RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

jueves, 23 de abril de 2020

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO 4ª ETAPA FONSAGRADA-LUGO



Huéspedes y parásitos


Somos huéspedes que han amanecido alojados en uno de los altos del camino esa bonita mañana de agosto. Las piernas responden al levantarnos y nuestras espaldas despiertan sin maltratos, así que es de bien nacidos ser agradecidos: ha sido un lujo lo de descansar en aquella cama que apareció justo cuando más la necesitábamos...





...y al igual que despertamos en esa luminosa habitación, en mi tibial inflamado también se despereza un parásito cómodamente instalado; ese bicho está tan a gusto que quiero pensar que lo único que sentiré en mi pie en lo que reste de viaje será un agradable calorcillo.




Ideas y tiempo


El agua fría se escurre sobre mi cara a la vez que aclara mis pensamientos; tras habérsenos atragantado todo el asueto de nuestra aventura hemos continuado y allí estamos ahora. Miro atrás y veo cómo comenzó todo: la idea que parí se convirtió en obsesión, y no quiso abandonar mis sienes hasta que por fin nuestras piernas iniciaron el movimiento en Oviedo...





...desde aquella primera zancada todo ha sido muy intenso y las enseñanzas fueron constantes: el camino nos ha mostrado que somos ricos, llevando consigo esas monedas llamadas horas, grupos de sesenta minutos que vamos trocando por gozos; y es que la riqueza verdadera no es El Dorado, es el tiempo que portamos, el tiempo que disponemos ante nosotros.




Generosidad y empatía


No falta detalle en aquel comedor, y Bernardo nos recibe con su sonrisa, un calco de la del día anterior; los ángeles y los demonios no entienden de religión en este camino y un vivo ejemplo es aquel señor generoso que nos hace olvidarnos en la hora del desayuno de todo lo negativo...





...la crujiente tostada sube enteros, ya por encima del diez, en el virtual rating de hospitalidad y comodidades y justo en mitad del festín aparecen Nieves y Paco, peregrinos catalanes cuyas caras no ocultan su necesidad de verde naturaleza; sólo puedo sentir empatía con su presencia.  "¿Estáis haciendo el camino corriendo?, "Sí, pretendemos hacerlo en seis etapas; hemos pasado momentos duros pero ahora nos sentimos empoderados, creo que vamos a llegar a Santiago".



Energía y esfuerzo


De nuevo el ritual de la preparación de la bolsa, cada vez más sencillo porque han ido desapareciendo del inventario gran parte de los complementos alimenticios que partieron de Valdepeñas. Armamos nuestros chalecos con generosas raciones llenas de energía ante la previsible dificultad de los casi sesenta kilómetros que nos esperan, que serán menos montañeros pero a la postre más exigidos, debido al cansancio acumulado en nuestras piernas...





...y ya estamos preparados, totalmente repuestos, con la energía que pide salir por nuestros poros; el cuerpo ya aprendió de los abruptos ciclos de ingesta y consumo de calorías, ese trastocado metabolismo que es un bucle de hambre voraz, disfrute de sabores y derroche vital durante el esfuerzo.



Química y ondas


Merche engulle dos ibuprofenos, un servidor uno solo y confiamos nuestra suerte a la química, rendidos al dolor y temerosos de abandonar esta quimera que fue dada a luz como idea...





...ya nos vamos de allí, no sin antes echar un último vistazo para comprobar que no nos dejamos nada, pero sí que se queda algo: la esencia de la alegría y el alivio que sentimos en aquel espacio, ondas positivas que se irradiarán a futuros peregrinos que descansen entre esas cuatro paredes.


Detalles y fortunas


Dejamos la bolsa en el mismo rincón donde nos la encontramos unas horas antes, dispuesta a continuar su aventura paralela, cortesía de Correos; su suerte será la nuestra, portadora de todos esos pequeños detalles que nos dan la vida para sobrellevar las penurias de esta empresa...





...y llega la hora de partir: en el "adiós" o en el "buen viaje" el ser humano transmite buenaventura cada vez que toca despedida, así fue desde tiempos inmemoriales, cuando la peste acechaba detrás de la esquina; miramos a ese hombre y le deseamos lo mejor sin decir nada en un tácito discurso que parece ser mutuo: "que tengas la mejor de las fortunas en el resto de tu camino".




Dolores y alternativas


La cuesta que se muestra al inicio de la calle ya hace presagiar dificultades, pero forrados de arriba a abajo de optimismo no lo vemos venir. Fonsagrada reposa en lo alto de un montículo así que toca bajar hasta el rellano: pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida: "más despacio, ¡no puedo correr!, me duele mucho el tibial", y así comienza este nuevo capítulo: soportando el dolor por no abandonar...





...esas casas nos retienen cuando nosotros querríamos huir hacia nuevos lugares y caminando somos incapaces de seguirle el ritmo a dos señoras gallegas que realizan su paseo matutino diario. El que ha gritado y nos ha hecho parar no es mi parásito, es el de Mercedes y lo hace tanto que mi mujer tira de la memoria del imaginario de sus dolores para describirlo: "un pinchazo muy agudo e insorpotable, a duras penas lo aguanto, y te lo digo yo que he parido dos veces". La angustia aprieta y te obliga a elegir, y de lo que hagas dependerán tus vivencias posteriores. "Tenemos que decidir qué hacer, si nos alejamos de Fonsagrada será más difícil tomar una alternativa; o bien continuamos a verlas venir o bien abandonamos aquí y ahora los dos, o bien llamamos a un taxi que te regrese al albergue o que te lleve a Lugo y yo continúo solo". Mi mujer no me contesta, tan sólo resbalan por su cara dos lagrimones y sin mediar palabra reanuda la marcha.


Asedio y farmacia


En esos momentos el tiempo no se percibe como un buen patrimonio, cuando cada segundo que pasa nos oprime el pecho. El cielo se nubla a pesar de estar despejado de nubes, y en la tormenta debe haber un demonio del camino especializado en dudas, que te asedia y se aprovecha de tus debilidades...







...pero para combatirlo siempre estarán las farmaceúticas: "Merche, ¿qué dijo la de la farmacia de Grandas de Salime?, hasta 4 o a lo sumo 5 cápsulas de 400 miligramos en no más de 18 horas". A buen entendedor pocas palabras le bastan, Mercedes piensa en las competiciones de otoño, se ve tratando de engañar al dolor de esa forma tan arriesgada y se resigna cuando piensa que terminar el camino primitivo bien puede valer una lesión duradera, acepta ese intercambio y se toma la tercera cápsula de la mañana en tan sólo media hora.


Cuarentena y milagros




Hemos dejado atrás el núcleo urbano y partimos justo por la mitad el camino en una aldea llamada O Padron en la equidistancia física y emocional de nuestra aventura. Y el verde va llegando a nosotros conforme abandonamos las vías de asfalto al tiempo que el camino nos va invitando a pasar entre tupidas vegetaciones. Estamos en cuarentena, esperando acontecimientos mejores, queriendo recibir la bienaventuranza que nos deseó Bernardo...


...y en este impás se obra el milagro: Mercedes comienza a cambiar los pasos por zancadas, al principio lentas y cortas para luego coger un ritmo constante y plomizo, como el que agarra cuando se cae de madura en una ultra. Y en esta guisa, si el virus está dentro no importa tanto porque el paisaje ya procura los mejores anticuerpos.







 
Compañía y reencuentro


El ritmo acaba poseyendo la intención de mi mujer y la senda se estrecha poniéndose en franca subida. El paisaje de la montaña sólo puede traer cosas buenas y  nos alegra con la compañía de un grupo de peregrinos, una familia que bien podrían venir de la antigua Germania a juzgar por su aspecto; los dejamos atrás no sin antes desearles "buen camino"...





... y no mucho rato después alcanzamos la estela de una pareja de caminantes que enseguida reconocemos: son Nieves y Paco. El breve reencuentro es incluso más balsámico que aquel tercer ibuprofeno. Paco nos echa una foto que el tiempo y las nuevas tecnologías se encargaron de extraviar y que yo me esmeré en recuperar, eso sí, en su versión más borrosa, pero que muestra las sombras de trazo grueso que deja la alegría por nuestra reunión.






 
Armonía e influjos


Seguimos subiendo suavemente hasta alcanzar las ruinas del Hospital Montouto, con sus piedras, sus dólmenes, sus flores, todo mezclado y en armonía con un sinfín de tonalidades verdes...





... ese lugar nos hace olvidar por momentos cualquier pesar y ahora que rememoro aquellas sensaciones compruebo que apenas plasmamos fotos, así que imposto algunas que he encontrado en la red para ayudar a comprender el influjo que aquel paisaje tuvo en nosotros, otro ángel del camino.















Hitos y regalos


Desde ese momento toca bajar por caminos y sendas invadidos de vegetación, hito tras hito, descontando distancias mientras ganamos en bondades y nos ilusionamos con la piedra que lleva bien grabados esos 100 kilómetros, pero habrá que llegar a la tierra prometida que es Lugo para hacer ese sueño realidad...







...y cuando toca serpentear a ambos márgenes de la carretera nos topamos con Paradavella siendo sabedores de que el llano se nos acaba; tenemos ante nosotros la que dicen es la subida más empinada de todo el camino primitivo: Alto de Volta Grande y Alto da Fontaneira. Pero yo ya me enamoré de "Hospitales" camino de Berducedo, aquella ruta mágica donde las vacas, la niebla y las vistas pararon el tiempo para nosotros. En cualquier caso la senda no desmerece y por momentos toca apoyar las manos en los cuadriceps para hacer lo que más nos gusta, disfrutando de las vistas que se nos regalan a nuestra izquierda.









Dudas y vacíos


A Fontaneiras nos ve pasar a la vez que sentimos que el asfalto no casa bien con nuestros dolores. Afortunadamente mi parásito sigue allí medio callado, pero pisar los verdes bordes de la carretera, esos que amortiguan cada zancada, siempre ayuda. Y toca enfilar el tobogán en forma de camino que nos dejará en O Cádavo, allí donde espera el demonio de las dudas que te martillea la cabeza con sus enjundias. Son varias las paradas que, entre quejido y quejido, realizamos haciendo fuerte el deseo de abandonarlo todo...





...O Cádavo significa "A cada uno", pero a aquella localidad también se le conoce como Baleira, que en gallego y en portugués significa, ¡qué ironía!, "vacío". Si las juntamos tenemos: "El vacío de cada uno". Cuando llegamos al lugar del "vacío de cada uno" Mercedes claudica arrojando la simbólica toalla. Allí encontramos nuestro momento de desolación e incluso nuestros minutos de enfado, y es entonces cuando recuerdo ese viejo refrán: "con la barriga llena se piensa mejor". "Mercedes, quedan poco más de treinta y dos kilómetros para llegar a Lugo, creo que podemos conseguirlo, pero no lo decidamos ahora, vamos a comer y con el estómago lleno quizá lo veamos de otra forma".



Rendiciones y reanudaciones


Nuestra forma de caminar hacia aquel bar es la forma en la que se mueven aquellos que han rendido sus armas; nos aferramos al mero acto físico de comer como única esperanza...





...pero la fórmula secreta de la Coca Cola y el sabor especial que la cinta de lomo y el pan de pueblo tienen en aquel lugar recóndito nos hacen olvidar todos los momentos anteriores. Nos sorprendemos sin tener que decidir nada, tan sólo nos ajustamos los chalecos y reanudamos el camino sin mediar palabra.


Recuerdos y homenajes



Negociamos sin prisa pero sin pausa la subida al último puerto importante de lo que resta del camino, con el cuarto ibuprofeno en el estómago de mi mujer y sintiendo que lo peor ya ha pasado. Ocho meses después tengo grabada la visión en la que nos vemos bajando por una pista llena de pinos reforestados, nada muy especial entre tanto bello paisaje, pero supongo que permació nítido en mi memoria como chivato que muestra que "supimos continuar".


Llegamos a una pista encajonada por una larga valla de madera y la similitud del paisaje me lleva a la Doñana Trail: evoco a mi padre y al homenaje póstumo que no supe consumar y que me dejo frustrado. Entre aquel agosto lucense y el momento en que escribo estas líneas hubo un segundo noviembre, una nueva Doñana, y el logro acabó matando para siempre aquella frustración. Quizá fue en este tramo del camino donde mi subconsciente comenzó a gestar esa segunda oportunidad que afortunadamente me terminé dando.
 







Retos y bocados


La frondosa pista nos deja al girar a la izquierda en la Iglesia del Carmen, un bonito recinto con una fuente puesta allí para nuestro deleite. Tras el lógico refresco bajamos hacia Vilabade con una remozada positividad, alcanzando las tierras llanas que nos llevarán hasta Santiago.  Aquel hombre me habla al otro lado de su valla, se interesa por nuestra empresa y en un par de minutos nos dibuja su vida llena de retos y desafíos. Querríamos quedarnos allí largo rato charlando pero tenemos que seguir y nos despedimos casi sin decirnos adiós, mientras me esmero por no olvidar su nombre y sus dos apellidos confiando en las redes sociales para lograr recuperarlo "Jesús García Juanes, recuérdalo"...





...en el par de kilómetros que vienen después y que nos llevarán a Castroverde, mi cabeza sólo piensa en transpirenaicas, patinetes, y vueltas a la península sin más compañía que la soledad, la reflexión y una extraordinaria determinación; me siento diminuto y abrumado ante tanta aventura. Como dice él, "la vida se saborea mejor a grandes bocados".

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Calor y reposo


Cuesta alcanzar Castroverde y el calor oposita para ser un diablillo más en esa intensa jornada. A la salida de esa localidad encontramos una generosa fuente donde matamos la sed y disipamos las dudas. Tras esto enfilamos hacia un submundo lleno de sendas, hitos y riachuelos que nos llevarán en un incesante descuento a través de un montón de aldeas y pueblos...





...y llegamos a un cruce de caminos donde toca hacer un alto, justo donde un majestuoso cementerio nos recuerda que el hastío es al reposo lo que el descanso eterno es a la vida, así que más vale levantar el culo y continuar, que tiempo habrá de parar del todo.








Rectas y cuentas


Los interminables y rectos quince kilómetros que nos quedan esa tarde hasta llegar a Lugo se ubican, haciendo un símil, en ese amplio espacio que hay en nuestras vidas y que llamo "aburrido discurrir", ese segmento que no es ni un dulce momento ni es infeliz desdicha. Hay que saber ocupar ese tramo, preparándose para lo mejor y escapando de lo peor. Eso hacemos mientras atravesamos: Nadela, Vilar de Cas, Soutomerille, Gondar, que de alguna forma amenizan esa larga calma chicha. Ya para cuando nuestra paciencia agoniza naufragando en el mar del cansancio grabamos un vídeo a unos cinco kilómetros de nuestro destino...





...y rematamos nuestra huida hacia adelante con un sencillo gesto: "Merche, cuento hasta veinte, luego tú, luego yo de nuevo, y tú,..., así vamos avanzando; cuando lleguemos a 300 caminamos un par de minutos y vuelta a empezar". Eso hacemos, repitiendo hasta cuatro ciclos que nos hacen escapar del minutero dejándonos a las puertas de la capital lucense.
 





Peso y alegría


Cuando llegamos a Lugo estamos totalmente desechos, con un peso de más del doble del que supone nuestra masa corporal, a juzgar por lo que nos cuesta movernos, o fue eso o una anomalía física que multiplicó por dos la constante gravitatoria...





...pero nuestra alegría es más liviana, posando en aquellas milenarias murallas. Es tan dulce como la mejor de las mieles poder sentir que ¡lo conseguimos!. El hito con la marca del kilómetro 100 ya no es un sueño, está ahí a nuestro lado y, por ende, estamos a tiro de piedra de Santiago.
 


 







Romances y cenas


Las de recepción nos reciben y cuando les explicamos un poco de nuestra historia nos miran incrédulas. En la habitación cuesta hacer cosas, sólo queremos descansar, pero aun así nos duchamos en una especie de romance con el agua templada, la cual nos acaricia, hace cosquillas por donde roza...





...y nos sentimos hambrientos, así que nos recomiendan ir al Restaurante Fonsagrada, "¡Vaya, viniendo de dónde venimos no podía haberse llamado de otra forma!, así que a cámara lenta acercamos nuestros pasos en un cansino avance hasta cubrir los doscientos cincuenta metros de distancia que nos separan de una de las mejores cenas que han caído en nuestros buches.




Silencios y búsquedas


Allí estamos tumbados sobre la cama, callados, sin decir nada. El día nos ha contado tantas cosas que estamos tratando de digerir un sinfín de mensajes. Y el silencio es, si cabe, más sanador que el hielo que nos aplicamos sobre la piel que protege nuestros parásitos, los cuales no se esconden, les gusta el frío...





...y antes de apagar las luces y gozar de un merecido descanso, busco en facebook: "Jesús García Juanes, ya te he encontrado".






Sombras y luces


Así ocurrió que aquel día de agosto acabó siendo uno de los más intensos y felices de toda nuestra vida, con sus sombras bien repartidas y con sus rincones donde se parapetaban los demonios que nos embelesaban...





...pero allí estaba esa senda, sólo había que fijar la mirada al frente y seguirla, expectantes hasta dejarnos guiar por esas pequeñas luces que uno siempre se acaba encontrando y que dibujan nuestro camino.





sábado, 18 de abril de 2020

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO 3ª ETAPA BERDUCEDO-FONSAGRADA

Las vacas asesinas del camino y los terribles colchones afilados

Un indeseable boomerang regresa a mi cabeza esa mañana tras haber escapado de un extraño sueño que no soy capaz de recordar. El dolor, el cansancio y la desmoralización son los ingredientes con los que habrá que cocinar este nuevo día, tocará hacerlo tras haber sufrido el implacable ataque de los muelles afilados del colchón en nuestras, ya de por sí, machacadas vértebras.

Hago un último esfuerzo por recordar el argumento onírico que me ha estado martilleando el subconsciente, y justo oigo mugir a las vacas de la nave adyacente, lo que me da una pista de por donde deben haber ido los tiros, ¿vacas persiguiéndome por una negra senda mientras que trato de escapar cojeando del ataque?, pudiera ser...

Son casi las ocho y los de Correos no esperarán a que les bajemos la bolsa así que cuento lentamente hasta tres, me incorporo y contengo la respiración para soportar el agudo dolor que comienza a recorrer mis articulaciones. Los primeros pasos me dejan claro que no puedo andar: el tibial arde y tengo la zona totalmente inflamada. Con ese panorama Mercedes, mientras se levanta, me mira preocupada pero no le hago balance de mis daños sino que le pregunto cómo se encuentra: no necesito respuesta, ella también lleva lo suyo...

En resumen ese fue nuestro despertar aquel trece de agosto en ese cuarto viejo y austero del Albergue-Pensión Casa Marqués de Berducedo. No cabía más remedio que seguir adelante, teníamos que completar corriendo nuestra tercera jornada del Camino Primitivo entre Oviedo y Santiago.


Motas blancas en el negro más oscuro

Así que hacemos de un montón de inservibles tripas un humilde y esperanzado corazón y nos ponemos manos a la obra: recogemos la habitación, amontonamos dentro de la bolsa y sin mucho orden las prendas y cachibaches que no nos acompañarán ese día, y por último nos vestimos con una nueva muda. "Ves Merche, la ropa de ayer está totalmente seca gracias a la calefacción", y ese insignificante detalle es como haber ganado la batalla clave en una larga contienda. Aún queda un gesto importante que hacer: abro la ventana y me asomo, afuera se me muestra una preciosa mañana y puedo respirar aire puro...

En el corto trayecto hasta el bar de abajo marcho cargado con la bolsa y sufro los eternos 50 metros que hay entre la habitación de la segunda planta y la puerta de la pensión; no me consuela echar sencillos cálculos: es sólo un milavo de la distancia que tocará hacer corriendo ese martes, me temo que se harán interminables esos cuarenta y ocho kilómetros. 

Ya en el bar nos recibe uno de los dueños que allí tras la barra luce un alegre semblante; nos pregunta qué tal hemos pasado la noche y le respondemos con nuestra mejor versión de la realidad, para poder así sacar pecho y esconder nuestras miserias. Las tostadas, el café, el zumo, el croasan de chocolate, todo cae en nuestros cuerpos como gloria vendita, inundando nuestro sistema digestivo de motas blancas y pequeñas que van aclarando poco a poco todo lo negro que llevamos dentro, y con ese gesto se va alejando la oscuridad. La conversación que mantenemos con los peregrinos de la mesa de al lado también nos ayuda, porque nos devuelve parte del ego perdido en la odisea de la tarde del día anterior, y con estos elementos ya nos sentimos lo suficientemente armados para comenzar la tercera batalla de esta preciosa y dulce guerra que es el camino.

Que el inicio te robe una sonrisa

De nuevo en la habitación montamos los dos chalecos, engullimos dos ibuprofenos por barba y nos despedimos de aquella habitación, verdadera confidente de nuestras desdichas de todas esas horas. 

Antes de marchar comprobamos como la bolsa granate sigue ahí, a pesar de ser ya las nueve y, para colmo, wikiloc no puede cargar la ruta ya que no hay cobertura en aquella maravillosa aldea cuyo mayor virtud es estar tan alejada de la civilización. Así que tengo ganas de llorar, pero no sé muy bien si es de emoción o de desesperación, o quizá sea un poco de las dos.


Primer paso, punzada de dolor, segundo paso, otra punzada, pasos cortos y lentos, pero ahí estamos los dos, dispuestos a poner nuevamente nuestras almas en movimiento. Salimos del pequeño núcleo de casas y nos encontramos con un cruce donde un hito deja claro que seguimos en el buen camino, pero que no nos indica qué vía tomar. Murphy y su ley me hacen tomar la alternativa equivocada, la de la derecha, en una suerte que no será más que la continuidad de la desorientación que sufrimos el día anterior. El camino se ensancha y me crezco, así que comenzamos a corretear, al principio con un dolor difícil de soportar, pero poco a poco la anestesia va bailando su danza. En los minutos siguientes no vemos señal alguna que nos indique que lo estamos haciendo bien y es al llegar a un cruce lleno de bifurcaciones cuando el smartphone consigue dar señales de vida y mostrarnos el recorrido. "Merche, estábamos desviándonos de la ruta , hemos de regresar sobre nuestros pasos".

Ya de nuevo en el hito mentiroso tomamos la senda rocosa de la izquierda y un rato después alcanzamos a los peregrinos con los que habíamos estado charlando en la pensión: "¡Os vemos corriendo, eso es una buena señal!", "sí, pero no hemos hecho más que empezar y ya nos hemos perdido, aunque al menos estamos en marcha". En ese instante me sale una sonrisa no buscada y siento que todo va ir a mejor.

El maravilloso "valle del pincho de tortilla"

La senda se convierte en un camino más llano y puedo sentir el efecto balsámico de la química de los ibuprofenos. Cuando alcanzamos la carreterita asfaltada cogemos ritmo, y antes de llegar a la bajada hacia el valle donde se encuentra la aldea de La Mesa, Mercedes llama a sus padres. Necesitamos buscar fans devotos a nuestra causa, oir sus gritos de aliento y huir del tambaleo en el que por momentos se había convertido nuestra aventura. Las arengas de mis suegros nos ponen las pilas y sin darnos cuenta bajamos a buen ritmillo hasta la aldeita donde paramos a comprar unas gominolas y a sellar en el Albergue Miguelín.





La subida por el carreterín es dura, así que toca andar y corretear, y Merche se me queda un poco atrás; así que me hallo solo con mis pensamientos y me voy sorprendiendo por el hecho de estar disfrutando, fruto del fresquito de la mañana y del esfuerzo de subir con las manos en mis cuadriceps, ¡quién me lo iba haber dicho un par de horas antes!. Nos adentramos en una zona boscosa hasta alcanzar una especie de mirador desde el cual se ve el increible valle abrupto en el que el pantano de Granda de Salime se muestra a nuestros pies. Nos han advertido que la bajada será muy complicada, y eso nos preocupa pese a nuestro ADN montañero, sin embargo pronto comprobamos que no es para tanto, mientras bajamos por una bonita senda lo peor termina siendo tener que ver los árboles semiquemados por los efectos devastadores de un puñetero incendio. La senda se convierte en pista y seguimos zigzaguenado bajando a buen ritmo, casi siempre Mercedes por delante, hasta que alcanzamos las inmediaciones del pantano en un entorno idílico que hoy me cuesta describir en la distancia física y temporal que me separa de aquello.










También aprovechamos el hecho de cruzarnos con un par de chicas, que tienen toda la pinta de ser del Europa del Este, para pedirles que nos hagan de fotógrafas.




Alcanzamos la zona de la presa, donde el verde se espesa y es ahí donde tomo conciencia de lo que estamos consiguiendo,  la magnífica mañana, el hecho de no sentir dolor, el bonito recorrido, todo nos hace volver a la más dulce de las positividades. Tras la fotos de rigor en la impresionante mole de cemento comenzamos a subir por la carretera justo cuando nuestros estómagos empiezan a reproducir los consabidos ecos que indican que hay que reponer fuerzas, y nos viene como anillo al dedo alcanzar el Hotel Las Grandas; es allí donde nos tomamos un par de Coca Colas y el que sin duda será el mejor pincho de tortilla que jamás nos hayamos comido y que jamás nos comeremos.




Mágica recarga de química analgésica

El tramo siguiente se hace bastante duro siempre picando hacia arriba y sin dejar el curso de la carretera. Echamos en falta sendas, sendones y caminos, por lo que cuando podemos aprovechamos las cortas y coquetas senditas que discurren paralelas a la vía; eso sí, los preciosos paisajes y las increibles vistas son estímulos suficientes para hacer pequeño el inconveniente de no poder escapar del asfalto. Por fin tomamos una estrecha y frondosa senda en las inmediaciones de Grandas de Salime y siento que todo va a mejorar, sin embargo compruebo que Mercedes pierde el ritmo y se queja; es su tibial, que comenzará a ser el protagonista en las próximas horas, e incluso días de nuestra dura empresa.

En esa bonita localidad, con nombre tan evocador, buscamos desesperadamente una farmacia, y cuando la encontramos formulamos la pregunta del millón a la farmaceútica: ¿cuántos ibuprofenos pueden absorber dos personas deportistas como nosotros sin asumir riesgos mientras hacen el Camino de Santiago corriendo?", no más de 4 o a lo sumo 5 de 400 milígramos siempre y cuando sea en no menos de 18 horas". Ya tenemos el campo abonado de flores, así que Merche se administra la tercera pastillita de la mañana y yo decido no medicarme más hasta nueva orden.


Dejamos atrás la enésima bella villa asturiana y acabamos picándonos con un peregrino que está haciendo el camino subido a su bicicleta con alforjas; la competición no dura más de veinte minutos porque Merche termina desistiendo, debido a su cansancio, al dolor y la necesidad de repostar. Debe ser mediodía así que paramos en una tiendecita sita en Cereijeira; la señora dueña del local nos sella y también nos administra una hogaza de pan de pueblo pueblo que rellenamos con unas ricas lonchas de jamón. Nos lo gozamos sentados a la sombra del establecimiento y tras esto completamos el menú con un cono de nata que compartimos mientras reanudamos la marcha.

Hemos cogido fuerzas pero también nos hemos enfriado y nos cuesta alcanzar a una pareja que va marchando rápido; por un momento me temo que iremos andando con ellos un largo rato, pero Merche saca su vena ultrafondista y nos ponemos a correr nuevamente mientras atravesamos un largo, recto y verde camino arbolado que estará lleno de cosas bonitas que ver.

Castro es un conjunto histórico donde también tienen un estupendo albergue, un lugar idílico perdido en el tiempo; apetece quedarse allí, pero andamos nerviosos por cambiar de comunidad y sentir que tenemos medio Camino Primitivo ventilado, así que regresamos al camino arbolado hasta que un largo rato después alcanzamos la carretera.



En medio del verde desierto y hacia la frontera

El tramo por el asfalto es un suplicio psicológico aderezado por el sol. En los seis días que duró nuestro camino, este fue el único tramo en el que sentimos los efectos desmoralizadores del calor. Sólo fueron tres kilómetros pero suficientes para que la sensación de sed y las dudas nos hiciesen sentir que estábamos en un gris desierto, pese a las maravillosas vistas que estaban dispuestas para ser contempladas. 

Cuando por fin llegamos a Peñafuente, una minúscula aldea que resultará ser la última localidad asturiana que visitaremos, sentimos que hemos llegado a un oasis donde recuperaremos el aliento necesario para continuar nuestro viaje. Las aguas generosas y cristalinas de su antigua fuente de piedra, anejada a aquella preciosa iglesia, quedarán en nuestro recuerdo para siempre. Cuando partimos de allí sentimos que nos estamos despidiendo de todas esas tonalidades verdes que inundan Asturias aunque somos sabedores que a su vez seremos recibidos por un territorio no menos bello y desconocido, la terra galega.



Atravesamos el bonito camino con energías renovadas mientras vemos como los molinos eólicos renuevan otro tipo de energía, la que surge del viento, de la naturaleza, y justo tras cruzar la carretera me pierdo pese a las indicaciones de wikiloc, pero terminamos encontrando la sendita en franca subida que nos llevará al punto donde ambas comunidades se abrazan. 



Cuando alcanzamos la zona más alta, una larga hilera de pinos nos da la bienvenida en la antesala a Galicia y un poco más abajo vemos a una pareja que anda agachada colocando algo en el suelo: cuando pasamos por su lado, tengo que saltar lo que parece ser una hilera de piedrecitas. Merche me dice. "¿has visto?, es donde termina Asturias y comienza la Comunidad Gallega". Nunca hubiera imaginado una frontera más original y sencilla. Un poco más abajo no podemos evitar hacernos una foto en el primer hito que lleva la distancia grabada en la piedra. En esa foto nuestra cara refleja el orgullo que portamos por estar ya a mitad de nuestro objetivo.







La competición que llevamos dentro

La pareja que andaba colocando su piedrecitas en la virtual frontera ha sentido envidia por eso de correr y la vemos aparecer a lo lejos a trote tendido, así que nos sentimos intimidados y queremos marcar nuestro territorio de la mejor manera que sabemos, huyendo, como si de una carrera se tratase. Bajamos al valle como almas que son llevadas por el mismisimo Diablo y ni siquiera cuando llegamos a una pista que transcurre paralela a la carretera nos sentimos a salvo, eso sí, hemos cogido un poco de ritmo y no podemos abandonarlo. 

Por fin hemos olvidado a nuestros perseguidores y continuamos por el valle que discurre paralelo a la vía, y a pesar de la belleza de las piedras, árboles y  arroyos, se nos hace interminable, quizá por discurrir por campo abierto y convivir también con el asfalto, las señales de tráfico y las indicaciones metálicas que nos informan de la existencia de la civilización. Suerte que de vez en cuando gozamos del fresquito de las frías aguas de alguna vieja fuente y que también comenzamos a ver a lo lejos la alta torre de cemento que se corona en el montículo donde se asienta A Fonsagrada, nuestra meta.



Y es entonces cuando el tiempo se para de forma que los últimos seis o siete kilómetros son argumento suficiente para realizar una larga e interminable película, hasta que por fin enfilamos por un caminito que se espesa por un bosque que nos lleva a nuestro destino hasta alcanzar una senda que nos subirá los 150 metros positivos que nos separan de la localidad donde ¡por fin reposaremos!. 


Cuando llegamos a lo alto y pisamos el asfalto de aquella calle tomamos conciencia de que lo hemos logrado, algo casi impensable cuando despertamos en aquel cuarto horas antes aquella mañana. Nos relajamos y andamos tranquilamente, ya no hay que corretear, hasta que llegamos al Albergue Hostal Cantábrico donde nos esperará una dulce sorpresa.



En el paraiso

Cuando llegamos al albergue pronto sentimos lo más parecido a lo que debe ser la felicidad más absoluta: Bernardo nos da la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja; justo a su lado podemos ver nuestra bolsa granate, Correos cumplió; le explicamos nuestro periplo y lo queda aún por recorrer, pero él nos habla sin decir mucho, con hechos: subimos a la habitación y comprobamos como estamos alojados en una especie de suite de lujo, amplia, llena de luz, cómoda, bonita y con una pantalla plana que parece sacada de un cine, aunque no estemos para muchas películas. En ese momento pienso que Dios existe, Bernardo es un ángel y estamos en el paraiso, no podría tener otra explicación todo aquello.


El baño de agua calentita con sales, los masajes reparadores, el estar echados un rato en esa estupenda cama nos corroboran en la teoría de que hemos llegado al Edén. Además contamos con un bien muy preciado: tiempo, tiempo para darnos un respiro antes de ir a cenar. Así que allí tumbados reportamos lo sucedido a nuestros familiares y amigos a través de ese invento llamado whatsapp, y de paso le muestro al mundo que lo de mi pie no iba en broma.


Un par de horas después, y ya abajo, Bernado nos recomienda ir a cenar al Restaurante Cantábrico, y eso hacemos, aunque los escasos doscientos metros que nos separan de él se hacen una especie de odisea, porque los dolores lo inundan todo, pero nos movemos sin prisa y en paz. Qué contar del menú del peregrino: con ese pulpo, el salmón para Merche, la exquisita ternera para mi. Y es que tras haber estado en el pozo más negro sólo podíamos estar agradecidos por toda esa tarde-noche tan increible y gozosa. Los del restaurante nos dan una bolsa de hielo, y todo para llevar a cabo la práctica que realizaremos cada una de las noches que nos restan hasta el final del camino, la de aplicarnos el mismo en las zonas más doloridas. Ya en la habitación nos dedicamos a seguir restañando las heridas: el consabido frío y cremas en sendos tibiales, tobillos y en las rodillas. Nada hacía pensar que lo peor en cuanto a lesiones aún estaba por llegar.

Y encendimos ese maravilloso televisor de dimensiones gigantes sólo para comprobar que se veía muy bien y unos segundos después lo apagamos e hicimos lo propio con el resto de las luces de la habitación, sabedores de que nos habíamos ganado un profundo descanso teniendo por delante unas estupendas nueve horas para hacer un reseteo y poder comenzar al día siguiente la cuarta etapa que nos debería dejar en Lugo capital.





sábado, 11 de abril de 2020

SOM GUERRERS: CORRIENDO EN CAMPO ABIERTO


Prólogo
 
Hubo un tiempo en el que las piernas sacaban a nuestros cuerpos de su rutina y acompañados de nuestros pensamientos nos trasladaban para enseñarnos todo el verde disponible de la montaña, en una suerte que terminaba siendo una esquiva de grandes piedras, perfumada tierra y arroyuelos; resultó que el viejo y astuto bichito, que en su día picó a todos estos locos montañeros que somos, era más amable e inofensivo que este otro que ha traido consigo tanta ruina y desesperación.

Ahora, las mañanas las dedico a realizar una de esas actividades que llaman "esenciales" mientras que mis tardes y noches se llenan de agujeros, reflexiones, miedos y esperanzas; mi cabeza completa muchos viajes virtuales en esos ratos en los que me dedico a atravesar portales, patios, habitaciones, todo mientras salto sillas, cuento vueltas y ascendiendo a buhardillas; consigo escaparme a lugares lejanos y me proyecto como ese alma intimidadora capaz de despojar de su más recogida virginidad al paraje más receloso de ser descubierto. 

Y aquí me hallo, navegando en una interminable cuarentena de cincuenta días que parece ser sólo el principio de un gran cambio. Los recuerdos se ven lejanos, tanto que a veces son como fotos impostadas, no vividas. El descendiente del cromagnon siempre quiso llegar más lejos, dar una vuelta de tuerca más a esa rosca que está ya casi pasada, y para bien o para mal,  a fé que lo está consiguiendo.

Som guerrers

Nuestro fiel y viejo Toyota se pone apuntando a Levante y tras darle las instrucciones oportunas nos lleva a Moixent. En realidad ya se conoce el camino, tiene buena memoria porque dos inviernos atrás ya nos condujo hacia aquel valle donde los valencianos siempre reciben bien a los manchegos más viajeros. 

Inés brega para echarnos una foto en ese monumento que tanto le gusta a Mercedes, ese guerrero íbero que pobló esas tierras hace más de dos mil quinientos años y que injustamente aparece medio decapitado en la imagen. También se nos ve "borrosos", como si fuésemos fruto de algo que existió y que ya no volverá a ser, pero ese efecto es sólo el resultado de un mal encuadre.

 "Som guerrers", buen lema para sacar a la luz el valor y la inspiración con los que recorrer las escarpadas crestas y mundos que aún nos deberían estar esperando.



Recuerdos de sitios mágicos

He perdido el olor a trail de esa plaza, se ha disipado la emoción sentida bajo aquel arco inflado con el mismísimo aire de la aventura. Demasiados obstáculos me hacen sombra y no dejan ver bien un febrero tan lleno de cosas, así que metafóricamente hablando no soy más que un moribundo buscando la salida en los oscuros rincones de mi casa. Pero si me esfuerzo puedo aún ver los rostros difuminados de esos hijos adoptivos de la montaña, quisiera ser como ellos yo que crecí en la estepa manchega rodeado de vides...; el speaker va a dar la salida y Merche y un servidor nos damos un beso, es el reflejo de nuestro mutuo deseo de vivir otra dulce andanza.

El breve callejeo no deja poso alguno ya que casi sin darnos cuenta nos vemos en la senda llena de tonos verdes que nos conducirá hacia las antenas. Mis piernas arden moderamente justo al tiempo que caigo en el hecho de que mi chaleco solo porta esa mañana medio litro de isotónica, ni comida, ni sales ni cualquier otra ayuda. Ya es tarde para lamentar despistes, así que me dejo olvidar para que mi mente me traiga recuerdos: confundo las piedras, los giros, los árboles, esos que visité con Jorge en aquel sábado al anochecer, esos que rememoro de forma tan especial por ser de las pocas cosas que hemos hecho "verdaderamente juntos", esos en los que me bati el cobre unas horas después, aquella mañana de domingo de aquel otro febrero. El bonito sendón no ha cambiado, pero no hace tanto fresco en esta jornada dominical, aunque yo soy dos años más viejo.

Alcanzo las antenas preocupado por mi rendimiento, alerta para dejarme la piel y así poder concluir que no soy mucho más decadente de lo que ya lo era en 2018, aún así no quiero ser consciente de que he envejecido; pero estoy disfrutando pese a las interferencias que llegan procedentes de mi gen más competitivo, ese que porta toda nuestra especie, esa que eliminó del mapa al neandertal más humano.


Pongo encima de la mesa la mejor de mis técnicas para bajar por la senda llena de obstáculos y compruebo como el de delante se aleja de mi plano, sin embargo ya en la pista me autoarengo y consigo redoblar el ritmo para asociarme a un grupillo de compañeros. Esos diez minutos son sin lugar a dudas un bonito recuerdo, una especie de flow que es casi como si no hubiera existido.

Una voluntaria ataviada con un tutu me advierte de que la parte rocosa que nos baja hacia El Bosquet es más dura de lo que recordaba, pero me hallo fuerte para atravesarla y poder alcanzar ese bello paraje que hoy no toca más que visionar como si fuera el mismísimo Edén y que a buen seguro, cuando todo esto pasé, seguirá haciendo las delicias recreativas de las gentes de aquel lugar.

En el avituallamiento agarro un par de gajos de naranja, a pesar de que no estoy falto de fuerzas, y me enfilo hacia la subida que tanto disfruté antaño, pero hace calor y hoy no es como fue, así que en ese tramo toca sufrir, esa sensación que nos dice que estamos vivos. 

Ya estoy bajando, paso por delante de una casona en mitad del campo, hoy sé, con la ayuda de google map, que es un bonito sitio donde te dan bien de comer. Las cuatro paredes que ahora mismo me están contemplando me invitan a soñar con una jornada futura y perfecta: Jorge, Inés, Merche y el que suscribe, haciendo senderismo del bueno, mojando nuestros pies en las aguas del Bosquet y terminando en el Pitxó hambrientos e indecisos por no saber qué plato escoger.

Secuencias de alegría

Donde termina la ligera cuesta del verde camino me esperan un par de niños que chocan sus palmas como si fuese un héroe, y dejó atrás al resto de voluntarios, me veo solo, sin nadie por detrás ni nadie por delante, baliza a baliza, zancada a zancada, sabedor de que ese remanso de reflexión pronto se romperá con una buena subida que tengo bien anclada en mi memoria.

Cuando llego al avituallamiento que tienen instalado justo antes de la ascensión miro hacia atrás y veo que una chica viene pisándome los talones. No paro, tan sólo estiro el brazo para coger otro gajo de naranja y manos en los cuadriceps afronto lo que intuyo que será un largo rato de disfrute. Siento mi propia sonrisa mientras percibo en mi cogote el aliento de mi compañera, que acaba dándome caza en la parte más rocosa. Pero hemos subido tan ágilmente que nos ha dado para alcanzar a otros dos corredores, los de siempre, con los que he venido haciendo la goma toda esa bonita mañana.

El cresteo es casi de ensueño, lo sería bajo cualquier circunstancia, pero ahora me obsesiona saber que está allí solitario y oculto en tierras valencianas, donde las montañas no son grandes monstruos pero si crean afiladas sombras que te acaban intimidando y achantando en tu osadía si las infravaloras. Hoy echo mucho de menos esa cresta, hoy que está tan lejos.

Las piernas siguen atentas, pero esa chica parece una máquina bien engrasada y no hay forma de seguirle el ritmo, así que la pierdo. Un largo rato después la animosa voluntaria que lucía el tutu me vuelve a animar, en esta ocasión para ponerme las pilas al anunciarme que el precioso tramo de la cresta ha terminado.


Alcanzo al compañero al que llevaba persiguiendo un rato  y compartimos buenos minutos hasta que en la calurosa cuesta de asfalto desde donde se enfila hacia el valle, la antesala del castillo, lo dejo atrás. Justo ahí desde lo alto del collado se divisa la depresión que hay que atravesar para acometer la última subida a la fortaleza; en esos momentos pienso que no hay mejor lugar en el mundo donde quisiera estar, también pienso en paellas, en caños de agua fresca, en fuertes tobillos y piernas cansadas.

La bajada por las escaleras que anuncia una voluntaria queda inmortalizada con las fotos que nos echan y ahora que reviso una tras otra las caras de todos mis compañeros en ese mismo tramo, compruebo que se trata de una secuencia de alegría, un claro signo de la empatía que nos une.



Ya en las calles del pueblo, mi gen de cromagnon trata de que piense en cronos, rendimientos y puestos, pero ese escaso tres porciento de cadena de ADN que legítimamente pertenece a mi extinto neandertal me hace ver algo que hoy, aquí confinado, veo multiplicado por cien: éramos afortunados y libres atravesando como un alfiler la más recelosa y preciosa naturaleza. 



Como en casa y no confinados

Me encuentro fuerte, la desbordada sed que me suele asaltar no aparece, no he tomado ni sales, ni geles, apenas cuatro gajos de la más dulce naranja valenciana y un poco de la isotónica que porto, pero me siento bien, ahora que me estoy viendo allí, en aquella plaza llena de gente que luce satisfecha como yo, diría que soy feliz. 

La espera es más larga de lo previsto, Mercedes no llega, de modo que cuando por fin lo hace el alivio es también mayor del que hubiera cabido imaginar.







Y allí estamos los dos, radiantes, no habrá podium esa mañana, pero no hemos de olvidar que el ego siempre tiene hambre, está mal acostumbrado a nuestro alimento; a cambio de ese ayuno obtenemos un sentimiento: estamos haciendo lo que más nos gusta, para hablar con propiedad tendría que utilizar el pretérito, "estábamos haciendo lo que más nos gustaba". 

Hay que esperar a que salga la segunda paella, la primera ya se la ventilaron los más rápidos y ¡vaya si merece la pena aguardar!, pocos ingredientes, mucha sabiduría, un poco de cariño y ya está: ¡paella valenciana!; el solecito pica más de la cuenta dada la época del año en la que nos encontramos, pero se agradece, y llega el momento de pensar en regresar al hogar, aunque en el fondo sintamos que allí, a doscientos y pico kilómetros estamos como en casa.


 









Agradecimientos

Si habíamos repetido fue por algo. Hoy siento que tengo el profundo deseo de volver, de regresar a aquella placita, al Bosquet, agarrar aquellas cuerdas, oler bien aquellos pinos. Gracias por carrera tan bien organizada y hecha con tanto esmero. Ahora que ya no tenemos esos privilegios se añoran más vivencias como las que nos ayudasteis a disfrutar.