen hombre accede, pero eso sí, nos deja su dedo estampado en la imagen, colándose de polizón en este diario de abordo.





Grado, a mitad de camino de nuestra ruta, nos recibe en fiestas, con su mercadillo y su bullicio. Es temprano para comer, aunque también puede ser que aún no hayamos hecho méritos suficientes para reponer energías. El caso es que andamos tan nerviosos por continuar nuestro camino que nos despedimos de la señora del albergue municipal cuando ésta nos ha estampado sendos sellos en nuestras cartillas; es así como atravesamos de cabo a rabo dicha localidad poniendo pies en polvorosa dirección a nuestro destino.






Intuyendo Salas 

Tenemos que salvar trescientos positivos hacia el cielo y lo hacemos justo cuando el calor  aprieta, pero no nos importa demasiado porque las fuerzas acompañan y la montaña nos atrae como un imán. Tirando de paciencia y manos en los cuadriceps alcanzamos la zona del Santuario de la Virgen del Fresno donde nos refrescamos en una fuente adosada a la pared de una posada. En el siguiente cruce de caminos charlamos con un simpático señor que se interesa por nuestra empresa; tras una amable conversación concluye con su recomendación de que tomemos por el "atajo a hospitales" (ruta alternativa de la segunda etapa). Le digo: "por supuesto que iremos por allí, no nos lo perderíamos por nada en el mundo".

La prominente bajada que viene después, tras 30 kilómetros de machaqueo de articulaciones, provoca que el pie de Mercedes repentinamente se queje. En ese momento lo vemos como un problema sin importancia, aunque acabaremos descubriendo que ese será un mal que le acompañará el resto de los días del camino, de hecho a día de hoy aún no lo ha superado.

Llegamos a Cornellana y cruzamos el imponente Narcea para tomar por un camino lleno de manzanos, no nos resistimos a robar un par de frutos que nos resultan algo ácidos pero pasan el control de calidad como producto nutritivo y de la tierra. Tras alcanzar el espectacular Monasterio de San Salvador iniciamos una subida que nos deja las piernas medio muertas, sin embargo nos cambia la cara cuando alcanzamos otra zona boscosa de esas que tanto nos gustan.









...y ya, mientras atravesamos unas solitarias canteras a tan sólo siete kilómetros del final, nos surgen las primeras "dudas del camino"; dicen que hay que sentir malos momentos para que la aventura sea plena y, el cansancio y del dolor del pie son motivos suficientes para caer en esa trampa. Aún así no lo pensamos demasiado y continuamos nuestra brega sabedores de que habrá momentos de todos los colores....

...hasta que nos recibe la fábrica de Danone, ¡estamos llegando a Salas 48 kilómetros después!; nos saluda la tormenta y la lluvía fresca; entre trueno y trueno percibo la preocupación de Mercedes así que trato de arengarla: "Merche, ya hemos superado el primer escollo, ¡eso no nos lo quita nadie!"; 

..Hemos llevado un ritmo constante y como premio nos hemos ganado el disponer de toda una tarde para descansar.




En aquella placita de Salas

Fichamos en el Albergue La Campa; lo primero que comprobamos con una alegría inmensa es que nuestra bolsa está allí, Correos cumplió la primera de sus seis promesas. En aquella preciosa placita hay movimiento de peregrinos por doquier, que charlan, comen, toman cañas. Una pareja nos pregunta si estamos haciendo el camino corriendo, Lucía y Guillermo, que así se llaman, están haciendo lo propio pero en etapas más cortas. Lucía será protagonista en la siguiente etapa y para ella va dedicada esta entrada, nuestra nueva "amiga del camino".

Cuando por fin conseguimos mesa para comer, nos agasajan con una sopa para dos, fabada para ella y caldo de berzas con patatas para un servidor. La lengua en salsa y el cerdo no desmerecen cayendo todo todo en nuestros estómagos vacíos. Hemos saboreado todo como si fuera la última vez que tuviéramos la oportunidad de echarnos algo a la boca.
 




Tras una bien merecida ducha en el baño comunitario del albergue damos un paseo por tan bonito pueblo. La cojera de ella supone una pequeña crisis, pero decidimos no darle demasiadas vueltas a la cabeza y esperar a que la buena mañana del martes nos traiga sensaciones renovadas. Cierto es que un rato después, mientras tomamos un café y un helado, nos regresa la sonrisa. Esta será la tónica de todo nuestro camino: los pequeños detalles harán que nos vengamos arriba pero cualquier mini impedimiento provocará fácilmente negros nubarrones.




Y el presente se convirtió en pasado: la generosa comida-cena y el postre posterior nos había dejado rebolondos, así que el resto de la tarde la pasamos en la habitación gestionando la logística, tratando de recuperar el pie de Mercedes con pomada y hielo y estudiando lo que se nos venía encima con el duro recorrido del día siguiente. Era tiempo de digerir la comida pero sobretodo era el momento de asimilar lo ocurrido en aquel maravilloso lunes. Antes de apagar las luces le dije a mi mujer: "mañana a las 6 arriba, que tendremos harina de otro costal que portar a nuestras espaldas"; intuía que si superábamos la segunda etapa tendríamos el camino medio enfilado.

Y así fue como tras hacerse la oscuridad a nuestro alrededor pensé que estábamos embarcados en un apasionante viaje que nos sobrepasaba por completo. El miedo asomó, pero la ilusión contrarestó el vértigo; en cualquier caso el cansancio acabó imponiéndose  ya que caí en un largo y reparador sueño....efectivamente el martes nos traería un nuevo color junto con la mejor de nuestras sonrisas.









viernes, 27 de septiembre de 2019

UN MILAGRO UN PACTO CON BELZEBÚ O LA TECNOLOGÍA JAPONESA

Y así fue como llegué hasta ese cruce de caminos donde me paré por un momento a reflexionar: "¿hacía dónde voy?", verdaderamente no lo sabía, sí tenía claro hacía dónde querría ir pero para enfilar dicho destino tendría que ocurrir algo que cambiase ese statu quo....

Pensando que mi dichoso piramidal es una esclusa que no deja correr el agua y ésta se estanca. Esperando un milagro para comprobar por fin que las cosas tornan a mejor, pero no creyendo en los milagros. ¿Y si pactase con el diablo?, claro, para ello éste tendría que existir, algo que dudo mucho. Imaginemos que sí, que está ahí acechándonos, de ser cierto podría ofrecerle mi alma, que no creo que valga mucho, y aún siendo de valor, dudo que permaneciese intacta tras tornarse mi cuerpo en cenizas...

Y allí me hallé, llegando a la conclusión de que soy una persona espiritual, pero no religiosa, de que mi espíritu radica en algún punto de mi cerebro que también es perecedero, por tanto ni milagros ni pactos con el más allá harían que la situación cambiase. 


Pasaron los días y una mañana mientras conducía hacia el trabajo me iba sintiendo orgulloso de los 347.000 kilómetros que le he hecho ya a mi viejo Toyota. Y ¡voilà! se me encendió la bombilla: "si mi Toyota es japonés y ando tan contento con él, ¿por qué no ir a buscar respuestas a tierras niponas?"....y de ahí pasé a una cosa, y de ésta a otra hasta que caí en un detalle de mi vida pasada...

...Corría finales de verano de 1989 cuando estrené mis primeras y hasta hoy únicas Asics, las recuerdo perfectamente, con sus tonos grises y azules, llena de elementos reflectantes; eran muy chulas para lo que había en aquella época. Habían dejado de fabricarse las Tiger, al menos con ese nombre, y ahora pasaban a tener esa denominación tan rara: "ASICS". Poco más tarde descubrí que se trataba de un acrónimo de la famosa frase en latín: "Anima Sana In Corpore Sano",...


... y casi por casualidad me veo cerrando un tremendo círculo. "Ánima", palabra que para los griegos era entendida como principio de vida, común a todos los seres vivos (plantas, animales y hombres) y el alma entendida como principio de racionalidad, con carácter divino e inmortal, exclusiva sólo del ser humano...

¡Ni milagros ni pactos, quiero unas "Anima Sana In Corpore Sano"!, por favor que de paso, una vez bien calzadas, lleven a mi alma corpórea a sentirme invencible en los entrenos, pese a mis casi 50 tacos. Y unos minutos después estaba comprando por Amazon unas Dinaflyte en su versión más vieja.

Perdonadme la licencia, por ser pesado y redundar en el pasado me remonto a justo 30 años atrás, allá en Alcantarilla, en mi periodo de instrucción militar; aquellas Asics me llevaron a correr en 2 minutos treinta y tantos esos 1000 metros, aunque siempre tuve la sospecha de que le faltaban algunos metros al kilómetro, ¡era joven pero no tonto!. Eso sí, aquel arrogante teniente de la Brigada Paracaidista, que dicho sea de paso ostentaba el récord de aquel circuito (al menos hasta que yo se lo arrebaté) me buscó y me estuvo interrogando e increpando por haber perpetrado tal profanación. Yo quisé decirle que lo sentía, que no era mi intención, que hacía ya un par de años que había dejado el atletismo, pero que desde que habíamos llegado a Murcia nos habían obligado a correr un montón todas las mañanas y eso me había puesto las pilas; quise decirle todas esas cosas pero no le dije nada, envuelto en una sensación que mezclaba el miedo y el más malicioso de los regocijos. Y fue en aquel fin del estío, también fin de década cuando comencé a desgastar ese maravilloso par de zapas que terminé de fundirme en Alcalá de Henares coincidiendo con el resto de meses de servicio militar.

Es así, amig@s,  como mi alma ha dejado de localizarse en mi mente para pasar a estar ubicada en mis pies. Pretende crecer y hacerme sentir bien más allá de que se obren improbables milagros o que aparezca el mismísimo demonio tratando de robarme mis deportivas.









martes, 24 de septiembre de 2019

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO DE SANTIAGO, EL VIAJE A OVIEDO

Partiendo hacia el Norte

Con una emoción semejante a la que sienten dos niños chicos la mañana del día de Reyes salimos de casa hacia la estación de tren. Ya en entre raíles el viaje a Madrid transcurre sin incidencias externas pero por dentro sentimos una emoción que resulta difícil de describir en estas líneas; quizá seamos conscientes de que lo que vamos a vivir en los próximos días nos dejará marcados para siempre. 

Llegamos a la capital a la hora prevista y con el tiempo justo para comer en la Estación de Chamartin algo ligero que no consigo recordar. Sin dar pábulo al tiempo ocioso nos vemos embarcados nuevamente en el tren camino de la capital asturiana...

El amarillo da paso al verde

Mientras pasamos por Segovia me vienen a la mente recuerdos de pasadas ediciones de la MS hasta que mi mente se despeja ante la vista de los extensos campos de la vieja Castilla. León nos recibe y poco después de reanudar la marcha comprobamos como a nuestro alrededor los tonos del paisaje cambian al verde y los bosques inundan los montes. Asomados a la ventana nos vamos emocionando ante la majestuosidad que va adquiriendo el paisaje, y lo mejor está aún por llegar; porque cuando atravesamos el Puerto de Pajares nos quedamos maravillados de la majestuosidad y la exhuberancia de sus montañas. Desde ese momento un verde especial llenará todo tipo de pinceladas a nuestra vista.

En la capital del Principado

Al pisar el andén comprobamos que la temperatura se ha desplomado, nada que ver con lo que negociamos allí en la Mancha a esas alturas de agosto. Contamos con tiempo para pasear y admirar los edificios señoriales hasta que con la ayuda de google map encontramos el Albergue de Peregrinos. Nos lleva un tiempo conseguir las credenciales debido a que esperan un número considerable de caminantes a que les sea otorgada una cama para dormir esa noche, sin embargo parece que ese día colgarán el cartel de completo por lo que la mayoría acaban aceptando, como mal menor, dormir en el suelo.

Allí charlamos con Diego, un peregrino que irá hacia Avilés para continuar por el camino de la costa hasta Santiago. Le comentamos escuetamente lo de nuestra aventura e inmediatamente nos pide que le vayamos informando de nuestro transitar, por lo que tomamos su contacto en el móvil.

Ya con nuestras nuevas pero casi vacías credenciales (salvo por el primer sello del albergue) nos acercamos a la Catedral de San Salvador. Allí nos echan una foto en lo que técnicamente será el inicio de nuestro reto aunque en realidad y de manera oficiosa partiremos la mañana siguiente desde el Hotel Fuente de la Plata. 

Nos hace verdadera ilusión fotografiarnos en la placa que marca el inicio del Camino Primitivo, en el que reza un breve texto que es pura historia; se dice que "quien va a Santiago y no a San Salvador visita al criado pero no al señor", pero dichos aparte lo importante en ese momento es que en la foto se vean nuestros pies, esos que nos tendrán que llevar corriendo los 315 kilómetros que distan de Oviedo a Santiago de Compostela en los 6 días marcados.










Cachopo, sidra y otras cosas especiales

Caminamos los casi tres kilómetros que separan el centro de nuestro hotel en lo que se puede considerar que es ya el inicio de nuestro viaje iniciático; vamos siguiendo las conchas doradas adosadas al suelo con emoción contenida hasta que llegamos al alojamiento. Mientras fichamos nos es inevitable explicarle al recepcionista lo que nos traeremos entre manos los siguientes días.

En la misma Calle Argañosa cenamos en el mesón que nos han recomendado; entre ritual y ritual de escanciado cae una botella entera de sidra. El pulpo a la gallega está exquisito pero resulta claramente superado por un estupendo cachopo de ternera que es puro deleite. 





 



































Salimos del local con nuestros estómagos totalmente copados, pero esto no será más que el previo ante el exigente gasto energético que tendremos que afrontar en días venideros, que requerirán de importantes pero a su vez estupendas recargas.

Y es así como entro en un sueño fácil y plácido, no transito hacia ninguna parte  y directamente amanezco en el día que todo comienza para nosotros...

jueves, 5 de septiembre de 2019

SERENDIPIA: EL TRAIL DE SIERRA NEVADA

Somos gotas

Primero se produce la evaporación, el gas sube y se forma la nube hasta que fruto de la condensación precipita en forma líquida, de forma que la gota viaja por el aire hasta que muere al chocar contra la superficie y ahí termina su camino.

Eso soy yo, una gota más que está cayendo y que sabe que terminará este tránsito en el momento de que llegue a su destino. Somos millones de efímeras partículas de agua sin nada más que aportar que continuar el ciclo. Si por un momento me engañase y me creyese importante por el mero hecho de ser capaz de pensar, o de, por ejemplo, escribir estas líneas, cometería la imprudencia de ensalzar mi ego y olvidarme de que no valgo más que cualquier pequeño animal de los que me cruzo mientras corro por la montaña, ni siquiera tengo más fundamento que una de esas viejas rocas moldeada por el viento a lo largo de miles de años; ella, al menos, goza del privilegio de permanecer mientras pasa el tiempo y  cambia el paisaje.

Sentirme vivo

Llegó a mis oidos el reto y lo hice mío creyéndome que era merecedor de recoger el testigo y asumir la aventura. Le dí al botón y en un tris ya estábamos inscritos, y es que resultó sencillo el pago a través de la pasarela; tampoco me llevó mucho tiempo reservar dos noches en Pradollano.

Y así, en esta guisa, renové por enésima vez el compromiso de aumentar el ritmo de entrenos y al paso preparar la resistencia al calor, pero no pude (o no quise) escuchar esa voz interior que me decía  que estaba envolviendo ese desafío en un colorido y temerario papel de regalo, convirtiéndose todo él en un paquete engañoso nacido sólo para alegrar mi 49 cumpleaños y al paso soñar con resucitar tiempos deportivos mejores que definitivamente ya han expirado.

Pero confieso que durante todo el proceso me sentí muy vivo a la sombra de algo que me superaba; sentí la emoción de volverlo a intentar pese a los inconvenientes, que tengo tan presentes, y que casi siempre me llevan al mismo oscuro rincón.

La extraña noche

Fichamos en el hotel y tenemos casi toda la tarde para recoger la bolsa y pasear. Eso hacemos y con ello nos sentimos felices ante las expectativas creadas de lo que está por llegar. Charlamos, la veo radiente y estoy seguro que ella no querría estar en otro sitio que no fuera allí en Sierra Nevada, en la antesala de una nueva locura.

Hay que madrugar mucho, en pie bien temprano, porque el autobús sale a las 02:30 y nos dejará en Beas de Granada, nuestro punto de partida. A las 5 de la mañana estaremos por fin en marcha... Pero aparece una variable con la que no contábamos: la pareja que ocupa la habitación de al lado parece que tiene otros planes, deben ser jóvenes a juzgar por el tono de sus voces, e intuyo que se acaban de conocer a tenor de la charla que se filtra por unas paredes que parecen de papel. Dos más dos son cuatro: jóvenes recién juntos si se atraen eso es igual a movimiento de muelles de cama. ¡Vaya si lo hubo! hasta el punto de no dejarnos prácticamente dormir.

Abierto hasta el amanecer en Beas

Superado el periodo de duermevela bajamos en el coche hacia el aparcamiento. Hemos recolectado a tres madrugadores que se alojan en el mismo hotel y que navegarán en el mismo barco; son de Albacete, Córdoba y Madrid, la locura no entiende de comunidades autónomas y no cuesta entablar conversación en este submundo repleto de empatía que es la montaña...

Ya en el autobús de la organización toca viaje corto en distancia pero largo en tiempo, muchas curvas. Al pisar las calles del pueblo huele a tierra mojada, aún queda más de 1 hora para que den la salida, pero no se nos hará pesado porque el ambiente es increible: medio pueblo está en la plaza en una especie de verbena con un mix perfecto de bebidas alcohólicas, isotónica, montados de chorizo y gominolas energéticas, la juerga y el trail unidos en el tiempo y en el espacio; los oriundos de Beas le tiran a una cosa mientras que la organización y los corredores andamos en otra. Mientras tanto van pasando los corredores del ultra de 101, que salió de Granada; llevan 25 duros kilómetros de batalla y a algunos se les ve ya demasiado cansados para distancia tan corta, quizá la humedad esté haciendo de las suyas.

José María, ese jienense que hemos conocido en el autobús nos arrienda gratis un rato de buena conversación hasta que por fin llega la hora: justo al salir comienza a chispear, tenemos por delante 63 duros kilómetros con +3700 metros y lo pienso, lo asimilo, lo mastico. Si me apunté a esto fue para tener miedo y a la vez emociones, para que las sensaciones se desbordaran, y a fe que lo están haciendo.

Con la música a otra parte

El experimento de correr un ultra con música ya está en marcha. Entremezcladas con mis zancadas se van sucediendo una serie de elegidas canciones que resuenan de forma especial, como si pudiera diseccionar cada sonido, cada nota  y es que marcho con  los sentidos tan abiertos que el oído va ensuflando un extra de motivación en una noche tan especial.

Se suceden las primeras pendientes en las que toca andar en fila de a uno y me impaciento, aunque inhibo las ganas de acelerar; finalmente me siento muy suelto que, pese a la autorepresión, por momentos no puedo evitar realizar locos adelantamientos entre las rocas saliéndome de la estrecha senda o intentar ceñidas pasadas a poco que el corredor de delante se despite un mieja.

No llevamos más de media hora de aventura cuando nos encontramos con una auténtica pared en forma de cortafuegos donde puedo comprobar que las piernas suben fuertes, pese a que por momentos hay que apoyar las manos en la tierra para conseguir avanzar. Es entonces cuando siento que todo va viento en popa, y que me puedo estar regalando un estupendo cumpleaños de seguir esto así.

Las sendas rápidas que vienen después me permiten soltar las piernas. La tranquilidad es la tónica dominante de esos minutos, con menos gente por delante y por detrás; el resultado es que voy disfrutando. Las bajadas técnicas que la organización nos había indicado en su web no son para tanto, al menos para mi, que me las prometo felices.

...Y antes de que las primeras luces del alba den testimonio del nuevo día compruebo que algo no funciona en el sistema musical que me he montado: uno de los protectores de goma del auricular se ha soltado y se ha quedado dentro de mi oido así que no he tenido más remedio que parar el reproductor. Cuando llegamos al primer avituallamiento me agobio sobremanera al no poder sacármelo, pido unas pinzas pero de eso no acostumbran a tener en los puestecillos de los trails. Afortunadamente mi empecinado dedo meñique consigue sacar el objeto extraño de mi cavidad auditiva y respiro aliviado; guardo el reproductor y el frontal en el chaleco y doy por finiquitado el cupo de problemas a resolver para toda esa mañana, o al menos eso me dice mi optimista ego.

Mi último desayuno en Quéntar

El trozo de pista no me pone nervioso, no acelero y dejo pasar a algunos enervados corredores que pareciera que llegan tarde a alguna fiesta. En el río cometo la torpeza de resbalar y empaparme las zapatillas en lo que es el segundo problema de la jornada, pero en este caso sólo habrá que esperar a que se sequen y rezar por que no me salgan ampollas. La larga subida que viene después me hace gozar de los paisajes, y apenas echo a andar en algún momento por lo que me siento empoderado.

Comenzamos a descender y ya en la pista oigo una voz tras de mi, es José María. Avanzamos juntos un buen rato hasta que el mete una marcha más y yo decido no seguir su ritmo con la máxima de la prudencia por bandera, que lo que toca será bien largo y duro. Su silueta blanca se hace cada vez más pequeña hasta que desaparece en unas de las curvas que enfilan a Quéntar.

En el avituallamiento que hay en dicha población, kilómetro 23, tengo claro qué he de hacer: 1) rellenar los softflask; 2) refrescarme; 3) no tomar nada de lo que allí ofrecen; eso es justamente lo que hago. Pero si pudiera volver atrás en el tiempo en una suerte de "Regreso al futuro" reharía mis prioridades y establecería nuevos protocolos: me sentaría tranquilamente en la piedra de la generosa fuente, dejaría pasar 5 minutos descansando bebiendo a sorbos tranquilos una generosa ración de agua fresca, comería de algunas cosas del avituallamiento, incluso carne de membrillo si se terciara; sin apreturas, sin prisas, llenaría mis softflask y tras comprobar durante varios minutos que todo está OK y que hay ganas de proseguir la aventura la reiniciaría con alegría. Pero Robert Zemeckis a estas alturas ya no va a venir a ayudarme; la realidad es que salí pitando bastante nervioso con la idea de no perder puestos, sin reparar en la humedad, sin darme cuenta de que estaba deshidratado y sin caer en la cuenta de que lo que venía después no era exactamente un paseo triunfal en los Campos Elíseos, pese a estar advertido de ello.     

La costumbre de zozobrar

Viene una subida tendida por una senda pedregosa, pronto me veo por una pista en constante ascenso y es allí donde me doy cuenta que que algo no va bien, me faltan las fuerzas, así que echo mano de las nueces para comprobar segundos después que me cuesta masticarlas, ¡mal asunto!. La isotónica que he elaborado está demasiado dulce o al menos eso me parece y lo único que tengo es sed de agua, pero no hace ni quince minutos que bebí. El cortafuegos que viene después no es gran cosa sobre el plano, pero se acaba convirtiendo en mi verdugo; comienza a adelantarme gente y me doy cuenta que me estoy muriendo.

Llegado al collado de constantes subidas y bajadas llevo una inconstante cadencia que alterna entre un "mal correr" y andar, hasta que llega el momento que incluso me veo incapaz de caminar. Así que primeramente decido parar agacharme y apoyar mis manos sobre mis rodillas mientras escucho mi contrariada respiración para seguidamente echarme directamente en el suelo. Pasan los minutos y con ellos pasan y pasan corredores, casi todos preguntan, algunos paran, me ofrecen agua, geles, sales, pero yo ya estoy amortizado y con la idea fija de que se ha terminado mi aventura. Y allí me hallo, ante mi enésima caída, casi inmunizado de todo sentimiento, por tanto, ni tan siquiera decepcionado, sólo quiero llegar al avituallamiento de Fuente de la Teja y no sé cómo demonios lo voy a conseguir, tan sólo tengo ese problema pero es mucho más peliagudo que el del protector en el oído o el de las zapas mojadas.

...El chico de Madrid que nos acompañó en el coche aquella mañana se acerca y se agacha, me ofrece agua la cual acepto; tras un par de sorbos generosos me cuesta convencerle para que se vaya y siga su carrera y cuando al final me deja encuentro la parcela de intimidad necesaria para poder vomitar mientras nadie me ve; de mi salen casi todo líquidos en un acto reflejo que busca conseguir que mi sistema digestivo descanse por fin.

... Dos o tres minutos después de gesto tan poco honroso me encuentro mucho mejor. Me incorporo y comienzo a andar y enseguida a correr, la última cuesta del collado se pasa rápido y agradezco la bajada. Por un momento me rehago e incluso vuelve el optimismo, pero es un espejismo, ya no hay ni habrá gasolina porque no tengo hambre, tan sólo sed de agua, sed insaciable. Los últimos 2 kilómetros antes de llegar al avituallamiento se me hacen duros  y cuando alcanzo el mismo ya he tomado la decisión de retirarme. Bebo agua pero no me consuela, la quiero más fresquita, y aunque creo que el cuerpo ya está más asentado y podría continuar, no hallo las fuerzas. Justo en ese momento veo a lo lejos aparecer a Mercedes, que avanza ágil ajena a mis males; me insta a que vaya con ella, pero ya he tenido suficiente por ese día.

Esperando al Sol mi tren en Guéjar

Regreso en la "furgoneta de los que abandonan" junto con unos cuantos desertores más y al llegar a Guéjar el Sol calienta de forma agradable restañando mis heridas, me siento como una planta que sólo necesita luz y agua para salir adelante, así que la fuente fría de al lado hace las delicias de mi persistente sequía hasta que consigo convencer a un buen samaritano de que me lleve a Pradollano. Ya en el camino me da a probar cerezas que ha cogido esa misma mañana en el campo; me bastan 4 o 5 para sentir la energía fluir por mis venas. Me doy cuenta que ya estoy para correr, "demasiado tarde" me dice Zemeckis.

Viendo el rótulo del hotel hago un juego de palabras con sus siglas GHC, ¿Gran Hoyo en mi Corazón?, quizá no signifique eso porque mi corazón no está demasiado tocado, tampoco siento que mi ego esté sufriendo en demasía. La ducha sirve para quitar la tierra negra adherida a mis pantorrillas y al paso arrancarme otras malas hierbas de raíz; el adormilamiento que viene después me lleva a echarme la siesta y a atravesar un extraño y solitario desierto en un singular sueño. Cuando despierto mi mente sólo tiene un propósito: seguir la carrera de Mercedes, la única merecedora de ser protagonista en toda esta historia.

La ultra resistencia de sus huesos

Ver atravesar el arco de meta a un montón de los que para mi son auténticos héroes no ayuda a sentirse mejor, más bien me provoca una sana pero intensa envidia. La aplicación que localiza a los corredores muestra el "ML" de mi mujer en cada uno de los controles de paso que ha ido alcanzando y puedo comprobar que le está resultando dura la última parte del recorrido, aunque dudo, por la experiencia que me toca, que sea fácil que un ultra trail le haga morder el polvo.

El coche está hirviendo, 30 grados a pesar de que estamos a 2100 metros de altura. Ella ha debido atravesar zonas a más de 34 grados pero tengo la intuición de que le está yendo bien. La espera llega a su fin cuando en el avituallamiento del Botánico la veo aparecer junto con otros dos corredores, es inevitable que mi corazón dé un alegre respingo, el antídoto perfecto a mi indiferencia ante el fracaso, mecanismo compensador que sólo mi mujer sabe proporcionarme.

...La veo muy cansada tras haber atravesado un duro tramo de carretera que ha minado sus fuerzas. Pero ella es como si fuera irreductible, bebe, come y en un pis pas le cambia el color de la cara y su boca se vuelve sonrisa. Reanuda la marcha junto a sus dos compañeros y unos minutos después la veo aparecer de entre el bosque ya a tan sólo 2 kilómetros de la meta. Ha dejado atrás a sus acompañantes y luce más fresca que una lechuga. O me doy prisa y aparco rápido o no la veré llegar; afortunadamente logro captarla en un estupendo vídeo que se quedará para nuestro recuerdo. Me aborda el mito de que sus huesos son especiales, no dan nunca contra el suelo: 11 horas 42 minutos en la prueba más dura a la que jamás se había enfrentado, 5ª veterana.



Charlas y gotas

Charlamos con José María, también con los corredores que han coincidido con Mercedes y en esencia somos felices. Regresamos al hotel y todavía tengo carrete para una segunda siesta en la que ya no hay desierto que atravesar, resultando un sueño aséptico y sin recuerdos.

Ya en la noche disfrutamos de una estupenda cena y al regresar al hotel veo caer gotas del cielo, pero no está lloviendo. Pienso que somos gotas, gotas en tránsito y con un único fin, caer..., así comenzó mi historia...somos gotas. Puede que quisiera detener mi caída unos instantes y sentir que podía captar el movimiento del resto de las partículas de H2O, fotografiar la lluvia, quizá por eso me inscribí a esta aventura. Está claro que no logré inmortalizar nada porque solo soy una gota que no deja de caer.


Serendipia

"Dícese de un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta".
 

Al día siguiente por la mañana estoy a punto de sentar mi culo en el cuero de mi coche cuando Mercedes dice: "¿Por qué no vamos a dar un paseo?". La subida por las interminables e imponentes pistas de esquí luce increible e invita a la aventura, así que le digo que sí sin dudarlo.

Al principio es un paseito breve, no llevamos ropa adecuada, ni agua, ni comida, vamos de turistas, ni tan siquiera de senderistas, pero poco a poco eso se va convirtiendo en otra cosa, en algo purificador, entre risas, esfuerzos y fotos. Llegamos hasta el punto que habíamos decido alcanzar y una vez allí continuamos hasta el siguiente que nos fijamos; subimos por unas increibles rocas, giramos y alcanzamos La Laguna de las Yeguas, continuamos por la senda que se abre y tras la senda unas preciosas lagunitas, continuamos hacia los Tajos de la Virgen, hasta que nos acojonamos y regresamos sobre nuestros pasos, y cuando llegamos nuevamente a las lagunitas, pregunto a un senderista si la empinada trocha que se ve enfrente lleva a El Veleta; por allí subimos, disfrutamos en el Refugio de la Carihuela donde los que allí reposan andan bien abrigados y yo sin embargo voy en manga corta; alcanzamos la pista y luego cogemos las senditas campo a través hasta alcanzar el punto donde un año antes terminamos nuestra aventura de la Subida al Veleta desde la capital granadina; y seguimos campo a través hasta alcanzar el punto geodésico, donde orgullosos lucimos en una foto que unos alegres ciclistas nos echan. 

Desde ahí bajamos correteando, hasta que a Merche le da una pájara, pero no de las mías, lo suyo es falta de alimento, así que la naranja que le presta ese desprendido senderista le salva la vida, le cambia la cara y le sirve para que ambos bajemos alegres por un precioso recorrido hasta alcanzar la Hoya de la Mora donde sentados al solecito nos comemos una sencilla pero inolvidable comida en un chiringuito.

...Y entonces siento que he tenido fortuna al encontrarme con este regalo inesperado el día de mi 49 cumpleaños, ya ni me acuerdo de lo del día anterior, incluso pienso que si reuno fuerzas volveré a intentar lo de tratar de detener la caída de esa gota que soy, en una suerte casi imposible de parada del tiempo. 




Una historia no es nada sin gente






















La verbena especial de Beas de Granada














Merche y sus dos acompañantes tras haber atravesado meta















Las increibles rocas de "nuestro paseito dominical"














Una de las preciosas lagunitas












Víctor de Albacete y un compañero junto con Merch



El crack de José María Delgado, menudo carrerón subiendo a podium como máster. Con él su mujer y Mercedes














Un corredor de Elche que conocimos. Nos emplazamos ambos a volver a intentarlo otro año con mejor suerte.













Merche y sus huesos cruzando meta tras una batalla increíble


lunes, 19 de agosto de 2019

EL LARGO CAMINO HACIA NOSOTROS MISMOS

CAMINO PRIMITIVO: OVIEDO-SANTIAGO 315 KILÓMETROS CORRIENDO EN 6 DÍAS...
Creo que vale más unas imágenes que mis palabras. Lloramos como niños al llegar


LA CRÓNICA DE LA CXM MANCHA REAL: UNA LARGA SONRISA


Miro el despertador de nuevo, media hora desde la última vez..., en mi cabeza hay demasiado peso como para dejarme dormir...

La misión

"Una misión ajena a mí, doble felicidad lo de intentar hacerte feliz"

Tras una mala noche no hay necesidad de madrugar, no tenemos un largo viaje por delante, así que ya entrada la mañana Mercedes va acompañada en el coche por la señora ilusión quien le entretiene con sus cávalas y en cuanto a mi, la del google map me lleva sin pérdida hasta la  piscina municipal de Mancha Real. 


Cuando llegamos nos vemos sorprendidos y rodeados por un montón de gente de nuestra misma subespecie, unos andan ajetreados en la recogida de su dorsal, otros entretenidos en sus íntimas conversaciones. Mientras hacemos cola Merche escudriña a sus rivales, en una especie de juego de la naturaleza que resulta inevitable. Ahí veo aparecer a Victor, Quique y Paqui, de nuestro Club de Montaña Linares....

 ...El ritual de preparar los complementos, algo bien aprendido a estas alturas, y sin más nos vamos corriendo hacia la plaza. Ya en marcha me dice una voz interna "te pesan las piernas, la lesión refunfuña y el calor apunta directo sobre tu cabeza", pero nada de eso que oigo me preocupa, de hecho nada es un obstáculo esa tarde.

Al llegar nos marcamos un selfie con Aurelio y Paco, nos agolpamos en el corralito y me preparo para la misión de esa noche: sacar a Mercedes la más amplia y duradera sonrisa  que jamás le haya visto.


Mi querido planeta

"El mundo comienza a agonizar mientras nosotros compartimos fotos en instagram"

Ya nos vemos dando zancada tras zancada y lo de callejear por el pueblo no me entusiasma. Oímos como nos saludan a nuestra izquierda, son Víctor y Paqui en tándem que corren la corta..., van a ritmo más vivo, se alejan.

Las afueras de Mancha Real huelen a olivo pero el asma no está llegando, no es bienvenido, así que escucho la respiración forzada pero limpia de mi mujer y a su vez yo respiro tranquilo, válgame el juego de palabras. La generosa cuesta entre esos árboles andaluces es dura y toca echar las manos en los cuadriceps, pero el bosque de pinos que nos recibe después agrada la vista y achica la fatiga.

Seguimos ganando metros hacia el cielo ahora por una pista y nos encontramos en un limbo en el que no se sabe si toca correr lento o andar rápido. Merche quiere lo segundo pero yo quiero sacarle una amplia sonrisa esa noche, así que no le dejo.

La Ermita del Rosario se ve acompañada del primer avituallamiento, pero rechazamos la parada y nos adentramos en una estrecha senda que es justo lo que estábamos necesitando.

Un breve pensamiento en un instante, una inquietud recurrente que me asalta últimamente de improviso: ¿cuánto nos queda por disfrutar de estos bosques?; nuestro hogar se va al traste y nosotros nos iremos con él. Me imagino arroyos abundantes, helechos, musgo y hierba muy verde, un olor que inunda todo..., y luego me imagino la nada...

Carpe diem

"Una vida no es un par de miles de millones de segundos, una vida son 100 instantes imborrables" 

Lo que viene después es un placer con apellido de montaña, fuertes subidas entre sendas que discurren por bosques de pinos. No nos importuna echar casi 13 minutos en recorrer ese kilómetro, porque ha merecido la pena vivirlo. Toca la versión más fuerte de Mercedes, me va a poner fácil obtener su sonrisa y ya voy viendo como su cara es un viejo CD en el que el lector muestra una canción feliz.

La bajada coincide con las primeras sombras así que inauguramos las luces de nuestros frontales; atentos vamos esquivando a saltos las piedras y eso nos gusta. En la noche aparece un chaval espigado, un saludo, un encuentro breve y tras esto reduce la marcha para esperar a su mujer...

Y llega la noche cerrada, con ella aumenta la dificultad pero Merche se mueve con agilidad. Un rato después somos alcanzados nuevamente por José Luis, el "chico espigado",  pero ahora marcha junto a Inma, su mujer. En esta ocasión da para charlar un rato más largo y nos cuenta que son de la organización de la carrera. En el cruce está el segundo avituallamiento y nosotros lo obviamos, pero ellos se quedan a reponer brevemente fuerzas. 

Y es así como comenzamos la oscura subida por ese barranco  por sendas repletas de vegetación que asientan nuestra gula de sierra. Miro hacia atrás para situar a mi mujer y veo allá a lo lejos el final del valle, el cielo se empapa de tonos anaranjados oscuros propios del anochecer y allí a la izquierda se sitúa una gran luna llena en el justo lugar donde reinvindicar una estampa perfecta. Es uno de esos 100 instantes que conforman una buena vida.

Una sonrisa amplia y perfecta

"Sólo necesito tu sonrisa para sentir que estamos los dos en el buen camino"

Merche quiere andar y yo quiero verla sonreir, por lo que avanzamos más rápido de lo que a ella le gustaría. Conseguimos alcanzar a dos corredores mientras cruzamos el Barranco de los Moraguillos y seguimos subiendo por una senda fácil que no deseamos que termine.

A punto de llegar a un collado, en la zona de la Peña del Águila, alcanzamos a Catalina, una corredora máster y en el tobogán natural de lo alto veo por mi retrovisor que la luz del frontal de aquella chica se va haciendo cada vez menos brillante, más lejana. .

En la larga bajada Mercedes se mueve rápido mientras somos perseguidos por un par de luces que intuyo que pertenecen a Inma y José Luis, hasta que en un bosque tan bonito como  endemoniadamente inclinado nos dan caza nuestra pareja de nuevos amigos. 

En el cruce está el último avituallamiento y allí nos cantan que Merche va tercera, pero el piloto que indica su nivel de gasolina ya anda encendido e Inma parece inalcanzable a pesar de ir a unos pocos metros por delante. Conseguimos adelantar a otros dos corredores justo cuando las luces de Mancha Real aparecen abajo a nuestra derecha.

Así que salimos del collado descendiendo hasta un cruce que nos deja en una ancha pista, pero para nuestra sorpresa no vamos hacia el pueblo, nos alejamos y es en franca subida. Las piernas se sienten engañadas y gritan, pero a no más de 100 metros vemos los frontales de Inma y José Luis; mis sanas arengas no sirven para conseguir cambiar el ritmo en tramo tan duro para las piernas de mi mujer.

Enfilamos hacia Mancha Real atravesando entre olivos una trepidante bajada. Cuando tomamos la calle asfaltada del pueblo que nos enfoca hacia meta, siento la emoción brotar  en el vello de mis antebrazos; atravesamos el arco de meta en unas estupendas 3 horas y 6 minutos y cuando la miro comprendo que he logrado mi misión: es una bonita, larga y dulce sonrisa la que tiene.

Los buenos ratos 

"Hazme pasar un buen rato y me ganarás el corazón"

Allí nos esperan Paqui y Víctor que nos dan la enhorabuena. Paqui va a subir a podium y tras preguntar descubrimos que mi mujer también, y lo harán ambas como ¡terceras de la general!.

Charlamos con Inma y José Luis, que llevan un cartel en la frente que dice "somos ante todo buena gente". También hablamos con Lola y con Jesús, amigos del circuito. Él está con el pie metido en el agua de la piscina, se ha lastimado un tobillo pero en esta subespecie a la que pertenecemos eso no es suficiente motivo para abandonar la aventurilla, y si hay que dejar de moverse que sea tras cruzar la meta.

La recogida de trofeos es emocionante, como siempre, y es que no me canso de ver a  Mercedes subir, por muchas veces que ocurra...

...Y así nos vemos regresando a Linares con una plácida sensación de estar en perfecto equilibrio. La tarde noche ha tenido de todo: una misión, una inquietud, un instante mágico, una sonrisa perfecta y sobre todo un buen rato con amig@s.

Agradecimiento

A la organización; nos gustó mucho la prueba por el recorrido, por ser nocturna, por la zona de llegada y por los avituallamientos..., también por su cariño.


Unas fotos desordenadas








Un selfie para el recuerdo. Viejos pero guapos























Paqui en su merecido cajón



Y Merche en el suyo


Las dos orgullosas



Aurelio "volando a meta"





Un adelantamiento entre miembros de la misma tribu dentro de la misma subespecie


Una llegada arrolladora


Una llegada tranquila


El superhéroe del club ayudando


Una foto de los miembros de nuestra tribu que allí nos desplazamos
















Y una foto de los protagonistas: José Luis, un servidor, Paqui, Merche e Inma