RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

martes, 31 de diciembre de 2019

LA DOÑANA TRAIL: JAVI, YA ES LA HORA

 
 
Prólogo
 

La gravedad me ha dejado pegado a la tierra y el peso lastra mis piernas pero no puedo salir huyendo así que le pido a Mercedes el viejo sello de oro y dudoso rubí, me lo encajo en el dedo índice y continúo haciendo las maletas...

Tras dejar a Inés con mis suegros proseguimos el viaje a Sevilla y en nuestro avance cada elemento del camino: un punto kilómetrico, una valla publicitaria... parecen susurrarme cosas ininteligibles, pero creo entenderlo: «te acercas hacia el lugar al que juraste no regresar, y una vez llegues intentarás aquello que prometiste no volver a intentar, pero no sientas miedo de la gravedad...»

...y los susurros cesan para dar paso a la voz profunda de mi padre «Javi,  ya es la hora». esa frase está anclada en el tiempo en una madrugada de vago adolescente, tengo que desperezarme, tomar café e intentar aprender a contrareloj esas fórmulas indescifrables, propósito de enmienda para ser un buen estudiante pero también sentimiento de culpa por temer ver la decepción en su cara; sin embargo él nunca me reprocha nada, tan sólo quiere que despierte...el tiempo pasó, más  de  treinta años y, se enmendaron muchas cosas, él nos dejó pero se fue de este mundo orgulloso de su legado y ahora que miro su sello mi intención cobra fuerza: «merece un nuevo intento, merece que regrese a Sevilla».

Pilar y Eusebio son la mejor compañía que uno puede tener, sobre todo en días tan extraños como estos que nos están tocando vivir a Mercedes y a un servidor; mientras cenamos y hablamos de garras que arañan, pesos que nos atenazan, pero también de viejas historias e ilusiones que abren una ventana a la esperanza. Ya en recepción fichamos y aunque la jornada aún podría haberse estirado un poco más decidimos retirarnos a la habitación para preparar la logística de cara a lo está por venir...

...Y así cerramos ese viernes de aquel noviembre y el onírico inicio de sábado me atrapa en una sala de espera que está aneja a una extraña habitación...me levanto, la expectativa se convierte en emoción, quiero abrir la puerta pero no me atrevo a girar el pomo, hasta que el ruido del despertador acaba coartando el incierto desenlace. 

Solos mi padre y yo

La mañana nos recibe reposadamente, como si estuviera en armonía con lo que toca realizar. Me hallo en la Plaza de Jérez por tercera vez; juré no volver pero allí estoy, algún llanto que otro después, tratando de sobreescribir en esa página a ver si esta vez es sin borrones.

Saludamos a conocidos y amigos, nos echamos fotos, pero me siento ausente, como si no fuera a correr 71 kilómetros, y es que en realidad lo único que quiero es estar unas horas a solas con él; tendré que esforzarme un poco para sentir su compañía.

Le he dado un beso a Mercedes, nos hemos deseado lo mejor porque en esta ocasión hay dos caminos y dos sueños. Le doy al reproductor de mi mp3, suena "Biker" de Pretenders y entre sus contundentes y tristes acordes Chrissie Hynde repite "You bring the biker out in me", y siento que necesito que aflore el corredor que hay en mi. Finalmente me exilio al vagón de cola del numeroso grupo, el speaker eleva el tono, inicia la cuenta atrás y dan el pistoletazo, la gente comienza a andar a mi alrededor mientras yo espero allí parado, tan sólo tengo que salir el último..., ¡ya ha empezado!, primeros pasos, piso la alfombra, suena el chip y beso el sello...

Avanzo absorto y sin preaviso viene a mi el viejo recuerdo de una tarde soleada en Cárdenas, apenas tengo cuatro años y floto en el agua sobre su espalda, él es mi barco...; a cada pocas zancadas rebobino, vuelvo a sentir que navego junto a él en aquella lagunita y mientras tanto la música va poniendo la banda sonora a mis sensaciones. No he pensado en ello pero en todo ese tiempo mis piernas se mueven con suavidad  y casi sin quererlo me doy cuenta de que he adelantado a una infinidad de compañer@s.

En el primer avituallamiento pasamos a la larga pista que nos llevará a Bollullos. Tengo desconectada mi memoria impidiendo recordar esos paisajes, tan sólo quiero rebuscar en mi pasado y no darme cuenta de que estoy corriendo.

En el segundo avituallamiento relleno los soft flasks y un largo rato después llegamos a la zona otrora empantanada. Por un momento temo sufrir las malas sensaciones que sentí allí mismo el año anterior, así que me esmero en buscar algún rincón de mi mente donde encontrar a mi padre mientras Wilco me echa una mano. Y así cruzo esa primera zona crítica hasta que el campo abierto me devuelve la certeza que disipa mis miedos.

He continuado pasando gente, sin prisa pero sin pausa y delante mía llevo a una chica con un chaleco Salomon azul, podría ser Merche, sin embargo al acercarme descubro que no es ella. Cuando llegamos a la zona de los Pinares de Aznalcázar, las piernas parecen quejarse, temo lo peor, sin embargo, unos pocos minutos después las malas ondas desaparecen y continúo aliviado, hasta que llego al tercer avituallamiento, donde empleo con paciencia un par de minutos para recargar de nuevo los soft flasks. Al arrancar compruebo que el engranaje no chirría, al menos no tanto como en 2018, y por momentos siento que podré conseguirlo.

Lo que viene después es sencillamente grato: la pista se mueve conmigo sin apenas costarme esfuerzo, su anillo impulsa cada una de mis zancadas acercándome al objetivo. Y en ese tramo los kilómetros se consumen rápido hasta que en una larga recta identifico su particular forma de correr; es tal la emoción  que rompo mi silencio y charlo con un corredor con el que llevaba haciendo la goma prácticamente media carrera. Le cuento que la chica del chaleco azul es mi mujer, le hablo del homenaje a mi padre, de mis pozos negros y creo que se lo cuento de tal forma que consigo emocionarle...

Dejando atrás viejos fantasmas

Cuando la alcanzo un escalofrío recorre mi cuerpo de arriba a abajo, y el chute de adrenalina resultante hace que mis piernas se suelten; sin embargo ella no va entera. «Javi, por favor, sigue tu ritmo y déjame atrás» me dice, «Mercedes, nada se me ha perdido allá delante». Ella parece entenderlo y llegados hasta ahí toca poner un velo a mis recuerdos, apagar el mp3 y sentir que comienza una nueva aventura...ésta será compartida

En la zona en la que el año anterior comencé a zozofrar me lleno de ansiedad, así que quiero abandonar esos paisajes cuanto antes; emplazo a Mercedes a encontrarnos en el siguiente avituallamiento y meto una marcha más. Cuando llego a la preciosa placita de Villamanrique de la Condesa compruebo que he necesitado tres intentos para llegar entero a ese punto y la gente me vitorea como si conociera esa historia, como si fueran complices de mis sentimientos. Un rato después llega Mercedes y mientras recarga su energía me mira sorprendida mientras engullo casi con gula algo parecido a un phoskito.

Y es en el momento de reanudar la marcha cuando tengo la certeza de que por fin llegaremos juntos a Doñana.


El peso de la gravedad no impide que fluyamos

Sufrimos la dureza del recorrido pero nos sentimos extrañamente empoderados. Merche se ha venido arriba tras avituallar y acometemos las cuestas con brio y paciencia, incluso en algún tramo corremos y andamos para hacerlas más llevaderas. Eso ralentiza un poco el ritmo, pero no nos importa demasiado.

Poco después llegamos al lugar donde justo un año antes había desistido de nuestro sueño, arrojando con ello la toalla y algunas cosas más, en ese punto no puedo evitar acelerar aunque Mercedes responde sabedora de mi necesidad de huir de allí. Veo por el retrovisor aquellos árboles y logro respirar tranquilo estando seguro de que ya no podrán alcanzarme...y todo marcha sin novedades hasta que alguien nos llama, es una voz familiar, ¡Eusebio!; charla con otro señor al lado de su bicicleta y de su coche; sí, es cierto, ese día hay ondas que pululan por el aire dispuestas a crear conexiones que generen dulces casualidades porque sin quererlo hemos estado sincronizados, y es que pese a estar nuestro amigo totalmente desorientado no ha gastado ni cinco minutos en encontrarnos.

Eusebio con su casco, su bicicleta, su generosidad y con este gesto que nos recocija. Recorro esa distancia compartida hasta Hinojos instalado en una sonrisa y evitando pensar en dientes afilados, estómagos que se dan la vuelta y piernas acalambradas, esos del pasado. Ya en el quinto avituallamiento, los tres nos encontramos en los mismos metros cuadrados donde también en un noviembre, pero de 2016, sentí la madre de las impotencias y allí fue donde, justo un año antes, llegué montado sobre un quad de la organización totalmente hundido con el único deseo de encontrar a alguien que me llevase al Rocío. Repostamos con rapidez y salimos huyendo de esos fantasmas, mirando hacia atrás tan sólo para decir adiós a nuestro amigo.


Llegando al sitio donde empezó todo


Adelantamos a corredores a los que la gravedad ha acabado haciendo esclavos y en esta guisa llegamos al siguiente avituallamiento. No perdemos mucho tiempo en nuestra sexta parada y cuando vamos a reanudar la marcha es como si viera a mi padre al otro lado de la carretera, apoyado sobre una muleta y señalando con la otra la inmensidad del coto. Pareciera decirme, como en aquellas noches de vago adolescente, «Javi, ya es la hora».

Así que cruzamos el asfalto y nos adentrarnos en la red que la naturaleza ha tejido con imponentes pinos enterrados en fina arena, es el inicio de la parte más bonita de la aventura y la mente me muestra ese recuerdo de 2016 que quedó para siempre atado a mi: su faldita negra haciéndose cada vez más pequeña y menos graciosa tras nuestra despedida, mi mujer desapareciendo entre las sombras de esos largos árboles; quedándome solo, con mi particular lucha, haciendo apología del esfuerzo para recorrer aquellos larguísimos quince kilómetros mientras imaginando una y otra vez el dolor que siente mi padre por su enfermedad y su decadencia...pero eso son, este domingo, sólo recuerdos.

...Hoy es distinto, hoy vuelve a empezar todo, navegando entre pinares y  hundiendo nuestros pies en la arena mientras los temerosos linces se esconden ante nuestra presencia...

De sueños impensables por olvidado

Las lluvias no han asentado esas dunas pero nuestra felicidad es inevitable, ya no habrá dificultad que haga oscurecer este brillo. Esa chica que hemos alcanzado anda nerviosa por saber si competimos como pareja y cuando Mercedes le dice que no nuestra compañera no pierde ni un solo segundo en decirnos adiós y salir pitando. Pero nosotros estamos en otro plano, ajenos a cualquier propósito que no sea el de cerrar nuestro particular círculo, ese que pensábamos que quedaría inacabado para siempre.

Ya en el último avituallamiento Merche toma carne de membrillo, pero mi estómago ya no está para demasiadas florituras. El gel mágico de Decathlon no deja mostrarme ya sus poderes y sólo me mantengo de agua y de ilusión. Reanudamos la marcha con una pareja y durante unos minutos compartirmos con ellos una estupenda conversación, pero también se nos acaban quedando. 
 
Los minutos siguientes son para mentes fuertes, avanzando entre las sombras de los árboles sabedores de que el combustible es ya el justo y que hay que llegar al Rocío sin repostar. En esta guisa alcanzamos a otra pareja, Alfonso y Sonia, que finalmente resultaron ser de La Carolina (el mundo es un pañuelo). Tras un rato compartiendo experiencia con ellos nos echamos adelante.  

Y la aldea, entre zancada y zancada,  se va intuyendo en ese sueño olvidado que casi sin quererlo hemos rescatado. Voy preparando mi interior para que llegado el momento no estallen demasiadas cosas dentro de mi, hasta que comprobamos como se despejan los árboles, y en el horizonte vemos no muy lejos nuestro destino.

Cruzamos el puente de madera y entramos en el último obtáculo, ese mar de arena, justo cuando las fuerzas me abandonan a la vez que la emoción me inunda. Entro en un extraño vacío en el que mi cuerpo me dice basta a la vez que mi alma eriza mi piel. Cuando llegamos al camino que bordea el Rocío rompo a llorar, lo hago sin control, demasiada gravedad sobre mi, y desde ese momento mi avance se hace tan pesado como esencial.

Y he de decir que de haberse tratado de tan sólo una carrera Mercedes habría acelerado para alcanzar a aquella chica que no marchaba a más de cien metros, esa que una hora antes había acelerado movida por el gen de ser mejor. Un pequeño esfuerzo y podríamos alcanzarla, pero ese sábado no estamos corriendo, fluimos hacia un lugar donde un día negamos poder llegar, así que mi mujer me coge la mano y afrontamos la última recta, hasta que vemos la ermita y el arco de meta se regalan ante nosotros...

....Juré no volver a estar allí, pero allí estamos, como en el más improbable de los sueños, giro el pomo y abro la puerta, nos cogemos de la mano, atravesamos la larga alfombra roja y cruzamos ese arco, para terminar fundiéndonos, entre lágrimas, en un profundo abrazo. En un solo segundo pasan por mi cabeza un millón de desencantos, ilusiones, garras y esperanzas. Papá tenía razón, siempre la  tuvo, era la hora, siempre fue la hora, y al igual que me hizo despertar en su día, nos ha hecho regresar al lugar donde siempre debimos volver. 





Epílogo

Nunca me hallé tan feliz en el Rocío, de hecho nunca pensé que podría sentir la felicidad en aquella aldea, así que me encuentro raro. Ni el malestar que viene después, ni las dos horas que necesito para recuperarme empañan tanta dicha. 

Los amigos sonaron con voz especial en las siguientes horas, la reposada cena, el segundo puesto como Veterana C de Mercedes, bajar de las 8 horas, sólo fueron placeres colaterales

Llegados hasta aquí doy por terminada esta amalgama de emociones y tan sólo expreso gratitudes y enhorabuenas: he de dar las gracias a la organización, que me trató tan bien en malos momentos de ediciones pasadas, y quizá eso ayudó también a volverlo a intentar. Enhorabuena a María del Mar y a su marido por su gran pódium, a Sonia y Alfonso, los de La Carolina, por su meritorio cuarto puesto, también a Mariano que de nuevo lo ha vuelto a conseguir, ¡menudo crack!; Jesús y David disfrutaron como enanos y al paso se marcaron un carrerón; no me quiero olvidar de la gente del club Los Panchos de Linares que se tiraron a la piscina sin agua pero calleron en blando sintiendo que eran tan felices por haberlo conseguido.

Y el Sol me calentó ese domingo en el autobús en nuestra vuelta a Sevilla, donde nos esperaba Eusebio para compartir con él y Pilar una exquisita comida. Nos sentimos nuevamente muy agradecidos por tenerlos como amigos y por fin pude invitarles. 

A nuestra vuelta a Valdepeñas, cada punto kilómetrico, cada valla publicitaria parecían decirme cosas, todas buenas por cierto, y la gravedad me dejó tranquilo por un tiempo, porque la felicidad te hace sentir ligero. 















miércoles, 11 de diciembre de 2019

TRAIL PUERTA DEL INFIERNO EN FUERTESCUSA: CRUZANDO ESA PUERTA

Prólogo: podría ser un mal sueño

"Sentado en un rincón en aquella sala contemplo a influencers de medio pelo, políticos mentirosos, famosos sin traje interior y abusadores sin escrúpulos, ...hablan a la vez,  suben histriónicamente el tono generando un ruido ensordecedor; me tapo los oidos pero el escándalo no se atempera, así que me levanto y escapo. Ya en la calle respiro el aire fresco y comienzo a correr, al principio lentamente, para luego aumentar la cadencia hasta sentir el frenético ritmo de mis latidos; me he liberado de ese mundo dejando atrás todo mi pesimismo, como si abandonara este agonizante planeta: esta casa nuestra que, con todos sus habitantes dentro, puede que pronto deje de ser hogar..."

Quizá esto que he descrito sólo sea un mal sueño, o puede que se trate de una metáfora literaria metida con calzador en estas líneas...en cualquier caso lo que quiero contar en esta entrada guarda relación: a primeros de noviembre tuvimos la oportunidad de salir de nuestra repetitiva fiesta de cada día con la ilusión de huir de todo y de todos, encontrando la rendija por donde colarnos hacia un mundo repleto de moldeada roca caliza, mucho verde, agua, y sobre todo buenas personas. A fe que lo conseguimos...

Las promesas son futuribles del corazón

Conquistados por un lugar llamado Fuertescusa sólo tuvimos que esperar la oportunidad para regresar allí donde dos años atrás nos habían tratado tan bien. Era una promesa que al cumplirla se convertiría en un placer.

Inés, Mercedes y un servidor dejamos en casa a nuestro Jorge, que a última hora había tomado la determinación de NO querer escapar de sí mismo y por tanto rehusaba a compartir con nosotros la aventura; quiero que sepa que nos llenábamos de tristeza por ello. El morro de nuestro Toyota se pone "mirando a Cuenca"  y en su habitáculo marchamos los tres contentos, hasta que toca hacer un alto en busca de ricos agasajos con forma de viandas..., los hallamos en un mesón en Villar de Olalla.  Cuando un rato después pasamos de refilón por la capital de las Casas Colgadas, mi mujer y yo rememoramos la imagen de sus montes repletos de la más irreverente nieve de marzo, visión grabada en nuestras retinas desde aquel viaje de la Maratón de Cuenca de 2018.

Ya en Cañamares dejamos el equipaje en la estupenda cabaña de madera que nos ha sido asignada y tras ello recorremos los escasos siete kilómetros que separan aquella localidad de Fuertescusa. En el camino marchamos deleitados por la belleza otoñal del paisaje: una nutrida paleta de tonos amarillos, verdes, ocres y grises aderezado todo con el esencial discurso del agua; cuando atravesamos la triple puerta del infierno, esos arcos horadados en la roca, quiero imaginar que he visto una luz que nos inunda y que ello significa que acabamos de entrar en un nuevo universo, dejando tras nosotros aquello que tantas dudas nos deja. La realidad fue que al otro lado de esa puerta la alegría y la intimidad de la montaña nos completaron el corazón, como si de magia se tratara.



Tardes perennes con hojas caducas

...En el Ayuntamiento un montón de entusiasmados voluntarios están entregando los dorsales... saludamos a Mar e Iván, que son organizadores de la carrera, pero sobre todo son nuestros amigos, culpables de que hayamos cruzado a este otro lado. Aprovechamos las últimas horas de luz haciendo una rutilla por los alrededores del pueblo, enfermados por una repentina adicción a echarnos fotos, como japoneses o como si viniéramos del más triste de los desiertos, pero es que lo que vemos a nuestro alrededor es una película compuesta de un montón de coloridas diapositvas que necesitamos retener del mejor modo posible en nuestro imaginario.




Ahora que lo pienso aquella tarde se acabó convirtiendo en una de las mejores tardes que recuerdo, hasta que tocó recogernos en nuestra cabaña de Cañamares, donde agradecimos estar aislados del viento y el frío que reinaban afuera. Los ñokis con carne y queso que cocinó mi mujer  fueron la pimienta de placer que toda velada requiere y al paso nos pusieron las pilas para lo que iba a venir al día siguiente. Tras un breve lapso de tiempo viendo "la caja tonta" dimos por suficientemente estirada la jornada y nos retiramos a descansar, algo que no me costó conseguir tras la exigente semana que había llevado.

Las garras que no desgarran sólo arañan

A la mañana siguiente toca madrugar: logística, desayuno, que os voy a contar, todo eso que hacemos para poder cumplir esta bendita devoción. Nuestras viejunas articulaciones están ya hartitas de nosotros y eso que aún no les hemos dicho lo que les espera en los últimos dos meses del año, así que a rezar para que nos permitan que la rueda siga girando.

Ya nos encontramos en la plaza de Fuertescusa, respiramos ambiente del mejor trail, pero por desgracia no tenemos mucho tiempo, así que dejamos a Inés con alguien de la organización (ayudará en uno de los puntos de avituallamiento) y nos ponemos a calentar. Bajando por una de las callejuelas vemos la silueta de alguién que enseguida reconozco, es Augusto de La Solana, un amigo de aventuras pasadas, y a la sorpresa se une nuestra alegría. También echamos un rato con Iván y Jorge y llegado el momento les hago saber que esos minutillos serán los únicos que compartamos corriendo ese día ya que una vez den la salida no les veré la matrícula, parecen no creerme.

Estamos todos juntos en el corralito y sólo pienso en aquella fiesta del sueño llena de gente gris, quiero huir de aquello, quiero buscar en la montaña y casi sin quererlo encuentro el leitmotiv para transitar esa mañana por el precioso circuito que nos espera. En esta guisa el speaker, espada en mano, da el pistoletazo tras una breve cuenta atrás...

...Primeras zancadas: no hay ritmo ni disfrute, tan sólo hay unas garras que desde el primer momento abarcan mis piernas y comienzan a arañar mi piel. Iván se va, querría su compañía pero no tengo monedas suficientes para pagar el peaje de esa autovía; sin embargo, subiendo por la pista sigo de cerca la estela de Jorge...

Esas largas uñas continuarán su lento rasgar infringiéndome una tortura que no dará para sangrar, pero que será lo suficientemente dolosa como para nublar mi objetivo: estorbará mi búsqueda allá arriba. 

El ojo de piedra que disuelve los males

Tras bajar por una senda rápida hacia el río Escabas hemos iniciado la subida hacia el Vallejo Hondo y parece que la senda la hubieran diseñado Mar e Iván sólo y exclusivamente para nuestro disfrute; sin embargo y para mi desgracia hoy no será el día en el que triunfen las buenas sensaciones. Marcho tras Jorge, pero las piernas me hierven, así que pongo mis manos encima de esas garras imaginarias que atenazan mis cuadriceps y avanzo sin más. Alcanzamos "el agujero", ese rosco en forma de puerta redonda que la naturaleza ha construido con eterna paciencia y vuelvo a pensar en la montaña y en las buenas personas, me imagino cruzando  ese hueco y dejando a mi espalda todo lo malo, pero la realidad es que tras ese bonito recoveco no sucede nada especial, salvo el hecho de que me despisto y compruebo que he perdido la estela de Jorge. Las piernas siguen secuestradas por esas zarpas y es entonces cuando asumo definitivamente que sufriré el resto de la subida y, por ende, el resto de esta aventura; así que desconecto y desde ese momento me relajo con el único fin de moverme por sitios tan privilegiados....




De bajadas hacia nuestro interior y subidas hacia nuestra alma

La niebla se hace densa en una extraña estampa y hay que marchar atento por donde se pisa..., cuando pasamos por el final del collado donde toca desviar hacia el barranco, echo de menos las vistas que dominan ese alto,  pero la espesura de la neblina lo inunda todo. 

En la bajada llevo delante mía una chica que se mueve grácilmente por la serpenteante senda, así que me agarro los machos y trato de seguirla..., cuando llegamos a la pista y cogemos el bonito camino que transcurre paralelo al Escabas me doy cuenta que la adrenalina me ha vuelto a conectar a la carrera, pero casi sin quererlo, cuando ya estamos subiendo por la bonita senda que lleva a la pista donde Mar nos espera, siento que me voy  desconectando poco a poco, hasta casi desaparecer, así que me quedo solo. Allá arriba mi amiga se interesa y yo apenas logro que salga un gesto que de haberse tratado de palabras habrían sido algo así como: "Mar, digamos que estoy donde mi alma quiere estar aunque mi cuerpo no quiera hoy acompañarme".




En el tobogán en que se convierte la pista me pasa como una flecha algún que otro corredor, y ya bajando el agreste barranco, ese que la corriente del agua ha ido esculpiendo tormenta tras tormenta, tengo que tirar de concentración extra para esquivar con éxito los obstáculos.

Ya marcho paralelo a un arroyo que he de cruzar en varias ocasiones, y a cada salto sus transparentes aguas parecen decirme "sumergete y disfruta conmingo"; el paraje es tan bonito que por unos minutos me hace olvidar mis penurias. En la subida que viene después coincido con un corredor que me pregunta cuánto queda: le anticipo a groso modo las dificultades que tendremos que afrontar, así que tras escucharme atentamente intuyo que ha decidido reservarse al comprobar que se queda conmigo.

Hacia el sitio donde siempre nos tratan tan bien

Ya estoy bajando por la senda y mi compañero ocasional ha puesto pies en polvorosa; para más inri me han adelantado otro par de corredores más. Y en el peor momento es cuando hallo un extraño regocijo: sólo puedo reproducir, y a duras penas, mi cansino correr, pero si lo pienso despacio no querría estar en ningún otro sitio que en ese, entre bosques, rocas y arroyos, alejado de la fiesta de mi sueño y de su falso ruido. Caigo en la cuenta de que acabo de encontrar lo que he andado buscando.

Hago en solitario la bajada del Camino de Santiago y ya en la pista veo a mi hija en el avituallamiento; me saluda y me echa una foto y pienso que si a mi hijo mayor no le atrapó la montaña bien podría caerle su hechizo a la buena de Inés.

Sólo quedan unos pocos kilómetros y siento que  paso a paso voy ganándome el privilegio de conquistar esa preciosa plaza; aunque se hace duro ya nada me borrará la sonrisa. Cuando mi vista alcanza a ver las primeras casas y la última bajada me allana el camino siento que un escalofrío recorre mi cuerpo. Es entonces, sólo entonces, cuando siento que mis piernas se liberan de esas molestas garras y por unos instantes me muevo suelto: puedo cruzar meta entre aplausos, embargado con la sensación de lo mucho que mereció la pena esta dolorosa búsqueda.

Las gentes de la fiesta que quiero

No hay ironías ni sacasmo, ni conversaciones dirigidas, no hay engaños, tampoco intereses ni poderes que te hagan doblegar tu alma, en esa plaza sólo hay gente tan auténtica como se muestra, sin trampantojos. Tras ir a cambiarme mi ropa mojada, regreso a meta todo agarrotado y justo en ese momento veo como esprinta Mercedes llegando a meta, mostrando una sonrisa de oreja a oreja; y como siempre, sólo cuando ella ha llegado es cuando puedo relajar mis hombros dando por finiquitada la aventura, como si todo encajara en su sitio, un puzzle bien ensamblado. 

Y tras una estupenda jornada montañera, con trofeo incluido para mi mujer, aún tenemos por delante una tarde perfecta, pero antes nos deleita la caldereta con más amor y sabor que uno pueda echarse a la boca. La carne, la bebida, el crujiente pan, las fabulosas rosquillas que reparte una señora mayor a diestro y siniestro son aditamentos de esta fiesta en la que sí quiero estar; es que, a este lado  no hace falta huir de nada ni de nadie, porque aquí permanecen el tipo de personas con la que quiero compartir mi tiempo.



Epílogo

Mar e Iván nos acogieron hospitalariamente en su casa donde compartimos el resto de lo que fue un estupendo sábado. Y el encanto continuó con la fiesta de la calabaza, la casa del terror, la estupenda ronda que hicimos emulando por todo el pueblo la famosa tradición del "truco o trato". 



Al día siguiente había que disfrutar del Sol que por fin se decidió a aparecer e Inés nos alegró el corazón cuando nos dijo que quería participar en el "Infernillo", la carrera para niños que se celebraba paralelamente al trail. Deciros que no logró terminar la prueba, demasiado para ella, y acabó apesadumbrada, así que hubo que hacerle ver que sólo se puede sentir orgullo cuando compruebas que alguién cae intentándolo, que lo importante es el movimiento, y que no hay que mirar el tiempo que empleas, ni el puesto en el que terminas o a quien superas, lo importante, al fin y al cabo, es sentirte vivo poniendo en jaque a tu cuerpo y convenciendo a tu mente de que lo vas a lograr.



Tocó despedirnos con pena de nuestros dos buenos amigos y cuando las casas del pueblo quedaron tras el retrovisor nuestro Toyota atravesó la triple puerta del infierno; creí que la magia frenaba en seco y no nos seguía, incapaz de salir de allí donde siempre está encapsulada, flotando en el aire a la espera de cazar a nuevos visitantes que decidan ir a este increible paraiso.



domingo, 24 de noviembre de 2019

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO, 2ª ETAPA SALAS-BERDUCEDO

Madrugadas que inician el eterno movimiento

Suena el despertador y me incorporo sin dudarlo; mi cuerpo es en sí mismo todo un dolor, un mal compacto que tendré que sobrellevar intermitentemente a lo largo de todos los días que tenemos por delante... pero un reto es un reto....

A la tercera llamada va la vencida, Merche reacciona y trata de desperezarse; son las 6 de la mañana, hora innominiosa para ella y menos después del machaque del día anterior...pero ya estamos en pie y haciendo cosas...

...,"¡upps, Mercedes!", le digo, "la ropa que cuelga del alféizar de la ventana sigue empapada", estas son el tipo de cosas en las que no caes cuando te sumerges en un laberinto como este; así que la metemos en una bolsa de plástico y de ahí al bolsón con el resto de enseres; mientras cierro la cremallera vuelvo a sentir el temor de que Correos la extravíe y no la encontremos por la tarde esperándonos en Berducedo.

Mis pies sienten los fríos escalones al bajar los dos pisos que nos separan del comedor. En el trastero se apelotonan medio desordenadas un montón de zapatillas y  botas, cojo mi par, entro a la sala y saludo a los anfitriones del albergue. Ya sentado, mientras me pongo las zapas, les contemplo esmerados en rellenar un montón de copas con cachos de fruta, muesli y yogurt, y en un pis pas la habitación comienza a llenarse de alegres peregrinos,  entre ellos Mercedes que ya luce desperezada...

Mientras disfrutamos del rico y potente desayuno nos sentimos observados por el resto de comensales; está claro que nuestros atuendos despiertan su curiosidad hasta tal punto que la chica de la mesa de al lado nos acaba formulando la pregunta del millón: ¿estáis haciendo el camino corriendo?, ...le explico brevemente nuestras pretensiones y lo que nos tocará en esta dura etapa del martes. Sólo con oirme decir esas palabras siento como se me eriza el vello...


..."Ya es la hora, salgamos, que necesito el movimiento", le digo a mi mujer. Le pedimos al más espigado de los dueños que nos haga por un momento de fotógrafo y allí en la fachada de su albergue posamos para la ocasión: difícil describirlo..., en la desierta placita aún llena de sombras Merche y un servidor sonreimos con la expectativa en nuestras caras, sabedores de que ya ha llegado la madre de las emociones, el momento clave. Cuando nos despedimos de aquel hombre y dejamos tras nosotros su silueta alargada empiezan a asomar los primeras luces del día....


El camino late en nosotros

Los primeros pasos son rápidos, una especie de ágil caminar, para después pasar a un trote ligero que cuesta engranar al principio. Nos equivocamos de calle a pesar de estar siguiendo la ruta en el móvil, regresamos sobre nuestros pasos y encontramos una flechita amarilla a la vez oímos el agradable sonido de mi smartphone informándonos de que estamos dentro del recorrido de nuevo.

Zancada a zancada los dolorcillos van remitiendo, el montón de calorías que comienza a correr por nuestras venas nos ayuda a sentir que estamos empoderados: creyendo que seremos capaces de superar los 61 kilómetros con sus dos mil positivos e incluso de que cumpliremos las cuatro etapas que vendrán después. Y así damos un bandazo y quedan atrás nuestros miedos, ahora vemos el vaso medio lleno...



Mi entusiasmo hace que me eche adelante por un camino inundado de mil tonalidades de verdes, donde la exhuberante vegetación ha conquistado definitivamente el espacio; un tupido bosque nos atrapa a la vez que nos acompaña el ruido de las aguas del Noraya que discurre paralelo en el barranco de nuestra diestra,...y me siento suelto, un irreverente flow, hasta que la voz de Mercedes me saca de mi ensimismamiento: "no echemos carreras que hoy va a ser un día muy largo". Le obedezco sin rechistar.




Dulce compañía hasta Tineo

La suave subida parece concebida para disfrutar y cuando pasados unos cinco kilómetros el terreno se despeja de arboledas y transitamos por llanuras, siento que dejo atrás lo que más me gusta. Ahora vamos por una pista paralela a una carretera y hemos metido una velocidad más. En el Albergue de Bodenaya sellamos y no perdemos tiempo, aunque un par de minutos más tarde volvemos a parar para contemplar la belleza de una pequeñita ermita. 





De repente reparamos en que alguien llega corriendo: ¡es Lucía!, la chica con la que habíamos charlado la tarde anterior en Salas. 


Y esta inesperada comunión nos dará aire fresco en nuestra aventura porque compartir camino es algo que no se olvida... Los tres atravesamos La Espina en una especie de inesperado pique de ritmos. Lucía ha de llegar a Tineo esa mañana, pero nosotros tenemos un cometido más complicado, aún así Mercedes y el que suscribe nos dejamos llevar por la buena conversación y por la fresquita mañana marchando a un ritmo que no nos conviene y sin darnos cuenta caen un par de kilómetros con una muy buena cadencia.

En una de las rampas nuestra compañera se queda hablando al móvil con su marido, parece que él no tendrá fácil pillarla (salió un rato después) ya que está pagando el peaje por el esfuerzo del día anterior; en esta guisa Merche y yo hemos continuado por una bonita senda en un perfecto tobogán y casi sin darnos cuenta la hemos dejado atrás.



Cuando el camino se pone en franca bajada y llegamos a El Pedregal, paramos en una oficina de turismo para sellar. Un par de minutos después llega nuestra compi y volvemos a hacer trío.

El terreno que viene después nos hace sentir que la montaña ha regresado. Lucía se ha vuelto a quedar atrás mientras mi mujer y yo vamos conquistando poco a poco Tineo con unas sensaciones que no hubiéramos podido imaginar unas horas antes en Salas.



Los paisajes invitan al disfrute y todo va bien hasta que acontece un pequeño contratiempo: Merche ha de visitar a Roca, así que se adentra entre los helechos para buscar su "lugar de recogimiento", mientras tanto yo sigo caminando a paso lento...

...pasan los minutos y ella no aparece, por momentos pienso que una planta carnívora le ha comido el trasero; tras unos minutos que se hacen eternos suena mi Samsung, es ella; le pregunto dónde se ha metido justo cuando tres ciclistas me cruzan y me indican que dos chicas vienen corriendo camino abajo, unos segundos después las veo aparecer subiendo la cuesta.

Intuímos Tineo y quizá por ello hemos aumentado el ritmo. Mi tibial comienza a susurrarme cosas al oído, historias que no quiero escuchar, pero a él le dará igual, seguirá hablándome prácticamente a diario hasta llegar a Santiago; los dolores no conseguirán que me agobie, no caeré en la tentación de pensar en todo lo que nos queda, concentrado en el ahora , difrutando de lo que me rodea y sintiendo intensamente lo que estoy haciendo.

Las primeras casas de esa preciosa localidad nos reciben con una sonrisa y en una iglesita digna de la mejor foto, Lucía, mi mujer y yo inmortalizamos nuestra despedida con un par de clics digitales. Ahora que escribo estas líneas espero que ella pueda leerlas y con ello rememore los buenos momentos que dos andaluzas y un manchego pasaron aquella estupenda mañana de agosto en tierras asturianas.


La soledad más bella

A partir de ese punto del recorrido ya no adelantaremos más peregrinos, son más de las doce y el destino más lógico de los caminantes es Tineo, que ya ha quedado atrás; dicho de otra forma: nos hemos ganado el privilegio de la soledad. En números aún nos queda una maratón de montaña, pero eso lejos de asustarnos nos emociona.

Y este nuevo tramo comienza subiendo por una senda que hoy, aquí sentado ante la pantalla, me cuesta describir, quisiera haber podido retener todos los olores, todas las trampas del paisaje, pero eso quedó guardado en algún vago lugar de mi memoria. Sí que puedo recordar como Tineo se fue haciendo cada vez más pequeño y más hondo, incrustado en su valle, mientras nosotros ascendíamos zigzagueando con las manos en los cuadriceps; todo un castigo  para las piernas aunque también una bendición de movimiento en un enclave tan privilegiado.

Hemos subido doscientos metros hacia el cielo, hasta alcanzar el Alto de la Guardia y el Pico de Puliares, ha sido largo pero ha merecido la pena; allá en lo alto los tres ciclistas que habíamos visto un rato antes nos adelantan por el estrecho sendón y nos vemos los cinco esmerándonos en mover nuestras diez piernas a la vez que sacamos arrestos para explicarnos mutuamente y de forma desordenada nuestros planes: su destino, como el nuestro, es Berducedo, son de Castellón y hoy puedo decir que han acabado siendo nuestros amigos del camino, de hecho puedo adelantar que este breve encuentro no será más que el primero de unos cuantos (algunos con cerveza en mano).

Nuestros compañeros ya han desaparecido de nuestro plano y estamos bajando, pero se ha terminado la calma porque su tibial y el mío sufren pura envidia, periostitis, tema principal del anexo de lesiones de este cuaderno, algo que nos traerá de cabeza en lo que resta de camino hasta el Obradoiro.......pero lo llevamos lo mejor que podemos y la soledad que compartimos nos lleva al silencio, allá por paisajes idílicos que no tienen desperdicio, toda una invitación a la reflexión para ordenar nuestras ideas. Sólo nuestros estómagos van más rápido que nuestra mente y nos indican que habrá que hacer un alto, habrá que llenarlos de felicidad y no a mucho tardar. Pero antes de esa posta llegan los bosques y las sendas pedregosas, como en el mejor de los trails; en esa zona Mercedes disfruta y sufre su dolor a partes iguales, hasta que por fin alcanzamos un precioso valle.



Villaluz y las galletas mágicas

Justo donde termina la frondosa pista nos topamos con un rebaño de vacas bonachonas, así que tenemos que administrarnos el espacio para continuar todos por nuestro camino; el ganadero nos hace indicaciones y le seguimos a su finca... un minuto después lo vemos estampando su sello en nuestras credenciales y registrándonos a bolígrafo bic en su cuaderno como peregrinos runners, dando fé de nuestro paso por esas tierras. El entusiasmado señor otea el horizonte poniendo cien ojos en las cumbres y tras un silencioso impás concluye: "disfrutaréis de lo lindo en hospitales porque hoy estará despejado, no habrá niebla, pero.. ¿seréis capaces de llegar a Berducedo?, me parece que estáis un poco locos". Nos despedimos con un agradecido apretón de manos, pero cuando vamos a reanudar la marcha nos dice: "esperad...", entra a la vaquería y unos segundos después regresa con un envoltorio en sus manos. "Lástima que no me queden de estas galletas que elaboramos en esta zona, compradlas en Borres, son muy nutritivas y ayudan como ninguna otra cosa a llevar bien los rigores de esas montañas". Y, ahora sí, dejamos a ese simpático señor con lo suyo y marchamos hacia nuestro destino...


...Nuestro trayecto por el valle se convierte en un auténtico peso para nuestras piernas, sentimos la falta de fuerzas y cuesta correr, así que vamos alternando camino y carrera. Hemos dejado Villaluz y nos acercamos a Borres, aldea donde pretendemos hacer nuestro alto en el camino, pero nos estamos quedando sin gasolina, así que en un aldeita llamada El Espín entramos en un pequeño restaurante.

La energía que nos transportará a las montañas

Durante años tuve la creencia de que las ultras eran incompatibles con mi estómago, hasta que el año pasado tras un gran fiasco y haciendo de tripas corazón, comencé a echarme a la boca cosas hasta entonces prohibidas: geles, frutos secos y todo tipo de alimentos; quedé contento al comprobar que por lo general ya no tenía problemas de naúseas y vómitos. Sin embargo, ha sido la experiencia del camino la que ha reafirmado esa teoría; en el norte, con temperaturas tan frescas, no ha habido conato alguno de malestar digestivo, por lo que he concluido que mi mal fue siempre la deshidratación, a la cual soy propenso. Siempre recordaré como en aquella semana de agosto todo mi organismo fluyó sin problemas, la bendita hambre me asaltó con asiduidad y yo la satisfací para obtener con ella energías para poder disfrutar rutas tan increibles y exigentes.

Así que en el restaurante no hacemos prisioneros: un par de Coca Colas, un gigantesco bocadillo de jamón york y un helado de nata. Mientras se carga el móvil entablamos conversación con un chaval que está haciendo el camino. Ojo, antes de pagar mi mujer pregunta por las galletas mágicas: "¡sí, las tenemos!, compre un paquete de 12 que allá arriba lo van a necesitar", eso hace.


La aventura dentro de la aventura

Reanudamos la marcha obviando los dolores, pero pronto sentimos que las piernas se vuelven a meter en faena. 



La emoción crece por momentos, sobretodo cuando tras pasar por la aldea de Borres llegamos a un punto crucial: la bifurcación que separa el camino primitivo hacia Pola de Allande o del camino alternativo hacia Hospitales. Tenemos alojamiento en Berducedo así que por nada del mundo nos perderíamos lo que nos espera por allá arriba. Salimos pitando por la estupenda senda que nos acerca a aquello que tanto hemos esperado.




Un rato más tarde llegamos a la Ermita de San Pascual Baylon donde la falda de la montaña deja ser falda y pasa a ser montaña; comienza la subida tendida por un recorrido que nos prepara para algo íntimo y especial. En esa fase de la jornada no recordamos dolor alguno, sólo hay satisfacción...¿será casualidad?







La pista entre pinos nos eleva por la suave y verde cadena montañosa hasta que casi en el kilómetro cuarenta llegamos a una solitaria fuente que se ofrece como antesala del alto collado. Nos refrescamos a pesar de que no hace apenas calor. Relleno los softflasks y continuamos la ruta totalmente entusiasmados. El bosque acaba dando paso a una meseta llena de colores silvestres a la altura de Pico Picón, imposible no pararse a contemplar el valle de donde venimos.









 Atravesamos Pico Caborno y pasamos por Pico Tableiros, allí donde las vistas son increibles y pronto descubrimos que tenemos compañía: más de una docena de toros y vacas pastan ajenos a nuestra presencia. Algunos están en mitad de la senda y sus cuernos imponen, pero con un poco de valor y casi de puntillas logramos cruzar a su lado sin que prácticamente se inmuten...





El camino se vuelve pedregoso en la continua ascensión y pasamos por las ruinas de algunos de los hospitales de peregrinos que hace 1000 años daban servicio; 




Alcanzamos el punto más alto del recorrido cuando rozamos los 1300 metros y por momentos nos sentimos como aeroplanos en una pista de aterrizaje con tanta baliza reflectante, colocada precisamente para evitar que los caminantes se pierdan en los días de niebla.

Seguimos atravesando suaves picos hasta que toca bajar, y lo hacemos tras alcanzar el Puerto del Palo. Ante nosotros un sendón muy abrupto y en franca pendiente descendiente donde Merche y un servidor nos dejamos los tobillos resintiéndonos de nuestras lesiones. Sin duda el momento más sufrido hasta ese momento.

Perdidos en el paraiso

A esas alturas de la tarde mi smartphone ya se ha muerto, y lo ha hecho pese a mis intentos por revivirlo con la batería externa. Tiro de plan B y le pido a Mercedes su móvil, pero como no hay cobertura y no puedo cargar la ruta en la app, tocará seguir los hitos, muy dispersos en todo el camino, y es que si bien en hospitales hubiera resultado imposible perderse con tanta baliza, me temo que en lo que resta de recorrido las indicaciones serán mucho más pobres...

Atravesamos la carretera buscando la señal que finalmente encontramos y nos adentramos por la sendita más maravillosa por la que jamás hemos transitado, casi sobrecogidos por un bosque interminable de helechos que bañan toda la pendiente hacia el barranco.




Alcanzamos una aldea abandonada cercana a una carretera, y dudo si continuar por la senda o tomar por el asfalto, y es que temo por el hecho de perdernos. Finalmente encontramos una indicación que dice que Lago se halla a cuatro kilómetros así que proseguimos por la senda, y cuando estamos atravesando la última casita fantasma aparece un pedazo mastín que no es para nada etéreo, totalmente de carne y hueso; suerte que tiene cara de bueno y me acerco para acariciarle el lomo mientras Merche aprovecha para poner pies en polvorosa.

Nos adentramos por un barranco por una zona tan preciosa como desconcertante; uno no sabe hacia donde lleva, porque de vez en cuando se abre algún ramal y no hay indicación alguna. Pasan los minutos y Lago no llega, pero lo que sí llega es nuestra desesperación, y con ella la adrenalina y la imaginación: la mente maquina el drama de vernos de noche perdidos en el monte sin poder pedir ayuda. Así  que hacemos lo único que podemos hacer, proseguir.

De perdidos a totalmente extraviados

 Y justo en el momento más desesperante, casi convencido de que estamos dejados de la mano de dios entre los bosques y los barrancos, aparece casi de la nada un increible y coqueto cementerio que me hace recordar la crónica de los ciclistas de la ruta de wikiloc. "Menos mal, estamos llegando a Lago". Merche respira tranquila y más aún cuando alcanzamos las primeras casas de la aldea. Nos topamos con un señor y le pregunto cómo ir a Berducedo y nos dice que en la carretera está la señal.

En la margen de la carretera luce uno de los pocos hitos de piedra que hemos visto en un porrón de kilómetros, así que, guiado por el mismo,  continuamos por el camino que se abre hacia un bosque. Las fuerzas nos están abandonando y estamos deseando llegar, pero hasta el rabo todo es toro. Cruzamos la espesa arboleda de pinos hasta que nos topamos con la carretera y por momentos dudo: la intuición me dice que hay que cruzarla y proseguir por el camino, no hay flecha alguna, no hay nada que nos diga que hemos de desviarnos...

Y guiados por el instinto continuamos por el bosque hasta que éste se acaba y tras atravesar una explanada abrimos una valla y nos topamos con la nada, ni rastro de Berducedo, ni rastro de señales ni de sendas. Decido girar a la derecha y continuamos por una pista que nos hace adentrarnos nuevamente por el bosque, por otro costado, continuamos y continuamos mientras oigo a Merche quejarse, me desespero y el momento crítico llega cuando nos volvemos a topar con una puerta, pero esta con candado, es una finca privada. La locura es tal que sopeso saltarla, pero finalmente impera el sentido común y regresamos sobre nuestros pasos desandando todo el camino, volviendo a cruzar la explanada, regresando al camino del bosque y cuando por fin llegamos a la carretera me doy cuenta: "mira Merche, ahí en el quitamiedos, hay una flechita amarilla que indica que hay que seguir por la carretera".

Muy cansados, hundidos, andamos por la carretera, tratando de correr a ratos pero sin ritmo, nos hacemos un interminable kilómetro hasta que volvemos a ver una flechita amarilla que nos desvía por un camino; avanzamos por él pero pero en el horizonte seguimos sin ver civilización alguna. Tengo la certeza de que estamos llegando a Berducedo, ya no estamos perdidos, ya no estamos extraviados, pero hemos llegado casi al límite de nuestras posibilidades, y justo en el peor momento vemos a lo lejos las primeras casas y nos dejamos llevar por la alegría contenida...

Ya estamos en el albergue: nos sentimos ante todo agradecidos: agradecidos por haber llegado, agradecidos por haber vivido tal aventura, y agradecidos por continuar en el camino.

Conciliando miserias

La bolsa está allí, Correos cumplió. Cargo con ella hasta la habitación, pero casi no puedo subir las escaleras. El dolor del tibial es tan agudo que es como si el mismo fuera un alfiltero de costurera. Cuando entramos en la habitación siento una extraña sensación: me siento ajeno y me invade una especie de miseria autoconsentida, autodisciplinada. El albergue es pobre, pero ese no es problema, no hemos venido a disfrutar de hoteles de lujo, el problema es que estoy vacío y sin posibilidades. El de recepción nos ha dicho que en 20 minutos cerraban la cocina así que Merche y yo nos metemos en la ducha y casi en un acto de mutua compasión nos frotamos el uno al otro con sendas esponjas. El dolor se mezcla con el cansancio pero el jabón consigue quitarnos de encima la suciedad, llevándose al paso alguna que otra costrita de autoestima...

Ya cambiados bajamos como podemos hasta el mesón del albergue. Cuando el camarero nos pone en la mesa una sopera repleta de caldo y fideos aceptamos la apuesta, porque a pesar de todo tenemos mucha hambre. Comemos sin parar de esa sencilla poción sintiendo como la fuerza regresa a nuestras almas. Cuando terminamos un plato rellenamos otro y así hasta tres veces. La cinta de lomo que viene después es humilde pero se agradece y el azúcar del postre hace el resto.


Cuando regresamos a la habitación, ya son las nueve de la noche y tan sólo quiero descansar; no tenemos tiempo para organizar lo del día siguiente, así que hacemos lo urgente: nos aplicamos la bolsa de hielo que nos han dado abajo en nuestras inflamadas y calenturientas tibias y tras comprobar que tenemos calefacción y un pequeño lavabo, sacamos un poco de paciencia para lavarnos la muda y ponerla a secar en el radiador. Los móviles ya están cargándose y ahora sí, me voy a acostar,..., pero el remate a todos los males es el colchón, que se clava en mi espalda,...está visto que no será mi mejor noche..

Y me arropo, cierro los ojos, justo antes de conseguir que llegue el descanso pienso que estoy despojado de todo futuro, quisiera estar en otro sitio, aunque por otra parte no me arrepiento de estar en ese reto, supongo que no eran más que incongruencias fruto de la impotencia y el cansancio.

...pero llegó el sueño reparador, y por algo lleva ese apellido