RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

viernes, 30 de octubre de 2020

TRAS SIERRA DE FILABRES: EN TIERRA DE NADIE

Esperé tanto a que llegara el momento que cuando lo viví y hubo pasado me sentí como en tierra de nadie, desubicado. Realmente ha merecido la pena pelear toda la primavera y el verano para poder regresar a la competición y disfrutarla, aunque fuese como fue: con las molestias con las que me tocó correr. 

Y ahora me siento viejo, cansado y embadurnado de incertidumbre. Lo de este virus no ayuda, desde luego, así que, y pese a todo, seguiré siendo fiel a mi empecinamiento y no dejaré de dar zancadas. De hecho así ha sido en estas dos semanas que han pasado desde lo de Serón.

Concretamente, la semana siguiente me lo tomé en plan tapering (cabe recordar que el Sierra de Cazorla Trail se iba a celebrar el 11 de octubre y finalmente ha sido pospuesto para el 14 de noviembre). Tocado como terminé de la competición, los días siguientes, entre el 5 y el 9 de octubre, dieron para un par de días de gimnasio y un día de entreno muy suave con Ziggy. Lo de los días siguientes tampoco dio para mucho; tan sólo los entrenos de fin de semana han sido reseñables: entrenos en San Carlos del Valle el 10 y el 11 de octubre En Sierra Prieta, el primero en solitario y el segundo con Merche y Ziggy; entrenos el 17 y 18 otra vez en San Carlos del Valle, lo más parecido a montaña que tenemos más cerca. Y hasta ahí, sesiones cortas, intercaldas con gimnasio, tratando de recuperar lo que vienen siendo algo más que molestias en mis isquios de la pierna derecha. Eso sí, el fin de semana pasado salimos mi mujer y yo a Despeñaperros para hacer algo más de 20 kilómetros con un +1000, y la verdad es que pese a las molestias lo disfrutamos. En conclusión, en las dos semanas posteriores a Filabres he hecho entre 60 y 70 kilómetros semanales proponiendo 1 o dos días de descanso en cada semana. Estoy en un impás esperando notar mejoría en la pierna pero ésta no llega.




martes, 20 de octubre de 2020

CRÓNICA DE LA EXTREME FILABRES 2020: CERRANDO ESE CÍRCULO TAN RARO


Prólogo

Diez años han dado para mucho...aquel otoño decidí no dejar de dar zancadas y aquí sigo, rodeado de empecinamientos y locuras. En todo este tiempo no me he dado ni cuenta y ha transcurrido toda una década, lo que viene siendo 1/8 de lo que dura de media un mortal. 

Pero el destino ha querido que el aniversario haya sido contemporáneo a estos tiempos tan raros, en un ahora sin planificación, condenados a exprimir momentos que ahora sabemos que nunca nos pertenecieron realmente porque somos diminutos y efímeros...

En Serón se rueda un cuento

Nos levantamos el sábado por la mañana sin prisa y allí se quedan desperezándose el resto de los miembros de esta familia, incluyendo a nuestro cachorro corredor. Tomamos rumbo a Almería sin agitación ¿debiera haberla?, bueno, quizá sí, he estado esperando este momento todo el verano, tras más de seis meses del más absoluto y oscuro apagón.

Nuestra llegada a Serón se rellena de sosiego y nos resulta inevitable comprobar que casi todo está como lo habíamos dejado dieciocho meses antes. Disfrutamos nuevamente de la misma casa, de la amabilidad de sus dueños, deambulamos otra vez por sus calles; sin embargo, cuando nos acercamos a recoger el dorsal, las mascarillas y el protocolo nos devuelven a la tozuda realidad, sí que han cambiado algunas cosas.

Ya entrada la tarde damos un paseo, alejándonos del pueblo y siguiendo las balizas del recorrido. Cuando alcanzamos el bosquecito, ese que se empina hacia el cielo azul, Merche comienza a refunfuñar pidiendo insistentemente la vuelta, pero quiero que lleguemos un poco más arriba para poder contemplar desde allá como lucen las casas encaladas de ese bonito pueblo serrano. Eso hacemos.


 






Allí, contemplativos, vivimos uno de esos momentos que, aunque sencillos, se quedan grabados para siempre: siento que se han borrado de un plumazo los dolores, las dudas, las incertidumbres, gozo por un largo minuto de la plenitud que otorga la libertad, el aire sin impurezas, sin la mancha del descendiente del Cromagnon, ese oxígeno puro que sólo sabe proporcionarnos nuestra mamá la naturaleza, esa a la que nos gusta maltratar.

Casi un deja vú

Ya de noche y de nuevo en la misma cocinita, tal y como ocurrió antaño, no me resulta complicado conseguir que el fuego salga adelante, con la inestimable ayuda de unas pastillitas que le habrían venido de perlas al antiguo Neardental. Afuera comienza a hacer frío así que, tras la ensalada y el salmón, no hayamos mejor plan que el de pertrecharnos al lado de la chimenea.

Y nos entra un profundo cansancio, el sábado ya está echado. Allí en aquella misma cama, entre aquellas cuatro paredes, cerramos los ojos como lo hiciéramos entonces y el sueño nos llega al unísono pasando una rápida revista a nuestros recuerdos y propiciándose el descanso necesario para librar la batalla que nos espera en unas horas.

Muy rápido y siguiendo el protocolo

El protocolo es al hombre como las rejas a la libertad, pero me temo que esas rejas serán en esta ocasión inevitables; pero ordenemos lo acontecido: engullimos el desayuno a la velocidad del rayo, ¡llegamos tarde!, así que mientras en la planta de arriba Merche ultima los preparativos, un servidor, desde la cocinilla de abajo, elabora las isotónicas y coloca las barritas, los geles y las sales en los chalecos. Ella saldrá con la élite, en el grupo de las 8:30, yo saldré con los viejunos, veteranos B, entre quince y veinte minutos después; no nos reuniremos todos en el corralito, se echará de menos lo de percibir nuestro sudor y nuestro nerviosismo, ¡este bicho es lo que tiene!. 

Mercedes sale trotando en un improvisado calentamiento hacia el polideportivo que dista a un kilómetro de la casa y un rato después hago yo lo propio, pero en el coche. Cuando llego a las instalaciones aparco cerca de la puerta y me encuentro con mi mujer. Apenas hay tiempo para un breve calentamiento, hacemos todo de forma acelerada, como si no quisiéramos que el bicho nos alcanzase, y sin más llaman a su grupo por megafonía. Mientras espero fuera del recinto, se escucha la voz del animador dándoles la orden de salida y unos segundos después aparecen por el camino una docena de chicas que marchan a ritmo tranquilo, sabedoras de lo que les espera. Merche avanza en mitad del pequeño pelotón y en su rostro no se atisba ni un pizca del extraño verano que le ha tocado vivir, en cambio veo en ella determinación y arrojo, ¡ha venido a cerrar su círculo!.

Ya estoy sólo, ahora me toca a mí visitar al dentista. Tras cuatro breves carreras en las que mido la molestia de mi isquio, determino que es necesario un ibuprofeno, me lo trago y espero. No quiero pensar, pero lo hago: ¿qué demonios me ha pasado en estas dos últimas semanas?, ¡con lo bien que lo llevaba!, pero mis piernas han desenterrado el hacha de guerra, una lástima porque me esmeré para llegar a esta cita con la garantía de disfrutarla, algo que me temo que no va a ocurrir.

El speaker llama a los veteranos A y B, salgo escopeteado hacia la zona de la salida justo para comprobar que hay un hueco libre para mí     en una esquina, donde una raya pintada en el suelo me encajona cumpliendo la distancia de seguridad. Todo rápido y quirúrgico, rápido y quirúrgico, que no nos pille el bicho, sólo me da para fijar la vista en el reloj de la organización: las 08:45, dejé el GPS premeditadamente en la mochila, así que me conformo con llegar antes de las dos del mediodía. "¿Preparados?, ¡adelante!", y sin tiempo de asimilar tanta digestión comienzo a correr para descubrir al dar la primeras zancadas que voy tan tieso como un garrote, ¡tocará sufrir!.

La montaña que me atrapó

Sí, un tiempo atrás el asfalto me tuvo obsesionado, no sé cómo lo hice pero hasta bajé de las tres horas en maratón, conseguí el hito que hasta entonces me había tenido hechizado, pero eso es una vieja historia; el presente, de un tiempo a esta parte, me dice que la montaña me ha atrapado entre sus garras, alejado de ritmos, series y fartleks, dando la bienvenida a las rocas, los arroyos y las arboledas, sin olvidar las sendas y los cortafuegos. 

Pero volvamos a la faena...mis compis van todo acelerados y el isquio derecho y la mascarilla, no me dejan estirar zancada y respirar, en ese orden. Es tan desagradable que por momentos pienso en abandonar a mi paso por la puerta de la casa donde nos alojamos: podría encender la chimenea y esperar a Mercedes al calor de un estupendo fuego; no llevo las llaves conmigo y aun así quien me conozca sabe que hacer eso no iría conmigo.

Me bajo un poco la tela de algodón de ese artilugio que estamos condenados a portar y me asocio con un corredor que viste con un mono azul. Las cuestas pronunciadas de las calles del pueblo son agradecidas porque la molestia remite con la inclinación. Por fin dejamos atrás las casas y puedo quitarme la mascarilla, momento de darle a la de "sin hueso" con mi compañero: es del País Vasco y se llama Agirretxe, veterano A; sospecho que soy el único + 50 del grupo con el que salí, eso comentamos; y aunque lo pienso no me atrevo a preguntarle que hace tan lejos de su hogar, me imagino que la montaña mueve montañas, razón más que convincente.

Tomamos la senda en el alto collado y la pierna parece que se ha soltado un poco, justo cuando comienzo a sentir que el ritmo que llevo me tiene un poco en overbooking. Mi compañero del norte hace tándem y me permito la licencia de explicarle que en un par de minutos subiremos por un bosque donde la pendiente se pondrá algo exigente y que un rato después tocará una larga sesión de cortafuegos, aunque lo gordo, con el fin de reservar piernas, vendrá en la subida al Layón en el kilómetro doce y pico.

El Sol calienta mi sonrisa

Hemos adelantado a bastante gente en la subida. Menudo lío, uno no sabe si salieron antes o a la vez que nosotros, pero pensándolo bien mejor así, la manera perfecta de hacer tu propia carrera sin darle vueltas a la actuación de los demás. Cuando llegamos a la pista, que continúa en franca subida, alcanzamos a mi mujer, y en una improvisada estampa se la presento a Jesús María, que así es su nombre de pila. Le doy ánimos mientras se queda atrás y seguimos nuestra marcha al tiempo que comienzo a ser optimista: la pierna se ha relajado un poco y va dejando de ser un impedimento. 

Cuando tomamos el largo cortafuegos podemos divisar la larga hilera de afanados camaradas que pugnan con la dificultad. Nosotros avanzamos ágiles mientras hablamos de hipotéticas y majestuosas carreras por montaña en el norte, esas que tantas ganas tengo de vivenciar. Un rato después, casi sin darme cuenta, mi euforia me lleva a dejar atrás de forma no premeditada a mi compañero; la verdad es que un rato antes me había tomado mi segundo turroncillo y quizá esa energía extra había hecho su efecto. Tras un breve receso en el que bajo a un rellano, vuelvo a encarar el último tramo de subida al largo cortafuegos que ahora sé que le llaman "el ramal". Inesperadamente, este duro tramo se me hace corto comparado con lo vivido en mi anterior aventura.

En la pista llaneamos un rato y pronto se pone propicio para meter tres marchas, pero yo sólo dispongo como mucho de dos más, así que compruebo que los de delante se hacen inalcanzables hasta el punto de irse haciendo cada vez más pequeños y para más inri algún que otro corredor me va cazando, dejando al descubierto lo evidente. Pero la deformación profesional que trae consigo el asfalto me lleva a hacer números: "Javier, has adelantado a mucha gente, entre ellas a un montón de chicas del grupo de Mercedes", eso parece consolarme. Pero por fin, mi gen más montañero toma la palabra y me hace despreocuparme de puestos, tiempos y situaciones: "tío, disfruta cuanto puedas del momento y de los paisajes, que casi siempre andas con el culo apretado y eso no te deja ver lo bueno que te rodea". 

Hemos venido a subir esto

Vale, haciendo caso a mi ángel montañero he echado afuera todo propósito y me estoy moviendo por sensaciones, pero él no sabe lo que cuesta disfrutar del entorno cuando el agarrotamiento y la tirantez te impide estirar la pierna como quisieras. Así pues, cuando alcanzo el segundo avituallamiento, el cual obvio, ocurren dos cosas: la primera es que me encuentro con una pronunciada cuesta de cemento impostado y sé que va a comenzar la ascensión al Layón, algo que estaba deseando, y la segunda, alguien viene por detrás y cuando vuelvo la cabeza me alegra ver a Jesús María... 

Mi amigo marcha suelto, es duro como él solo... pienso en su apellido, Agirretxe, ¿había un futbolista que se apellidaba así?, pero aparte de eso esas nueve letras suenan a "aguerrido", a "guerrero", con eso me quedo. De nuevo de cháchara: "creo que 4 horas y 21 de antaño tienen toda la pinta de ser pulverizadas con estas marchas" me dice, ....tengo bien presente la imagen de mi última carrera de marzo en Fuencaliente, en la antesala al confinamiento:  el tendón de aquiles pendió de un hilo, a punto de romperse, obligándome a retirarme y a replantearme muchas cosas. Lo que vino después fue bien extraño: giros esquivando sillas y enseres, el duro mármol de la escalera en sus tres plantas, e improvisados recovecos por donde cruzar; todo con el único fin de no abandonar, de perpetuar el movimiento durante toda una década. En manera alguna esos circuitos caseros fueron una buena terapia para mi lesión, pero tuve suerte y al final logré mantener una pequeña llama encendida; al volvernos a ganar la libertad la cosa mejoró y pude regresar a los entrenos, siendo entonces cuando convertí a Filabres como la oportunidad perfecta para sentir mi regreso...  "no, hoy no me preocupa demasiado el crono", le contesto.

El Layón luce imponente esa fresquita mañana ante nuestros ojos. El primer tramo es de lo más duro de la ascensión, porque el breve cortafuego inicial se empina casi al 40%. Luego vienen falsas cimas aderezadas con un endiablado viento que ruge a nuestro alrededor, pero en un terreno más amable para los amantes de la verdadera montaña, entre roca, tierra y matorral bajo. Mi amigo norteño es un crack subiendo y eso ayuda a avanzar a buen ritmo para así alcanzar a algún que otro corredor al que le ha pillado por sorpresa esa tachuela en forma de esfuerzo. Tras un buen rato de brega, continúo la estela de Jesús María pero él ha decidido poner pies en polvorosa, así que tomo conciencia de mi limitaciones y más cuando pienso en la bajada que inmediatamente toca, no muy técnica pero sí dificultosa. Alcanzo la cima, a casi 2000 metros de altura y a no más de 15 metros por detrás de mi compañero, pero ya descendiendo su figura se va haciendo cada vez más pequeña ante mis ojos, hasta casi desaparecer de mi plano, mientras me esmero en una suerte de zig zags ante las dificultades; definitivamente esa bajada no entrará en mi particular ranking de mejores bajadas.

Nueva reunión: la última

Alcanzamos una zona más amable, mientras atravesamos el collado del Layón, y allí puedo meter algo de ritmo, la pierna parece que ha decidido callarse por fin, quizá se haya aburrido. Cuando llego al tercer avituallamiento, paso de largo y unos metros después consigo alcanzar a  mi compi que marcha con otro corredor y una fémina que dicen que es la tercera de la general. ¡Vaya, no lo estamos haciendo tan mal!. Allí tenemos nuestra última charla, un improvisado arengo mutuo: "lo dicho Javier, hoy te acercas a las cuatro horas", "lo dudo" le respondo, "me tocará hundirme ahora que hay que correr, pero para ti viene lo mejor en esta segunda mitad, que es mucho más rápida que la primera". Mi mensaje parece calarle, porque un par de minutos después acelera y aprovechando una bajada bastante técnica acabo perdiéndole la pista, para ya no recuperarla en lo que resta de carrera.

La idea de quedarme solo otra vez no afecta a mi ego aunque sí a mi autoestima. Digamos que asumo lo que soy y lo que tengo pero no por ello me siento bien; y estos pensamientos negativos suelen llevar a una desconexión mental que suele ir aparejada de la consiguiente desconexión física, hasta el punto de que mis piernas comienzan a apagarse, ayudadas también por el hecho de no haber realizado suficientes entrenos largos. Así será como la siguiente media hora pasará ante mi como en un stand by, difuminada en tonos grises.

En el desierto

Hace fresquito y la zona es bonita pero yo me siento como si estuviera a cincuenta grados en medio del peor desierto y sin agua, es una metáfora para expresar que simplemente estoy amortizado. Aun así corro sin parar, no me concedo licencias, y cuando subiendo por una pista alcanzo a la que debe ser la segunda chica de la general, no hallo ánimos en absoluto. Llega el momento de hacer algo para salir del letargo, así que saco del chaleco el gel amarillo del Decathlon, ese que de vez en cuando me resucita, y comienzo a tomarlo a pequeños sorbos.

Ya en la zona de Las Menas mi avance sigue siendo cansino aunque cuando comenzamos a bajar al valle por la esa senda en zetas que parece una pista de aterrizaje siento que he recuperado algo de fuerzas, sin duda el efecto del gel. El paso por el cuarto avituallamiento es un tanto accidentado: llego justito de combustible y por ello me veo obligado a parar, la sed me está venciendo pese a no hacer calor como para ello. Me llenan un soft flask mientras me indican que no puedo bajarme la mascarilla; finalmente la voluntaria se da cuenta de la incongruencia y me permite ir a una esquina donde engullo el medio litro del recipiente de una sentada, tras esto me lo vuelve a llenar, cierro la boquilla, me abro otro turroncillo  y sin más dilación arranco de nuevo.

Salgo de allí con la idea fija de acelerar el paso cueste lo que cueste, pero la sensación es similar a la de nadar contracorriente; sin embargo unos minutos después obtengo mi recompensa cuando comienzan a resurgir brote verdes, siempre ayudado por los pequeños sorbos del gel. Tras un largo rato de solitaria empresa sin nadie por delante ni nadie por detrás alcanzo la casa rural donde nos desvían por esa senda que inicia la última subida de la carrera. Recordaba del año pasado pasar por allí a un trote continuo y suave y no parecerme muy duro, pero en esta ocasión es imposible, bastante hago con un discreto "caco", ahora caminando y ahora corriendo hasta que alcanzo el cortafuegos.

Cuando llego a ese tobogán de nuevo tengo un breve subidón energético, que en esta ocasión parece venir de la nada porque hace un buen rato que se me ha terminado el gel; justo delante mía puedo otear a dos o tres corredores que se pelean con el obstáculo, aunque son inalcanzables; echo la vista hacia atrás y también veo un par de siluetas al acecho. Cuando alcanzo la cima lo que me encuentro no estaba en mi imaginario de la prueba: ¿quién ha puesto aquí esta terrible bajada?, estoy seguro que en la anterior ocasión descendí por allí pero entonces llevaba otras piernas, hoy mis timoratas extremidades están de bajón, hasta el punto de que mis cuadriceps avisan de rebelión en forma de calambres cuando trato de capear las rocas. En esta guisa me adelantan las dos sombras perseguidoras de un rato antes.

Ya en zona menos hostil me pierdo con un baliza y aparece la segunda de la general; me halla dubitativo y le hago dudar hasta que ambos damos con la solución del sudoku: la siguiente baliza está medio escondida allí al fondo; ella se echa adelante, hasta que en la bajada por la senda ancha, donde avisan peligro, acaba resbalando y dando una pequeña culada, pero enseguida se levanta. Ya en la pista tendiendo hacia abajo, percibo el nerviosismo ajeno: por detrás viene la competencia femenina que me adelanta y anda a la caza de su presa; unos segundos después le da alcance y sin compasión la abandona a su suerte. Dos mujeres compitiendo, ojo con el cuchillo que llevan entre los dientes.

Finiquitando la aventura

Apenas quedan 6 kilómetros cuando toca bajar por otra senda complicada. Al fondo, allí abajo se ve el último avituallamiento. Cuando me estoy acercando al puesto veo arrancar a la tercera y me digo que si me esmero no dejaré que se me escape, así que no paro a recargar agua ni a refrescarme aunque siento la tentación de hacerlo.

Avanzo por la pista siguiendo la estela que deja mi compañera, pero ya con el piloto automático, todo pesa, la gravedad se multiplica, pero es una sensación que había echado de menos todos estos meses: sentir que la meta se acerca y te aproximas paso a paso a ella. No logro reducir la distancia a menos de 100 metros y ni tan siquiera ver el cartel que marca el kilómetro 30 provoca en mi reacción alguna. 

Cuando nos desvían por la última senda hacia el pueblo, consigo motivarme al ver la blanca cal de las casas a lo lejos y a la vez me sorprendo bajando con un discreto empoderamiento. Pese a la larga batalla no me duelen los pies ni los tendones, los tobillos marchan calentitos y fuertes, sin duda alguna fue un acierto lo de las improvisadas zapas nuevas.

Ya en el último collado una pequeña colina se presenta como un rezagado escollo y es ahí donde me acerco nuevamente a la chica, otra vez a tiro de piedra, pero de nuevo en la bajada quedan al descubierto mis costuras.

Alcanzo por fin el camino que me llevará a mi destino, mientras cuento zancada tras zancada al tiempo que se me agota la gasolina, ya sin nada que echarme a la boca, y es al paso por la fábrica de jamones colindante al polideportivo cuando oigo al speaker cantar la llegada de la segunda clasificada; ya en la recta visualizo no muy lejos a la tercera guerrera pero no queda nada más en mi tintero.

Y llega el momento que había estado esperando durante casi siete meses: a mi derecha Jesús María me vocifera y aplaude cuando no quedan más de 100 metros hasta la meta; el vello de los brazos se me eriza y me asalta una emoción que había estado todo este tiempo escondida, tomo conciencia de que lo he conseguido, diez años y sigo corriendo, ¡vuelvo a ser corredor!; en ese preciso instante, justo antes de cruzar el arco de meta, soy inmensamente feliz.

Recuperaciones y sorpresas

El césped que me espera es más que una tentación, así que caigo hecho un ovillo sobre él. Estoy deshecho, pero el isquio derecho no me molesta, quizá porque soy todo un dolor. Eso sí, decido incorporarme, y en seguida siento que la cosa no está tan mal. Al rato me veo charlando con las dos campeonas con las que hice la goma; y no tengo remedio, acaba surgiendo el gen del asfalto cuando caigo en el hecho de que les he ganado ya que salí casi quince minutos después que ellas.

El speaker anuncia la entrega de trofeos de la general femenina, y allí posan las tres heroínas sin nadie a su lado, protocolo COVID, a Dios gracias. Lo que me sorprende es lo que viene después, ahora le toca el turno a los Veteranos B; el simpático animador de esta fiesta dice: "Tercer Veterano B Francisco Javier Ayuso Mestanza" y comprendo que mi pequeño minuto de nimia gloria ha llegado, como bien deseaba Andy Warhol, y no por nimia va a ser desdeñada. Siento un brote de llanto que pronto apago, recojo el lote de embutidos, me autoimpongo la medalla y poso con mis compañeros (el segundo debió adelantarme en algún punto y al primero ni lo vi porque salió con la élite).

Y así voy terminando mi humilde película: queda recoger la bolsa, beberme media tubería del baño, cambiarme en el coche mientras soporto unas terribles rampas al encoger mis piernas para ponerme el chandal y lo más importante: volver a charlar con "Agirretxe el guerrero", que me felicita y siento un gran honor por ello. Registra mi número de móvil y nos emplazamos a no perder el contacto, con la esperanza de vernos algún día en alguna verde y húmeda montaña del norte.

La espera más deseada

Ya sólo queda rematar la historia con un buen final para mi mujer, que no por venir después es menos importante; durante unos interminables minutos me desespero viendo avanzar el crono, que se acerca irremisiblemente a las 5 horas 30 minutos. Si hubo una razón principal para estar esa mañana allí fue la de que ella cerrase su círculo inconcluso de Filabres, y es que un año antes había empleado 5 horas 32 de dura porfía en realizar el recorrido, lo cual no le sirvió para entrar en tiempo, no apareciendo por tanto en los créditos. Así que en todo ese rato no hago más que pensar en su difícil verano con esa lesión que le puso en jaque, me pongo en su piel, quiero sentir su amor propio y su sensibilidad ... . pero el crono avanza y avanza, no para, y ella no aparece...

Pero ¡por fin, la veo!, no me acostumbro a este momento y siempre que esto ocurre el corazón me da un respingo. Clavar las 5 horas 32, y bajar por unos segundos su anterior registro no es más que una anécdota, lo de ser sexta veterana no es una decepción; sin embargo tener 47 años y haber hecho tantas cosas increíbles sí sigue siendo para mí todo un sueño del que temo algún día despertar...

 Y lo de los embutidos es de reseñar: si ya el año pasado nuestro hijo nos sorprendió con un inesperado pódium, toda una sorpresa, en esta ocasión me tocó sorprender a mí, casi una excepción, ¡el mundo al revés!. Mamá a buen seguro que tiene un montón de cajones que subir todavía, está muy malacostumbrada.

Agradecimientos y enhorabuenas

La organización de la prueba demostró una valentía digna de elogio, y gracias a ellos pudimos disfrutar nuevamente de la montaña, después de todo lo acontecido. De diez y fue un placer comprobar como la última clasificada con un tiempo de 6 horas y 22 minutos pudo disfrutar de su llegada arengada por el speaker, porque ella también se dejó la piel en Filabres.

Enhorabuena a Jesús María por su carrerón y mil gracias por su compañía. Gracias a Serón por acogernos tan bien. 

 



Si me estáis leyendo os digo que merece la pena atravesar parajes tan bonitos, así que para nuevas ediciones ni lo dudéis.

 Epílogo

Que el tiempo que esté por vivir no condicione tus ansias de sentir. Se cierra un nuevo capítulo de este libro y seguro que se abrirá otro. ¡Gracias si me estás leyendo!

sábado, 3 de octubre de 2020

SEMANA 12 HACIA FILABRES. DEL 26 DE SEPTIEMBRE AL 2 DE OCTUBRE

Definitivamente este tapering sólo ha conseguido aumentar mis dudas. A la vez que se ha desinflado mi motivación y mi determinación han aumentado las molestias musculares, quizás causadas por lo orgánicas que son las Mizuno Hayate, muy ágiles pero también con un drop generoso al que mis pies no están acostumbrados, a la vez con una amortiguación que no me viene bien para el momento en el que me encuentro

 Así que la semana se ha desarrollado de una forma que no hubiera firmado un mes antes:

Sábado: entreno de transición y para coger confianza en los cerros de San Carlos del Valle, circuito lleno de sendas y muy divertido, 14 kilómetros, en los que pude comprobar que mis músculos, especialmente mis isquios, no están preparados para grandes batallas, y eso que no metí caña. Merche, en cambio, muy bien, recuperando forma a marchas forzadas.

Domingo: un entreno muy suave los tres (con Ziggy), por Sierra Prieta 11 kilómetros hechos más bien para mover las piernas. Me tuve que calzar las NB Fresh Foam Hierro, esas de las mil batallas con 1500 kilómetros en sus suelas, y gracias eso no sufrí de más muscularmente.

Lunes: visto como llegaba en los últimos días al reto esperado, decidí ir al gimnasio para hacer tan sólo remo durante 45 minutos. No quería forzar más las piernas. A la vez encargaba unas nuevas zapas, unas NB Fresh Foam Hierro v5, primas de las viejas zapas que describía en el párrafo anterior. Había decidido no correr Filabres con las Mizuno.

Martes: circuito campo a través de 8,5 kms por la noche los tres. De forma suave nos fuimos por la zona del aeródromo y nos salió un circuitín que al perro le sirvió de verdadero entreno y a nosotros poco más que para mover las piernas. Bueno, Merche doblaba, ya que por la mañana había correteado otro poco con nuestro cachorro.

Miércoles: descanso, para no forzar.

Jueves: probaba mis nuevas zapas haciendo nuestro clásico circuito de trail del Ángel, ese que siempre hago cuando quiero probar zapas. Buenas sensaciones por el calzado, aunque los isquios me pitaban constantemente. Llego a Filabres hecho un mar de dudas, pero tengo claro que las NB nuevas serán las elegidas.

Viernes: descanso.

La semana se ha cerrado con unos 50 kilómetros. Buenos son.

Ahora toca viaje, que no se me olvidé echar la mascarilla que tocará correr con ella, al menos en el caso urbano. Esto es lo que tiene la nueva normalidad.

 



viernes, 2 de octubre de 2020

SEMANA 11 HACIA FILABRES. DEL 18 AL 25 DE SEPTIEMBRE


Conforme se acercaba el momento podía comprobar como se nublaba todo. Extraño, esperando todo el verano y al final, en el momento de la verdad no es cómo esperabas, no estás a punto, desearías que no hubiera llegado aún.

Pero al menos en estos siete días no desconecté del todo, continué tratando de girar la rueda. En cuanto a Mercedes, la cosas marchaban de forma distinta: tras un verano totalmente desenchufada llegó septiembre, y con la rodilla totalmente recuperada se puso las pilas y creció en motivación e intensidad. 

 Esto sucedió...

Sábado Merche y un servidor nos desplazamos a Despeñaperros para repetir la experiencia que siete días atrás había llevado a cabo con Eugenio. La verdad es que resultó una muy buena sesión en la que ella dio el callo, prácticamente sin paradas y corriendo en todos los repechos, justamente donde no suele correr. Además el día acompañó con una temperatura verdaderamente fresquita, y apenas necesitamos líquido. Las cifras hablan por sí mismas: 20,5 kilómetros en 3 horas y 2 minutos, tres minutos más que lo de la semana pasada, eso sí, apenas hubo paradas técnicas. Ya justo al final resbalé con una roca húmeda y me hice una raja al lado del tobillo. Nada muy serio, pero me ha estado dando la lata más de una semana.

Domingo: teníamos viaje a Linares los cinco (el pleno familiar incluyendo a Ziggy). Mi mujer y yo hacíamos una rutilla por la vía verde de 10,5 kilómetros y aunque no hacía calor, ella tuvo una pequeña pájara, aunque no me preocupó mucho, visto el rendimiento del día anterior.

Lunes: descanso. No estaba programado pero atendiendo al a cercanía del reto de Filabres nos lo podíamos permitir.

Martes: ya por la noche me fui con Ziggy al Cerro del Ángel, sólo 6,5 kms que se hicieron un poco desagradables porque allí en lo alto no había forma de ponerle la correa. Lo mejor las sensaciones de la bajada por el camino asfaltado.

Miércoles: me acerqué al gimnasio donde llevé a cabo una buena sesión con elíptica y remo.

Jueves: Merche y un servidor hicimos por la noche el circuito que llamo "de los pistachos",algo agarrotado muscularmente, preámbulo a lo que después vendría. Unos 10 kilómetros más

Viernes: descanso

La semana terminó con unos 60 kilómetros en pleno tapering.

 



viernes, 18 de septiembre de 2020

SEMANA 10 HACIA FILABRES: DEL 11 AL 18 DE SEPTIEMBRE

Como aquel que sigue adelante sin saber muy bien hacia dónde va, avancé hacia la décima semana del plan del difuso, del nublado Filabres. A tres semanas del evento habían sucedido dos cosas: Primera, mi motivación había caído enteros, quizá por molestias musculares y por la incertidumbre de la celebración de la cita; segunda, se habían desordenado los entrenos debido a la dificultad para salir a correr por las mañanas, al contar con menor número de horas de luz, al complicado horario laboral que toca en estas fechas y la dificil conciliación familiar, teniendo en cuenta el ingreso del quinto miembro de la familia: Ziggy, nuestro cachorro Galgo-Brazo.

Paralelamente Merche había ido encontrando su sitio, a la par que sus algo más que molestias en la rodilla iban desapareciendo. Así conforme ella se fue enchufando a la hoja de ruta yo me fui haciendo un umplugged. 

En cualquier caso estábamos ya cercanos al compromiso y bien merecía ir pensando en un tapering, es decir, una bajada de intensidad y extensión en los entrenos, como, por otra parte, ya estaba sucediendo de forma natural por las causas ya expuestas 

Esto ocurrió:

  • Sábado: Merche y un servidor nos acercábamos a Las Virtudes con Ziggy a realizar un corto circuito de bonito trail, por sendas. Hacía calor y cometimos el error de no llevar agua, así que nuestro querido cachorro sufrió un apagón a tres kilómetros de la terminación de la sesión, lo que supuso bajar el ritmo y cuidarlo. Finalmente 10,5 kilómetros, y una lástima no haberlo podido disfrutar más.
  • Domingo: madrugando muy mucho, Eugenio Ramirez y el que escribe nos acercamos a Despeñaperros, saliendo del Barranco de la Niebla cuando aún era de noche. Me había dejado el chaleco así que salí desprovisto de líquidos, con la esperanza de aguantar hasta el 16, con el soporte de agua que en su caso pudiera recibir de mi compañero. Pero por suerte la mañana era fresquita y pudimos hacer el recorrido sin mayores problemas. Un auténtico disfrute con el aperitivo final de la subida por el bosque desde el Barranco de Valdeazores hacia el Mirador de los Órganos. 20,5 kilómetros estupendos hechos en algo menos de tres horas. Por la tarde volvimos a salir con el perro en un doblaje que me dejó tieso. Salimos desde El Peral subiendo a los molinos eólicos con el perro. Otros 5 kilómetros bien empleados. A Merche también le costó porque por la mañana había hecho un buen entreno.
  •  Lunes: tenía día festivo local, por la localidad donde trabajo. Fue un día horrible y no pude aprovecharlo bien con un buen entreno. Salí con el perro para hacer 7 kilómetros suaves. A Ziggy casi le atropella un coche en la carretera, se quedó a un metro de pasar a mejor vida.
  • Martes: tocó sesión de gimnasio, haciendo una sesión de bici de 8 kilómetros.
  • Miércoles: hice el circuito de las olivillas con Merche ya por la noche, 8,5 kilómetros en los que me sentí algo pesado.
  • Jueves: gimnasio compaginando bici y elíptica con ejercicios de core. 45 minutos, 10 kilómetros equivalentes. Me sentí fuerte; el segundo mejor entreno de la semana quitando el del domingo por la mañana.
  • Viernes: aunque tenía pensado descansar, finalmente Merche, Ziggy y un servidor salimos un ratín a correr. Nada muy destacable, 4,5 kilómetros, con cambios de ritmo derivados de perseguir al cachorro camino arriba.
Así saldé la semana con unos 76 kiĺómetros algo insulsos, a dos semanas del reto.





 




domingo, 13 de septiembre de 2020

SEMANA 9 HACIA FILABRES: DEL 5 AL 11 DE SEPTIEMBRE

 Avanzando otra semana, más cerca Filabres, pero sin tenerlas toda conmigo ante una más que probable suspensiön.

  • Sábado Merche y un servidor íbamos a Despeñaperros. No madrugamos mucho, por lo que el calor se nos echó encima. Tanto que cuando comprobamos que no podíamos recargar agua en el bucle de Batán (estaba la caseta atestada de arañas patudas), tomé la decisión de acortar la ruta saliéndonos unos dignos 19 kilómetros. Por la tarde hicimos un suave doblaje cuando sacamos a Ziggy a corretear. Otros 4 kilómetros.

  • Domingo nos acercamos a Finca Castellanos e hicimos 15 kilómetros estupendos a ritmo constante. Sin agua, en lo que resultó una prueba de resistencia al calor.
  • Lunes: jornada de gimnasio con casi 45 minutos de bici, 9 kilómetros. Cansado al principio.
  • Martes: un buen entreno antes del anochecer con Merche y Ziggy. El circuito de trail del Ángel. El cachorro subió como si nada. 8,5 kilómetros.
  • Miércoles: de nuevo gimnasio, para hacer bici con cambios de ritmo, durante 34 minutos y después en la cints, con inclinación al 15%, otros 10 minutos. 8 kilómetros más.
  • Jueves: Mercedes quería hacer cuestas en el Ángel. Y es que nos hemos imscrito a Quesada, el 11 de octubre, cita de la que saldrán los seleccionados para el campeonato regional de Andalucía por provincias. Ahora que está mejor de sus lesiomes ve con más optimismo nuevos retos. Hicimos cuestas en las sendas del Ángel a buen ritmo, a pesar de que ella llevaba calzado ligero no de trail. Buenas sensaciones para ambos.
  • Viernes: descansé, y es que abrí la caja de pandora al hacer lo propio siete días antes. Ya no hau récords de días seguidos de entreno que tratar de batir.

En esta guisa la semana se saldó con unos escasos 72 kilómetros.




domingo, 6 de septiembre de 2020

SEMANA 8 HACIA FILABRES: DEL 29 DE AGOSTO AL 4 DE SEPTIEMBRE

Seguía acumulando entrenos sin descanso y estaba contento por ello, pero en esa semana tenía el dulce escollo de nuestro viaje del sábado a Bogarra, Sierra de Segura en Albacete.

  •  Sábado: lo hice bien al salir a correr por la mañana, 5 kms con Merche y Ziggy, para luego continuar haciendo, ya solo, otros 7 a mayor ritmo; ya en nuestro reposo serrano, salimos a la tarde a realizar una ruta senderista (La senda de las esculturas), hasta llegar al Nacimiento del Río Batán, increible y difícil de describir con palabras. Se hacía de noche y volviamos por la pista, con el perro e Inés ya muy cansados, así que decidí ir corriendo hasta el pueblo, 4 kilómetros a buen ritmo con el fin de coger el coche para regresar a recogerlos. En fin, un sábado bastante intenso que se saldó con un total de 22 kilómetros. 
  • Domingo: mi mujer y un servidor saliamos del Hostal Atalaya, a menos de kilómetro y medio de la ruta que, siguiendo gran parte el curso del río Madera, habíamos hecho tres años atrás. Pasamos por Las Mohedas y desde ahí entre bosques continuamos hasta llegar al Hostal Sierra del Agua, donde desayunamos, para después proseguir hacia el Pico Peñalta. Merche salvó los durillos 350 positivos que salen desde el inicio de la pista, en el valle, hasta el collado de lo alto. Desde ahí tocó correr por pistas, siempre cobijado por bosques frondosos, hasta que bajamos por un sendero bastante técnico hasta, de nuevo, Las Mohedas, y de allí a nuestro alojamiento. 21,4 kilómetros en 2:58. Por la tarde, ya en Valdepeñas, hicimos medio andando medio corriendo el circuito del aeródromo, con Ziggy persiguiendo a Inés en su bici, así que, por segundo día consecutivo, hicimos un extraño doblaje para conseguir una buena carga.

  • Lunes: estaba literalmente reventado y no me levanté a la hora habitual a correr, pero por la tarde hice en el gimnasio 9 kilómetros de bici, con cambios de ritmo.

  • Martes: había menos pereza en el ambiente tras haber logrado aires de mayor descanso. Hice el circuitín del Cerro del Ángel, sintiendo buenas sensaciones. Otros 8 kilómetros
  • Miércoles lo dejé aplazado a la tarde, cuando Merche y el que escribe nos fuimos al gimnasio nuevamente. Hice 15 minutos de elíptica y 26 de bici, 9 kilómetros en total.
  • Jueves por la tarde salimos los dos acompañados por Ziggy. De nuevo el circuito del Cerro del Ángel en su versión trail, y el perro disfrutó de lo lindo, pese a venir ya cansado de jugar con unos galgos amigos que se había echado. 
  • Viernes había que continuar con el proceso, pero sabedor de que la semana había resultado fructífera, 86 kilómetros, me relajé y no entrené, rompiendo así una racha de 55 días, algunas sesiones más si contamos doblajes.

Me fastidiará si finalmente suspenden la Extreme Filabres, porque tanto esfuerzo no habrá servido para mucho.