RELATOS

Una vez iniciado el movimiento supe que no habría marcha atrás, sería difícil regresar a aquello que fui. Hoy soy otro ser: curtido, compañero del esfuerzo, amante de mis kilómetros. Sólo el fin de mis días debería obligarme a parar: ese es mi pequeño sueño.

martes, 16 de abril de 2019

LA CRÓNICA DE LA MARATÓN DE MONTAÑA DE CUENCA: LAS COSAS SON TAN BONITAS COMO LAS VIVES

La simplificación que supone la edad

Me acerco irremisiblemente a esa edad, ya están aquí los 50, y a estas alturas tengo claras dos cosas: la primera es que la montaña me ha seducido definitivamente y la segunda es que tengo que disfrutar de ella mientras mi cuerpo lo soporte. Han sucedido tantas cosas desde que me picó ese bicho, hace ya casi 10 años, que puedo decir que lo que soy hoy  no es más que el fruto de lo recibido durante el duro trayecto. Esta MAMOCU 2019 no es más que otra parada, otra estación, una nueva oportunidad de aprender y aprehender, que es lo que llevaremos por equipaje en esta vida justo antes de abandonarla.

Y todo empezó con una promesa...

...Marzo de 2018, acabo de pasar por el Puente de Valdecabras y aún quedan 8 kilómetros, enfilo hacia la ciudad de las Casas Colgadas, ¡por fin de regreso!, ya no me alejo hacia la nada, pero el sufrimiento es tal que me pregunto qué hago allí; no me retiré en el 23, aunque el cuerpo me lo pidió, pero resistí la tentación y monté una barricada para impedir que mi mente se dejase seducir por el malestar generalizado. Alcanzo una bonita senda al borde del cortado que limita la gran Hoz del Júcar, esa que las aguas horadaron hace cientos de miles de años, y pienso que la he fastidiado, no estoy viviendo ese momento que como se merece, así que hago algo que caracteriza a casi todos los locos que habitan la montaña: saco mi grabadora imaginaria y le doy al rec: "prometo que el año que viene pasaré por aquí nuevamente, lo haré sin arrastrarme y fundido con el río en total armonía"...

... y por eso el otro día le dí al clic del ratón y terminé inscrito nuevamente en esta preciosa prueba. No me importó que este año la hubieran endurecido con 2 kilómetros más y +350 extras. Mercedes no se reengancho a pesar del grato recuerdo del año pasado, no en vano aquel reto le puso las pilas para luego acometer, como acometió, sus fabulosos 101 kilómetros de Ronda.

Promesas que se convierten en nuevas oportunidades

Salimos de Valdepeñas, Inés, Merche y el que os escribe, y en el ambiente se nota que no será como en otras ocasiones, no nos batiremos el cobre los dos, ¡mi mujer va muy relajada!.

Voy al volante y frente a mi, en el horizonte, una nube blanca con forma de cara parece emitir una sonrisa, me siento optimista.

¡Qué difícil es comer mal en un restaurante de carretera en lo ancho y largo de nuestra geografía!, en esta ocasión lo hacemos en las cercanías de Honrubia. Llegamos a Cuenca y hacemos el check in en el Hotel Torremangana, a no más de 400 metros de la salida y tras reposar un rato vamos al centro comercial a recoger mi dorsal. Mercedes se contraria con mis prisas por regresar al hotel, y es que ando nervioso por ver a mi Albacete jugar; afortunadamente le ganamos al Lugo y como había sentido una semana antes en Serón, tengo la esperanza de que si el sábado se da bien el domingo será una continuación de ese sabatino día.

Ya está anocheciendo y pienso en Iván, "Iván de Fuertescusa" como reza en mi móvil...

...Octubre de 2017, II Trail Puerta de los Infiernos, en Fuertescusa, comparto carrera con un tío estupendo que resulta que es organizador del evento que estamos corriendo. Cuando abandonamos ese bonito pueblo siento que no ha habido carrera por montaña donde nos hayan tratado mejor que allí y que realmente hemos de volver...

Así entraron Mar e Iván en nuestras vidas. Poco tiempo después él me habló de la MAMOCU y mi mujer y un servidor nos alistamos sin pensarlo...

...marzo de 2018, nos estamos tomando un café los cuatro tras haber recogido los dorsales en el centro comercial, la idea es compartir carrera con él, aunque sea un ratito, pero está lesionado y no sabe si arriesgará participando..., al día siguiente zarpa el barco y él se queda desilusionado en tierra. Antes de que den la salida nos emplazamos para otra ocasión, quizá en 2019...

Salimos a la calle ya de noche, ¡tenemos mucha hambre!. Mientras estoy escribiendo un "guasap"  al bueno de Iván, Merche me dice, "¡pero sí están ahí!". Agito los brazos con gestos ostensibles para que reparen en nuestra presencia y les vemos sonreir a través del cristal del ventanal del restaurante, ¡qué casualidad!, se alojan en el mismo hotel. Charla estupenda y sin descanso, tenemos poco tiempo para contar muchas cosas. Y así es como hemos regresado al punto donde nuestras mutuas promesas confluyen, emplazados para terminar lo que o no iniciamos o lo que nos obligamos a repetir para, en ambos casos, quedar por fin satisfechos.

La estupenda pizza casera me aporta una nueva pista positiva, está tan rica que me está diciendo a gritos que esta aventura saldrá bien, como si la forma de las nubes en el cielo, el resultado de un partido o el sabor de las comidas, nos cantaran mensajes cifrados que hablasen sobre nuestro futuro más próximo.

Lo contrario a kalopsia

Los griegos decían que kalopsia es creer que las cosas son más bellas de lo que realmente son; yo he buscado, sin éxito, la palabra que defina eso de sentir que las cosas son tan bellas como realmente son. He llegado a la conclusión de que quizá a ese estado le podemos llamar felicidad...

Duermo como un lirón, enésima prueba que me muestra que todo saldrá bien y ni siquiera tengo que escuchar la alarma del smartphone, porque mi reloj biológico hace que entreabra los ojos a las 06:12, justo tres minutos antes de la hora programada para levantarme.

Trato de no molestar a mis dos mujeres que lucen sonrientes mientras duermen, así que me llevo toda la parafernalia al cuarto de baño y allí desayuno y preparo el chaleco que tengo que portar, también la mochila que dejaré en guardarropía. Reparo en que NO coincide ni una sola prenda con las que lleve en la MAMOCU 2018, y además llevaré mi pañuelo rosa de la "Subida al Veleta" del agosto pasado, reto compartido con Merche, que últimamente acompaña a mi pelo en casi todas las carreras.

El de recepción me deja una toalla para poder ducharme en el polideportivo tras la carrera, y es que tenemos que hacer el check out a las 12 horas, y, obviamente, no preveo terminar la prueba antes de esa hora. Me quedo esperando en el hall a Mar y a Iván pero no aparecen a la hora convenida así que me marcho hacia el pabellón con un pensamiento en forma de bucle, "las cosas deberían ser tan bellas como las estás viendo, así que no dejes de mirarlas" y justo por el camino me llevo la primera sorpresa, me topo con dos compañeros montañeros de La Solana, Augusto y Jose Antonio...,

...abril de 2017, estamos realizando un fabuloso entreno con Raúl y Víctor, de nuestro actual Club de Montaña de Linares (aún no pertenecíamos al mismo), recorremos la ruta del malogrado Iber Linx Trail, que ellos iban a organizar pero que nunca llegó a celebrarse y entre los invitados están Augusto y Jose Antonio...

...Las redes sociales han hecho el resto y no hemos perdido el contacto con ellos...

Dejo la mochila clasificada con su numerito en el lugar habilitado para tal fin y me apresuro hacia el corralito. Una vez dentro aparece Iván y me siento aliviado, el barco partirá en esta ocasión con él y sus dolores de espalda podrán esperar para otra ocasión. Pero no se han terminado las sorpresas, aparece Julián Moya...

..mayo de 2014, tercera y última etapa de la extinta Quijote Legend y aventura compartida con este crack. A Julián me lo ha regresado la casualidad cuando mientras le hacía de periodista a mi mujer en su Maratón de Murcia; lo ví pasar corriendo y me saludó, un saludo improvisado; mensaje en facebook, regrabo su número de móvil y de nuevo en contacto...

...y ahora aquí lo tengo, le presento a Iván y probablemente con este gesto estoy continuando una especie de "cadena de favores", de "bola de nieve de compañeros", ¡que siga creciendo!, que siga su curso montañero.

Y es así como en aquella fabulosa mañana me siento profundamente afortunado de estar allí con gente tan grata. Cuando dan la salida pienso que no que querría encontrarme en ningún otro sitio que no fuera ese.

Condenados a intentarlo: a la caza de nuestro regocijo

No he dado mis primeras zancadas y ya me recorre el cuerpo una sensación de paz. Tengo todo lo que quiero, una bonita carrera, un cielo azul que promete, buena compañía y estoy haciendo lo que quiero hacer hasta que las piernas me digan basta. Me dejé el ego en algún sitio y ya no recuerdo dónde fue...

Marcho con Iván en tándem y apenas 5 minutos después Julián se nos une y comenzamos la subida por la empinada senda mientras exprimimos al máximo una improvisada conversación sobre trails, pareciera que no nos costase avanzar ante la dura pendiente que ya nos propone la carrera.

Mi agenda social se enriquece cuando alcanzamos a María del Mar Sevilla y a su marido Luis Miguel, dos cracks valdepeñeros. Él acompaña en el reto a su mujer y compartir un rato con ellos acaba de completar mis buenas sensaciones.

Comenzamos a bajar por la primera parte técnica, y recorremos una zona nueva en el recorrido de 2019 (un 40% del mismo es distinto respecto a la del año anterior). Voy de cháchara con algún que otro corredor y me despito de forma que he dejado atrás a Iván y a Julián, así que me detengo y veo pasar a Augusto y a Jose Antonio, también a María del Mar y a su marido, y les pregunto por mis compañeros, ella me dice que uno de ellos se ha caído, "¿cómo?". Espero durante un interminable minuto y veo aparecer a Iván que me cuenta que Julián se ha tropezado y se ha ido al suelo doblándose la rodilla y dándose un pequeño golpe en la cabeza, por lo que ha decidido retirarse. Siento pena y sobretodo culpabilidad por no haber estado allí para ayudarle.

Avanzamos los dos a ritmo cómodo por parajes desconocidos, técnicos y muy entretenidos hasta que cruzamos el Júcar en la zona del Club de Piraguismo de Cuenca. Ahora discurrimos en paralelo a la margen izquieda del río, zona corrible, llaneando y haciendo toboganes; cuando miro el smartphone (había decidido no llevar el GPS) compruebo que no está leyendo bien los datos, lo hace de forma intermitente, quizá por tener el móvil en modo "ahorro de energía". Y concluyo que esto no es un contratiempo, sino una oportunidad para no atarme a tiempos, ritmos y altimetrías. 

 

 Iván concentrado

 Adelantamos a un chaval que lleva una camiseta con el logo de mi siempre querido Pozo Norte y le digo que mi mujer y yo tuvimos la suerte de compartir carreras con Marisol Gijón; él se apunta mi nombre para luego dar recuerdos.


Las primeras duras subidas y la despedida

Comenzamos a subir el Cerro de San Cristóbal, en uno de los tramos más complicados debido a la fuerte pendiente, pero sólo llevamos 8 kilómetros y aún vamos frescos. Iván saca sus bastones y apretamos hasta que un poco más arriba alcanzamos a María del Mar y a Luis Miguel nuevamente; aprovecho para venderles el Trail de Fuertescusa, el bebé de Iván, para que se animen a sentir la experiencia de como un pueblo entero está contigo para hacerte disfrutar. 

Y así tras un buen rato bregando alcanzamos la cima, aunque yo casi no me he dado cuenta.

 
María del Mar completando la subida















Con Luis Miguel en la subida

En el kilómetro 9 Mar está esperando con un sandwich de jamón york para su marido, y después toca la bajada llena de estimulos y entretenimientos, los cuales afrontarmos reservando fuerzas. Y de esta forma llegamos al primer control, kilómetro 9,7, en 1 hora y 38 minutos cuando ya llevamos más de 600 de desnivel positivos acumulados y voy el 159 de la general

En la zona del Convento de San Pablo en la Hoz del Húecar, ya llevamos 10,5 kilómetros y siento que las fuerzas van intactas, la breve escalada con cuerdas se me hace más divertida que el año anterior, y unos metros antes de llegar al Monumento del Sagrado Corazón, tomo la decisión de tirar hacia adelante; lo hago no exento de dudas, sin tener certeza de si hago lo correcto, pero las piernas me están instando a que inicie una nueva empresa. Así que me despido de Iván y le doy todos mis ánimos. 


Y aquí comienza esta nueva y emocionante alternativa; buscando el placer que supone acercarme al límite de mi esfuerzo.

Lo vertiginoso que es arriesgarse

El gen competitivo estaba ivernando y lo he despertado, pero no dejo que tome el control, así que hago que impere la calma. Mientras seguimos subiendo he alcanzado a algunos corredores, y no quiero pensar mucho, pero en mi cabeza deámbula el fantasma del hundimiento del año pasado, así que me repito una y otra vez que he de ser prudente.

Comenzamos la ascensión al Cerro del Socorro, y en una bonita y frondosa zona se me sube el ánimo cuando alcanzo a Jesús, a Esteban y a David, los otros tres valdepeñeros que completan la expedición de paisanos junto con María del Mar y Luis Miguel. Comoquiera que es algo que no me esperaba siento alegría y también que es una suerte poder compartir carrera con ellos. Desde ese momento me marco el objetivo de pasar el mayor tiempo posible disfrutando de su compañía.



Jesús Madrid en una de las subidas

No hemos tenido respiro en todo ese rato, prácticamente ninguna zona llana donde correr a ritmo, casi siempre subiendo o bajando por zonas de terreno técnico. Esto me lleva a ir haciendo la goma con mis tres compañeros, comprobando algo que ya sé: me desenvuelvo mejor en las fuertes subidas que en las zonas donde prima la cadencia, y que en las zonas técnicas de bajada simplemente me defiendo. Sin embargo alcanzamos una senda fácil en una zona boscosa, y en esa parte en la que impera estirar zancada voy marcando el ritmo del grupo un rato y siento que las piernas responden.

Desde el 20 toca bajar vertiginosamente hasta el Puente de San Pablo, David y Esteban se me han ido en la bajada mientras que Jesús se ha quedado un poco atrás, pero las diferencias no son sustanciales e intuyo que nos volveremos a reunir. Cuando cruzo el espectacular  entramado de madera y hierro las sensaciones son difíciles de describir, la gente arenga y me siento fuerte pese a que sé que ahora tocará alejarse nuevamente de la ciudad y vendrá la parte en la cualquier cosa puede pasar.

Subimos por el mismo trazado por el que habíamos bajado en el 10, ese que estaba lleno de estímulos, y alcanzo a David y a Esteban; esta parte es corta pero dura y sin quererlo me he venido arriba, no reservo fuerzas a un sopena de desgastarme más de la cuenta. En las largas escaleras de piedra, justo en el mismo punto del año pasado, Mar me saluda y me pregunta, no necesito decirle nada, con mi pulgar en alto y mi buen semblante son suficientes.


  Alcanzo el aparcamiento del Castillo, en el kilómetro en el 23,5 y ni por asomo se me pasa por mi mente abandonar. Soy un año más viejo pero algunas cosas han ido a mejor.

La soledad bien acompañada

El tramo siguiente lo hago algo temeroso por el nefasto recuerdo del año anterior, aunque las emociones positivas no dejan de llegarme. Cada cada piedra, cada árbol que se me grabó de la pasada aventura de 2018 me lleva a comparar, pero nada que ver, hoy corro y disfruto y en aquel marzo me arrastraba. Esa suerte de comparaciones hace que me sienta más fuerte y que las piernas se crezcan; además cuento con mi arma secreta: la tregua que mi estómago me ha dado desde noviembre, y es que ya tomo geles, aunque sigo mi protocolo alimenticio evitando los avituallamientos. Sería una gran noticia haberme acostumbrado por fin al estrés que supone correr entre obstáculos mientras uno come.

Y así es como veo alejarse Cuenca sin el más mínimo anhelo, deseoso de cumplir mi plan y fundirme con el Júcar para luego regresar con fuerza al punto de origen. 

Nos ponemos en franca ascensión, una zona en la que toca caminar y corretear, pero me sigo sintiendo fuerte pese al calor que ya hace, así que toca ser inteligentes y administrar las zancadas eligiendo correctamente donde caminar rápido y donde trotar lento. Para combatir la deshidratación y sus consecuencias me administro mi segunda pastilla de sales mientras me aproximo a los Cerros de la Atayuela, vigilando de reojo como bajan los niveles de gasolina de mi depósito.

Y es aquí donde la memoria me traiciona porque aún yendo mucho más entero que en la anterior edición compruebo la dureza de esta parte del recorrido, sin descanso, sin tregua, hasta que en el 31,5 alcanzamos el Puente de Valdecabras, tercer punto de control, en 3 horas 59 minutos con casi +2000 positivos, yendo ya el 99 de la general y habiendo ganado 60 puestos desde que comenzó mi aventura en solitario.

En aquella senda que me trajo hasta aquí de nuevo

Comenzamos nuevamente a subir, no hay reposo en esta carrera y el calor ya nos está dando duro. Las piernas comienzan a pesar, pero se quejan de forma gradual, todavía hay fuelle como para seguir en la zaga. 

Y por llego al tramo esperado: en el 34 identifico la "senda de la promesa", y allí me veo, es para lo que hemos vuelto: miro lo profundo de la hoz, las aguas verdosas del río y me concentro, imagino que esto no es una carrera, es una foto fija en la que sólo soy una parte minúscula y efímera de todo lo magestuoso y ancestral que me rodea, y lo que obtengo es un subidón que comienza con un escalofrío y continua con una energía inusitada que se inyecta en mis ya castigados músculos. La sonrisa me llega de oreja a oreja y con esto doy por cumplida mi promesa.





Echo un cadáver en la zona de la senda de la promesa. MAMOCU 2018. Momento en el que quizá formulé mi promesa.

Casi en el 36 comenzamos a subir dejando ya la espectacular hoz a nuestra izquierda, lo cual hace que el ánimo se derrumbe un poco. Ahora toca subir un +150 y ya va costando, ¿es una cuestión de coco?, prefiero pensar que es una cuestión de CACO, esa fórmula que dice caminar y correr a ratos, aunque con más CA que CO, y por primera vez en muchos kilómetros me pasan 2 o 3 corredores. No hago de ello ningún drama, estoy acostumbrado a que me adelanten tropas enteras, además también me voy encontrando, a estas alturas, otros compañeros que van como yo, en la reserva.

En el horizonte veo una corredora, a no más de 150 metros, ahora sé que se llama Gema Sanabria, y ni hoy tengo el gusto de conocerla. Sin embargo grabó su maratón en wikiloc y ello me ha permitido que esta humilde crónica resulte más sencilla en su narración para mi. Me marco como pequeño hito el alcanzarla pero mis fuerzas son ya las que son y además es de las que perserveran, es una guerrera. Cuando alcanzamos por segunda vez el Alto de la Guindara (la primera vez fue en la primera parte de la carrera), toca bajar, al principio por una pista para luego tomar la enésima bajada complicada. Es allí donde veo su silueta por última vez.

Y así es como alcanzo el cuarto control, Ermita de San Julián, en 4 horas y 43 minutos, kilómetro 38,7 y voy situado el 91, habiendo ganado, ¡quien lo diría!, otros 8 puestos más. Tras esto por fin me veo por una simple y llana pista y llego a la conclusión errónea de que en esta guisa llegaré a meta. Es de incautos dar los cosas por hechas, porque ya lo dice el refrán, "hasta el rabo todo es toro". Un corredor con bastones me ha alcanzado y vamos charlando, dejamos atrás a otro par de camaradas, uno de ellos está totalmente acalambrado y en un tramo totalmente liso mi compi se cae de bruces; me intereso por él, pero se levanta igual que un resorte y continúa la marcha como si nada; lo que me dice después es un buen consejo: "sólo queda un par de subidas complicadas y de ahí bajar hasta meta, pero ¡ojo!, hay que reservar todavía un poco"; pienso...¿un par de subidas complicadas?. Tras esto desaparece de mi encuadre en un acelerón que me deja tieso; se marcha como alma que lleva el diablo.

Cuando llego al avituallamiento, me doy cuenta del problema: se avitualla para coger fuerzas para el último arreón, y ¡menudo arreón hará falta!. Me cantan que quedan 3 kilómetros, ¿todavía 3? y vivo entonces el peor momento de toda mi aventura conquense; ante mi una pared corta pero empinada, los del avituallamiento me animan a intentarlo, porque es eso es lo único que me queda, intentarlo; se pone a más del 30% y las piernas ya no están para esas batallas. Pero ¡en fin!, hago de tripas corazón y apoyo por enésima vez en esa mañana las manos en mis cuadriceps, echando de menos en esta ocasión el no haber portado mis nuevos bastones. A esas alturas he recorrido 40,7 kilómeros, llevo 5 horas y 38 minutos, voy el 87 de la general habiendo salvado unos +2500, pero aún queda el postre.

Esto de la montaña se hace muy largo cuando las piernas se mueren

Sin oxígeno, contraídas pero afortunadamente sin calambres, así suben mis piernas al ritmo que me dejan y pueden. Cuando llego a lo alto el peor baticinio se hace realidad:  veo lo que no querría ver, ante mi una resbalidiza bajada y luego otra subida que está salpicada de un montón de puntos de colores, que no son más que avezados corredores de la maratón y de la media que pugnan por llegar a lo alto. Por un instante pienso que no voy a poder hacerlo, es un breve y estúpido pensamiento envenado que además hace que me cabreé por este último "regalito" montañero de la organización. Me alcanza una corredora con la que había intercambiado algo de conversación dos horas antes y ahora me anima a bajar con ella, pero le digo que no puedo ir más rápido, voy muy cargado, y veo como en la subida se me va alejando haciéndose cada vez más pequeñita. Los siguientes minutos se me hacen eternos hasta que por fin alcanzo la segunda cima, no hemos subido ni un +200 pero se me han hecho como si fuera el Tourmalet.

Desde ahí toca bajar y las piernas y los pies gritan sin parar, ya voy sin ritmo y me cuesta avanzar, tanto es así que me pasa un corredor; por fín alcanzo el puente del Júcar, y mientras lo atravieso me adelanta otro camarada que mientras me da ánimos marcha igual que una moto. Giro, entro en el parque y veo a Inés que me está esperando para correr conmigo los últimos 300 metros pero voy tan cansado que le digo que no me coja aún la mano, que lo haga justo en los últimos metros antes de atravesar el arco.



Cruzamos meta en 6 horas 11 minutos y acabo haciendo lo mismo que hice en la anterior edición, en un auténtico deja vú: me tiro en el césped quizá incluso en el mismo sitio de antaño.




 Tirado en la MAMOCU 2018


Tirado en la MAMOCU 2019


Cuando tomo resuello le doy un beso a Merche y pronto me vengo arriba. He sido el 90 de la general, 24 de la categoría veteranos, pero lo más importante, corrí con Iván y finiquité mi cometido en la "senda de la promesa".


Lo que viene después de los deberes hechos

El agua calentita de la ducha me sienta tan bien que cuando salgo de vestuarios es como si fuera un hombre nuevo. Aún así necesito comer algo pero no entra bocado. En meta espero a que lleguen mis compañeros y cuando veo aparecer a Iván, en unas muy meritorias 6 horas 54 minutos, siento una gran emoción y le doy un sincero abrazo. Se le ve muy muy entero y me cuenta que se lo ha pasado bien desde el principio hasta el final. 




María del Mar Sevilla y Luis Miguel llegan un rato después y por el esfuerzo que muestra ella compruebo lo que ya sé, que lo de hoy ha sido muy muy duro y me tengo que sentir más que satisfecho. 



Más tarde me cuentan que David Sevilla entró unos pocos minutos después de mi, y un poco después lo hizo Esteban, no así Jesús que tuvo que retirarse por culpa de los dichosos calambres.

Augusto y Jose Antonio llegan en 7 horas y 22 minutos y su cara de satisfacción lo dice todo.



 Ya han llegado todos mis amigos y por fín puedo dar por concluido este capítulo, aunque no, aún me dejo algo...
 
...aún queda charlar por teléfono con Julián y nos tranquiliza oirle, se encuentra bien, sólo ha sido un susto. Ahora sí, ¡todo cerrado!.

Y así es como Mar, Inés, Merche y los dos extenuados regresamos al hotel. Una vez allí nos despedimos de nuestros amigos, devuelvo la toalla en recepción y en el restaurante me bebo una Coca Cola que es lo único que puedo tomar hasta nueva orden, aunque ya en el camino de vuelta el estómago se abre de par en par y comienzo a atacar todo lo salado que tengo a mano.


Si esta humilde entrada fuera un cuento y tuviera que escribir una moraleja diría que no sé si las señales dicen la verdad, no sé si todo está ahí predispuesto para que las cosas salgan bien o salgan mal, SÍ sé que tanto Iván como yo nos procuramos una segunda oportunidad y peleamos por ella, tuvimos la suerte de cerrar nuestros círculos y vivimos por unas horas ese estado tan maravilloso que te hace sentir que las cosas son tan bonitas como realmente las estás viendo, eso que yo llamo felicidad, aunque para verlas así haya que haber puesto nuestro empecinamiento y nuestro esfuerzo. ¡Qué sea así al menos hasta que el cuerpo nos diga que ya está bien!.


Agradecimientos

Gracias a tod@s mis amig@s y compañer@s, le dieron sentido a este fabuloso domingo. Gracias a la organización, porque todo fue perfecto, incluyendo el último regalo en forma de pared empinada, ¡que para eso somos montañeros!. De los gestos se deduce que miman a los corredores, ya marchando a casa había héroes llegando fuera de tiempo, con el crono apagado, pero allí estaba el speaker animando, incluso el fotógrafo inmortalizando sus caras de esfuerzo.

No sé si tengo más promesas que cumplir en Cuenca, así que os digo ¡hasta siempre que quizá sea hasta pronto!

lunes, 15 de abril de 2019

SEMANAS DEL 30 DE MARZO AL 12 DE ABRIL

Seguíamos en la onda de las competiciones, pero con el objeto de bajar un poco el pistón para no lesionarme decidí correr la CXM de Montizón, primera carrera del circuito por montaña de Jaén, con Mercedes. El día de antes me fuí a subir tranquilamente los molinos eólicos de la Sierra del Peral pero al ir a aparcar el coche en dicho paraje me dí cuenta de que se estaba disputando la Extreme, una prueba de obstáculos muy arraigada a nivel nacional, así que tuve que ir al Paraje de las Aguas a dejar allí el coche y desde ahí hacer la ruta prevista. Al día siguiente corrí con Merche la prueba de Montizón y el resto de días estuvo marcado por un una calma-chicha sin dejar de hacer cosas pero 

  1. Sábado 20: 9,70 kilómetros en la Sierra del Peral.
  2. Domingo 31: 27,8 kilómetros en la CXM de Montizón, +1000 de desnivel positivo.
  3. Lunes 1: 7,5 kilómetros suaves en el gimnasio.
  4. Martes 2: 8,5 kilómetros con circuito del aerodrómo
  5. Miércoles 3: sesión de gimnasio, elíptica y bici 9 kilómetros
  6. Jueves 4: 8 kilómetros suaves con Mercedes
  7. Viernes 5: descanso.
  8. Sábado 6: 9 kilómetros suaves.
  9. Domingo 7: 27,5 kilómetros del Reto Araque, +1400 de desnivel positivo.
  10. Lunes 8: 30 minutos de gimnasio, suave
  11. Martes 9: bicicleta y elíptica en el gimnasio, suave.
  12. Miércoles 10: 45 minutos de remo intercalando con core.
  13. Jueves 11:subidas en el Cerro del Ángel con Mercedes. 8 kilómetros, 1 hora de subidas.
  14. Viernes 12: descanso.

viernes, 12 de abril de 2019

LA CRÓNICA DE LA EXTREME SIERRA DE FILABRES: PELEÁNDOSE CON EL OSO

Filabres nos encontró

Andábamos buscando nuevas locuras y Filabres nos halló; quedamos convencidos con las fotos de sus paisajes y sus montañas de casi 2000 metros. El hecho de tener tan sólo 7 días después mi reto particular de la Maratón de Montaña de Cuenca no impidió que le diera al "clic" del ratón y quedásemos inscritos los dos. Así Mercedes llenaba su pequeño hueco competitivo ya que no se había animado a correr en la ciudad de las "Casas Colgadas", pero todo era a costa de un overbooking en mi esfuerzo. 

Pero hubo algo que lo cambió todo: Jorge, nuestro hijo se apuntaba a la fiesta en la categoría cadetes. Y es que aunque corre de "de higos a brevas" y la montaña aún no le ha seducido, Filabres también le llamó, así que vimos en esta experiencia compartida una oportunidad para aplicar un poco de pegamento familiar.

El reposo previo a la batalla

Salimos de Valdepeñas y dejamos a Inés en Linares. La peque nos había dicho: "prefiero quedarse con los abuelos y así poder estudiar más", a lo cual respondimos: "¿cómo? ¿estudiar más?, ¿estás segura?" y no insistimos, no fuera que cambiara de opinión. 

Iniciamos ruta hacia Serón, norte de Almería, expectantes por recorrer nuevos y abruptos paisajes. El guión se cumple y llegamos a la hora de comer; reponemos fuerzas y alegramos nuestra gula en la plaza principal del pueblo, en un restaurante recomendado por la dueña del alojamiento donde hemos reservado; no nos deja indiferentes, todo muy rico y, entre bocado y bocado, interesante charla familiar, que quiza nunca olvide, necesario cemento para apuntar los cimientos.

Entramos en "la Casa de la Acequia", cuatro plantas enteras para nosotros solos de una casa típica de la zona; no le falta detalle: estufa de peles, antigua y completa cocina, magnífica chimenea, ¡por debajo pasa el agua!, de ahí el apellido. Ya en la terraza unas geniales fotos para el recuerdo y tras esto veo ganar a mi Albacete, contra al Extremadura, de churro y casi en el último minuto, pero el resultado me alegra la cara; el sábado avanza bien y el domingo debería ser un envidioso.

 

 




La tarde se muestra tranquila y la aprovechamos de compras en Tíjola, aprovisionando para la cena y el desayuno; tras esto recogemos los dorsales y asistimos atentos al briefing de la organización. Nos advierten del riesgo de caernos debido a la sequedad del terreno que se suma a la dificultad técnica que ya de por sí tiene la carrera. La cicatriz de la rodilla de Merche se pone a palpitar toda amedrentada (véase la crónica del Trail de los Montes Comunales de Adamuz, con su tonto costalazo incluido).





Se acaba la jornada sabatina no dejando ni las migajas en los platos, y para finalizar un debido reposo viendo la tele al calor de la chimenea de leña.

A quien madruga el trail le ayuda

Noche en calma, cobijados bajo la manta, una bendita madrugada propia de pueblo serrano. Amanece y toca ponerse las pilas, ultimamos los detalles, pero Jorge no puede escapar a sus ritmos y tras desayunar nos damos cuenta de que llegamos tarde. Aparcamos el coche en el recinto deportivo cuando sólo quedan 10 minutos para la hora de la salida del trail largo, así que Merche y yo volamos hacia el "corralito"  y justo entonces me doy cuenta de que no llevo el portadorsal en mi cintura. Nuestro hijo sale pitando hacia el coche y tras 5 interminables minutos lo vemos aparecer con el objeto extraviado.



Los de la corta, entre ellos Jorge, tendrán que esperar media hora más a que den su salida pero los de la larga ya estamos metidos en el "cercado", la antesala del inicio de la "jarana". Mercedes y un servidor nos entretenemos haciendo scouting aprovechando el ligero retraso de la organización. Por la pinta de nuestros compañeros de viaje podemos deducir que nadie ha venido a pasar una dulce jornada senderista. Contamos 6 féminas, aparte de mi mujer, e intuimos, por la huella que deja la edad, quienes son las dos veteranas que la acompañarán en la categoría.




Y dicho esto, antes de empezar a narrar esta nueva aventura en movimiento, he de reconocer que antes de salir ya habíamos cazado al oso de las montañas, y no sólo eso, de antemano ya teníamos precio y comprador para vender su piel. Teníamos atadas demasiadas cuestiones antes de que Merche viera su cara fiera y grandota allá arriba.

Serón nuevo inicio en mi universo de cambio

Al reto lo pintan bastos, 34 duros kilómetros y +1800 metros, potente aperitivo antes de mi aventura conquense, pero no estoy presionado por la competición, no soy rival del montón de kilos de fibra propiedad de todos estos locos maravillosos; más bien formo parte del patrimonio común de páginas de ese suculento libro de aventuras en la montaña.

El speaker da el pistoletazo, lo hace sin pistola, cantando lo que es una simple y llana cuenta atrás, como debe ser. Y todo comienza de nuevo para mi, todo vuelve a empezar...

...Mi cadencia va embadurnada de mermelada conservadora porque ese día ando ávido de disfrute y sensaciones positivas. Toda esa fibra antes comentada se mueve despotricada a mi alrededor, como si la gente fuera con ansia en busca del más rico jamón de bodega de la comarca.

Vamos completando el primer hito, la rivera del Río Almanzora, para inmediatamente conquistar las calles del pueblo mientras negociamos con la pendiente; nos saluda la pared de piedra de la Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, pasamos por la puerta de nuestra Casa de la Acequia, y las piernas se dan cuenta de que las estoy fastidiando un domingo más justo en el momento en el que cruzamos al lado del castillo.

Tomamos una senda y me cambia el semblante, ¡ya huele a verde!. No somos muchos y por tanto no habrá muchas gomas que hacer entre nosotros, ¡cazas y persecuciones las justas!, pero a cambio se abre la posibilidad de reflexionar y de fundirse con el entorno, dejando a un lado nuestro gen competitivo.

La vegetación se espesa, atravesamos un bosque, tras esto pisamos una pista y sin respiro otra senda, ahora mucho más empinada. Se me mueren las piernas por unos instantes y pienso en Jorge y en lo poco que le va a gustar este tramo, aunque es bonito de narices. En el kilómetro 3,5 llevo más de 28 minutos batallando y por fin hallo una breve bajada donde recuperar, pero poco me dura el descanso porque se levanta otra loma que nos lleva hasta la Posada del Candil, kilómetro 4.

El cortafuegos no es el coco

Me adentro en una zona boscosa y de nuevo otra senda, estoy contento porque es a lo que he venido, caminos y pistas sólo las inevitables, quiero complicaciones, atravesar trochas y barranquías.

Subo, subo y allá se alza el imponente cortafuegos tras haber conquistado +430 metros. Ya ha comenzado el disfrute con mayúsculas, justo cuando la dificultad se torna en placer.

Bregamos hacia la primera cima, pero uno ya va siendo pillo y sabe que tras alcanzar lo alto habrá una breve bajadita e inmediatamente tocará subir otra larga pared, es "la ley no escrita del cortafuegos verdadero". Las piernas ya están bien despiertas y piden guerra, sin yo buscarlo ha comenzado la acción, sana lucha en la que todos somos camaradas; alcanzo a 3 compis, pero no me he esmerado en hacerlo sólo ha sido fruto de mi euforia subiendo, y es que últimamente me siento como un mula serrana de carga.

Alcanzo a un chaval con bastones y le comento que unos días antes Merche y yo habíamos estrenado unos sticks parecidos en Despeñaperros y él me dice "pues yo sigo aprendiendo a llevarlos tras dos meses de intenso uso", yo le respondo "pues hoy le daré un voto de confianza a mis cuadriceps". La cháchara me nubla la noción del tiempo y tanta abstracción hace que no me haya dado cuenta de que hemos llegado al final del cortafuegos, ¿ya se ha terminado?; acumulamos +830 en siete kilómetros y medio, 1 hora y 9 minutos de empresa.

La emoción vive en el Layón

Dejo atrás a mi compañero  y acometo una bajada de las me gustan, por una senda técnica y escurridiza, pongo a prueba las zapas que resbalan por acá y por allá.

Los siguientes 5 kilómetros son un bonito tobogán repleto de subidas y bajadas por sendas y pistas boscosas y me siento extrañamente empoderado, ni ligero, ni invencible, ni tan siquiera rápido, tan sólo tengo la sensación de que puedo hacer eso y mucho más, y lo más importante, puedo correr conectado en una simbiosis entre el entorno y mi movimiento.

Delante mía veo a dos corredores a los que no termino de alcanzar, tampoco lo intento, ahorro esfuerzos innecesarios, y así llego al kilómetro 11, en el Barranco del Layón, una bajada vertiginosa, divertida y arriesgada. 



En el 12,5 tomamos una pista de cemento que lleva a una finca, la cual dejamos a un lado, y ya desde ahí comienza mi particular momento, esto es casi a lo que hemos venido......si echo la mirada atrás recuerdo largas y bonitas subidas, ésta creo que lo va a ser así que saco mi grabadora imaginaria y le doy al "rec", ¡habrá que conservar la subida al Layón!...

Nos ponemos casi a gatas, 40%  de pendiente, y alcanzo a la pareja de montañeros que minutos antes llevaba encuadrados en mi pantalla; las piernas piden y piden y se me llena la cabeza de sensaciones, eso que me pasa cuando toca apoyar mis manos en los cuadriceps. ¡Quién me ha visto y quién me ve! cuando seis años atrás en mi primera experiencia de montaña con el maestro Paco Rivas, me sentía haciendo el ridículo por andar mientras ascendíamos al Pico de la Almenara, Riópar;  eran los tiempos del asfalto y del estresante crono.

Desaparece la vegetación y en su lugar la piedra toma el poder, roca escalonada y blanca que obliga a forzar la postura, casi a retorcerse. De vez en cuando alzo la mirada y veo el empinado horizonte ante mí, y no me da miedo ni pereza, es tan sólo un leit motiv. Tanto rato subiendo también da para pensar que pronto llegará la decadencia y ya no podré hacer cosas así, por eso hay que disfrutar este momento por si no se repitiera.

Alcanzo a otro corredor y el muro continúa, no quiero que se termine, pero llego al hito de la cima representado en un montón de piedras, a 1930 metros de altura. No ha sido un 8.000 pero ha dado como para divertirme como un niño chico. Veintinueve minutos para hacer poco más de un kilómetro y medio, tiempos mejores que aquellos en los que trataba de bajar de los 36´ en los 10k, siendo sinceros prefiero, mientras corro, maximizar la felicidad que minimizar el tiempo.

La bajada y la serena soledad

Miro atrás y no veo a nadie, ni tan siquiera al montañero que he adelantado 5 minutos antes. Me contrario un poco pensando que toca tirarse ladera abajo, pero me bastan unas pocas zancadas para darme cuenta que no va a ser un drama. El terreno al principio es complicado pero pronto se hace más benévolo y siento como las piernas se vienen arriba y se adaptan a su nuevo rol. Pasado el 16 obvio el avituallamiento, como he obviado todos los anteriores, y es que el chaleco pesa pero es también una bendición, es mi compañero de viaje.

Los siguientes minutos son rápidos pero guardo fuerzas y alcanzo en el 19 el Barranco de las Menas. Agradezco la fácil y bonita senda que se abre y estiro zancada hasta que alcanzo a otro corredor, con quien comparto carrera unos minutos, pero también lo dejo atrás y avanzo en una parte del recorrido verde y rápida a partes iguales, lástima que no hayan llegado las lluvias. Comienzo a bajar al Camping de las Menas hasta que en el 22 me hago el gallito subiendo por una senda empinada que termina en unas escaleras, voy sacando pecho ya que hay público aplaudiendo, pero cuando alcanzo la calle asfaltada me doy cuenta de que he hecho el primo y mis piernas han pagado el peaje por ello, así que rompo el protocolo y hago lo que no suelo hacer, parar en el avituallamiento; allí tomo resuello y bebo isotónica y agua. Unos segundos después arranco y respiro aliviado al descubrir que no hay problema, mis piernas siguen fluyendo.

Lo que soy es lo que ve

Atravesamos el complejo, repleto de estimulos para mis ojos, pero mi disfrute no me deja ir de turista, la diversión hoy está en el movimiento. En el 23, tras 3 horas y 9 minutos de carrera alcanzo un valle por el que avanza la pista llena de hierba, meto un poco de ritmo y salen dos kilómetros bien corridos...

Nadie por detrás, llega la soledad...  tomo una pista y, al alcanzar una finca en la que sus dueños hacen de público improvisado, me derivan a la izquierda donde hay una fuerte subida, giro la cabeza y no aparece nadie, mi voz interior toma el control... pienso en lo que soy y en lo que tengo, también en lo que no tengo ni quiero tener, en lo que no soy ni quiero ser. Mi vida no es perfecta, pero se parece mucho a la vida que deseo vivir. Pienso en Mercedes y en la bendición que fue encontrármela en el camino, en el privilegio de compartir la misma aventura que yo en ese momento.

Regreso a la carrera, ante mi otro cortafuegos y con una respetable subida. En el horizonte veo una silueta blanca, ya he estado bastante tiempo solo, ¡a ver si puedo pillarle!, pero no, las distancias son relativas cuando se sube hecho un ovillo. Ahora toca bajar y de nuevo la ley del cortafuegos verdadero, tras la bajadita se alza otro imponente cortafuegos. Me acerco al compañero y me digo que si le alcanzo le preguntaré cualquier cosa, entablaré conversación y es como un acicate, pero aunque no lo llevo a más de 70 metros cuando alcanza la cima su esbelta silueta desaparece. Un minuto después asomo en lo alto y lo que queda de él es una pequeña y lejana figura moviéndose como alma que lleva el diablo.

Bajando hacia la realidad

Y ahora un cacho técnico y escurridizo, tras esto otro más, y a esas alturas los pies ya me van gritando. En el 29 alcanzo una carretera y tras ella una pista que tiende hacia abajo, y  tomo ritmo de crucero... me siento afortunado porque las fuerzas aún siguen conmigo, esas que tanto acostumbran a abandonarme sin previo aviso. Siento que estoy terminando pero no tengo ansiedad por acabar sino que me siento vivo por empezar a finiquitar este gozo.

Tras negociar la enésima dura bajada alcanzo el 32 y Serón se muestra ante mis ojos;  avanzo en el sentido de su trazado pero lo hago por el collado paralelo. El último kilómetro y medio se hace pesado, pero no por ir sufriendo, sino porque se ha terminado el campo y en su lugar han aparecido  las casas, las vallas, la civilización en definitiva.

Delante mía una silueta me está indicando, es un fotógrafo que me hace posar para la ocasión y tras la instantánea giro a la izquiera para alcanzar meta en 4 horas y 21 minutos, tras unos inolvidables 33,70 kilómetros por Filabres.

Todo en su sitio y los deberes hechos

Cuando paro siento que las piernas están conmigo, no necesito sentarme, fuerte como casi nunca tras un esfuerzo tan prolongado. El hecho de beber y comerme parte del rico bocata de jamón que dan en la bolsa del corredor termina por hacer que me venga arriba. Pregunto al que lleva la gestión de tiempo y me dice que he sido séptimo veterano, el 23º de la general, pero lo pregunto sin pasión, la pasión ya la puse antes. También me intereso por Jorge que ha sido segundo cadete, eso sí, de tan sólo dos en esa categoría, pero se ha batido el cobre terminando la prueba y haciendo un buen crono de 1 hora y 39 minutos, el 64 de 114 llegados. Me siento aliviado, lo ha conseguido y espero que le haya valido la experiencia. Y mientras mordisqueo otro cacho de bocata sentado ante un estupendo sol aparece mi hijo y juntos esperamos a Mercedes. No lo hablamos pero ambos sentimos orgullo mutuo.




 

 




Han entrado ya las cuatro seniors pero ninguna de las veteranas e impacientes nos acercamos a la zona donde el fotógrafo inmortaliza a los llegados. Al rato vemos que aparece una silueta femenina en el horizonte, pero no es Mercedes, es la primera veterana, en 5 horas 22 minutos. De repente, por megafonía llaman a Jorge, están dando los premios de la corta.. salimos corriendo y con las prisas no puedo ni echarle una foto subido en el podium, con su caja de productos de la tierra y su trofeo. Tras esto regresamos a la zona de llegada justo cuando vemos aparecer sonriente a Merche...


El oso con el que se peleó pero que no cazó

Cruza el arco de meta y reparo que en lo alto del mismo el crono está apagado, pienso que se les ha averiado. Le doy un abrazo y voy a sacarle el ticket con el tiempo realizado, pero al meter su dorsal no salen resultados...

El oso era grandote y muy peleón, Merche es chiquita y aunque es empecinada muchas veces la fuerza gana a la destreza. Entrar "fuera de tiempo" por dos minutos (5 horas 32 minutos) es lo que se llama no traer bajo el brazo la piel que previamente habíamos vendido.

Aparece otro corredor, otro más y finalmente entra la tercera veterana en tándem con un  compañero, a unos 15 minutos de mi mujer, pero nadie ha reparado en sus llegadas, nadie les aplaude, no se les reconoce su esfuerzo.
 
La gente se agolpa en la zona del podium donde en esos momentos están dando el trofeo y el jamón a la primera veterana, la que ha entrado 10 minutos antes que mi mujer. El segundo y el tercer cajón están desiertos...faltan dos guerreras..., y es entonces cuando pienso en la montaña y en lo que representa, veo a un senderista, veo un estilizado corredor, un barranco, un vado, pero no veo ni el arco, ni el crono por ningún sitio..


Recogiendo los bártulos en la búsqueda de la autoestima


El agua calentita de la ducha hace que las cosas se vean de otra forma. Pego una nota de agradecimiento en el tablón de la entrada de la magnífica casa que hemos tenido el placer de ocupar por unas horas y nos vamos, con un largo viaje por delante. Al ver por el retrovisor las últimas casas del pueblo siento que no es una buena despedida, que tenemos que volver...

Por el camino de vuelta Merche va callada, se pelea consigo misma, trata de cazar su propia piel...., a sus 46 años, madre trabajadora, con los números de una empresa a sus espaldas y la responsabilidad de un hogar y dos hijos, todavía puede sacar fuerzas para hacer cosas extraordinarias como eso de perderse en la montaña, correr ultras de más de 100 kilómetros y además sangrar gustosamente en el intento. Trato de animarla poniendo mi mano en su pierna y sin decirle nada le quiero decir que es un orgullo tenerla cerca.

Y así fue como Merche no estuvo en Sierra de Filabres, no salió en los créditos, pero para mis adentros sí que estuvo, sí que la disfrutó, y nada importan esos dos minutos, que no es más que tiempo en la montaña, justo allí donde deberían pararse las manijas del reloj.






Y hay que agradecer

Gracias a la organización por mover una prueba de paisajes tan extraordinarios, cuidada al detalle en su balizamiento, con unos voluntarios volcados y avituallamientos completos.  Agradecer al club que organiza el evento el esfuerzo, que lo hace por nosotros, proporcionando nuestro disfrute. Animo desde aquí a visitar Serón, un pueblo bonito y encantador.


Y dicho esto, conociendo a mi mujer, el círculo no está cerrado, así que: "oso de Filabres no te sientas seguro, que Mercedes no te ha olvidado y ¿quien sabe?, igual el año que viene sube a por ti'.