RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

sábado, 18 de abril de 2020

CUADERNO DE BITÁCORA: CAMINO PRIMITIVO 3ª ETAPA BERDUCEDO-FONSAGRADA

Las vacas asesinas del camino y los terribles colchones afilados

Un indeseable boomerang regresa a mi cabeza esa mañana tras haber escapado de un extraño sueño que no soy capaz de recordar. El dolor, el cansancio y la desmoralización son los ingredientes con los que habrá que cocinar este nuevo día, tocará hacerlo tras haber sufrido el implacable ataque de los muelles afilados del colchón en nuestras, ya de por sí, machacadas vértebras.

Hago un último esfuerzo por recordar el argumento onírico que me ha estado martilleando el subconsciente, y justo oigo mugir a las vacas de la nave adyacente, lo que me da una pista de por donde deben haber ido los tiros, ¿vacas persiguiéndome por una negra senda mientras que trato de escapar cojeando del ataque?, pudiera ser...

Son casi las ocho y los de Correos no esperarán a que les bajemos la bolsa así que cuento lentamente hasta tres, me incorporo y contengo la respiración para soportar el agudo dolor que comienza a recorrer mis articulaciones. Los primeros pasos me dejan claro que no puedo andar: el tibial arde y tengo la zona totalmente inflamada. Con ese panorama Mercedes, mientras se levanta, me mira preocupada pero no le hago balance de mis daños sino que le pregunto cómo se encuentra: no necesito respuesta, ella también lleva lo suyo...

En resumen ese fue nuestro despertar aquel trece de agosto en ese cuarto viejo y austero del Albergue-Pensión Casa Marqués de Berducedo. No cabía más remedio que seguir adelante, teníamos que completar corriendo nuestra tercera jornada del Camino Primitivo entre Oviedo y Santiago.


Motas blancas en el negro más oscuro

Así que hacemos de un montón de inservibles tripas un humilde y esperanzado corazón y nos ponemos manos a la obra: recogemos la habitación, amontonamos dentro de la bolsa y sin mucho orden las prendas y cachibaches que no nos acompañarán ese día, y por último nos vestimos con una nueva muda. "Ves Merche, la ropa de ayer está totalmente seca gracias a la calefacción", y ese insignificante detalle es como haber ganado la batalla clave en una larga contienda. Aún queda un gesto importante que hacer: abro la ventana y me asomo, afuera se me muestra una preciosa mañana y puedo respirar aire puro...

En el corto trayecto hasta el bar de abajo marcho cargado con la bolsa y sufro los eternos 50 metros que hay entre la habitación de la segunda planta y la puerta de la pensión; no me consuela echar sencillos cálculos: es sólo un milavo de la distancia que tocará hacer corriendo ese martes, me temo que se harán interminables esos cuarenta y ocho kilómetros. 

Ya en el bar nos recibe uno de los dueños que allí tras la barra luce un alegre semblante; nos pregunta qué tal hemos pasado la noche y le respondemos con nuestra mejor versión de la realidad, para poder así sacar pecho y esconder nuestras miserias. Las tostadas, el café, el zumo, el croasan de chocolate, todo cae en nuestros cuerpos como gloria vendita, inundando nuestro sistema digestivo de motas blancas y pequeñas que van aclarando poco a poco todo lo negro que llevamos dentro, y con ese gesto se va alejando la oscuridad. La conversación que mantenemos con los peregrinos de la mesa de al lado también nos ayuda, porque nos devuelve parte del ego perdido en la odisea de la tarde del día anterior, y con estos elementos ya nos sentimos lo suficientemente armados para comenzar la tercera batalla de esta preciosa y dulce guerra que es el camino.

Que el inicio te robe una sonrisa

De nuevo en la habitación montamos los dos chalecos, engullimos dos ibuprofenos por barba y nos despedimos de aquella habitación, verdadera confidente de nuestras desdichas de todas esas horas. 

Antes de marchar comprobamos como la bolsa granate sigue ahí, a pesar de ser ya las nueve y, para colmo, wikiloc no puede cargar la ruta ya que no hay cobertura en aquella maravillosa aldea cuyo mayor virtud es estar tan alejada de la civilización. Así que tengo ganas de llorar, pero no sé muy bien si es de emoción o de desesperación, o quizá sea un poco de las dos.


Primer paso, punzada de dolor, segundo paso, otra punzada, pasos cortos y lentos, pero ahí estamos los dos, dispuestos a poner nuevamente nuestras almas en movimiento. Salimos del pequeño núcleo de casas y nos encontramos con un cruce donde un hito deja claro que seguimos en el buen camino, pero que no nos indica qué vía tomar. Murphy y su ley me hacen tomar la alternativa equivocada, la de la derecha, en una suerte que no será más que la continuidad de la desorientación que sufrimos el día anterior. El camino se ensancha y me crezco, así que comenzamos a corretear, al principio con un dolor difícil de soportar, pero poco a poco la anestesia va bailando su danza. En los minutos siguientes no vemos señal alguna que nos indique que lo estamos haciendo bien y es al llegar a un cruce lleno de bifurcaciones cuando el smartphone consigue dar señales de vida y mostrarnos el recorrido. "Merche, estábamos desviándonos de la ruta , hemos de regresar sobre nuestros pasos".

Ya de nuevo en el hito mentiroso tomamos la senda rocosa de la izquierda y un rato después alcanzamos a los peregrinos con los que habíamos estado charlando en la pensión: "¡Os vemos corriendo, eso es una buena señal!", "sí, pero no hemos hecho más que empezar y ya nos hemos perdido, aunque al menos estamos en marcha". En ese instante me sale una sonrisa no buscada y siento que todo va ir a mejor.

El maravilloso "valle del pincho de tortilla"

La senda se convierte en un camino más llano y puedo sentir el efecto balsámico de la química de los ibuprofenos. Cuando alcanzamos la carreterita asfaltada cogemos ritmo, y antes de llegar a la bajada hacia el valle donde se encuentra la aldea de La Mesa, Mercedes llama a sus padres. Necesitamos buscar fans devotos a nuestra causa, oir sus gritos de aliento y huir del tambaleo en el que por momentos se había convertido nuestra aventura. Las arengas de mis suegros nos ponen las pilas y sin darnos cuenta bajamos a buen ritmillo hasta la aldeita donde paramos a comprar unas gominolas y a sellar en el Albergue Miguelín.





La subida por el carreterín es dura, así que toca andar y corretear, y Merche se me queda un poco atrás; así que me hallo solo con mis pensamientos y me voy sorprendiendo por el hecho de estar disfrutando, fruto del fresquito de la mañana y del esfuerzo de subir con las manos en mis cuadriceps, ¡quién me lo iba haber dicho un par de horas antes!. Nos adentramos en una zona boscosa hasta alcanzar una especie de mirador desde el cual se ve el increible valle abrupto en el que el pantano de Granda de Salime se muestra a nuestros pies. Nos han advertido que la bajada será muy complicada, y eso nos preocupa pese a nuestro ADN montañero, sin embargo pronto comprobamos que no es para tanto, mientras bajamos por una bonita senda lo peor termina siendo tener que ver los árboles semiquemados por los efectos devastadores de un puñetero incendio. La senda se convierte en pista y seguimos zigzaguenado bajando a buen ritmo, casi siempre Mercedes por delante, hasta que alcanzamos las inmediaciones del pantano en un entorno idílico que hoy me cuesta describir en la distancia física y temporal que me separa de aquello.










También aprovechamos el hecho de cruzarnos con un par de chicas, que tienen toda la pinta de ser del Europa del Este, para pedirles que nos hagan de fotógrafas.




Alcanzamos la zona de la presa, donde el verde se espesa y es ahí donde tomo conciencia de lo que estamos consiguiendo,  la magnífica mañana, el hecho de no sentir dolor, el bonito recorrido, todo nos hace volver a la más dulce de las positividades. Tras la fotos de rigor en la impresionante mole de cemento comenzamos a subir por la carretera justo cuando nuestros estómagos empiezan a reproducir los consabidos ecos que indican que hay que reponer fuerzas, y nos viene como anillo al dedo alcanzar el Hotel Las Grandas; es allí donde nos tomamos un par de Coca Colas y el que sin duda será el mejor pincho de tortilla que jamás nos hayamos comido y que jamás nos comeremos.




Mágica recarga de química analgésica

El tramo siguiente se hace bastante duro siempre picando hacia arriba y sin dejar el curso de la carretera. Echamos en falta sendas, sendones y caminos, por lo que cuando podemos aprovechamos las cortas y coquetas senditas que discurren paralelas a la vía; eso sí, los preciosos paisajes y las increibles vistas son estímulos suficientes para hacer pequeño el inconveniente de no poder escapar del asfalto. Por fin tomamos una estrecha y frondosa senda en las inmediaciones de Grandas de Salime y siento que todo va a mejorar, sin embargo compruebo que Mercedes pierde el ritmo y se queja; es su tibial, que comenzará a ser el protagonista en las próximas horas, e incluso días de nuestra dura empresa.

En esa bonita localidad, con nombre tan evocador, buscamos desesperadamente una farmacia, y cuando la encontramos formulamos la pregunta del millón a la farmaceútica: ¿cuántos ibuprofenos pueden absorber dos personas deportistas como nosotros sin asumir riesgos mientras hacen el Camino de Santiago corriendo?", no más de 4 o a lo sumo 5 de 400 milígramos siempre y cuando sea en no menos de 18 horas". Ya tenemos el campo abonado de flores, así que Merche se administra la tercera pastillita de la mañana y yo decido no medicarme más hasta nueva orden.


Dejamos atrás la enésima bella villa asturiana y acabamos picándonos con un peregrino que está haciendo el camino subido a su bicicleta con alforjas; la competición no dura más de veinte minutos porque Merche termina desistiendo, debido a su cansancio, al dolor y la necesidad de repostar. Debe ser mediodía así que paramos en una tiendecita sita en Cereijeira; la señora dueña del local nos sella y también nos administra una hogaza de pan de pueblo pueblo que rellenamos con unas ricas lonchas de jamón. Nos lo gozamos sentados a la sombra del establecimiento y tras esto completamos el menú con un cono de nata que compartimos mientras reanudamos la marcha.

Hemos cogido fuerzas pero también nos hemos enfriado y nos cuesta alcanzar a una pareja que va marchando rápido; por un momento me temo que iremos andando con ellos un largo rato, pero Merche saca su vena ultrafondista y nos ponemos a correr nuevamente mientras atravesamos un largo, recto y verde camino arbolado que estará lleno de cosas bonitas que ver.

Castro es un conjunto histórico donde también tienen un estupendo albergue, un lugar idílico perdido en el tiempo; apetece quedarse allí, pero andamos nerviosos por cambiar de comunidad y sentir que tenemos medio Camino Primitivo ventilado, así que regresamos al camino arbolado hasta que un largo rato después alcanzamos la carretera.



En medio del verde desierto y hacia la frontera

El tramo por el asfalto es un suplicio psicológico aderezado por el sol. En los seis días que duró nuestro camino, este fue el único tramo en el que sentimos los efectos desmoralizadores del calor. Sólo fueron tres kilómetros pero suficientes para que la sensación de sed y las dudas nos hiciesen sentir que estábamos en un gris desierto, pese a las maravillosas vistas que estaban dispuestas para ser contempladas. 

Cuando por fin llegamos a Peñafuente, una minúscula aldea que resultará ser la última localidad asturiana que visitaremos, sentimos que hemos llegado a un oasis donde recuperaremos el aliento necesario para continuar nuestro viaje. Las aguas generosas y cristalinas de su antigua fuente de piedra, anejada a aquella preciosa iglesia, quedarán en nuestro recuerdo para siempre. Cuando partimos de allí sentimos que nos estamos despidiendo de todas esas tonalidades verdes que inundan Asturias aunque somos sabedores que a su vez seremos recibidos por un territorio no menos bello y desconocido, la terra galega.



Atravesamos el bonito camino con energías renovadas mientras vemos como los molinos eólicos renuevan otro tipo de energía, la que surge del viento, de la naturaleza, y justo tras cruzar la carretera me pierdo pese a las indicaciones de wikiloc, pero terminamos encontrando la sendita en franca subida que nos llevará al punto donde ambas comunidades se abrazan. 



Cuando alcanzamos la zona más alta, una larga hilera de pinos nos da la bienvenida en la antesala a Galicia y un poco más abajo vemos a una pareja que anda agachada colocando algo en el suelo: cuando pasamos por su lado, tengo que saltar lo que parece ser una hilera de piedrecitas. Merche me dice. "¿has visto?, es donde termina Asturias y comienza la Comunidad Gallega". Nunca hubiera imaginado una frontera más original y sencilla. Un poco más abajo no podemos evitar hacernos una foto en el primer hito que lleva la distancia grabada en la piedra. En esa foto nuestra cara refleja el orgullo que portamos por estar ya a mitad de nuestro objetivo.







La competición que llevamos dentro

La pareja que andaba colocando su piedrecitas en la virtual frontera ha sentido envidia por eso de correr y la vemos aparecer a lo lejos a trote tendido, así que nos sentimos intimidados y queremos marcar nuestro territorio de la mejor manera que sabemos, huyendo, como si de una carrera se tratase. Bajamos al valle como almas que son llevadas por el mismisimo Diablo y ni siquiera cuando llegamos a una pista que transcurre paralela a la carretera nos sentimos a salvo, eso sí, hemos cogido un poco de ritmo y no podemos abandonarlo. 

Por fin hemos olvidado a nuestros perseguidores y continuamos por el valle que discurre paralelo a la vía, y a pesar de la belleza de las piedras, árboles y  arroyos, se nos hace interminable, quizá por discurrir por campo abierto y convivir también con el asfalto, las señales de tráfico y las indicaciones metálicas que nos informan de la existencia de la civilización. Suerte que de vez en cuando gozamos del fresquito de las frías aguas de alguna vieja fuente y que también comenzamos a ver a lo lejos la alta torre de cemento que se corona en el montículo donde se asienta A Fonsagrada, nuestra meta.



Y es entonces cuando el tiempo se para de forma que los últimos seis o siete kilómetros son argumento suficiente para realizar una larga e interminable película, hasta que por fin enfilamos por un caminito que se espesa por un bosque que nos lleva a nuestro destino hasta alcanzar una senda que nos subirá los 150 metros positivos que nos separan de la localidad donde ¡por fin reposaremos!. 


Cuando llegamos a lo alto y pisamos el asfalto de aquella calle tomamos conciencia de que lo hemos logrado, algo casi impensable cuando despertamos en aquel cuarto horas antes aquella mañana. Nos relajamos y andamos tranquilamente, ya no hay que corretear, hasta que llegamos al Albergue Hostal Cantábrico donde nos esperará una dulce sorpresa.



En el paraiso

Cuando llegamos al albergue pronto sentimos lo más parecido a lo que debe ser la felicidad más absoluta: Bernardo nos da la bienvenida con una sonrisa de oreja a oreja; justo a su lado podemos ver nuestra bolsa granate, Correos cumplió; le explicamos nuestro periplo y lo queda aún por recorrer, pero él nos habla sin decir mucho, con hechos: subimos a la habitación y comprobamos como estamos alojados en una especie de suite de lujo, amplia, llena de luz, cómoda, bonita y con una pantalla plana que parece sacada de un cine, aunque no estemos para muchas películas. En ese momento pienso que Dios existe, Bernardo es un ángel y estamos en el paraiso, no podría tener otra explicación todo aquello.


El baño de agua calentita con sales, los masajes reparadores, el estar echados un rato en esa estupenda cama nos corroboran en la teoría de que hemos llegado al Edén. Además contamos con un bien muy preciado: tiempo, tiempo para darnos un respiro antes de ir a cenar. Así que allí tumbados reportamos lo sucedido a nuestros familiares y amigos a través de ese invento llamado whatsapp, y de paso le muestro al mundo que lo de mi pie no iba en broma.


Un par de horas después, y ya abajo, Bernado nos recomienda ir a cenar al Restaurante Cantábrico, y eso hacemos, aunque los escasos doscientos metros que nos separan de él se hacen una especie de odisea, porque los dolores lo inundan todo, pero nos movemos sin prisa y en paz. Qué contar del menú del peregrino: con ese pulpo, el salmón para Merche, la exquisita ternera para mi. Y es que tras haber estado en el pozo más negro sólo podíamos estar agradecidos por toda esa tarde-noche tan increible y gozosa. Los del restaurante nos dan una bolsa de hielo, y todo para llevar a cabo la práctica que realizaremos cada una de las noches que nos restan hasta el final del camino, la de aplicarnos el mismo en las zonas más doloridas. Ya en la habitación nos dedicamos a seguir restañando las heridas: el consabido frío y cremas en sendos tibiales, tobillos y en las rodillas. Nada hacía pensar que lo peor en cuanto a lesiones aún estaba por llegar.

Y encendimos ese maravilloso televisor de dimensiones gigantes sólo para comprobar que se veía muy bien y unos segundos después lo apagamos e hicimos lo propio con el resto de las luces de la habitación, sabedores de que nos habíamos ganado un profundo descanso teniendo por delante unas estupendas nueve horas para hacer un reseteo y poder comenzar al día siguiente la cuarta etapa que nos debería dejar en Lugo capital.





sábado, 11 de abril de 2020

SOM GUERRERS: CORRIENDO EN CAMPO ABIERTO


Prólogo
 
Hubo un tiempo en el que las piernas sacaban a nuestros cuerpos de su rutina y acompañados de nuestros pensamientos nos trasladaban para enseñarnos todo el verde disponible de la montaña, en una suerte que terminaba siendo una esquiva de grandes piedras, perfumada tierra y arroyuelos; resultó que el viejo y astuto bichito, que en su día picó a todos estos locos montañeros que somos, era más amable e inofensivo que este otro que ha traido consigo tanta ruina y desesperación.

Ahora, las mañanas las dedico a realizar una de esas actividades que llaman "esenciales" mientras que mis tardes y noches se llenan de agujeros, reflexiones, miedos y esperanzas; mi cabeza completa muchos viajes virtuales en esos ratos en los que me dedico a atravesar portales, patios, habitaciones, todo mientras salto sillas, cuento vueltas y ascendiendo a buhardillas; consigo escaparme a lugares lejanos y me proyecto como ese alma intimidadora capaz de despojar de su más recogida virginidad al paraje más receloso de ser descubierto. 

Y aquí me hallo, navegando en una interminable cuarentena de cincuenta días que parece ser sólo el principio de un gran cambio. Los recuerdos se ven lejanos, tanto que a veces son como fotos impostadas, no vividas. El descendiente del cromagnon siempre quiso llegar más lejos, dar una vuelta de tuerca más a esa rosca que está ya casi pasada, y para bien o para mal,  a fé que lo está consiguiendo.

Som guerrers

Nuestro fiel y viejo Toyota se pone apuntando a Levante y tras darle las instrucciones oportunas nos lleva a Moixent. En realidad ya se conoce el camino, tiene buena memoria porque dos inviernos atrás ya nos condujo hacia aquel valle donde los valencianos siempre reciben bien a los manchegos más viajeros. 

Inés brega para echarnos una foto en ese monumento que tanto le gusta a Mercedes, ese guerrero íbero que pobló esas tierras hace más de dos mil quinientos años y que injustamente aparece medio decapitado en la imagen. También se nos ve "borrosos", como si fuésemos fruto de algo que existió y que ya no volverá a ser, pero ese efecto es sólo el resultado de un mal encuadre.

 "Som guerrers", buen lema para sacar a la luz el valor y la inspiración con los que recorrer las escarpadas crestas y mundos que aún nos deberían estar esperando.



Recuerdos de sitios mágicos

He perdido el olor a trail de esa plaza, se ha disipado la emoción sentida bajo aquel arco inflado con el mismísimo aire de la aventura. Demasiados obstáculos me hacen sombra y no dejan ver bien un febrero tan lleno de cosas, así que metafóricamente hablando no soy más que un moribundo buscando la salida en los oscuros rincones de mi casa. Pero si me esfuerzo puedo aún ver los rostros difuminados de esos hijos adoptivos de la montaña, quisiera ser como ellos yo que crecí en la estepa manchega rodeado de vides...; el speaker va a dar la salida y Merche y un servidor nos damos un beso, es el reflejo de nuestro mutuo deseo de vivir otra dulce andanza.

El breve callejeo no deja poso alguno ya que casi sin darnos cuenta nos vemos en la senda llena de tonos verdes que nos conducirá hacia las antenas. Mis piernas arden moderamente justo al tiempo que caigo en el hecho de que mi chaleco solo porta esa mañana medio litro de isotónica, ni comida, ni sales ni cualquier otra ayuda. Ya es tarde para lamentar despistes, así que me dejo olvidar para que mi mente me traiga recuerdos: confundo las piedras, los giros, los árboles, esos que visité con Jorge en aquel sábado al anochecer, esos que rememoro de forma tan especial por ser de las pocas cosas que hemos hecho "verdaderamente juntos", esos en los que me bati el cobre unas horas después, aquella mañana de domingo de aquel otro febrero. El bonito sendón no ha cambiado, pero no hace tanto fresco en esta jornada dominical, aunque yo soy dos años más viejo.

Alcanzo las antenas preocupado por mi rendimiento, alerta para dejarme la piel y así poder concluir que no soy mucho más decadente de lo que ya lo era en 2018, aún así no quiero ser consciente de que he envejecido; pero estoy disfrutando pese a las interferencias que llegan procedentes de mi gen más competitivo, ese que porta toda nuestra especie, esa que eliminó del mapa al neandertal más humano.


Pongo encima de la mesa la mejor de mis técnicas para bajar por la senda llena de obstáculos y compruebo como el de delante se aleja de mi plano, sin embargo ya en la pista me autoarengo y consigo redoblar el ritmo para asociarme a un grupillo de compañeros. Esos diez minutos son sin lugar a dudas un bonito recuerdo, una especie de flow que es casi como si no hubiera existido.

Una voluntaria ataviada con un tutu me advierte de que la parte rocosa que nos baja hacia El Bosquet es más dura de lo que recordaba, pero me hallo fuerte para atravesarla y poder alcanzar ese bello paraje que hoy no toca más que visionar como si fuera el mismísimo Edén y que a buen seguro, cuando todo esto pasé, seguirá haciendo las delicias recreativas de las gentes de aquel lugar.

En el avituallamiento agarro un par de gajos de naranja, a pesar de que no estoy falto de fuerzas, y me enfilo hacia la subida que tanto disfruté antaño, pero hace calor y hoy no es como fue, así que en ese tramo toca sufrir, esa sensación que nos dice que estamos vivos. 

Ya estoy bajando, paso por delante de una casona en mitad del campo, hoy sé, con la ayuda de google map, que es un bonito sitio donde te dan bien de comer. Las cuatro paredes que ahora mismo me están contemplando me invitan a soñar con una jornada futura y perfecta: Jorge, Inés, Merche y el que suscribe, haciendo senderismo del bueno, mojando nuestros pies en las aguas del Bosquet y terminando en el Pitxó hambrientos e indecisos por no saber qué plato escoger.

Secuencias de alegría

Donde termina la ligera cuesta del verde camino me esperan un par de niños que chocan sus palmas como si fuese un héroe, y dejó atrás al resto de voluntarios, me veo solo, sin nadie por detrás ni nadie por delante, baliza a baliza, zancada a zancada, sabedor de que ese remanso de reflexión pronto se romperá con una buena subida que tengo bien anclada en mi memoria.

Cuando llego al avituallamiento que tienen instalado justo antes de la ascensión miro hacia atrás y veo que una chica viene pisándome los talones. No paro, tan sólo estiro el brazo para coger otro gajo de naranja y manos en los cuadriceps afronto lo que intuyo que será un largo rato de disfrute. Siento mi propia sonrisa mientras percibo en mi cogote el aliento de mi compañera, que acaba dándome caza en la parte más rocosa. Pero hemos subido tan ágilmente que nos ha dado para alcanzar a otros dos corredores, los de siempre, con los que he venido haciendo la goma toda esa bonita mañana.

El cresteo es casi de ensueño, lo sería bajo cualquier circunstancia, pero ahora me obsesiona saber que está allí solitario y oculto en tierras valencianas, donde las montañas no son grandes monstruos pero si crean afiladas sombras que te acaban intimidando y achantando en tu osadía si las infravaloras. Hoy echo mucho de menos esa cresta, hoy que está tan lejos.

Las piernas siguen atentas, pero esa chica parece una máquina bien engrasada y no hay forma de seguirle el ritmo, así que la pierdo. Un largo rato después la animosa voluntaria que lucía el tutu me vuelve a animar, en esta ocasión para ponerme las pilas al anunciarme que el precioso tramo de la cresta ha terminado.


Alcanzo al compañero al que llevaba persiguiendo un rato  y compartimos buenos minutos hasta que en la calurosa cuesta de asfalto desde donde se enfila hacia el valle, la antesala del castillo, lo dejo atrás. Justo ahí desde lo alto del collado se divisa la depresión que hay que atravesar para acometer la última subida a la fortaleza; en esos momentos pienso que no hay mejor lugar en el mundo donde quisiera estar, también pienso en paellas, en caños de agua fresca, en fuertes tobillos y piernas cansadas.

La bajada por las escaleras que anuncia una voluntaria queda inmortalizada con las fotos que nos echan y ahora que reviso una tras otra las caras de todos mis compañeros en ese mismo tramo, compruebo que se trata de una secuencia de alegría, un claro signo de la empatía que nos une.



Ya en las calles del pueblo, mi gen de cromagnon trata de que piense en cronos, rendimientos y puestos, pero ese escaso tres porciento de cadena de ADN que legítimamente pertenece a mi extinto neandertal me hace ver algo que hoy, aquí confinado, veo multiplicado por cien: éramos afortunados y libres atravesando como un alfiler la más recelosa y preciosa naturaleza. 



Como en casa y no confinados

Me encuentro fuerte, la desbordada sed que me suele asaltar no aparece, no he tomado ni sales, ni geles, apenas cuatro gajos de la más dulce naranja valenciana y un poco de la isotónica que porto, pero me siento bien, ahora que me estoy viendo allí, en aquella plaza llena de gente que luce satisfecha como yo, diría que soy feliz. 

La espera es más larga de lo previsto, Mercedes no llega, de modo que cuando por fin lo hace el alivio es también mayor del que hubiera cabido imaginar.







Y allí estamos los dos, radiantes, no habrá podium esa mañana, pero no hemos de olvidar que el ego siempre tiene hambre, está mal acostumbrado a nuestro alimento; a cambio de ese ayuno obtenemos un sentimiento: estamos haciendo lo que más nos gusta, para hablar con propiedad tendría que utilizar el pretérito, "estábamos haciendo lo que más nos gustaba". 

Hay que esperar a que salga la segunda paella, la primera ya se la ventilaron los más rápidos y ¡vaya si merece la pena aguardar!, pocos ingredientes, mucha sabiduría, un poco de cariño y ya está: ¡paella valenciana!; el solecito pica más de la cuenta dada la época del año en la que nos encontramos, pero se agradece, y llega el momento de pensar en regresar al hogar, aunque en el fondo sintamos que allí, a doscientos y pico kilómetros estamos como en casa.


 









Agradecimientos

Si habíamos repetido fue por algo. Hoy siento que tengo el profundo deseo de volver, de regresar a aquella placita, al Bosquet, agarrar aquellas cuerdas, oler bien aquellos pinos. Gracias por carrera tan bien organizada y hecha con tanto esmero. Ahora que ya no tenemos esos privilegios se añoran más vivencias como las que nos ayudasteis a disfrutar.


domingo, 22 de marzo de 2020

TIEMPOS EXTRAÑOS PARA EL DESCENDIENTE DEL CROMAGNON








Tiempos raros los que juegan con nosotros, como si una brisa de finas agujas nos abofeteara la cara y nos obligara a guarecernos en casa abandonando el día a día tal y como lo conocemos. Cuando el hombre primitivo dejó atrás tierras africanas en busca de nuevas experiencias estaba haciendo aquello para lo cual fue programado genéticamente: moverse y cambiar. Así llegó al continente europeo donde vivía una especie distinta, con otra esencia....El hombre neandertal era rudo, familiar y previsible, y no pudo evitar mezclarse con esa otra clase de ser tan distinto y fascinante, iniciándose con ello, posiblemente, la cuenta atrás de su extinción. 

Lo que ocurrió después lo sabemos todos sin necesidad de ojear mucho los libros de historia: el hombre conquistó la tierra, los animales, los bosques, y los hizo suyos gracias a ese poder tan mágico como peligroso que es su inteligencia, y sólo necesitó unos pocos miles de años para convertir el planeta en esto que es hoy. A veces, cuando voy corriendo pienso que un pequeño porcentaje de mi es neandertal, dicen que de media un 2,5%, y no rehuso a esos que también fueron mis ascentros. Me activa creer que ellos recorrian largas distancias para poder cazar, eran ultrafondistas de necesidad, aunque hoy mover tu cuerpo a través de tu propio esfuerzo durante horas sea casi de tontos, en esta sociedad llena de acero, realidad virtual, ondas e influencers.

Sí, son tiempos extraños estos que nos tocan vivir; el descendiente del cromagnon, ese que se rozó con el neardental, ese que domina el planeta, se ve amenazado por un organismo simple pero que inspira el mayor de los miedos, hasta el punto de obligarnos a replantear nuestras costumbres y a reflexionar para tratar de descubrir qué somos y qué hacemos aquí. La parte sapien del homo nos lleva a ser capaces de lo peor, pero también posibilita crear maravillas y convertir la locura en magia, en una graciosa dicotomía que se enreda entre el amor y el odio, entre lo bueno y lo malo y que no deja a nada ni a nadie indiferente.

Aún estaré a tiempo, en los años que me quedan por vivir, a volver a atravesar preciosas sendas, subir escarpados montes y disfrutar de esta naturaleza que nos mira de reojo y a la que definitivamente deberíamos aprender a amar y a respetar. 


martes, 10 de marzo de 2020

LA CRÓNICA DE LA QUIJOTE TRAIL: DESCARGAS DE REALIDAD

Enero pasó ante nosotros con un claro propósito de enmienda en la frente, y lo tuvimos que hacer medianamente bien porque poco a poco, con bastante timidez, fuimos comprobando como aparecían brotes verdes que indicaban señales de mejora montañera. Y es que Mercedes y un servidor nos habíamos empecinado en hallar el dorado de todo runner: "coger ritmo", sufrimos durante las semanas previas con entrenos nocturnos exigentes en los que la pauta principal fue eso: agarrar la cadencia hasta que esta se hiciera agradable. Y en los fines de semana aprovechábamos muy bien el tiempo con buenas salidas, como por ejemplo la que disfrutamos en Cazorla con Miguel Angel y Manolo. 

Paralelamente el dedo índice de Merche se puso nervioso y comenzamos a inscribirnos en un montón de pruebas: el Trail de Moixent, la Quijote Trail de Puertollano (la que me ocupa en esta entrada), la Extreme Filabres, La Magina Trail, Bosques del Sur, la I Copa Trail de Albacete, de forma que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos con la agenda de primavera totalmente repleta de eventos.

El caso es que me comencé a encontrarme tan bien que creí que todo el monte iba a ser orégano, soñando que me estaba llegando uno de esos amados picos de forma que se producen tan allá para cuando. ¡el tonto y sus deseos!....

No me digas a dónde quieres llegar si te vas a olvidar de recorrer el camino primero

Aquel neblino domingo ocultaba bajo tanta nube un día de imponente sol.  Llegamos al Colegio Salesianos, el punto de partida de la carrera, y los nervios afloran ante la primera competición del año; ambos tenemos que visitar el aseo ante unos intestinos más quejicosos que de costumbre.

Por fin aparecen Miguel Angel y Manolo, que de demorarse unos minutos más se hubieran quedado sin evento. Ya en el corralito mucha gente conocida, pero compruebo que no somos muchos los locos a los que se les ha ocurrido la osadía de la prueba larga, es la corta la que ha aglutinado un mayor número de inscripciones. En cualquier caso el grupo es bien majo, teniendo en cuenta que se trata de la primera edición.

Dan la salida con la seguridad, pero la falta de sorpresa que supone el conocer gran parte del recorrido, ya que un par de fines de semana antes mi mujer y yo habíamos hecho de expedicionarios por la zona. Primeras zancadas y lo primero que siento es que no voy suelto, cuando justamente hubiera esperado lo contrario; el peso de la equivocación se mete en mis sienes cuando éstas me martillean la cantinela de que debería haber salido con pantalón corto y no con mallas de compresión, con las que tan mal me llevo.

En cualquier caso marcho relativamente cómodo, por delante de Miguel Angel y haciendo la goma, entre otros, con Antonio, del Pam Club de Torredelcampo. En mi cabeza se instala una idea: "esto no va a ser como habías planeado que iba a ser"; no hay disfrute por ningún lado, tan sólo neutralidad, esencia insípida. El rompepiernas en el que se van convirtiendo los kilómetros no me achanta y sigo avanzando con resolución hasta que llego al duro cortafuegos de 500 metros de longitud y 200 de desnivel hacia el cielo. En ese momento las sensaciones mejoran un poco y gano unos pocos puestos. Me alegra ver en lo alto a Pedro, montañero y amigo de Puertollano, que está en "modo organizador".  Cuando alcanzo la senda llena de jaras que enfila hacia la ciudad minera experimento las mejores sensaciones que voy a sentir en toda la carrera, y lo que no sé es que pronto se va a interrumpir ese conato de disfrute.

Ahora que estoy escribiendo todo esto pienso que es como si hubiese olvidado recorrer el camino antes de transitarlo, como si tan sólo tuviera grabado en mi deseo la meta antes de alcanzarla. Vivir la montaña ha de ser el fin en sí mismo, más allá de como marchen tus piernas ese día.

Inclasificado

Antonio me ha pillado en la senda y trato de seguirlo. En el cortafuegos que viene después le llevo fichado a una distancia prudencial pero ya en ese momento comienzo a sentir que algo está empeorando de forma rápida, quizá sea el calor. El tobogán de la preciosa senda de arriba se me atraganta en el gaznate y Antonio desaparece de mi vista, para comenzar a aparecer tras de mi un grupillo de hambrientos perseguidores. Han llegado mis horas bajas y comienzo a sentirme cazado, hasta que soy víctima también de la silueta azul de Miguel Angel que me acecha a corta distancia. No me importa que me gane, tan sólo quiero terminar, aunque soy consciente de que aún queda mucho que consumir.

En la zona de la famosa estatua del minero, mi compi de Linares me adelanta mientras me arenga para que a su vez cacemos a los de delante, ¡cómo explicarle que no carburo ni para acabar la prueba!. Lo que viene después es como un sueño desagradable, totalmente desajustado y sin enfoque; suerte que el avituallamiento me sirve para hidratarme y para ordenar mis ideas, aunque intuyo que no habrá forma de enderezar esa dura barra de cruel evidencia. 

La poca energía que me entra hace que por momentos sienta que lo peor del bache ya ha pasado, aunque me consta que quedan aún unos largos 8 kilómetros. El apoteósico cortafuegos que supone el último serio obstáculo es una prueba de paciencia en la que no puedo dejar de pensar que en otras condiciones habría disfrutado esa subida; ya en el sendón que viene después las piernas se desmoronan como un castillo de naipes, de forma que me adelantan otros dos compis. Sin embargo, en el collado de después me alcanza una pareja mixta: reconozco a María Rivero con su fácil correr, así que me propongo contagiarme de su movimiento y me asocio egoístamente a su martilleante pero ligera zancada con la esperanza de absorber un poquito de su energía.

Donde la dignidad encuentra su terreno

La suave y bonita bajada tras la estela de María es un remanso de paz en esta dura pelea. No voy bien pero al menos siento mi avance, a un ritmo más alto del que debiera y ensamblado a la pieza que ella me ha dispuesto. 

Pero en el último avituallamiento el ritmo se rompe, paramos, me refresco la nuca y la cara, ¡qué calor hace!, y afronto lo que espero que serán los últimos cuatro kilómetros, no muy duros pero con un cuerpo que ya no está para fiestas. Arranco tras María, pero ella ya no se deja robar más energía, así que pronto se escapa de mi plano, y entro en una nueva fase de desesperanza. 

El puñetero repecho queda atrás hasta que me gano la bajada por el cortafuegos que me enfilará a Puertollano. Otro corredor me recuerda mi falta de alma cuando me adelanta como una exhalación y los dos últimos durillos kilómetros de la prueba se me atragantan tanto que son casi como uno de esos jarabes imbebibles que sabes que además de saber a rayos tampoco te quitarán la tos.

Agarro la pista y luego la carretera, ya en franca bajada, intentando apretar pero apenas hay reprise; me resigno a mi movimiento para hacer visos de espera: tan sólo un par de minutos más hasta que mi cuerpo halle la meta. Por fin llega ese ansiado arco y lo cruzo de esa manera en la que odio atravesarlo, totalmente hundido.

El suelo se pega a mi, el calor se me mete dentro, pero tras hidratarme la cosa no a peor. Miguel Angel y Antonio me preguntan, y yo les cuento en pocas palabras todo este mal batiburrillo de sensaciones. Siento envidia contemplar su semblantes felices, luciendo tercero y cuarto de la categoría +45. Habría estado a gusto siendo undécimo con aplomo y alegría, pero fui séptimo con pesadumbre y abatimiento.

Alcanzo el coche, llegar hasta él cuesta; me cambio entre dolores y calambres para luego regresar al baño donde me aseo, me hidrato y la sangre regresa a la cabeza para verlo todo más claro. Llega Manolo y enseguida Merche, con dulces caras que son la antitesis a mi contrariedad: así me hubiera gustado a mi arrivar en ese puerto.

El asueto

Merche ha sido primera veterana +45, cuarta de la general; todo el mundo dice que ha sido una dura batalla, y visto lo visto no puedo rebatir dicha afirmación. Pero llega el momento de reponer fuerzas y lo hacemos con la gente de Linares; esos son, sin lugar a dudas, los mejores minutos de esta atravesada aventura dominical. Digamos que aquel día llegué a Puertollano cargado de esperanza y me fui a Valdepeñas con una descarga de realidad.

Enhorabuenas y agradecimientos

Grandes Miguel Angel, Manolo, Antonio, Paqui, Andrés, redondos todos ellos. Genial mi Merche, siempre al pie del cañón y fiable al 100%. Estupendos estos de Puertollano que sacaron adelante con buena nota su primer trail. Fabulosas fotos cortesía de César Sobreviviente, entre otros.

Animo a tod@s a que lo probéis en futuras ediciones, si no conocéis la zona os sorprenderá.












domingo, 1 de marzo de 2020

TERCERA DE LA TRILOGÍA DE LAS OLVIDADAS: LA CRESTA DEL DIABLO, Y EN EQUIPO

Octubre gris oscuro, casi negro, luego llegó noviembre y la cosas cambiaron; lo hicieron justo en el momento que menos esperaba.


Defendiendo colores

Toca ir a Torredelcampo y hay que dar el do de pecho porque defenderemos al Club de Montaña Linares en el provincial de clubes. La prueba es dura, treinta y tantos muy montañeros kilómetros, y me pillan en un momento en el que no estoy para esos sacrificios; pero no lo pienso demasiado. Junto a mis compis de equipo, Manolo, Miguel Angel y mi querida mujer, nos echamos la foto antes de la salida. En ese momento soy todo un mar de dudas




Tratando de hallar algo

El comienzo es difícil, como me esperaba. Merche se ha quedado atrás y comparto algunos minutos con Manolo, mientras que Miguel Angel ha puesto pies en polvorosa, no en vano él será nuestra punta de lanza esa mañana.

Un rato después me veo solo, parece que he cogido algo de ritmo, pero no me he de engañar es un espejismo. Las zapas nuevas no acaban de adaptarse a mi o yo no me adapto a ellas, el caso es que no es ese mi único mal, este octubre es para olvidar.

En la larga subida a la cresta

En otra época mejor habría disfrutado esa larga y preciosa subida, no es el caso. Primero el cortafuegos y luego la estrecha y colorida senda ponen a prueba mis malas sensaciones. Eso sí, cuando llego a la parte pedregosa me quedo estupefacto por tanta majestuosidad y belleza; simplemente mereció tomar la salida para ver esas preciosas vistas.








En la larga bajada que me lleva a mis carencias

Bajo todo lo mejor que puedo por una zona que debería haber sido para disfrutar y en el tobogán que viene después pierdo todo indicio de cadencia. En el avituallamiento me peleo un poco con el sistema de atado de las Asics (que hoy en día me va perfecto pero por aquel entonces todo eran problemas), y a subir de nuevo


 


Ya en lo alto hay una zona de cresteo técnico donde maldigo todo lo maldecible, no piso bien, en firme, y me cuesta un mundo; qué decir de las piernas, ¡mis piernas!, ¿dónde se han metido?

El resto hasta el final es un largo y pesado trayecto hacia meta, que afortunadamente puedo acometer no sin sufrir lo que tengo que sufrir

Y los resultados

Cuando llego me siento contento por haber podido cumplir sabiendo que lo he dado todo; he llegado diez minutos después que Miguel Angel, poco se me antoja visto lo visto. No he de esperar mucho para ver llegar a Manolo y un ratito después llega Merche, y tras compartir impresiones no nos cabe la menor duda de que los cuatro hemos puesto toda la carne en el asador.

Fuimos terceros y Merche me va a matar por poner esto: sólo competían tres equipos; en fin, la sinceridad debería ser siempre un valor seguro. Pero no se puede sentir más orgullo que el que sentí por correr con tan fabuloso equipo: mi mujer y dos buenos amigos.


 Y Merche logró subir al cajón nuevamente.






Para finalmente rematar la faena con chorizos y buena compañía






Después vinieron el Trail Puerta del Infierno, el de las garras en mis cuadriceps del que quedó cumplida cuenta en la entrada que publiqué en su momento, y sobretodo vinieron esa especial Doñana Trail y la no menos especial Ultra Costa de Almería con sus dos largas y melosas entradas, pero La Cresta y sus organizadores, el Club de Linares y sobretodo mi equipo se merecían esta publicación, la tercera y última de esa trilogía de crónicas breves y que estaban olvidadas.






SEGUNDA DE LA TRILOGÍA DE LAS OLVIDADAS: SIERRA CAZORLA TRAILS DE QUESADA, SUFRIDORES

Y llegó octubre..., nada mejoraba en lo que estaba resultando un otoño gris para mi...demasiados tonos grisáceos pensaba, pero por el mero hecho de pensar el dolor del piramidal no se iba a marchar....

Con Merche

Llegamos a esa bonita localidad y tras recoger el dorsal nos ponemos a calentar. Las nuevas Asics Gecko XT me aprietan, no me hago a ellas (afortunadamente eso ya no es así en la actualidad), y para colmo me siento agarrotado, dichosas molestias..., estoy en las antipodas de cómo se debe percibir a si mismo un buen corredor. Eso sí, iré con Merche en lo que tratará de ser un buen servicio para ella




Y pronto sentimos las incomodidades: mis pies, sus tobillos, mi cintura, el calor y todo en un terreno técnico y bonito a partes iguales. Avanzando por unos cresteos preciosos y luego bajando entre rocas mientras no dejamos de maldecir en una pose bastante alejada del disfrute.


Aventuras que son como ajenas

Merche no va, el ritmo no es el que quisiéramos, pero hoy no tiene a su competidora en el circuito por lo que sólo hay que saber aguantar la carrera. Eso sí, entre sus molestias en los pies y mis molestias juntamos demasiados puntos negros así que todo hay que decirlo: discutimos un poquito, pero sólo un poquito...

Es a partir de la mitad de la prueba cuando logramos sentirnos un poco más cómodos, sobretodo porque decido que ella se ponga delante y tire, y eso hace, hasta que por fin coge un poco de cadencia





Ni las sendas

Así que ese domingo ni las bonitas sendas de la segunda parte de la carrera nos alegran el día; es de esas jornadas en las que sólo tocaba sufrir, y eso hacemos.


Al final, tras más de 33 largos kilómetros llegamos a Quesada, y lo por fin llega la alegría, aunque sólo sea por hacer nuestros deberes y alcanzar la meta. Eso sí, en el fondo me siento triste por no haber podido disfrutar de un trail tan bonito.


El sufrimiento bien vale un premio

Pero Merche obtiene su recompensa




Y finalmente podemos reponer fuerzas y charlar con la buena gente









sábado, 29 de febrero de 2020

PRIMERA DE LA TRILOGIA DE LAS OLVIDADAS: LA CXM TAJO NEGRO: RAMA DE OLIVO

Cuando el hombre primitivo comenzó a erguirse descubrió, para su desdicha, que estaría obligado de por vida a planificar sus tareas...pero de vez en cuando se nos olvida esa carga que viene heredada de nuestros ancestros. Con esta tardía reseña pretendo activar la primera de la trilogía de crónicas olvidadas del otoño del pasado año. Pero eso sí, seré breve....


Orgullo

Merche no cabe en sí  y no puedo evitar sentir placer viéndola tan nerviosa; sus ojos sólo saben reflejar ilusión, son los ojos de una hija adoptiva de La Mancha que va a representar por primera vez al Jaén que la vió crecer, y será haciendo lo que más le gusta, correr en la montaña, ¡y qué montañas!





Y se echaron estas fotos, la última unos minutos antes de salir. No sé qué se siente en esta tesitura así que sólo puedo tratar de hallar empatía con estas reseñas.


Matando la envidia


Aprovecho la fabulosa mañana dispuesto a realizar el complicado recorrido de la carrera, pero en sentido contrario. Estamos todos avisados de la extrema dureza del mismo, 34 kilometrazos con 3000 metros positivos por terreno arduo complicado pero yo no quiero atender advertencia alguna.

Por otra parte la envidia me corroe y yo trato de asesinarla corriendo así que un par de minutos antes de que los verdaderos protagonistas se pongan en marcha comienzo a dar las primeras zancadas, y disfruto tanto que no a no más de veinte minutos de salir me doy cuenta de que me he perdido, y lo peor es que la senda me acaba llevando nuevamente a Ojén. Resignado y con seis kilómetros en la saca inició el recorrido en el sentido de la carrera a la caza improbable del pelotón, y ocurren cuatro cosas, por este orden:
  1. Alcanzo a los escobas y a algunos corredores.
  2. Me machaco en un entreno cien por cien técnico.
  3. Pillo una tremenda pájara, en gran medida motivada por el calor.
  4. Suspendo el entreno cuando sólo llevo 24 kilómetros.







Eco y Diego

Ya recuperado tras meter los líquidos necesarios en mi cuerpo me pongo el traje de reportero y el destino me lleva a conocer a Diego; bueno, para ser preciso en realidad ya nos habíamos... Eco y Diego corrieron el Ultra de la Vida en aquel diciembre maravilloso y a punto estuvimos de compartir kilómetros con ellos en esa carrera ya que llegamos un par de minutos después de ellos...eso sí, facebook nos permitió seguir sus andanzas. 

Eco llega al último avituallamiento de la carrera y pese a la tremenda batalla que lleva en sus piernas luce eufórica. Desde el refugio de Juanar Diego y el que suscribe marchamos en coche a contrareloj mientras ella hace lo propio, pero a pie,  transitando  las escabrosas sendas que llevan a Ojén, pero eso sí, lo hace en línea recta, sin dar rodeos. Acabamos teniendo suerte porque  casi por un pelo no la vemos llegar.

La espera
 
Los minutos pasan lentamente y los tengo que matar charlando con los chicos de la selección, pero  como siempre se cumple esa máxima de que todo todo llega, las chicas nos acaban alegrando la jornada, ¡las guerreras!...

Primero lo hace Inma, acompañada de José Luis, y unos pocos minutos después llega mi Mercedes...








Y tras mi mujer hacen lo propio Maria José, Raquel y por último Paqui, todas auténticas heroínas porque lo que hicieron esa mañana domingo no era cualquier cosa. A Ana y a Mari Ángeles las cortaron.





El orgullo de la rama de olivo


Y el puesto que ocuparon terminó siendo lo de menos, porque en el fondo no corremos por medallas ni cajones, lo hacemos por obtener emociones, y de eso hubo mucho esa mañana.